Ayuda Pastoral

Una amplia reserva de contenido del corazón de maestros bíblicos

stott_desktopNo es descabellado pensar que un buen número de hispanos desconocen el nombre de John Stott o que lo recuerden como un hombre de la talla de un Luis Palau. Si tú estás entre ellos te sería interesante descubrir que en John Stott se dieron cita cualidades que a pocos hombres le han sido conferidos por la providencia de Dios. Su vida nos presenta una singular devoción a Cristo, experiencia evangelistica, un profundo conocimiento bíblico, una gran aptitud teológica, un liderazgo de talla mundial extrañamente combinado con una pericia y tacto pastoral. Darte una cita con él, es darte una cita con la historia.

John Stott nació en cuna aristocrática. Hijo de un eminente médico inglés. Stott creció pensándose cristiano, y no le faltaba razón. Su entorno estaba saturado de cristianismo. Tanto su madre como su nana le enseñaron la fe cristiana. Recibió lección tras lección en la escuela dominical de su iglesia “All souls”. En ambas escuelas a las que asistió, Oakly Hall y Rugby School, asistía a los cultos de capilla y servicios religiosos (13 por semana en esa institución). Según Rugby School, todo aquel bautizado y confirmado en la iglesia Anglicana era cristiano como por derecho de nacimiento en la cultura inglesa. Todo este pedigrí religioso no fue suficiente para Stott, pues hasta entonces no había llegado la cita soberana que Cristo había concertado para adueñarse de su corazón.

Todo cambió el día que el predicador Eric Nash visitó Rugby School y compartió el evangelio con gran pasión a los estudiantes adolescentes… siga leyendo en La Voz Logos!

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El 27 de Octubre de 1994, en un discurso pronunciado en la Knésset o Parlamento israelí, el entonces presidente de EUA, Bill Clinton, citó las siguientes palabras que un pastor le dirigió a él antes de llegar a la presidencia: “Si tu abandonas a Israel, Dios nunca te lo perdonará… Es la voluntad de Dios que Israel, el hogar bíblico del pueblo de Israel, continúe por siempre y siempre”.

Y luego concluyó su discurso con estas palabras: “Hasta que alcancemos una paz comprensiva en el Medio Oriente y después de que esa paz comprensiva sea alcanzada…, sepan esto: Vuestra travesía es nuestra travesía, y América permanecerá a vuestro lado hoy y siempre”. Independientemente del propósito político que pueda haber detrás de estas palabras, hay tres aseveraciones aquí que no podemos pasar por alto: En primer lugar, según el presidente Clinton, si EUA abandona a Israel estaría cometiendo un pecado contra Dios; en segundo lugar, según él, Israel posee un derecho divino sobre la tierra de Palestina; y en tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, EUA está comprometido con prestar una ayuda incondicional a la nación de Israel. Ahora bien, a la luz de las enseñanzas de las Escrituras, ¿cuál es el lugar que ocupa la nación de Israel actualmente dentro del plan redentor de Dios? ¿Se cumplió alguna profecía bíblica en mayo de 1948, cuando David Ben Gurión proclamó el nacimiento del Estado de Israel en las Naciones Unidas?  Estas son algunas de las preguntas que quiero responder en estos artículos, ahora que Palestina fue reconocida en la Asamblea General de Naciones Unidas como “Estado Observador no miembro” de la organización, el 29 de Noviembre pasado.

Para comprender el drama que hoy se vive en Medio Oriente debido al conflicto árabe – israelí, debemos retroceder en el tiempo a mediados del siglo II d.C. cuando los judíos fueron expulsados definitivamente de la tierra de Israel por el Imperio Romano. Unas 6 décadas después de que el templo de Jerusalén fuera destruido por Tito, en el año 70 d.C., el emperador Adriano se propuso reconstruir Jerusalén como una ciudad griega. Esto fue considerado por los judíos como una profanación de sus lugares sagrados, lo que provocó un violento levantamiento en el 132 d.C. que duró unos dos años y medio, liderados por Bar Kochba.

Aunque el ejército romano sufrió muchas bajas en esta revuelta, finalmente logró someter a los judíos, cuyos sobrevivientes fueron expulsados definitivamente de Jerusalén o vendidos como esclavos. Entonces la ciudad de Jerusalén fue reconstruida como una ciudad griega y rebautizada con el nombre de Aelia Capitolina. Mientras que a la provincia de Judea se le comienza a llamar “Palestina” o tierra de los filisteos, en un intento de borrar completamente la memoria del pueblo de Israel en conexión con ese territorio.

Unos años más tarde, en el 637 d. C., los musulmanes conquistan las localidades situadas en la franja costera y se inicia una época en que Palestina cambió de manos varias veces, incluyendo el dominio de los famosos cruzados; hasta que en el 1291 vuelve a pasar a mano de los musulmanes en tiempos de Saladino. Los sultanes turcos, herederos del Califa, extendieron su dominio al territorio Palestino en 1516, viniendo así a formar parte del Imperio Otomano hasta la primera Guerra Mundial. De manera que, durante 400 años Palestina, estuvo en manos de los turcos.

