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Una amplia reserva de contenido del corazón de maestros bíblicos

Cuando hablo de estudiar la Biblia intencionalmente, me refiero la hecho de que hay algo en el estudio concienzudo de las Escrituras que no lo provee su mera lectura. Escudriñar y reflexionar con detenimiento nos provee frutos abundantes y duraderos.  Para esto necesitamos apartar tiempo significativo, acudir a herramientas de estudio y escoger el lugar apropiado para evitar al máximo las distracciones. No menos necesarias son la disciplina y la diligencia (2 Tim. 2:15).

“Ningún versículo de la Escritura le dará su significado a los perezosos” (A. W. Pink).

La salvación es por gracia, pero el conocimiento bíblico es por las obras. La Biblia es alimento para el alma, pero hay que llevarlo de la mente al corazón. No hay tiempo predeterminado que debemos dedicar al estudio de la Palabra de Dios, pero éste sí nos dice que debemos desearla como los niños recién nacidos desean la leche materna (1 Ped. 2:1-2). ¿Cómo está tu apetito espiritual? El apetito es un indicativo del estado de salud de los individuos, y lo mismo podemos decir con respecto al alma.

“Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:8).

¿Cuándo será la próxima vez que vas a estudiar tu Biblia? Espero que sea pronto.

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Reflexionar es el sistema digestivo del alma. Es la capacidad dada por Dios al hombre de rumiar lo conocido con el propósito de hacerlo llegar al corazón. No debemos anhelar ampliar nuestro almacén de conocimientos por la mera acumulación en sí. Nuestro gran interés es ser sabios a la manera de Dios. La lectura que no va acompañada de meditación difícilmente tenga un impacto duradero. Es mejor leer un versículo con meditación, que capítulos enteros de manera irreflexiva.

  • “En tus mandamientos meditaré; Consideraré tus caminos.” (Psalm 119:15, RVR60)
  • “Se enardeció mi corazón dentro de mí; En mi meditación se encendió fuego, Y así proferí con mi lengua:” (Psalm 39:3, RVR60)
  • “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos.” (Jeremiah 15:16, RVR60)
  • “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.” (Joshua 1:8, RVR60)

Comentando sobre las palabras del Salmo 119:15: “En tus mandamientos meditaré”, Charles Bridges expresa que el salmista había hecho una resolución de meditar que vino a ser un hábito en su mente. ¿Desarrollaremos nosotros el mismo hábito?

Permítanme expresar sólo una palabra de advertencia aquí. Cuando afirmamos que Cristo recibe a los pecadores, todos dicen: “Bien, yo soy un pecador.” Es una prueba curiosa de que la gente no sabe qué es ser un pecador, pues de otra forma, no estarían tan dispuestos a admitir que están incluidos en esa clase. Si yo le dijera a cualquiera que me encontrara: “tú eres un criminal”, casi invariablemente replicaría: “no, amigo, no lo soy”. Pero la única diferencia entre ser un criminal y ser un pecador es que el pecador es el peor de los dos. Un criminal es una persona que ofende contra las leyes de los hombres y “un pecador” es un término teológico que significa: uno que ofende contra las leyes de Dios. La gente dice: “ser criminales; ¡oh, qué horrible! Pero, ser pecadores; bien, todos somos pecadores”; no parecieran pensar nada acerca de esa terrible verdad. ¡Ah!, pero a menos que la gracia de Dios los cambie, el día vendrá en que pensarán que hubiera sido mejor ser una rana, un sapo, una víbora, o cualquier otra criatura, en lugar de haber sido un pecador; pues, después de la palabra “demonio”, no hay otra palabra de contenido más terrible como esa palabra: “pecador”. “Un pecador” quiere decir alguien a quien no le importa Dios para nada, alguien que quebranta las leyes de Dios, que desprecia la misericordia de Dios, y que, si continúa siendo lo que es, tendrá que soportar la ira de Dios como un castigo por su pecado.

Sin embargo, estas son las personas que Cristo está dispuesto a recibir. Por tanto, ninguno de ustedes podría decir, si pereciera, que perece porque Él no quiso recibirlo. “¡Oh, pero!”, -dirás tú- “Él nunca recibiría a alguien como yo.” ¿Cómo sabes eso? ¿Le has probado alguna vez? No hay ningún pecador, ni siquiera en el propio infierno, que se atreva a decir jamás que se acercó a Jesús, pero que Jesús rehusó recibirle. No hay un alma perdida en el hoyo profundo, que pudiera mirar hacia Dios, y decirle justamente: “Grandioso Dios, yo pedí misericordia por medio de la preciosa sangre de Jesús, pero Tú dijiste: ‘No te la concederé a ti’.” No, eso no podrá ser nunca; ni en la tierra, ni en el infierno, habrá un alma jamás que hubiera confiado en Cristo para perecer después. Tú dices que Cristo no te salvará, así que te pregunto de nuevo: ¿Le has probado alguna vez? ¿Le diste alguna vez una oportunidad? ¿Le dijiste alguna vez, estando de rodillas, consciente de tu condición perdida: “Jesús, sálvame porque perezco”? Tú estás espiritualmente ciego; ¿le dijiste alguna vez: “Hijo de David, ten misericordia de mí”? ¿Clamaste a Él, una y otra vez, y acaso te dio la espalda, y permitió que continuaras en las tinieblas? Leproso, tu eres repulsivo a Su vista en razón de tu pecado; pero ¿le dijiste alguna vez: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”? No, tú sabes que no lo has hecho, aunque a menudo has resuelto que lo harías. Bajo la influencia de un sermón sincero, tú has dicho: “voy a buscar al Señor”; pero cuando saliste de la casa de oración, algún compañero ocioso se reunió contigo, y pronto olvidaste todo lo concerniente a tu buena resolución. Pero déjame decirte ahora que a pesar de todos los años en que has oído el Evangelio en vano, si el Espíritu Santo te moviera incluso ahora a confesar tu pecado a Jesús, y a decirle: “Hijo de David, ten misericordia de mí; pongo los asuntos de mi alma en Tus manos a partir de este momento”; pecador, Él te salvará. Si no lo hiciera, entonces yo perecería contigo, pues esta es toda nuestra esperanza: que Jesús murió para salvar a los perdidos; y si pudiera perecer un alma que mirara con fe a Sus heridas, entonces todos deben perecer, y el abismo deberá tragar a toda la familia de Dios comprada con sangre. Pero eso no puede suceder nunca.
C. H. Spurgeon – sermón #2889

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El sexto mandamiento, no matarás, es tan corto, tan preciso y tan necesario que en vez de discutirlo más bien deberíamos obedecerlo sin ponerle peros. Es decir, cumplámoslo primero y después vemos qué otras cosas se pueden mejorar. Por eso, antes de ir al pero de Jesús, observemos tres cosas para no perder la oportunidad de reflexionar brevemente en el no matarás (Ex 20:13).

En primer lugar, la esencia del mandamiento es que la vida humana es sagrada; por eso Dios rechaza, desaprueba y condena el asesinato (Gn 4:1–12), el primer pecado registrado después de la desobediencia de Adán y Eva. Es decir, en toda la Biblia solamente hay tres escasos capítulos en los que existe la vida sin violencia entre los seres humanos.

