HEBREOS — EL VERDADERO SACERDOTE DE JESUCRISTO  #23

Hebreos 11: 39,40; 12:1-11

Dr. Ernesto Johnson

El Seminario Bíblico Río Grande

El autor inspirado acaba de hacer brillar a los héroes de la fe en el Antiguo Testamento desde  Abel hasta los muchos desconocidos que murieron sin comprometer nunca su fe y lealtad a Dios. Eran los verdaderos héroes. “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (Hebreos 11:13). El autor agrega su motivación admirable: “Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les había preparado una ciudad” (v. 16).

Pone en la perspectiva bíblica el autor por terminar este gran capítulo de la fe finalizando el argumento: “Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros” (v. 39,40). Así se ve que con Dios no hay distinción notable entre los santos del Antiguo y los del Nuevo en cuanto a su posición espiritual ante Dios — por la gracia de Dios a través de la fe en Su Hijo.

La cosa mejor para nosotros fue: “Pero cuando vino el cumplimiento de tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese los que estaban bajo la ley [los judíos], a fin de que recibiésemos [los gentiles] la adopción de hijos” (Gálatas 4:4, 5). El autor tiene una gran concepción de la majestad de Dios en salvar tanto a los suyos como a nosotros los gentiles. ¡Cuánto amor y sabiduría salvífica!

La aplicación práctica del libro a los Hebreos — un sublime repaso de la obediencia de la fe

El autor bajo la mano de Espíritu Santo ahora da el gran reto a los del Nuevo Testamento tanto el  judío como el gentil. El argumento magnífico del libro a los Hebreos está a la orden del lector de la iglesia de Cristo de hoy en día. El anticipado Mesías ha aparecido, hecho carne sin pecado alguno, murió vicariamente, resucitado y ascendido; ha comisionado a los Suyos sin distinción de raza. Ha triunfado y nos salvó por su gracia. “Porque por gracia sois salvos [hemos sido salvo] por medio de la fe; y esto no es de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8,9).

En  breve ¿qué nos corresponde ahora? El autor anónimo nos reta: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos de todo peso del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante” (Hebreos 12:1).

El reto del ejemplo del primer gran corredor, Jesús     Hebreos 12:1-3

Investiguemos más de cerca este versículo repleto de verdad profunda. Bajo la figura de un cuadro atlético en aquel tiempo famosísimo por las Olimpiadas nos presenta el escenario de un gran estadio en Roma o Alejandría con miles de aficionados gritando y animando a los corredores. Tal es la posición de sus lectores ante los héroes de la fe quienes ya han corrido su carrera y han ganado en fe la prometida ciudad, una patria celestial (Hebreos 11: 9,13-16). La fe con la divina descripción es “la certeza de lo que se espera, la convicción  de los que no se ve.”

Pero hay otro matiz de la palabra griega “testigos.”  No son los meros espectadores que gritan y animan vicariamente a los demás sino que ellos han sido verdaderos “partícipes”  involucrados a fondo en la misma carrera. No son meros observadores sino más bien participantes actuales en la realidad de la fe y la victoria asegurada.  Tal matiz presta una profundidad a que de veras han compartido en la lucha.

El autor considera a los héroes del Antiguo Testamento como los verdaderos partícipes dándonos una aplicación conmovedora. No  había lo inferior espiritual ante Dios en los del Antiguo Testamento y lo superior en los del Nuevo. Ambos han tenido la verdadera fe en común.

Ahora viene lo crucial: “despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia” (v.1). El verbo “despojar” es desvestirse o ponerse a un lado lo que no corresponde a la debida situación. En el caso del corredor este acto es tomado forzosamente por dado. Ni pudiera ser de otra manera — lo menos peso posible para ganar la agilidad máxima. Una ropa no necesaria es un peso insoportable al corredor. En la vida del creyente, pues, todo lo que impide o distrae debe ser puesto a un lado a favor del resultado buscado — el premio.

Esta verdad es importante, por ejemplo, en el uso excesivo del tiempo [¡quizá el uso demasiado de los medios de la comunicación social!]. El tiempo es vital para la espiritualidad. Si nos ocupamos en lo secundario — quizá no tan malo en sí, nos hemos robado del beneficio del tiempo en comunión con el Padre. Tales ocasiones son una distracción y nos hace daño en poder realizar el pleno valor de nuestro andar con Él.

