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Contenido

Prefacio

1    La iglesia en una perspectiva pastoral

2    La iglesia como comunidad terapéutica

3    El asesoramiento pastoral por medio de grupos

4    El pastor en un mundo en conflicto

5    Hacia la renovación de la Iglesia

6          Conclusiones

Extracto:

Principios generales para el asesoramiento grupal

En este capítulo presentaremos a un grupo funcionando y en él aparecerán la mayoría de los principios generales para una buena tarea de asesoramiento de grupos. Presentaremos algunos principios que no son tan evidentes en los diálogos producidos en el grupo aludido.

1. El centro de atención

No se trata de aprovechar la presencia de un grupo para comenzar a predicar. El pastor debe intentar clarificar, introducir preguntas que tengan el mismo fin; debe aprovechar los aportes que puedan hacer otros miembros del grupo. No debe expresar juicios críticos que impliquen aprobación o desaprobación. En el grupo cada uno está desempeñando un papel. Los miembros del grupo saben quién es el pastor y por qué está participando. Hay mensajes no verbales que llegan mucho más que las palabras: el tono de la voz, la manera de sentarse, las demostraciones (inconscientes y a veces conscientes) de interés o desinterés, etc.

El pastor no debe temer centrar la atención sobre los intereses del grupo. Su presencia ya es un mensaje positivo o negativo. A veces algunos del grupo, sobre todo cuando se trata de personas no creyentes, quieren convencerse de si realmente uno está interesado en ellos, si uno los acepta o si por el contrario lo único que le interesa es “pescarlos para su religión”. Un grupo de personas relacionadas entre sí por su interés común -la homosexualidad- me pidieron una entrevista a raíz de la aparición de mi libro Carta abierta a los homosexuales (edición Argentina de Lo que todos debemos saber sobre la homosexualidad). Eran siete personas, de edad entre 40 y 50 años, todos de buen nivel cultural y económico. La amistad entre algunos databa de más de veinte años; entre ellos yo era el extraño. Sin embargo mi presencia les significaba mucho, no por mí mismo sino por el papel de ministro de Dios que esperaban que desempeñara.

Al terminar la segunda entrevista grupal uno de ellos lanzó una invitación y una pregunta: “Les invito a tener el próximo encuentro en mi departamento y yo les invito a cenar. Podemos dialogar mientras cenamos… Y usted, pastor, ¿vendría a cenar en casa de un homosexual? En muy pocos segundos vino a mi mente la actitud de Jesús para con las prostitutas y otros pecadores y de inmediato le respondí: “En casa de un homosexual no, pero iré a su casa con mucho gusto, porque usted es mucho más que un homosexual”. Después de la cena pidió disculpas diciendo: “Sabe, pastor, lo que ocurre es que yo tengo un pariente que es líder de una iglesia evangélica y es un ’falluto’ [una persona no sincera]. Yo quería convencerme de que realmente usted tenía interés en ayudarnos. Perdóneme por ser tan desconfiado”.

El pastor no debe temer centrar su atención en el interés del grupo si está convencido de la naturaleza religiosa del ser humano y de la necesidad de redención, más o menos manifiesta, que está presente en cada ser humano: moral o inmoral, culto o inculto, blanco o negro, El ministro debe tener como presupuesto básico de su trabajo la presencia conflictiva del pecado y de la imagen de Dios en todo ser humano. A todo esto debe sumarse el hecho de la presencia del pastor que se comunica no sólo con las palabras. Veamos un caso.

Un profesional, socio de la Asociación Cristiana de Jóvenes de Buenos Aires, me invitó a una reunión en su casa para dialogar sobre la película El exorcista. En el día convenido me encontré con diez matrimonios, casi todos personas jóvenes que habían egresado recientemente de la universidad. El interés básico parecía ser la parasicología, pero antes de arribar a una hora de diálogo surgió el tema religioso. Y me di el lujo de decir: “Pongamos la religión entre paréntesis, veamos primero los aspectos científicos”. No habían transcurrido quince minutos sin que las preguntas religiosas surgieran por todos lados. Durante una hora y media más estuve instruyendo sobre la fe cristiana a muy alto nivel. Al día siguiente una de las señoras participantes me comentó:

-Pastor, nos dijo que no iba a hablar de religión y al final, nos llevó hacia donde usted quiso.

-No -le contesté-, yo fui hacia donde ustedes quisieron que fuera.

La presencia de un ministro de Dios es un mensaje. Por lo tanto uno no debe temer que la atención sea centrada sobre las ideas, sentimientos, preocupaciones, frustraciones, conflictos o ansiedades de los componentes del grupo. El pastor debe aprender a escuchar y desarrollar la habilidad de aclarar concepos a fin de clarificar las ideas que bullen, a veces en forma nebulosa, en las mentes de sus interlocutores. La comprensión va implícita en toda la entrevista además del sentimiento de aceptación y respeto por cada una de las personas involucradas. En los dos grupos mencionados actué con respeto hacia personas que tenían una actuación moral e ideológica muy variada: homosexuales, librepensadores, marxistas, cristianos católicos, espiritistas. En ambos grupos sólo uno había sido miembro de una iglesia evangélica. Su relato casi me hace llorar. “Tenía veinte años cuando me convertí en la iglesia. Los tres años que permanecí en ella fueron de victoria. Un día me agarraron fumando en el bar de la esquina y formaron tremendo bochinche. Me sentí terriblemente humillado, me fui de la iglesia, volví a la homosexualidad y aquí tiene lo que ha quedado de mí después de veinticinco años”. Es evidente que la iglesia enferma-enfermera del mundo necesita curarse para mejor cumplir su ministerio redentor al mundo moribundo.

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