No es del todo claro por qué Caín odia a Abel, y por qué Dios rechaza las ofrendas del primero y acepta las del segundo, el hecho es que no existe un ser humano que no haya sufrido de algún modo la realidad de la violencia asesina.

De Génesis 4 en adelante la violencia crece de manera descontrolada. La historia de la humanidad es la historia de las violencias entre los seres humanos. Los casos y las formas de las violencias relatados en la Biblia son abundantes: asesinatos, violaciones, robos, asaltos y toda clase de maldad, como hoy. Las leyes formuladas en los libros de Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio tienen el propósito de frenar la violencia y proponer alternativas para propiciar la viabilidad de una nación y la vida en paz. Pero el pueblo de Dios tomó otro camino.

El profeta Miqueas describe la realidad de Judá a finales del siglo viii y principios del vii a.C. de esta manera: “No creas en tu prójimo, ni confíes en tus amigos; cuídate de lo que hablas con la que duerme en tus brazos. El hijo ultraja al padre, la hija se rebela contra la madre, la nuera contra la suegra, y los enemigos de cada cual están en su propia casa” (Mi 7:5–6, NVI).

En segundo lugar, ¿cómo dice el Antiguo Testamento “no matarás” al tiempo que manda a matar gente? La Biblia distingue entre matar y asesinar. Una cosa es matar en una guerra en la cual dos bandos se enfrentan y ambos saben que están en guerra, y otra muy distinta matar a alguien específico por un asunto personal, con premeditación y alevosía, o por un pago, o en un momento de ira en caso distinto a la legítima defensa. Una de las formas más comunes de juicio divino en la Biblia es la guerra, pero la ira del hombre no obra la justicia de Dios (Stg 1:20, RV). ¿Se reconcilian más fácilmente las naciones que los individuos? La historia reciente entre Colombia y Venezuela podría darnos algunas pistas.

Pero de aquí surgen más preguntas: qué constituye una guerra, cuántos suman un bando, qué es premeditado, y qué es legítima defensa. ¿Está Dios de acuerdo con la fabricación, distribución y venta de armas para las guerras, por legítimas que sean o para la defensa personal? ¿Se considera “combate” cuando se bombardea al enemigo mientras duerme?

Por último, desde que existen las armas de destrucción masiva, en una guerra una bomba mata miles en segundos (incluyendo combatientes y no combatientes) y nadie va a la cárcel. Pero si un soldado mata a un prisionero de guerra, uno solo, y es juzgado por el hecho, va a la cárcel por asesino. Aparte de que eso lo determinan los protocolos internacionales, ¿está bien todo eso?

En los tiempos bíblicos, no había armas de destrucción masiva tipo bombas. Por lo tanto, debemos tratar de entender esto como se hubiera entendido en esas circunstancias y darnos cuenta de que no es tan fácil trasladar tales enseñanzas al día de hoy cuando sí tenemos tales armas. Como ha dicho Hannah Arendt, eso de “la guerra justa” no tiene ningún sentido cuando hay armas nucleares. Creo que los japoneses, objetivo de dos bombas atómicas en la segunda guerra mundial, estarían de acuerdo conmigo. ¿Usted no? Conste que Estados Unidos lanzó las bombas para “terminar la guerra”. ©2012Milton Acosta

CONTINUARÁ… … …

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En una sección del conocido Sermón del Monte, Jesús introduce seis temas de su enseñanza con la expresión: “Ustedes han oído que se dijo a sus antepasados” (o “ustedes han oído” o “se ha dicho”). Y en seguida añade “Pero yo les digo”. En dos de los seis casos Jesús cita uno de los Diez Mandamientos; en los otros cuatro cita otros mandamientos de la Torá. Después de cada uno añade algo suyo (Mt 5:21–48). En esta ocasión nos ocuparemos del primero de estos “pero yo les digo”.

La fórmula sugiere que Jesús se refiere a lo que la gente había escuchado en la lectura pública de las Escrituras. En otras palabras, lo que Dios ha dicho. Pero esa lectura iba acompañada de las enseñanzas de los escribas y fariseos, los maestros. Si hubiera sido las Escrituras solamente, Jesús quizá habría dicho “está escrito”, como se acostumbraba.[1] Se trata entonces de controvertir la interpretación de los maestros, no de contradecir la Escrituras. Ya veremos si es igual con todos estos peros.

Visto así, lo que Jesús se propone hacer es una interpretación de algunos mandamientos. No es que el mandamiento decía “no matarás” y Jesús ahora lo va a cambiar por “sí matarás.” Más bien, la intención de Jesús es explicar en términos concretos qué significa superar la justicia de los maestros de la ley (Mt 5:20). Esta superación es fundamental porque sin ella sus discípulos no verán el reino de los cielos; cosa grave.

Muchos comentaristas han observado los paralelos entre Moisés y Jesús en el evangelio de Mateo: la matanza de niños, el llamado de Egipto, el ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, la proclamación desde un monte, la provisión de alimento, la gloria divina, y el fin de su misión en un monte. Así, Jesús claramente se presenta como “un segundo Moisés”.[2]

Un asunto intrigante del primer “pero yo les digo” (Mt 5:21–26) es que Jesús elige una fórmula retórica beligerante para hablar de reconciliación. Al desautorizar la interpretación oficial de la sinagoga, que es la que su auditorio ha oído, Jesús automáticamente se echa de enemigo al sindicato de los maestros (de la Ley). ¿Cómo puede uno hablar de la reconciliación con un método que produce enemigos? ¿Para que tengan con quien practicar?

La otra cuestión que causa curiosidad es que la forma sugerida de practicar el “no matarás” no es sencillamente no matando, sino yendo a reconciliarse con la persona que tiene algo contra uno. Eso parece al revés. ¿No debería el otro venir donde uno? Además, si uno va a reconciliarse con alguien que uno supone que tiene algo contra uno, es difícil hacerlo sin acusar a la otra persona. Qué tal esto: “Sé que me odias y me tienes envidia, pero vengo a decirte que te perdono”. ¿No empeoraría eso las cosas y aplazaría la reconciliación indefinidamente? ©2012Milton Acosta

CONTINUARÁ… … …

[1]Luis Sánchez Navarro, La enseñanza de la montaña: comentario contextual a Mateo 5-7 (Estella: Verbo Divino, 2005), 65–68.
[2]Salvador Carrillo Alday, El evangelio de Mateo (Estella: Verbo Divino, 2010), 65–72. Se debate si la estructura de todo el evangelio de Mateo sigue un patrón que imita la Torá. Para esto último véase Miguel Ángel Roig Cervera, “La estructura literaria del Evangelio de San Mateo” (PhD, Madrid: Universidad Complutense, 1995).

“Para entender sabiduría y doctrina, para conocer razones prudentes…” (Prov. 1:2).

En los primeros capítulos de Proverbios somos exhortados con numerosas motivaciones para conocer a Dios y vivir según la sabiduría de lo alto. En estos primeros versículos, se establecen los propósitos del libro de manera resumida y persuasiva. Está escrito para los que quieren aprender a vivir—a vivir la vida tal como Dios diseñó que fuese.