Según Gálatas 5:22-25 tenemos el fruto del Espíritu; el último aspecto es “templanza” [control de sí] en el contexto de nuestro andar diario: “Pero los que  son de Cristo han crucificado  la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también  por el Espíritu.”

Parece que el autor hace una distinción importante entre las dos palabras “peso y  pecado.”

El peso puede  ser algo, no tan malo en sí, sino algo que ocupa nuestro ser y el tiempo precioso mejor dedicado a los propósitos de Dios. Lo secundario compite con lo primario. Es una cuestión de la disciplina a diario que no deja que nadie ni nada tome el lugar de lo primero.

Tengo un pariente que me manda casi cada día unas lecturas interesantes y a veces pertinentes sobre la religión, pero ni abro la computadora para leerlas Tal tiempo a Dios le debo y a su bendita voluntad. Le he dicho a mi amigo con la cortesía cristiana que no me las mande.  Serían como un “peso” nada malo en sí, pero compite con lo mejor. Que Dios nos dé esa conciencia delante de Él. En la vida tenemos que evaluar el mejor uso del tiempo para la voluntad de Dios.

Pero al llegar al “pecado que nos asedia”  eso es otra cosa siempre presente que nos enreda en todo menos que la voluntad de Dios; sin duda es el pecado de la incredulidad que brota del corazón del cristiano aún no crucificado con Cristo sino que más bien es egoísta y desafiante ante Dios. A veces no nos cae bien la bendita verdad de haber muerto a la carne nuestra (Gálatas 2:20, Romanos 6:6). Lo que procede de la carne no crucificada es la maldad del viejo hombre. O es de la carne desafiante o es lo del Espíritu a quien le debemos obedecer con amor.

En todos mis escritos vuelvo siempre a la Cruz donde  Dios puso fin de una vez al viejo hombre, el “yo.” Al volver a esa posición bendita a diario la fe agarra la misma vida de Cristo y triunfamos. Si no vamos dando lugar a la carne, nos sorprende como el poder de la Cruz nos libera del “viejo yo;” recibimos de nuevo el perdón de “ese pecado que nos asedia.”  Todo depende de la realidad espiritual de nuestra nueva posición unidos a Cristo.

Hebreos nos recuerda: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”  (Hebreos 11:6). Hebreos 11 establece una vez para siempre el valor de la fe y el enemigo principal de la incredulidad — el razonamiento humano que tiende siempre a entronar el “yo” en lugar de llevarlo a la Cruz donde Dios de una vez trató con el “YO.”

El autor inspirado nos manda a que corramos la carrera con paciencia.  Evidentemente la vida cristiana no es un “sprint” de cien metros que requiere el entrenamiento rígido y todas las fuerzas enfocadas en una sola cosa, la velocidad y el tiempo.  Muy al contrario la vida cristiana es un maratón de 26 millas o 10,000 metros donde todo depende de la disciplina, la firmeza de la mentalidad y la persistencia durante la larga distancia que puede desanimar la voluntad y el cuerpo.

El Apóstol Pablo tiene un consejo sabio: ¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio?  Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros una incorruptible. Así que, yo es de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”

(1 Corintios 9:24-27).  No se puede decir de otra manera  ¡Qué ejemplo era Pablo de así correr!

Sigue el gran cómo de correr.  “ . . .  puestos los ojos en Jesús [nombre de su humanidad], el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2). Lo que me llama mucho en el texto es que por el gozo por delante; es lo que le motivó. No había una necesidad ajena impuesta por encima de él, una meta que alcanzar sino que era la motivación poderosa del puro gozo de complacer la voluntad de su Padre y cumplir con su voluntad.

Desde la eternidad pasada Jesús tomó sobre sí el hacerse hombre para salvarnos de la única manera posible — poner su vida en rescate por muchos. Véase Apocalipsis 13:9. En la oración del sumo sacerdote Jesús en Juan 17 confiesa: “Padre, la hora la llegada; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti . . . Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese’’ (vv.1,5).  

En esta oración pontifical termina con el futuro que completará su gozo ya realizado con ellos. “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo . . . Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún  para que el amor con que me has amado, esté en ellos y yo en ellos” (Juan 17:24,26).