En el ínterin, los judíos que fueron desterrados establecieron comunidades en los cinco Continentes, sufriendo mal trato en muchas ocasiones, en mayor o en menor grado. Para finales del siglo XIX se levantó un fuerte antisemitismo, tanto en Europa Central como en Europa Occidental, lo que fortaleció la identidad judía y la convicción de que la única solución factible para ellos era radicarse en un estado judío independiente.

Así nace el sionismo, un movimiento político organizado, de corte secular (no religioso) y nacionalista, que impulsa el retorno de los judíos a la tierra de Palestina, en un momento en que el Imperio Otomano se encuentra muy debilitado. En 1882 comienzan las oleadas de inmigrantes a regresar a Palestina, de manera que para 1914 había unos 85,000 judíos en la región. Esto trae como consecuencia un despertar del nacionalismo Árabe que no ve con buenos ojos la inmigración y asentamiento de los judíos.

El asunto toma un  giro más complejo durante la Primera Guerra Mundial cuando, en 1917, los británicos ponen fin al control del imperio Otomano sobre Palestina en Diciembre de ese año, tomando el mando de la situación, y teniendo como agenda el establecimiento en Israel del Hogar Nacional de los judíos, tal como estaba contemplado en la famosa declaración Balfour fechada el 2 de Noviembre de 1917. Esta declaración señalaba “que no se hará nada que perjudique los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”. Lo que no estaba claro era cómo habría de establecerse un hogar nacional para el pueblo de Israel, sin afectar a los palestinos que habitaban esas tierras por generaciones.

Con la llegada de Hitler al poder, en 1933, las inmigraciones legales e ilegales se multiplicaron como nunca antes, de tal manera que para 1936 la población judía era de unos 400,000 habitantes. Los conflictos entre árabes e israelíes se fueron haciendo cada vez más violentos, hasta que en 1947 los ingleses decidieron poner en mano de la recién creada ONU el problema de estas dos comunidades en continua lucha. La ONU recomienda la partición de Palestina en dos Estados independientes, uno árabe y el otro judío, dejando a Jerusalén como zona internacional. Los israelitas aceptan el plan de partición en el que a ellos se les otorga el 55% del territorio de Palestina, pero los árabes lo rechazaron rotundamente, alegando, entre otras cosas, la injusticia de que se le cediera a Israel un territorio mayor cuando apenas tenían unas décadas allí y eran casi 3 veces menos en número.

Finalmente, el 14 de mayo de 1948 David Ben Gurión proclama unilateralmente el nacimiento del Estado de Israel, lo que trae como consecuencia que al día siguiente ejércitos árabes invadieran Palestina. Al término de la guerra, en julio de 1949, Israel sale victoriosa ocupando el 77% del territorio de la Palestina histórica (ese territorio sería aún mayor después de la guerra de los 6 días, en junio de 1967, cuando Israel añadiría a su territorio unos 69 mil km2).

Como consecuencia de este conflicto un poco más de 700.000 árabes palestinos se vieron obligados a abandonar sus hogares y convertirse en refugiados en los países vecinos, quedando sólo unos 100.000 palestinos en territorio israelí. Actualmente la población Palestina asciende a 4.260.000 personas, un tercio de los cuales vive en Gaza y Cisjordania, mientras que más de un millón vive en el mismo Israel.

Esa es, básicamente, y visto de una manera muy resumida, el trasfondo de la crisis que hoy se vive en Medio Oriente, para la cual no se vislumbra una solución a corto plazo. David Ben Gurión resumió en pocas palabras la naturaleza y profundidad de esta crisis, cuando dijo en cierta ocasión: “Todo el mundo considera problemáticas las relaciones entre judíos y árabes. Pero no todos ven que esta cuestión es insoluble. Un abismo separa a las dos comunidades… Queremos que Palestina sea nuestra nación. Los árabes quieren exactamente lo mismo”.

Sin embargo, como vimos al principio, para muchas personas este conflicto está tan claro como la luz del medio día. Si el pueblo de Israel es la nación escogida por Dios, y la tierra de Palestina es suya por derecho divino, entonces lo ocurrido en 1948 no fue más que el cumplimiento del plan profético de Dios para con ese pueblo. Pero, ¿es realmente así? ¿Fue el nacimiento del Estado moderno de Israel el cumplimiento de alguna profecía bíblica? ¿Posee Israel algún derecho divino sobre la tierra de Palestina?

Eso lo veremos más adelante, si el Señor lo permite.

Hagar no es conocida como “una mujer de oración”. Tampoco dice la Biblia que Ismael desde niño tenía una envidiable “intimidad con Dios”. Sin embargo, Dios los escuchó a ambos, ¡Y de qué manera! Lo importante de sus vidas en el momento cuando Dios los oye no es la técnica empleada para torcerle el brazo a Dios y obtener su favor, sino lo que Dios hace con Hagar por gracia cuando ella y su hijo se han quedado sin alternativas.