El que se acerca a Proverbios lo hace para aprender. Leerlo es reconocer que no hemos llegado, que necesitamos guía y dirección. El libro parte de una presuposición: hay una ignorancia en nosotros que sólo Dios puede eliminar. Aun los más sabios tienen mucho que aprender (1:5). Las páginas inspiradas de este libro nos proveen lo que necesitamos. Disiparán la neblina de la ignorancia que nos impide tomar decisiones sabias, sea al hablar o al criar a nuestros hijos, al trabajar o al planificar el futuro. La sabiduría no es innata al hombre, por lo que debe buscarla en los lugares designados por Dios.

“Sabiduría”—es la palabra clave de todo el libro. Sus autores amontonan los sinónimos del concepto en todas sus páginas para impresionar al lector de su necesidad. Ser sabios es más que tener sentido común; es tener un sentido para nada común en la sociedad. Es vivir en base al temor de Dios (1:7) y para su agrado. “La sabiduría refleja la intención y la disciplina de tomar decisiones piadosas en un mundo lleno de distracciones y atajos pecaminosos.”

El término “doctrina” es traducido como ‘disciplina’ o ‘entrenamiento disciplinado’ en otras versiones. Esto así porque la idea está contenida en la palabra hebrea que se utiliza aquí; y comunica la idea del proceso que a veces exige el aprendizaje de la sabiduría. “Leer este libro es beneficioso, pero no cómodo.” Enderezar lo torcido puede resultar muy doloroso. No es un aprendizaje automático ni admite atajos. Involucra la corrección de nuestras faltas morales y el moldear nuestro carácter.

Las piedras preciosas y las perlas no se consiguen fácilmente. Se obtienen con esfuerzo. No es diferente con la prudencia, y por ello es comparada al oro y la plata en los capítulos posteriores (2:4; 3:14).

“Razones prudentes” o “palabras de inteligencia” (NVI). Esta expresión habla de alguien que adquiere discernimiento. Puede distinguir entre lo importante y lo vano, entre lo beneficioso y lo dañino, entre lo apropiado y lo inconveniente (Heb. 5:14). “El libro de Proverbios puede sernos de gran ayuda en el proceso hacia la madurez.” A la larga, no queremos que nuestros hijos sean sólo obedientes; queremos verles discernir por sí mismos el camino más excelente.

Leer Proverbios nos entrena para la vida. ¿No te animas a hurgar en su contenido?


Richard Mayhue, Practicing Proverbs, p.42.

John Kitchen, Proverbs; A Mentor Commentary, p.38.

Gary Brady, Heavenly Wisdom, p.32.

Cada año se oye la frustración: que nos han robado la fiesta, que prohibieron el árbol de la navidad en alguna ciudad, que nos estamos ahogando en el comercialismo, que el paganismo ha regresado a la fiesta y la navidad ya no es un evento cristiano. Se han olvidado del niño que vino, Dios encarnado, para un día morir por los pecados del mundo.

Pero aunque nosotros los cristianos defendemos, quizás, el verdadero significado de la Navidad en contra de los abusos del mundo, hay un sentido en que la conmemoración cristiana de la navidad falta poco, pues se nos ha escapado algo. Nosotros generalmente celebramos una navidad individualista. Nos enfocamos en el bebé que vino para mí, para salvarme a mí personalmente, para que yo pueda ir al cielo un día. Gracias a Dios esto es verdad. continua leyendo…

La tradición cristiana nos cuenta que fue San Francisco de Asís quien primero hizo “el pasito” como decoración para recordar la historia navideña. En nuestro hogar tenemos varios pasitos que colocamos en diferentes mesitas. Más que decoración, usamos “el pasito” para que nos cuente la historia del significado de la navidad. continua leyendo…

“Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.”—Miqueas 5:2.

Esta es la estación del año cuando, querámoslo o no, estamos obligados a pensar en el nacimiento de Cristo. Considero que es una de las cosas más absurdas bajo el cielo pensar que hay religión cuando se guarda el día de Navidad. No hay ninguna probabilidad que nuestro Salvador Jesucristo haya nacido en ese día, y su observancia es puramente de origen papal; sin duda quienes son católicos tienen el derecho de reverenciarlo, pero no puedo entender cómo los protestantes consistentes pueden considerarlo de alguna manera sagrado. Sin embargo, yo desearía que hubiese diez o doce días de Navidad al año; porque hay suficiente trabajo en el mundo y un poco más de descanso no le haría daño a la gente que trabaja.

El día de Navidad es realmente una bendición para nosotros; particularmente porque nos congrega alrededor de la chimenea de nuestra casa y nos reunimos una vez más con nuestros amigos. Sin embargo, aunque no seguimos los pasos de otras personas, no veo ningún daño en que pensemos en la encarnación y el nacimiento del Señor Jesús. No queremos ser clasificados con aquellos que:

“Ponen más cuidado en guardar el día de fiesta

De manera incorrecta,

Que el cuidado que otros ponen

Para guardarlo de manera correcta.”

Los antiguos puritanos hacían ostentación de trabajo el día de Navidad, sólo para mostrar que protestaban contra la observancia de ese día. Pero nosotros creemos que protestaban tan radicalmente, que deseamos, como descendientes suyos, aprovechar el bien accidentalmente conferido por ese día, y dejar que los supersticiosos sigan con sus supersticiones.

Procedo de inmediato al punto que tengo que comentarles. Vemos, en primer lugar, quién fue el que envió a Cristo. Dios el Padre habla aquí, y dice: “de ti me saldrá el que será Señor en Israel.” En segundo lugar, ¿dónde vino al momento de Su encarnación? En tercer lugar, ¿para qué vino? “Para ser Señor en Israel.” En cuarto lugar, ¿había venido ya antes? Sí, ya lo había hecho antes. “Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.”

I. Entonces, en primer lugar, ¿QUIÉN ENVIÓ A CRISTO? La respuesta nos es entregada por las propias palabras del texto: “De ti,” dice Jehová, hablando por la boca de Miqueas, “de ti me saldrá.” Es un dulce pensamiento que Jesucristo no vino sin el permiso, autoridad, consentimiento y ayuda de Su Padre. Fue enviado por el Padre, para que fuera el Salvador de los hombres. ¡Ay! Nosotros estamos inclinados a olvidar que, si bien es cierto que hay distinciones en cuanto a las Personas de la Trinidad, no hay distinción en cuanto al honor; y muy frecuentemente atribuimos el honor de nuestra salvación, o al menos las profundidades de Su misericordia y el extremo de Su benevolencia, más a Jesucristo que al Padre. Este es un gran error. ¿Y qué si Jesús vino? ¿Acaso no lo envió el Padre? Si fue convertido en un niño, ¿acaso no lo engendró el Espíritu Santo? Si habló maravillosamente, ¿acaso el Padre no derramó gracia en Sus labios, para que fuera un capaz ministro del nuevo pacto?

Si Su Padre lo abandonó cuando tomó la amarga copa de hiel, ¿acaso no lo amaba aún? Y después de tres días ¿no Lo levantó de los muertos y Lo recibió en lo alto, llevando cautiva la cautividad? ¡Ah!, amados hermanos, quien conoce al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo como debería conocerlos, nunca coloca a Uno por encima del Otro; no está más agradecido al Uno que al Otro; Los ve a todos en Belén, en Getsemaní y en el Calvario, Todos igualmente involucrados en la obra de salvación. “De ti me saldrá.” Oh cristiano, ¿has puesto tu confianza en el hombre Cristo Jesús? ¿Has colocado tu seguridad únicamente en Él? Y ¿estás unido a Él? Entonces debes creer que estás unido al Dios del cielo; puesto que eres hermano del hombre Cristo Jesús, y tienes una íntima relación con Él, entonces por esa razón estás ligado al Dios eterno, y “el Anciano de días” es tu Padre y tu amigo. “De ti me saldrá.”