Nos da una pequeña vislumbre de la sublime motivación de la encarnación la cual la mente nuestra ni puede comprender ni mucho menos a fondo. Este es el trasfondo del texto que con mucho amor tan fácilmente repetimos — Juan 3:16. ¡Dios, dame un nuevo concepto del corazón de nuestro bendito Salvador!

Si el gozo por delante era la motivación ¿qué tal los sufrimientos de Jesús? Los pocos sufrimientos nuestros corresponden a ser finitos mientras los del Ser infinito son infinitos a favor nuestro, mucho más allá de nuestra comprensión. ¡Tal pensamiento debe motivar nuestra gratitud para con nuestro substituto divino!

En cuanto a los sufrimientos del Mesías no hay libro del Antiguo Testamento más gráfico que el de Isaías.  Primero combina los dos advenimientos. “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Consejero” (Isaías 9:6).  

Pero el mismo profeta Isaías describe lo que nuestro autor dice: “sufrió la cruz, menospreciando el oprobio.” El profeta describe al Mesías: “Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos . . . más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus llagas fuimos nosotros curados”  (Isaías 53: 2-5).

El colmo de todo: “Con todo eso, Jehová quiso quebrantarle,  sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación del pecado, verá linaje , vivirá por largos días, y voluntad de Jehová será en su mano prosperada”  (v.10).

Concluye el autor esta sección que si nos distraemos y nos desanimamos en correr nuestra carrera, sólo consideremos lo que Jesús sufrió y basta para poner fin de lo que pensamos que hemos sufrido al seguirle.

La disciplina del Señor — prueba de su infinito amor para con los suyos    Hebreos 12:4-11

Continúa una comparación muy pertinente sobre la demanda al padre que entrene o discipline a su hijo; es un deber que se toma por dado.  Si no sigue en pie tal disciplina, un desastre moral es para tomar lugar. A este principio se dirige el proverbista a los primeros capítulos. Al dar al padre sin excluir a la madre tal deber y privilegio es del más alto honor de moldear para el bien a su hijo. “Hijo mío, está atento a mis palabras; incline tu oído a mis razones. No se aparten de sus ojos; guárdalas en medio de tu corazón; porque son vida a los que las hallan, y medicina a todo tu cuerpo. Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón porque de él mana la vida” (Proverbios 4:20-23).

Por ser hijo la disciplina le es un honor de merecer y así ser heredero de los bienes de la familia. Si no es así, pues, es bastardo, no hijo legítimo. Tal verdad básica debe darnos un nuevo concepto  de este honor. En lugar de pensar solo en lo negativo de la disciplina debemos pensar en el caminar de poder merecer y recibir las riquezas de la familia. El énfasis cae sobre “Mi hijo, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando seres reprendido por él” (v.5).

En lo que sigue el autor va comparando lo terrenal con lo eternal. Respetamos y agradecemos a nuestros padres [siempre después de mayor experiencia] (vv.9, 10) ¡Cuánto más debemos agradecer a nuestro Padre celestial que torna el sufrir temporal en la bendición eterna!

Lo que nos sorprende mucho es que el mismo escritor explica que el Dios/hombre sufrió la disciplina de su Padre sin jamás haber pecado. “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era  Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia (Hebreos 5: 7,8,).

Sigue el argumento que así fue perfeccionado y llegó a ser autor de eterna salvación y declarado sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. Si le tocó a Cristo sin pecado alguna aceptar la disciplina y la voluntad de Su Padre, ¡cuánto más a nosotros tan tentados a pecar!

El párrafo termina con un buen sumario que basta para darnos el verdadero principio de la divina disciplina de la mano de un Padre siempre amable y amante. “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (v.11). Vivamos para logar las finalidades de la vida, el ministerio y la plena bendición de nuestro Señor quien es el autor de nuestra salvación habiendo aprendido la obediencia por lo que sufrió a favor nuestro.

El tono del autor en esta sección ha sido positivo, dándoles las razones porqué corre la carrera con paciencia y gozándose de la corona prometida. El ejercicio espiritual toma muy en serio la disciplina del entrenamiento.  Pero sin duda alguna resultará en el pleno gozo de haber seguido a nuestro Salvador que sufrió la vergüenza en la Cruz y ya tomó de nuevo el trono con su Padre. Esta primera parte del capítulo (vv. 1-11) termina haciendo brillar los aspectos positivos de haber corrido bien la carrera para la gloria del Señor; no puede haber gloria mayor.

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.



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