Cuando Hagar es expulsada de la casa de Abraham por una segunda y última vez,1sale con su hijo, con pan y agua. Agotados el pan y el agua en el desierto,2 Hagar se aleja de su hijo para no verlo morir. Se sienta a llorar3 desconsoladamente; primero morirá su hijo y luego ella (Génesis 21:8-21).

Pero la historia no terminó así. Dios escuchó el llanto, la única oración que este niño y su madre podían hacer. No conocen de manuales de oración, ni de pasos, ni de fórmulas, ni secretos; lloran y Dios los oye. Para Ismael y Hagar hacer otra cosa en estos momentos hubiera sido un acto de falsedad y fingimiento; en ese momento sus fuerzas son tan pocas que no les alcanzan para fingir espiritualidad. La única oración que les sale del alma es el llanto.

Muchos de los libros populares sobre la oración intentan contestar la pregunta ¿Qué debemos hacer para que Dios nos escuche? La oración se trata como al dinero y las plantas: ideas para que crezcan y den mucho fruto. Por eso se convierte la oración en técnicas y términos, en pasos y plazos. El colmo del comerciante espiritual sería desarrollar para las iglesias una nueva técnica a partir de la historia de Ismael y Hagar, la del llanto, pues Dios no oye al que ora sino al que llora. Kimberly-Clark se pondría feliz pues serían los primeros en responder a la inusitada demanda de Kleenex en estas Iglesias.

Las lágrimas nunca vienen solas; siempre están acompañadas del “humor espeso y pegajoso… que fluye por las ventanas de la nariz”;4 es decir, los mocos. Este dato podría ser considerado por algunos como bajeza humorística innecesaria y hasta vulgar. Pero no lo es.

La notamos porque para muchos el cristianismo, además de haberse reducido a secretos y técnicas, y en parte por eso mismo, se ha convertido en una extraña paradoja: antropocéntrico y deshumanizado. Antropocéntrico, porque la fe pareciera girar alrededor del ser humano: todo depende de lo que yo haga para que Dios actúe; y deshumanizado porque en el desarrollo de las técnicas nos olvidamos que somos humanos y que en muchos momentos de la vida, por muy creyente que uno sea, es perfectamente normal no saber qué hacer. Llorar para Hagar es no saber qué hacer, qué pensar ni qué decir. Llegar a ese punto es ser humanos. No necesitamos pretender ser otra cosa delante de Dios.

Imagínese a Hagar dando “el testimonio” en nuestra iglesia el siguiente fin de semana. Quizá le preguntaríamos “Cuéntanos Hagarcita, ¿Qué hiciste para que Dios te escuchara, te salvara y te diera todas esas promesas? ¿Cuál es el secreto?” Con seguridad contestaría desconcertada, “¿Hacer yo? Dios lo hizo todo; nosotros apenas si podíamos llorar. Eso fue todo.”

Aunque mucho de la oración es un misterio, dos cosas son seguras según la Biblia: (1) la forma de la oración depende de la situación del orante (esto se aplica tanto para la oración espontánea como para las oraciones hechas); y (2) la respuesta depende de la voluntad de Dios. En otras palabras, no existe en la Biblia una forma de orar que garantice la respuesta de Dios. En conclusión, así como es importante y bonita la intimidad con Dios y las oraciones elaboradas, también el llanto cuenta como oración que Dios escucha. Dios no solamente nos da permiso para llorar, sino que como buen padre toma nuestro llanto como una oración digna de ser escuchada y respondida. ©2011Milton Acosta

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1Génesis 16 relata un episodio parecido, pero muy distinto. Véase Cotter, Genesis, 175-6.

2Para un paralelo entre la experiencia de Hagar y la de Moisés en el desierto, véase García López, El Pentateuco: introducción a la lectura de los cinco primeros libros de la Biblia, 105.

3El texto hebreo dice literalmente: “y levantó la voz, y lloró”, lo cual es la expresión típica para llorar audiblemente (también en Gen 27:38; 29:11; Rut 1:9, 14). Es decir, no dice que Hagar “clama a Dios” (calls upon God) como afirma un comentarista. Véase Cotter,Genesis, 175. De hecho, el relato afirma (v. 17) que “Dios oyó la voz del niño”. Voz en este caso se debe traducir como “llanto” por razones lexicales, proximidad lingüística (v. 16) y por la trama del relato.

4http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=moco

 

 

Milton Acosta, PhD

 

Acompáñeme por el túnel del tiempo, y retrocedamos a la ciudad de Uz. En esa ciudad, había un ciudadano que todos respetaban. Era un hombre intachable, recto, temeroso de Dios y llevaba una vida limpia. Tenía diez hijos, ganado en abundancia, terrenos extensos, una multitud de criados y una cantidad substancial de efectivo. Nadie negaría que era “más grande que todos los orientales” (Job 1:3), ya que se había ganado esa reputación mediante años de trabajo arduo y tratos justos con los demás. Se llamaba Job, sinónimo de integridad y piedad.