¿Acaso nunca has visto la profundidad del amor que había en el corazón de Jehová, cuando Dios el Padre equipó a Su Hijo para la grandiosa empresa de misericordia? Había habido un día triste en el cielo una vez antes, cuando Satanás cayó, y arrastró consigo a un tercio de las estrellas del cielo, cuando el Hijo de Dios, lanzando de Su grandiosa diestra los truenos omnipotentes, arrojó al grupo rebelde al foso de perdición; pero si pudiéramos concebir una pena en el cielo, debe haber sido un día más triste cuando el Hijo del Altísimo dejó el seno de Su Padre, donde había descansado desde antes de todos los mundos. “Ve,” dijo el Padre, “¡con la bendición de Tu Padre sobre Tu cabeza! Luego viene el despojarse de Sus vestidos. ¡Cómo se reúnen los ángeles alrededor, para ver al Hijo de Dios quitarse Sus vestiduras! Puso a un lado Su corona; dijo “Padre mío, yo soy Señor de todo, bendito por siempre, pero voy a hacer mi corona a un lado, y voy a ser como los hombres mortales.” Se despoja de Su brillante vestimenta de gloria; “Padre,” dice “voy a ponerme un vestido de barro, justo el mismo que usan los hombres.” Luego se quita todas esas joyas con las que era glorificado; hace a un lado Sus mantos bordados de estrellas y Sus túnicas de luz, para vestirse con las simples ropas del campesino de Galilea. ¡Cuán solemne debe haber sido ese desvestirse!

Y en seguida, ¿pueden imaginarse la separación? Los ángeles sirven al Salvador a lo largo de las calles, hasta que se acercan a las puertas, cuando un ángel exclama: “¡Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y saldrá el Rey de gloria!” ¡Oh!, me parece que los ángeles deben haber llorado cuando perdieron la compañía de Jesús; cuando el Sol del Cielo les arrebató toda Su luz. Pero lo siguieron. Descendieron con Él; y cuando Su espíritu entró en la carne, y se volvió un bebé, Él fue servido por ese poderoso ejército de ángeles, quienes después de haber estado con Él en el pesebre de Belén, y después de verlo descansar en el pecho de Su madre, en su camino de regreso hacia lo alto, se aparecieron a los pastores y les dijeron que había nacido el Rey de los judíos. ¡El Padre lo envió! Contemplen ese tema. Sus almas deben aferrarse a ese tema, y en cada período de Su vida piensen que Él sufrió lo que el Padre quiso; que cada paso de Su vida fue marcado con la aprobación del grandioso YO SOY. Cada pensamiento que tengan acerca de Jesús debe estar conectado con el Dios eterno, siempre bendito; pues “Él,” dice Jehová, “me saldrá.” Entonces, ¿quién lo envió? La respuesta es, Su Padre.

II. Ahora, en segundo lugar, ¿ADÓNDE VINO? Una palabra o dos relativas a Belén. Se consideró bueno y adecuado que nuestro Salvador naciera en Belén, y eso debido a la historia de Belén, al nombre de Belén, y a la posición de Belén: pequeña en Judá.

1. En primer lugar, se consideró necesario que Cristo naciera en Belén, debido a la historia de Belén. Muy querida para todo israelita era la pequeña aldea de Belén. Jerusalén podía brillar más que ella en esplendor, pues allí estaba el templo, la gloria de toda la tierra, y “Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion;” sin embargo alrededor de Belén ocurrió un número de incidentes que la convirtieron siempre en un agradable lugar de descanso para la mente de cada judío. Inclusive el cristiano no puede evitar amar a Belén.

Creo que la primera mención que tenemos de Belén es triste. Allí murió Raquel. Si buscan en el capítulo 35 de Génesis, encontrarán que el versículo 16 dice: “Después partieron de Bet-el; y había aún como media legua de tierra para llegar a Efrata, cuando dio a luz Raquel, y hubo trabajo en su parto. Y aconteció, como había trabajo en su parto, que le dijo la partera: No temas, que también tendrás este hijo. Y aconteció que al salírsele el alma (pues murió), llamó su nombre Benoni; mas su padre lo llamó Benjamín. Así murió Raquel, y fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén. Y levantó Jacob un pilar sobre su sepultura; esta es la señal de la sepultura de Raquel hasta hoy.” Este es un incidente singular: casi profético. ¿No habría podido María haber llamado a su propio hijo Jesús, su Benoni?; pues Él iba a ser ‘el hijo de mi dolor.’

Simeón le dijo: “(y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.” Pero aunque ella pudo haberlo llamado Benoni, ¿cómo lo llamó Dios Su Padre? Benjamín, el hijo de mi mano derecha; Benjamín en cuanto a Su Divinidad. Este pequeño incidente parece ser casi una profecía que Benoni: Benjamín, el Señor Jesús, debía nacer en Belén.

Pero otra mujer hace célebre este lugar. El nombre de esa mujer era Noemí. Allí en Belén vivió en días posteriores otra mujer llamada Noemí, cuando tal vez la piedra que el amor de Jacob había levantado, ya estaba cubierta de musgo y su inscripción estaba borrada. Ella también fue una hija de gozo, pero una hija de amargura a la vez. Noemí fue una mujer a quien el Señor había amado y bendecido, pero tenía que marcharse a una tierra extraña; y ella dijo: “No me llaméis Noemí (delicia) sino llamadme Mara (amargo); porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso.” Sin embargo, ella no estaba sola en medio de todas sus pérdidas, pues se aferró a ella Rut la moabita, cuya sangre gentil se debía unir con el torrente puro y sin mancha del judío que debía engendrar al Señor nuestro Salvador, el grandioso Rey tanto de los judíos como de los gentiles.

El bellísimo libro de Rut tenía todo su escenario en Belén. Fue en Belén que Rut salió a recoger espigas en los campos de Booz; fue allí que Booz la miró, y ella se inclinó a tierra ante su señor; fue allí que se celebró su matrimonio; y en las calles de Belén, Booz y Rut recibieron una bendición que los hizo fructíferos, de tal forma que Booz se convirtió en el padre de Obed, y Obed el padre de Isaí, e Isaí engendró a David. Este último hecho ciñe a Belén con gloria: el hecho que David haya nacido allí: el héroe poderoso que mató al gigante filisteo, que libró a los descontentos de su tierra de la tiranía de su monarca y que después, con el pleno consentimiento de un pueblo que así lo quería, fue coronado rey de Israel y de Judá.

Belén era una ciudad real, porque reyes fueron engendrados allí. Aunque Belén era pequeña, tenía mucho para ser estimada; porque era como ciertos principados que tenemos en Europa, que no son celebrados por nada sino por haber engendrado a consortes de las familias reales de Inglaterra. Era un derecho, entonces, por la historia, que Belén debía ser el lugar del nacimiento de Cristo.

