Mis padres me inculcaron la importancia de un “tiempo de quietud.” Para sorpresa de muchos, el concepto no lo originó el finado Dawson Trotman, fundador de Los Navegantes, sino el Señor mismo.

Las Sagradas Escrituras están repletas de referencias al valor de esperar al Señor y pasar tiempo con él. Cuando lo hacemos, la basura que hemos recogido durante las horas apuradas, atareadas del día, se filtran, de manera parecida al cieno que se asienta cuando el río se hace más ancho. Con la basura fuera del camino, podemos ver las cosas más claramente y entender los acicates de Dios con mayor sensibilidad.

David con frecuencia subrayó los beneficios de pasar tiempo a solas. Estoy seguro de que él se familiarizó con esta disciplina al apacentar las ovejas de su padre. Más tarde, durante los años tumultuosos cuando el rey Saúl estaba al borde de la locura y lo perseguía por envidia, David halló que su tiempo con Dios no sólo era un refugio necesario sino también su medio de sobrevivir.

Cuando escribió: “Aguarda a Jehová; /Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; /Sí, espera a Jehová” (Salmo 27:14), conocía de manera íntima lo que quería decir. Cuando admitió: “Pacientemente esperé a Jehová, /Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor” (40:1), no lo dijo partiendo de una teoría nada realista. El hombre sufría, con gran aflicción. Y cuando escribió: “Júzgame, oh Jehová, porque yo en mi integridad he andado; /He confiado asimismo en Jehová sin titubear. /Escudríñame, oh Jehová, y pruébame; /Examina mis íntimos pensamientos y mi corazón” (26:1-2), no estaba simplemente esgrimiendo unos cuantos pensamientos emocionales para dejar boquiabierto al lector. Esas palabras brotaban de lo más profundo de su alma afligida, como el rompiente de agua salada estalla cuando una ola se estrella contra la roca.

¿Tiempo con Dios? ¿Quién experimentó más su valor que Job después de perderlo todo? En adoración escribió:

“Desnudo salí del vientre de mi madre,

y desnudo volveré allá.

Jehová dio, y Jehová quitó;

sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21).

Y su confianza tranquila no se agotó; el hombre continuó buscando la comunión con su Dios. ¿Recuerda su confesión? Lo que la destaca más es que él la dijo mientras lo rodeaban los que lo acusaban:

“Mas él conoce mi camino;
Me probará, y saldré como oro.
Mis pies han seguido sus pisadas;
Guardé su camino, y no me aparté.
Del mandamiento de sus labios nunca me separé;
Guardé las palabras de su boca más que mi comida” (23:10–12).

¡Eso es! Eso es exactamente lo que ocurre cuando nos salimos del carril de alta velocidad y mantenemos nuestra cita con el que nos hizo. Sus palabras adquieren mayor significado que una buena comida. ¡Y qué grandiosos pensamientos tiene Él para nosotros, qué nociones, qué consuelo, qué seguridad!

La mejor parte de todo es que esas divinas irrupciones vienen de manera muy inesperada. Aunque usted y yo tal vez nos hayamos reunido a solas con Dios mañana tras mañana, de repente sucede que un día, como ningún otro, Él nos revela su plan . . . y nos deja sorprendidos.

Le sucedió a Moisés. A solas con su rebaño de Jetro, en algún lugar del desierto, tal vez después de que el ulular de los vientos nocturnos del desierto se habían calmado y los candentes rayos del sol de Sinaí empezaban a dejarse ver por encima de los impresionantes riscos de Horeb, Dios le habló desde un matorral que ardía de manera extraña.

Y, ¿qué fue lo que Dios le dijo? ¿Qué fue lo que oyó este pastor de ochenta años de edad, ya de bajada? “¡Dirige el éxodo!”

¿Quién jamás hubiera imaginado que un amanecer de otra manera ordinario hallaría al viejo batallando con la incredulidad? Menos que nadie, Moisés.

Entiendan que esos momentos fenomenales son la excepción, y no la regla. Si Dios nos hablara de esa manera todos los días, zarzas ardientes serían tan comunes como los semáforos o teléfonos que timbran. La verdad es que nunca jamás en toda la historia del mundo se ha vuelto a oír la voz de Dios desde una zarza que se negaba a consumirse por las llamas. Como ven, Dios siempre se dedica a hacer obras originales, y no a duplicar grabaciones.

Pero jamás lo dude: Él todavía anhela hablarles a corazones que esperan . . . corazones que saben quedarse quietos ante Él.

Adaptado de  Charles R. Swindoll, “Time with God,” en The Finishing Touch: Becoming God’s Masterpiece (Dallas: Word, 1994), 306–308. Copyright © 1994, Charles R. Swindoll, Inc. Reservados todos los derechos mundialmente.

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