Sin embargo, en cuestión de horas llegó a ser, como lo dice un verso de la obra La Comedia de Errores de Shakespeare: Un alma infeliz, maltratada por la adversidad.¹

La adversidad, sin anunciarse, le cayó encima a Job como una avalancha de piedras puntiagudas. Perdió su ganado, sus sembradíos, sus tierras, criados y, aunque usted no lo crea, todos sus diez hijos. Como si esto fuese poco, después perdió su salud, la última esperanza humana de ganarse la vida. Permítame pedirle que deje de leer un momento. Cierre sus ojos por sesenta segundos, e identifíquese con ese buen hombre que fue aplastado bajo el peso de la adversidad.

El libro que lleva su nombre anota una entrada que Job escribió en su diario poco después de que las piedras de la tragedia cayeron sobre él. Con mano temblorosa escribió: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (1:21).

Después de esta increíble declaración, Dios añadió: “En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (1:22).

Es justo aquí, en este momento, que tengo moviendo mi cabeza. Me estoy preguntando: “¿Cómo pudo Job, hacerle frente con tanta calma, a toda esa serie de odiseas mezcladas con aflicción?” Piense en el resultado: bancarrota, dolor, diez tumbas recién tapadas. Y la soledad de aquellas habitaciones vacías.

No obstante, leemos que él adoró a Dios; que no pecó, ni le echó la culpa a su Hacedor.

Las preguntas lógicas son: “¿Por qué no lo hizo? ¿Cómo pudo lograrlo? ¿Qué le impidió hundirse en la amargura o incluso pensar en el suicidio?” Sin querer simplificar demasiado la situación, sugiero tres respuestas básicas que he descubierto al investigar el libro que lleva su nombre.

Primero, Job afirmó la soberanía amorosa de Dios. Creía que el Señor que le dio lo que tenía, también tenía todo derecho de quitárselo (1:21). En sus propias palabras dijo: “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (2:10)

Job miró hacia arriba, afirmando el derecho del Señor de gobernar su vida. ¿Quién fue el necio que dijo que Dios no tenía derecho de añadir arena a nuestro barro, marcas a nuestra vasija o fuego a lo que hace con su mano? ¿Quién se atrevió a levantar su puño de barro hacia el cielo y cuestionar el plan del Alfarero? Job no lo hizo. Para él, la soberanía de Dios estaba entretejida con su amor.

Segundo, Job tenía la promesa divina de la resurrección. ¿Recuerda usted sus palabras inmortales? “Yo sé que mi Redentor vive y al fin he de ver a Dios” (Job 19:25–26).

Miraba hacia adelante, apoyándose en la promesa de su Señor de hacer todas las cosas brillantes y hermosas en la vida más allá. Sabía que en ese tiempo quedaría eliminado todo dolor, muerte, tristeza, lágrimas y adversidad. Sabiendo que “la esperanza no avergüenza” (Romanos 5:5), soportó el hoy con una visión del mañana.

Tercero, Job confesó su propia falta de comprensión. ¡Qué alivio da esto! No se sintió obligado a explicar el por qué. Escuche su sincera admisión: “Yo conozco que todo lo puedes y que no hay pensamiento que se esconda de ti. . . Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas [demasiado profundas] para mí, que yo no comprendía. . . Te preguntaré, y tú me enseñarás’” (Job 42:2–4).

Miró dentro de sí mismo y confesó su ineptitud de entenderlo todo. Descansó en Dios durante su adversidad, sin sentirse obligado a responder por qué.

Tal vez usted esté empezando a caer lastimado por las piedras de la adversidad. Tal vez la avalancha ya ha caído o tal vez no. La adversidad puede estar a diez mil kilómetros de distancia. Así es como Job se sentía pocos minutos antes de perderlo todo.

Repase estos pensamientos al apagar las luces esta noche, amigo mío y amiga mía Simplemente, por si acaso. Algunas vasijas de barro se vuelven bastante frágiles al estar expuestas a la luz del sol día tras día.

 

1. William Shakespeare, The Comedy of Errors, 2.1.34, in William Shakespeare: The Complete Works (New York: Dorset Press, 1988), 169.
Copyright © 2010 por Charles R. Swindoll, Inc.

 

Tomado con permiso del ministerio Visión Para Vivir de lo pastores Charles Swindoll y Carlos Zazueta

La fértil imaginación de nuestro querido hermano Harold Segura se ha inspirado por los juegos de la copa mundial de futbol para contextualizar de nuevo el evangelio en y para América Latina.

El pueblo tico está loco de alegría por nuestras victorias sobre Uruguay e Italia. Una consigna poco realista del gobierno anterior de Laura Chinchilla,  en letras grandes en la entrada al aeropuerto, rezaba “Bienvenidos al pueblo más feliz del mundo”. Ahora sí, gracias al futbol, somos el pueblo más feliz de América Latin, por unos días.

El destacado intelectual costarricense, Armando Vargas Araya, comentó que Costa Rica hizo el milagro de convertir el grupo de la muerte en el grupo de la victoria sobre la muerte. Los y las locutores de televisión repetían la versión popular y más tica, que nuestros muchachos convirtieron el grupo de la muerte en el grupo de “pura vida”

Hoy jueves al mediodía nuestra hija Rebeca almorzó con unos amigos muy queridos. En su oración al  inicio de la comida, don Ángel concluyó, “Y Señor, no queremos inmiscuirte en el futbol, pero si es tu santa voluntad estaríamos muy agradecidos si ayudaras a nuestro equipo a ganar frente a Italia”.  Y miren ustedes, ocurrió el milagro y ganamos.