2. Pero además, hay algo en el nombre del lugar. “Belén Efrata.” La palabra Belén tiene un doble significado. Quiere decir “la casa del pan,” y “la casa de la guerra.” ¿No debía nacer Cristo en “la casa del pan!” Él es el pan de Su pueblo, de Quien recibe su alimento. Como nuestros padres comieron maná en el desierto, así nosotros vivimos de Cristo aquí abajo. Hambrientos frente al mundo, no podemos alimentarnos de sus sombras. Sus cáscaras pueden gratificar el gusto porcino de los mundanos, pues ellos son puercos; pero nosotros necesitamos algo más sustancial, y en ese bendito pan del cielo, hecho del cuerpo magullado de nuestro Señor Jesús, y cocido en el horno de Sus agonías, encontramos un alimento bendito. No hay alimento como Jesús para el alma desesperada o para el más fuerte de los santos. El más humilde de la familia de Dios va a Belén por su pan; y el hombre más fuerte, que come sólidos alimentos, va a Belén por ellos.

¡Casa de Pan! ¿De dónde podría venir nuestro alimento fuera de Ti? Hemos probado al Sinaí, pero en sus cumbres abruptas no crecen frutos, y sus alturas espinosas no producen el trigo que pueda alimentarnos. Hemos ido al propio Tabor, donde Cristo fue transfigurado, y sin embargo allí no hemos sido capaces de comer Su carne y beber Su sangre.

Pero tú Belén, casa de pan, correctamente fuiste nombrada; pues allí se le dio al hombre por primera vez el pan de vida. Y también es llamada “la casa de la guerra;” porque Cristo es para un hombre “la casa del pan,” o de lo contrario, “la casa de la guerra.” Mientras Él es alimento para el justo, hace la guerra al impío, según Su propia palabra: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa.”

¡Pecador! Si tú no conoces a Belén como “la casa del pan,” será para ti una “casa de guerra.” Si de los labios de Jesús nunca bebes la dulce miel; si tú no eres como la abeja, que sorbe el dulce licor delicioso de la Rosa de Sarón, entonces de esa misma boca saldrá una espada de dos filos en tu contra; y esa misma boca de la que los justos sacan su pan, será para ti la boca de la destrucción y la causa de tu mal.

Jesús de Belén, casa de pan y casa de guerra, confiamos en que te conocemos como nuestro pan. ¡Oh!, que algunos que no están en guerra Contigo puedan oír en sus corazones, así como en sus oídos el himno:

“Paz en la tierra, e indulgente misericordia,

Dios y los pecadores reconciliados.”

Y ahora nos vamos a referir a esa palabra: Efrata. Ese era el viejo nombre del lugar, que los judíos conservaban y amaban. Su significado es, “fecundidad,” o “abundancia.” ¡Ah! Qué adecuado fue que Jesús naciera en la casa de la fecundidad; pues ¿de dónde vienen mi fecundidad y tu fecundidad, hermano mío, sino de Belén? Nuestros pobres corazones infecundos nunca produjeron ningún fruto, ni flor, hasta que fueron regados con la sangre del Salvador.

Es Su encarnación la que enriquece el suelo de nuestros corazones. Por toda su tierra había espinas punzantes, y venenos mortales antes que Él viniera; pero nuestra fecundidad viene de Él. “Yo seré a él como la haya verde; de mí será hallado tu fruto.” “Todas mis fuentes están en ti.” Si nosotros somos como árboles plantados junto a corrientes de aguas, dando fruto en nuestro tiempo, no es porque hayamos sido naturalmente fructíferos, sino a causa de las corrientes de aguas junto a las cuales fuimos plantados.

Es Jesús Quien nos hace fecundos. “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.” ¡Gloriosa Belén Efrata! ¡Nombrada muy adecuadamente! Fecunda casa de pan; ¡la casa de abundante provisión para el pueblo de Dios!

3. A continuación notamos la posición de Belén. Se dice que es “pequeña para estar entre las familias de Judá.” ¿Por qué se dice esto? Porque Jesucristo siempre va en medio de los pequeños. Él nació en la pequeña aldea “para estar entre las familias de Judá.” No en la alta colina de Basán, ni en el monte real de Hebrón, ni en los palacios de Jerusalén, sino en la humilde pero ilustre aldea de Belén.

Hay un pasaje en Zacarías que nos enseña una lección: se dice que un varón que cabalgaba sobre un caballo alazán, estaba entre los mirtos que había en la hondura. Ahora, los mirtos crecen en las honduras; y el varón cabalgando el caballo alazán siempre cabalga allí. Él no cabalga en la cima de la montaña; Él cabalga entre los humildes de corazón. “Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.”

Hay algunos pequeños entre nosotros hoy: “pequeña para estar entre las familias de Judá.” Nadie escuchó antes el nombre de ustedes, ¿no es verdad? Si los enterraran e inscribieran sus nombres en sus tumbas, pasarían desapercibidos. Quienes pasaran por allí dirían: “eso no significa nada para mí: nunca lo conocí.”

No sabes mucho de ti mismo, ni tienes una gran opinión acerca de ti mismo; tal vez a duras penas puedes leer. O si tienes algunas habilidades y talentos, eres despreciado por los hombres; o, si no eres despreciado por ellos, tú te desprecias a ti mismo. Tú eres uno de los pequeños. Bien, Cristo siempre nace en Belén entre los pequeñitos. Cristo nunca entra en los grandes corazones; Cristo no habita en los grandes corazones, sino en los pequeñitos. Los espíritus poderosos y orgullosos nunca tienen a Jesucristo, pues Él entra por puertas bajas, y nunca entrará por puertas elevadas.

Quien tiene un corazón quebrantado, y un espíritu humillado, tendrá al Salvador, pero nadie más. Él no sana ni al príncipe ni al rey, sino “Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.” ¡Qué dulce pensamiento! Él es el Cristo de los pequeñitos. “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel.”

No podemos abandonar este tema sin otro pensamiento aquí, que es, ¡cuán maravillosamente misteriosa fue esa providencia que trajo a la madre de Jesucristo a Belén, en el mismo momento que iba a dar a luz! Sus padres residían en Nazaret; ¿y con qué motivo hubieran querido viajar en ese momento? Naturalmente, hubieran permanecido en casa; no es nada probable que Su madre hubiera hecho un viaje a Belén encontrándose en esa condición especial. Pero Augusto César promulga un edicto que todo el mundo debe ser empadronado. Muy bien, entonces que sean empadronados en Nazaret. No; le agradó a Él que todos debían ir a Su ciudad. ¿Pero por qué Augusto César pensó en eso precisamente en ese momento en particular? Simplemente porque mientras el hombre piensa su camino, el corazón del rey está en la mano de Jehová.

¡Mil variables se relacionaron entre sí, como dice el mundo, para producir este evento! Primero que nada, César tiene una disputa con Herodes; uno de la familia de Herodes fue depuesto. César dice: “voy a imponer impuestos a Judea, y voy a convertirla en una provincia, en vez de mantenerla como un reino separado.” Pues bien, tenía que hacerse así. Pero, ¿cuándo debe hacerse? Esta ley impositiva, se dice, se comenzó cuando Cirenio era gobernador. Pero, ¿por qué debe llevarse a cabo este censo en ese momento en particular, supongamos que en Diciembre? ¿Por qué no se hizo en el mes de Octubre anterior? Y ¿por qué la gente no hubiera podido ser censada en el lugar en que residía? ¿No era su dinero tan bueno en el lugar en que vivía como en cualquier otro? Era un capricho de César; pero era el decreto de Dios.