Hace unos años, cuando me tocaban unas conferencias en Honduras, preparé unas hojas para el grupo. Llevé el texto en un disco y en Honduras me prestaron una impresora. Cuando repartí las hojas todos comenzaron a reirse y me dijeron, “No sabíamos que Dios es tico”. El tema de la primera conferencia era “Dios es ético”, pero la impresora prestada suprimió todas las vocales con acento y salió “Dios es tico”.

Una foto que Harold Segura puso en Facebook muestra un pequeño David tico contra un Goliat italiano gigantesco y amenazante..

¡Que bendición es el humor (y el deporte), evidencias claras de la imagen de Dios en nosotros y de su gracia en nuestras vidas!

Según la doctrina Católica Romana, Pedro es la roca sobre la cual está edificada la iglesia. El pasaje que sirve de base para esta doctrina es Mateo 16:18: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.

Antes de considerar la correcta interpretación de este pasaje y compararlo con otras declaraciones del NT, veamos algunas de las doctrinas que el catolicismo romano extrae de este texto, doctrinas que, como bien señala el ex sacerdote Francisco Lacueva, “constituyen toda la clave dogmática del sistema católico-romano” (La Iglesia, Cuerpo de Cristo; pg. 58).

Según la Iglesia Católica, en este pasaje Cristo constituyó a Pedro la roca sobre la cual estaría fundada Su iglesia. Cito aquí a un teólogo católico: “Cristo hizo a Pedro el fundamento de Su Iglesia, esto es, el garante de su unidad y de su fortaleza inconmovible, y prometió a Su Iglesia una duración perenne (Mt. 16:18). Ahora bien, la unidad y la solidez de la iglesia, no son posibles sin la recta Fe. Por tanto, Pedro es también el supremo maestro de la Fe. Como tal debe ser infalible en la promulgación oficial de la Fe, tanto en su propia persona como en la de sus sucesores (es decir, los Papas)” (cit. Por Lacueva; pg. 58; el paréntesis es mío).

Debo señalar que esta interpretación tiene carácter de dogma y, por lo tanto, debe ser creída por todos los miembros de la iglesia Católica Romana, so pena de eterna condenación. ¿Cuáles son las consecuencias doctrinales que emanan de esta interpretación bíblica? Básicamente tres:

En primer lugar, que el Papa, como Cabeza y Fundamento visible de toda la Iglesia, es el principio y raíz de de la unidad de la Iglesia.

En segundo lugar, que el Papa tiene sobre la Iglesia un poder de jurisdicción universal, supremo e inmediato sobre cada uno de los pastores, cada uno de los fieles y cada una de las iglesias. El Papa Bonifacio VIII declaró en cuanto a esto: “Toda criatura humana está sometida al Romano Pontífice, como algo necesario para su salvación”. De paso, es importante señalar aquí que el papa Francisco I declaró recientemente: “Es absurdo pretender vivir con Jesús, amar a Jesús y creer en Jesús, pero sin la Iglesia”. Y para que no haya dudas en cuanto a cuál iglesia se refería, exhortó a los fieles a caminar todos juntos,“llevando el nombre de Jesús en el seno de la Santa Madre Iglesia, jerárquica y católica, como decía san Ignacio de Loyola”.

En tercer lugar, esta doctrina también afirma que el Papa es el único intérprete infalible de la Escritura y la tradición. Así que cuando el Papa habla ex cátedra, es decir, en calidad de maestro universal de la cristiandad, no puede equivocarse y, por lo tanto, todo el mundo está obligado a aceptar su interpretación.

Ahora bien, ¿enseña el Señor todo eso en este pasaje de Mateo 16:18? Lo primero que debemos hacer es colocar este texto en su contexto. Y el contexto de esta declaración es la pregunta que el Señor Jesús hace a los discípulos en el vers. 13: “Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Noten que el centro de la cuestión era la identidad de Cristo, no de Pedro o de ningún otro de los apóstoles. El punto crucial de la pregunta del Señor en el vers. 15 era lo que ellos pensaban acerca de Él. “Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

¿Qué fue lo que el Padre reveló a Pedro? Lo mismo que revela a todo pecador para traerlo a la salvación: Que Jesús es el Cristo y el Hijo del Dios viviente. La palabra Cristo es la traducción griega de la palabra hebrea Mesías, que traducido al español significa “el Ungido”. Así que las palabras Mesías, Cristo y Ungido son equivalentes, pero en tres idiomas distintos. En el AT se ungía con aceite a los reyes, a los profetas y a los sacerdotes. Cuando el Señor Jesús es señalado como el Ungido de Dios, como el Cristo, lo que se quiere significar es que Él es Rey, Profeta y Sacerdote. En Su Persona estos tres oficios alcanzan su punto más alto y definitivo. Y es en ese contexto que el Señor dice a Pedro en el vers. 18: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.