¡Oh!, amamos la doctrina sublime de la absoluta predestinación eterna. Algunos han dudado que sea consistente con el libre albedrío del hombre. Bien sabemos que es así y nunca hemos visto ninguna dificultad en el tema; creemos que los filósofos metafísicos son los que han creado las dificultades; nosotros no vemos ningún problema. Nos corresponde creer que el hombre hace lo que le parece, pero sin embargo siempre hace lo que Dios decreta. Si Judas traiciona a Cristo, “para eso fue destinado;” y si Faraón endurece su corazón, sin embargo, “Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.” El hombre hace lo que quiere; pero también Dios hace que el hombre haga lo que Él quiere. Más aún, no sólo está la voluntad del hombre bajo la absoluta predestinación de Jehová; sino que todas las cosas, grandes o pequeñas, son de Él. Bien ha dicho el buen poeta: “Sin duda, la navegación de una nube tiene a la Providencia como su piloto; sin duda la raíz de un roble es nudosa debido a un propósito especial, Dios rodea todas las cosas, cubriendo al globo como aire.” No hay nada grande o pequeño, que no sea de Él.

El polvo del verano se mueve en su órbita, guiado por la misma mano que dispersa a las estrellas a lo largo del cielo; las gotas de rocío tienen su padre, y cubren el pétalo de la rosa conforme Dios lo ordena; sí, las hojas secas del bosque, cuando son desparramadas por la tormenta, tienen una posición asignada donde caen, y no pueden modificarla. En lo grande y en lo pequeño, allí está Dios: Dios en todo, haciendo todas las cosas de acuerdo al consejo de Su propia voluntad; y aunque el hombre busca ir contra su Hacedor, no puede.

Dios le ha puesto un límite al mar con una barrera de arena; y si el mar levanta una ola tras otra, sin embargo no excederá su límite asignado. Todo es de Dios; y a Él, que guía las estrellas y le da sus alas a los gorriones, que gobierna a los planetas y también mueve los átomos, que habla truenos y susurra céfiros, a Él sea la gloria; pues Dios está en cada cosa.

III. Esto nos lleva al tercer punto: ¿PARA QUÉ VINO JESÚS? Él vino para ser “Señor en Israel.” Es algo muy singular que se dijera de Jesucristo que era “nacido el rey de los judíos.” Muy pocos alguna vez han “nacido reyes.” Algunos hombres nacen como príncipes, pero rara vez nacen como reyes. No creo que encuentren algún caso en la historia donde un niño haya nacido rey. Nació como príncipe de Gales, tal vez, y tuvo que esperar un número de años, hasta que su padre muriera, y entonces lo hicieron rey, poniéndole una corona en su cabeza; y un crisma sagrado, y otras cosas extrañas por el estilo; pero no nació rey. No recuerdo a nadie que haya nacido rey, excepto Jesús; y hay un significado enfático en ese verso que cantamos:

“Nacido para liberar a Tu pueblo;

Nacido niño, pero sin embargo, rey.”

En el instante que vino a la tierra Él era un rey. No tuvo que esperar su mayoría de edad para poder asumir Su imperio; pero tan pronto como Su ojo saludó a la luz del sol, era rey; desde el momento que Sus manos pequeñitas tomaron alguna cosa, tomaron un cetro: tan pronto latió Su pulso, y Su sangre comenzó a fluir, Su corazón latió con latidos reales, y Su pulso latió con una medida imperial, y Su sangre fluyó en una corriente de realeza. Él nació rey. Él vino para ser “Señor en Israel.” “¡Ah!”, dirá alguien, “entonces vino en vano, pues muy poco ejerció Su gobierno; “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron;” vino a Israel pero no fue su rey, sino que fue más bien “despreciado y desechado entre los hombres,” rechazado por todos ellos, y abandonado por Israel, a quien vino.”

Ay, pero “no todos los que descienden de Israel son israelitas,” ni tampoco porque sean de la simiente de Abrahán son todos también llamados. ¡Ah, no! Él no es Señor de Israel según la carne, sino que es Señor de Israel según el espíritu. Muchos le han obedecido en Su carácter de Señor. ¿Acaso los apóstoles no se inclinaron ante Él, y le reconocieron como Rey? Y ahora, ¿no lo saluda Israel como su Señor? ¿Acaso toda la simiente de Abrahán según el espíritu, todos los creyentes, pues él es el “padre de los creyentes,” no reconoce que a Cristo pertenecen los escudos de los poderosos, pues Él es el Rey de toda la tierra? ¿No gobierna en Israel? Ay, verdaderamente sí reina; y aquellos que no son gobernados por Cristo no son de Israel. Él vino para ser Señor de Israel.

Hermano mío, ¿te has sometido al gobierno de Jesús? ¿Es Señor de tu corazón, o no? Podemos conocer a Israel por esto: Cristo ha venido a sus corazones, para ser Señor de ellos. “¡Oh!” dirá alguien, “yo hago lo que me dé la gana, nunca he estado bajo la servidumbre de nadie.” ¡Ah!, entonces odias el señorío de Cristo. “¡Oh!”, dirá otro, “yo me someto a mi ministro, a mi clérigo, a mi sacerdote, y pienso que lo que me dice es suficiente, pues él es mi señor.” ¿Es así? ¡Ah!, pobre esclavo, no conoces tu dignidad; pues nadie es tu señor legal sino el Señor Jesucristo. “Ay,” dice otro, “he profesado Su religión, y soy Su seguidor.” Pero, ¿gobierna en tu corazón? ¿Tiene Él el comando de tu corazón? ¿Guía tu juicio? ¿Buscas en Su mano el consejo cuando experimentas dificultades? ¿Estás deseoso de honrarlo, y poner coronas sobre Su cabeza? ¿Es él tu Señor? Si es así, entonces tú eres uno de Israel; pues está escrito: “será Señor en Israel.”

¡Bendito Señor Jesús! Tú eres Señor en los corazones de los que son de Tu pueblo, y siempre lo serás; no queremos otro señor salvo Tú, y no nos someteremos a nadie más. Somos libres, puesto que somos siervos de Cristo; estamos en libertad, puesto que Él es nuestro Señor, y no conocemos ninguna servidumbre ni ninguna esclavitud, porque sólo Jesucristo es el monarca de nuestros corazones. Él vino para ser “Señor en Israel;” y fíjense bien, esa misión Suya no está terminada todavía, y no lo estará hasta las glorias postreras. Dentro de poco verán a Cristo venir de nuevo, para ser Señor sobre Su pueblo Israel, y gobernar sobre ellos no sólo como el Israel espiritual, sino también como el Israel natural, pues los judíos serán restaurados a su tierra, y las tribus de Jacob cantarán en las naves de su templo; a Dios serán ofrecidos nuevamente, himnos hebreos de alabanza, y el corazón del judío incrédulo será derretido a los pies del verdadero Mesías.

En breve, Quien en Su nacimiento fue saludado como rey de los judíos por unos orientales, y de Quien en Su muerte un occidental escribió: Rey de los judíos, será llamado Rey de los judíos en todas partes; sí, Rey de los judíos y también de los gentiles; en esa monarquía universal cuyo dominio se extenderá por todo el globo habitable, y cuya duración será sin tiempo. Él vino para ser Señor en Israel, y con toda certeza será Señor, cuando reine gloriosamente en Su pueblo, con todos sus antepasados.

IV. Y ahora, el último punto es, ¿VINO JESUCRISTO ALGUNA VEZ ANTES? Respondemos que sí: pues nuestro texto dice: “sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.”

Primero, Cristo ha tenido Sus salidas en Su divinidad. “Desde los días de la eternidad.” Él no había sido una persona secreta y silenciosa hasta ese momento. Ese niño recién nacido ha obrado maravillas desde hace mucho tiempo; ese bebé dormido en los brazos de Su madre, es bebé hoy, pero es el Anciano de la eternidad; ese niño que está allí no ha hecho Su primera aparición en el escenario de este mundo; Su nombre todavía no ha sido escrito en el registro de los circuncidados; pero aunque no lo sepas, “sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.”

1. Desde tiempos antiguos, Él salió como nuestra cabeza del pacto en la elección, “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo.”

“Cristo sea Mi primer elegido, dijo,

Y luego eligió nuestras almas en Cristo nuestra Cabeza.”

2. Él salió por Su pueblo, como su representante ante el trono, aun antes que ese pueblo fuera engendrado en el mundo. Fue desde la eternidad que Sus poderosos dedos tomaron la pluma, y la estilográfica de las edades, y escribió Su propio nombre, el nombre del eterno Hijo de Dios; fue desde la eternidad que firmó el pacto con Su Padre, que pagaría sangre por sangre, herida por herida, sufrimiento por sufrimiento, agonía por agonía, y muerte por muerte, a favor de Su pueblo; fue desde la eternidad que Se entregó a Sí mismo, sin murmurar una palabra, que desde Su cabeza hasta la planta de Sus pies sudaría sangre, que sería escupido, traspasado, se burlarían de Él, sería partido en dos, sufriría el dolor de la muerte, y las agonías de la cruz. Sus salidas como nuestra garantía fueron desde la eternidad.

¡Haz una pausa, alma mía, y asómbrate! Tú has tenido salidas en la persona de Jesús desde la eternidad. No solamente cuando naciste en este mundo te amó Cristo, pero Sus deleites estaban con los hijos de los hombres antes de que hubieran hijos de los hombres. A menudo pensaba en ellos; desde la eternidad hasta la eternidad Él había puesto Su afecto en ellos. ¡Cómo!, creyente, Él ha estado involucrado en tu salvación desde hace tanto tiempo, y ¿no va a alcanzarla? ¿Desde la eternidad Él ha salido para salvarme, y va a perderme ahora? ¡Cómo!, ¿me ha tenido en Su mano, como Su joya preciosa, y dejará que resbale en medio de Sus preciosos dedos? ¿Me eligió antes que las montañas fueran colocadas, o fueran esculpidos los canales de las profundidades, y va a perderme ahora? ¡Imposible!

“Mi nombre de las palmas de Sus manos

La eternidad no puede borrar;

Grabado en Su corazón permanece,

Con marcas de gracia indeleble.”

Estoy seguro que no me amaría durante tanto tiempo, para luego dejar de amarme. Si tuviera la intención de cansarse de mí, ya se hubiera cansado de mí desde hace mucho tiempo. Si no me hubiera amado con un amor tan profundo como el infierno y tan inexpresable como la tumba, si no me hubiera dado todo Su corazón, estoy seguro que me hubiera abandonado desde hace mucho tiempo. Él sabía lo que yo sería, y Él ha tenido mucho tiempo para considerarlo; pero yo soy Su elegido, y eso es definitivo. Y a pesar de lo indigno que soy, no me corresponde refunfuñar, si Él está contento conmigo. Pero Él está contento conmigo: debe estar contento conmigo; pues Él me ha conocido lo suficiente para conocer mis fallas. Él me conoció antes que yo me conociera; sí, Él me conoció antes que yo existiera. Antes que mis miembros fueran formados, fueron escritos en Su libro: “Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.” Sus ojos de afecto se enfocaron en esos miembros. Él sabía cuán mal me iba a portar con Él, y sin embargo ha seguido amándome:

“Su amor de tiempos pasados me impide pensar,

Que me dejará al fin en problemas que me hundan.”

No; puesto que “sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad,” serán “hasta la eternidad.”

En segundo lugar, creemos que Cristo ha salido desde tiempos remotos a los hombres, de tal forma que los hombres lo han visto. No me detendré para decirles que fue Jesús Quien se paseaba en el huerto del Edén, al aire del día, pues Sus deleites estaban con los hijos de los hombres; ni los voy a demorar señalándoles todas las diversas maneras en que Cristo salió a Su pueblo en la forma del ángel del pacto, el Cordero Pascual, la serpiente de bronce, la zarza ardiendo, y diez mil tipos con los que la historia sagrada está tan repleta; pero prefiero señalarles cuatro ocasiones cuando Jesucristo nuestro Señor ha aparecido en la tierra como un hombre, antes de Su grandiosa encarnación para nuestra salvación.

Y, primero, les ruego que vayamos al capítulo 18 de Génesis, donde Jesucristo apareció a Abraham, de quien leemos: “Después le apareció Jehová en el encinar de Mamre, estando él sentado a la puerta de su tienda en el calor del día. Y alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él; y cuando los vio, salió corriendo de la puerta de su tienda a recibirlos, y se postró en tierra. Pero, ¿ante quién se postró? Dijo: “Señor,” solamente a uno de ellos. Había un hombre en medio de los otros dos, de lo más conspicuo debido a Su gloria, pues se trataba del Dios-hombre Cristo; los otros dos eran ángeles creados, que habían asumido la apariencia de hombres temporalmente. Pero éste era el hombre Cristo Jesús. “Y dijo: Señor, si ahora he hallado gracia en tus ojos, te ruego que no pases de tu siervo. Que se traiga ahora un poco de agua, y lavad vuestro pies; y recostaos debajo de un árbol.” Notarán que este hombre majestuoso, esta persona gloriosa, se quedó retrasado para hablar con Abraham. En el versículo 22 se dice: “Y se apartaron de allí los varones, y fueron hacia Sodoma;” esto es, dos de ellos, como verán en el siguiente capítulo: “pero Abraham estaba aún delante de Jehová.” Notarán que este hombre, el Señor, sostuvo una dulce comunión con Abraham, y le permitió a Abraham interceder por la ciudad que estaba a punto de destruir. Estaba positivamente como un hombre. De tal forma que cuando caminó en las calles de Judea no era la primera vez que era un hombre; lo había sido antes, en “el encinar de Mamre, en el calor del día.”

Hay otra instancia; su aparición a Jacob, que tenemos registrada en el capítulo 32 de Génesis, en el versículo 24. Toda su familia se había ido, y “Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios.” Este era un hombre, y sin embargo era Dios. “porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.” Y Jacob sabía que este hombre era Dios, pues dice en el versículo 30: “Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.”