Hay un juego de palabras aquí. El nombre de Pedro significa “piedra”, una referencia a la obra que Cristo estaba haciendo en este hombre que había mostrado ser tan impulsivo y voluble en ocasiones. “Tú eres Pedro – una piedra – y sobre esta roca edificaré mi Iglesia” (y allí el Señor usa la palabra griega kefa que señala una gran piedra firme y estable).

“Tú eres una piedra, pero yo edificaré mi iglesia sobre una roca firme e inamovible”. Si la intención hubiera sido señalar a Pedro como el fundamento, hubiera sido más natural decirle: “Tu eres Pedro y sobre ti edificaré mi iglesia”; pero eso no fue lo que Cristo dijo, sino más bien: “Sobre esta roca, sobre eso que acabas de confesar de que yo soy el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. La Iglesia está fundada sobre la identidad de Jesús como el Hijo de Dios y como el Mesías prometido en el AT.

Agustín de Hipona, que vivió en el siglo V y a quien la iglesia Católica venera como santo, parafrasea el texto de Mt. 16:18 de este modo: “Sobre esta piedra que has confesado, edificaré mi iglesia. Pues la piedra era Cristo – dice Agustín – y el mismo Pedro fue edificado también sobre este fundamento”.

Si todavía alguien tiene duda al respecto, entonces debemos dejar que el mismo Pedro nos explique el sentido de estas palabras. En Hch. 4:11-12 él declaró: “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

Cristo es la piedra angular sobre la cual está siendo edificado este templo espiritual, la iglesia. Su Persona y Su obra sustentan el edificio y le proveen simetría y fortaleza. La Iglesia no está fundada sobre ningún hombre, sino sobre el Dios – Hombre. De ahí su gloria y su fortaleza. Pedro recalca esta enseñanza en su primera carta cuando escribe: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”.

Y lo mismo dice el apóstol Pablo en Efesios 2:19-22: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”.

He ahí, entonces, el fundamento de este templo espiritual, la iglesia: nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Sólo a Él escogió Dios el Padre como “la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa”, dice el apóstol Pedro en su primera carta (1P. 2:6). Por lo tanto, sólo “el que creyere en Él, no será avergonzado”. Todo lo demás es doctrina de hombres, sin ningún valor.

Yo no tengo ninguna simpatía por aquellos que eliminan las enseñanzas difíciles de la Biblia. Un cristiano ha hecho un compromiso previo de seguir a Jesús y de hablar y actuar como Jesús lo haría.

Yo tengo poca simpatía por aquellos que afirman a derecha y a izquierda que van a mantenerse firmes a las enseñanzas difíciles de la Biblia, pero que rara vez las tocan…o que se deshacen en disculpas por traerlas a colación…o quienes cuando hablan acerca de ellas, gritan la verdad como para inflarse de confianza (Yo pienso de ellos como los “lanza granadas”).

Yo tengo mucha simpatía por aquellos que quieren expresar las verdades bíblicas en una forma clara, confiada y comprensible pero que se esfuerzan para hacerlo. La lucha es un signo de vitalidad; los seres vivos luchan, las cosas complacientes yacen sin moverse.

El infierno es una de esas enseñanzas difíciles. Yo no tengo una visión especial de cómo comunicarlo, pero he pasado mucho tiempo recientemente en 2 Tes 1:5-10 y otros pasajes y he pensado lo que debe decirse, y cómo.

Yo simplemente compartiré una anécdota. Hace un tiempo, prediqué sobre la resurrección de Lázaro de Juan 11. Mi principal enfoque fue sobre nuestra futura resurrección y cómo Juan 12:1-2 prefigura el banquete mesiánico eterno. Mi punto secundario fue que para aquellos que rechazan a Cristo hay un infierno, y que lo opuesto al banquete de comunión son las “tinieblas de afuera”. Yo mencioné que “el infierno como fuego” era importante, pero que Jesús, Pablo, Pedro y Judas también hablaron del destino de los condenados como siendo “cortados de la presencia del Señor” o “oscuridad eterna” o “externa”.

Yo particularmente quería hablar a la gente joven de la congregación, porque yo estoy alarmado por las recientes estadísticas que muestran que la iglesia está perdiendo gente en la adolescencia tardía y en los tempranos veintes. Yo sentí que ellos podrían estar acorazados contra una “charla acerca de las llamas del infierno”. Yo decidí que Juan 11-12 apuntaba en otra dirección: una charla acerca del infierno como aislamiento. Yo quería, por así decirlo, cogerlos fuera de base. Yo quería mostrarles a ellos la relevancia de la oscuridad de afuera.