Encontrarán otro ejemplo en el libro de Josué. Cuando Josué atravesó la poco profunda corriente del Jordán, y entró en la tierra prometida, y estaba a punto de sacar a los cananeos, ¡he aquí!, este poderoso hombre-Dios se apareció a Josué. En el capítulo 5, en el versículo 13, leemos: “Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? Él respondió: No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora.” Y Josué vio de inmediato que había divinidad en Él; pues se postró sobre rostro en tierra, y adoró, y le dijo: “¿Qué dice mi Señor a su siervo!” Ahora, si éste hubiera sido un ángel creado hubiera regañado a Josué, diciendo: “yo soy un siervo como tú.” Pero no; “el Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué así lo hizo.”

Otra instancia notable es la que está registrada en tercer capítulo del libro de Daniel, donde leemos la historia cuando Sadrac, Mesac y Abed-nego son echados en medio de un horno de fuego ardiendo, y como lo habían calentado mucho, la llama del fuego mató a aquellos que los habían alzado. Súbitamente el rey preguntó a los de su consejo: “¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego!” Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey. Y él dijo: “He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses.” ¿Cómo podía Nabucodonosor saber eso? Sólo porque había algo tan noble y majestuoso en la forma en que ese maravilloso Hombre se comportaba, y una terrible influencia lo circundaba que tan maravillosamente quebrantó los dientes consumidores de esa llama devoradora y destructora, de tal forma que ni siquiera podía chamuscar a los hijos de Dios. Nabucodonosor reconoció Su humanidad. No dijo: “veo a tres hombres y a un ángel,” sino que dijo: “veo positivamente a cuatro hombres, y la forma del cuarto es como el Hijo de Dios.” Ven, entonces, lo que significa que Sus salidas son “desde los días de la eternidad.”

Observen aquí por un momento, que cada una de estas cuatro ocurrencias, sucedieron a los santos cuando ellos estaban involucrados en deberes muy eminentes, o cuando estaban a punto de involucrarse. Jesucristo no se aparece a Sus santos cada día. Él no vino a ver a Jacob hasta que no estuvo en aflicción; Él no visitó a Josué antes de que estuviera a punto de involucrarse en una guerra santa. Es solamente en condiciones extraordinarias que Cristo se manifiesta así a Su pueblo.

Cuando Abraham intercedió por Sodoma, Jesús estaba con él, pues uno de los empleos más elevados y más nobles de un cristiano es ese de la intercesión, y es cuando él está ocupado de esa manera que tendrá la probabilidad de obtener una visión de Cristo. Jacob estaba involucrado en luchar, y esa es una parte del deber de un cristiano, que nunca han experimentado algunos de ustedes; consecuentemente, ustedes no tienen muchas visitas de Jesús. Fue cuando Josué estaba ejercitando la valentía que el Señor se encontró con él. Lo mismo con Sadrac, Mesac y Abed-nego: ellos se encontraban en los lugares altos de la persecución debido a su apego al deber, cuando Él vino a ellos, y les dijo: “estaré con ustedes, pasando a través del fuego.”

Hay ciertos lugares especiales en los que debemos entrar, para encontrarnos con el Señor. Debemos encontrarnos en grandes problemas, como Jacob; debemos estar en medio de grandes trabajos, como Josué; debemos tener una gran fe de intercesión, como Abraham; debemos estar firmes en el desempeño de un deber, como Sadrac, Mesac, y Abed-nego; de lo contrario no lo conoceremos a Él “cuyas salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.” O si lo conocemos, no seremos capaces de “comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento.”

¡Dulce Señor Jesús! Tú, cuyas salidas fueron desde el principio, desde los días de la eternidad, Tú no has abandonado Tus salidas todavía. ¡Oh, que salieras hoy para animar al desmayado, para ayudar al cansado, para sanar nuestras heridas, para consolar nuestras aflicciones! ¡Sal, te suplicamos, para conquistar a los pecadores, para someter corazones endurecidos; para romper las puertas de hierro de las concupiscencias de los pecadores, y cortar las barras de hierro de sus pecados y hacerlas pedazos! ¡Oh, Jesús! ¡Sal; y cuando salgas, ven a mí! ¿Soy un pecador endurecido? Ven a mí; yo te necesito:

“¡Oh!, que tu gracia someta mi corazón;

Quiero ser llevado triunfante también;

Un cautivo voluntario de mi Señor,

Para cantar los honores de Tu palabra.”

¡Pobre pecador! Cristo no ha dejado de salir todavía. Y cuando sale, recuerda, va a Belén. ¿Tienes tú un Belén en tu corazón? ¿Eres pequeño? Él saldrá a ti todavía. Ve a casa y búscalo por medio de una oración sincera. Si has sido conducido a llorar a causa del pecado, y te sientes demasiado pequeño para que te vean, ¡ve a casa, pequeño! Jesús viene a los pequeños; Sus salidas son desde el principio, y Él está saliendo ahora. Él vendrá a tu vieja pobre casa; Él vendrá a tu pobre corazón desdichado; Él vendrá, aunque estés en la pobreza, y estés cubierto de harapos, aunque estés desamparado, atormentado y afligido; Él vendrá, pues Sus salidas han sido desde el principio, desde los días de la eternidad. Confía en Él, confía en Él, confía en Él; y el saldrá y habitará en tu corazón por toda la eternidad.

Sermón predicado la mañana del Domingo 23 de Diciembre, 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla de New Park Street, Southark, Londres

Muestra de la Colección de Sermones de Spurgeon disponible para las bibliotecas de Logos

Amados, habemos unos cuantos que sabemos mucho acerca de las profundidades del amor de Dios. Nuestro amor es superficial. ¡Ah, cuán superficial! El amor a Dios es como un gran monte. La mayoría de los viajeros lo avistan a la distancia, o recorren el valle en torno a su base. Unos cuantos escalan hasta un descansadero ubicado en alguna de sus elevadas estribaciones, desde donde ven una porción de sus sublimidades. Por aquí y por allá algún viajero aventurero escala un pico menor, y mira al glaciar y a la elevada montaña a una distancia muy cercana. Más escasos aún son aquellos que escalan el pináculo más alto y pisan la nieve virgen.

Así es en la Iglesia de Dios. Todo cristiano permanece bajo la sombra del amor divino; unos cuantos disfrutan y regresan ese amor en un grado notable; pero hay unos cuantos –en esta época, tristemente, unos pocos- que alcanzan un amor seráfico, que ascienden al monte del Señor para estar allí donde el ojo del águila no se ha posado, y para caminar por el sendero que el cachorro del león no ha hollado nunca, por los lugares altos de una completa consagración y de un ardiente amor inextinguible.

Ahora, fíjense bien, puede ser difícil ascender tan alto, pero hay una ruta segura, y solo una, que el hombre tiene que seguir si quiere alcanzar esa sagrada elevación. No es la senda de sus obras, ni la vereda de sus propias acciones, sino ésta: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero”. Juan y los apóstoles confesaron que así habían obtenido su amor. Para el amor más sublime que haya resplandecido jamás en algún pecho humano no hubo otra fuente que ésta: Dios amó primero que el hombre. ¿No ven ustedes cómo es eso? Saber que Dios me ama echa fuera mi temor atormentador acerca de Dios, y una vez que ese temor es expulsado, hay espacio para un abundante amor a Dios. Cuando el miedo sale, el amor entra por la otra puerta. Así que entre más fe en Dios haya, más espacio hay para el amor que llena el alma.