Yo hablé con alguna gente joven, incluyendo a mis hijos, y en lugar de hablar sobre el infierno, yo aguijoneé y luego escuché. Ellos me dieron suficiente retroalimentación para un par de sermones, y yo tuve que trabajar duro para cortarlo a una cantidad manejable, especialmente dado que el infierno era sólo mi punto secundario. Ellos me hablaron acerca de cómo la gente joven es impulsada a conectarse y a mantenerse conectada con otros. ¿Cómo? Bueno, cuando envían mensajes de texto, principalmente. Seguido por salas de chat, teléfono celular, Facebook, y al final de la fila, correo electrónico. Uno de ellos mencionó la frase “¡Kurt Cobain Vive!” Yo no soy tan viejo, yo sí sé quién era Kurt Cobain, pero yo sí hice mi tarea de todas maneras y escuché algo de su música. Yo hubiera pensado que una referencia a Cobain hubiera estado un poco pasada de moda si yo me hubiera estado dirigiendo a gente en sus 20s, pero por lo que yo he visto esto no es necesariamente así.

Muy bien. Aquí, poco a poco, están algunos de mis puntos que fueron especialmente dirigidos a personas jóvenes:

Kurt Cobain era un músico: un escritor, cantante, guitarrista de una revolucionaria banda, Nirvana. Él luchó con la depresión y con la adicción a la heroína. En 1994, a la edad de 27, drogado por la heroína, él se suicidó con una escopeta. Yo he escuchado un poco de Nirvana esta semana. Una canción que él escribió incluía las siguientes oraciones: “Yo voy a ir al infierno, Yo voy a morir, ¿Quién quiere quedarse?” Para muchos hoy, usualmente personas menores que yo, Kurt Cobain es un símbolo. Él vivió con intensidad, tocó su música, se burlaba de la muerte, iba para el infierno y no le importaba, ¡guau! Y se fue en un resplandor de gloria. Para algunos él es un héroe trágico. Busqué en el internet la frase “Kurt Cobain vive”, les sorprendería. ¿Cómo es que él vive? Bueno, ellos dicen: en su música, en su fama…

No, Kurt Cobain no vive. Él tenía tres días de estar muerto cuando un electricista vino a hacer cosas en su casa y encontró el cuerpo. Eso no es heroico.

[Yo también hablé sobre un hombre que se suicidó en un insólito accidente de carro mientras huía de la policía]. Agregué

Por supuesto, alguien podría tratar de hacer una película de Hollywood acerca de él: él era un solitario que jugaba por sus propias reglas. Pero eso no es la realidad: su muerte fue más como una mala caricatura de Warner Brothers que un final de Hollywood.

feeling_of_isolation-9010411Algunas personas piensan que la muerte no es nada, usted sólo apaga y se acaba.

No – para una persona sin Cristo, es la oscuridad, pero usted está consciente para siempre. Imagínese bajar a un sótano oscuro con una linterna y luego ya no hay linterna, y sus ojos nunca se ajustarán …pero usted está aún ahí. Hay peores cosas que dejar de existir.

Y vivir en la oscuridad de afuera no es en un buen sentido de “Me gustaría un tiempo libre por mi cuenta”. Más bien es “Yo nunca voy a estar en contacto con alguien más”. Lo que sea que Kurt Cobain esté haciendo ahora, él no está en contacto con sus amigos. ¿Usted piensa que nuestra iglesia es exigente con respecto a apagar sus teléfonos celulares? Bueno, estar en el infierno significa que usted deja sus dispositivos en la puerta: no más enviar mensajes de texto, no más celular, ni aún correo electrónico, ni aún Facebook, ni cara-a-cara, ni compartir un capuchino o comparar notas en el más allá!!! “¿Te veo en el infierno”? No lo harás…

Yo bromeé que mi subtítulo iba a ser “¿Habrá mensajes de texto en el infierno?”

Es difícil para algunos de nosotros imaginarlo, pero para algunas personas estar desconectados/olvidados es infinitamente más horroroso que el lago de fuego.

Cuando hablo de estudiar la Biblia intencionalmente, me refiero la hecho de que hay algo en el estudio concienzudo de las Escrituras que no lo provee su mera lectura. Escudriñar y reflexionar con detenimiento nos provee frutos abundantes y duraderos.  Para esto necesitamos apartar tiempo significativo, acudir a herramientas de estudio y escoger el lugar apropiado para evitar al máximo las distracciones. No menos necesarias son la disciplina y la diligencia (2 Tim. 2:15).

“Ningún versículo de la Escritura le dará su significado a los perezosos” (A. W. Pink).

La salvación es por gracia, pero el conocimiento bíblico es por las obras. La Biblia es alimento para el alma, pero hay que llevarlo de la mente al corazón. No hay tiempo predeterminado que debemos dedicar al estudio de la Palabra de Dios, pero éste sí nos dice que debemos desearla como los niños recién nacidos desean la leche materna (1 Ped. 2:1-2). ¿Cómo está tu apetito espiritual? El apetito es un indicativo del estado de salud de los individuos, y lo mismo podemos decir con respecto al alma.

“Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:8).

¿Cuándo será la próxima vez que vas a estudiar tu Biblia? Espero que sea pronto.

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Reflexionar es el sistema digestivo del alma. Es la capacidad dada por Dios al hombre de rumiar lo conocido con el propósito de hacerlo llegar al corazón. No debemos anhelar ampliar nuestro almacén de conocimientos por la mera acumulación en sí. Nuestro gran interés es ser sabios a la manera de Dios. La lectura que no va acompañada de meditación difícilmente tenga un impacto duradero. Es mejor leer un versículo con meditación, que capítulos enteros de manera irreflexiva.

  • “En tus mandamientos meditaré; Consideraré tus caminos.” (Psalm 119:15, RVR60)
  • “Se enardeció mi corazón dentro de mí; En mi meditación se encendió fuego, Y así proferí con mi lengua:” (Psalm 39:3, RVR60)
  • “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos.” (Jeremiah 15:16, RVR60)
  • “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.” (Joshua 1:8, RVR60)

Comentando sobre las palabras del Salmo 119:15: “En tus mandamientos meditaré”, Charles Bridges expresa que el salmista había hecho una resolución de meditar que vino a ser un hábito en su mente. ¿Desarrollaremos nosotros el mismo hábito?

Permítanme expresar sólo una palabra de advertencia aquí. Cuando afirmamos que Cristo recibe a los pecadores, todos dicen: “Bien, yo soy un pecador.” Es una prueba curiosa de que la gente no sabe qué es ser un pecador, pues de otra forma, no estarían tan dispuestos a admitir que están incluidos en esa clase. Si yo le dijera a cualquiera que me encontrara: “tú eres un criminal”, casi invariablemente replicaría: “no, amigo, no lo soy”. Pero la única diferencia entre ser un criminal y ser un pecador es que el pecador es el peor de los dos. Un criminal es una persona que ofende contra las leyes de los hombres y “un pecador” es un término teológico que significa: uno que ofende contra las leyes de Dios. La gente dice: “ser criminales; ¡oh, qué horrible! Pero, ser pecadores; bien, todos somos pecadores”; no parecieran pensar nada acerca de esa terrible verdad. ¡Ah!, pero a menos que la gracia de Dios los cambie, el día vendrá en que pensarán que hubiera sido mejor ser una rana, un sapo, una víbora, o cualquier otra criatura, en lugar de haber sido un pecador; pues, después de la palabra “demonio”, no hay otra palabra de contenido más terrible como esa palabra: “pecador”. “Un pecador” quiere decir alguien a quien no le importa Dios para nada, alguien que quebranta las leyes de Dios, que desprecia la misericordia de Dios, y que, si continúa siendo lo que es, tendrá que soportar la ira de Dios como un castigo por su pecado.

Sin embargo, estas son las personas que Cristo está dispuesto a recibir. Por tanto, ninguno de ustedes podría decir, si pereciera, que perece porque Él no quiso recibirlo. “¡Oh, pero!”, -dirás tú- “Él nunca recibiría a alguien como yo.” ¿Cómo sabes eso? ¿Le has probado alguna vez? No hay ningún pecador, ni siquiera en el propio infierno, que se atreva a decir jamás que se acercó a Jesús, pero que Jesús rehusó recibirle. No hay un alma perdida en el hoyo profundo, que pudiera mirar hacia Dios, y decirle justamente: “Grandioso Dios, yo pedí misericordia por medio de la preciosa sangre de Jesús, pero Tú dijiste: ‘No te la concederé a ti’.” No, eso no podrá ser nunca; ni en la tierra, ni en el infierno, habrá un alma jamás que hubiera confiado en Cristo para perecer después. Tú dices que Cristo no te salvará, así que te pregunto de nuevo: ¿Le has probado alguna vez? ¿Le diste alguna vez una oportunidad? ¿Le dijiste alguna vez, estando de rodillas, consciente de tu condición perdida: “Jesús, sálvame porque perezco”? Tú estás espiritualmente ciego; ¿le dijiste alguna vez: “Hijo de David, ten misericordia de mí”? ¿Clamaste a Él, una y otra vez, y acaso te dio la espalda, y permitió que continuaras en las tinieblas? Leproso, tu eres repulsivo a Su vista en razón de tu pecado; pero ¿le dijiste alguna vez: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”? No, tú sabes que no lo has hecho, aunque a menudo has resuelto que lo harías. Bajo la influencia de un sermón sincero, tú has dicho: “voy a buscar al Señor”; pero cuando saliste de la casa de oración, algún compañero ocioso se reunió contigo, y pronto olvidaste todo lo concerniente a tu buena resolución. Pero déjame decirte ahora que a pesar de todos los años en que has oído el Evangelio en vano, si el Espíritu Santo te moviera incluso ahora a confesar tu pecado a Jesús, y a decirle: “Hijo de David, ten misericordia de mí; pongo los asuntos de mi alma en Tus manos a partir de este momento”; pecador, Él te salvará. Si no lo hiciera, entonces yo perecería contigo, pues esta es toda nuestra esperanza: que Jesús murió para salvar a los perdidos; y si pudiera perecer un alma que mirara con fe a Sus heridas, entonces todos deben perecer, y el abismo deberá tragar a toda la familia de Dios comprada con sangre. Pero eso no puede suceder nunca.
C. H. Spurgeon – sermón #2889

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