Dioscorus, un hombre de la época de San Agustín, prometió a Dios que si su hija enferma de muerte se curaba, él se convertiría al cristianismo. Ella sanó, pero él como faraón endureció su corazón. El milagro de sanidad fue sucedido por otro de enfermedad pero esta vez de Dioscorus: una ceguera inexplicada que lo hizo renovar su promesa a Dios. Increíblemente, fue sanado pero su corazón continuó sin cambio. Agustín agrega que por esto, “le sobrevino a Dioscorus una parálisis que lo dejó mudo”. Esta vez, obligado por un sueño, confesó por escrito que la serie de calamidades eran el resultado de su falta de arrepentimiento. Finalmente, se vió completamente restaurado.

Es fácil catalogar al tipo como un fenómeno único, el colmo de la terquedad. Sin embargo algo parecido ocurre al cristiano. Su confesión de pecado, no siempre es acompañada de arrepentimiento. A veces confiesa su pecado como disco rayado, pero después continúa practicando lo mismo. No se trata aquí de ser un hipócrita inconverso que vive de la simulación religiosa. La confesión es sincera, pero el arrepentimiento no es auténtico, o mejor dicho: no es completo. Como a Dioscorus la dureza de corazón le impide el cambio.

La lección es que el arrepentimiento no es igual que el remordimiento. Sentir pena por el pecado es bueno pero insuficiente. Al igual, el arrepentimiento no es lo mismo que el asentimiento. Podemos coincidir con el fallo de “culpable” de la Escritura, confesar nuestra falta con franqueza pero la suma de todo esto no completa el arrepentimiento. El arrepentimiento requiere un giro en la  voluntad que obra un cambio de conducta tangible a nuestra conciencia y visible a los demás. Es la dulce emisión de un corazón quebrantado.

Para librarlo debemos de atajar nuestros pecado de forma completa. Comenzar con confesión de pecado pero no terminar ahí, pues donde hay pecado hubo dureza de corazón. De modo que confesamos nuestro pecado pero también la dureza de nuestro corazón y suplicamos ser librados de esta dureza con la misma urgencia que ser librados de la culpa. Suplicamos a Dios que nos perdone, pero también que obre y logre cambio en nosotros, pues de lo contrario estaremos atascados en el mismo pecado sin poder avanzar en nuestra vida espiritual.

Jeremías el profeta estaba familiarizado con este tipo de confesión. Describe el quebranto de Efraín con las palabras: Me azotaste y fui castigado como novillo indómito; conviérteme y seré convertido (Jer. 31:18). Asimismo en Lamentaciones el mismo concepto: “Vuélvenos Jehová a ti y nos volveremos, renueva nuestros días como al principio”(Lam 5:21). Ambas confesiones revelan una conciencia de dureza del corazón tal que solo Dios la puede remediar.

La confesión, no debe ser licencia para el pecado, sino el inicio de un cambio, nunca perfecto en su ejecución, pero auténtico en su intención. De lo contrario corremos el peligro de volvernos hipócritas. Pues el hipócrita es aquel que peca con apariencia de piedad, y la confesión de pecado hueca es parte del repertorio de apariencias de las que se vale para impresionar a los demás y engañarse a sí mismo.

Tony Segar

Autor: Tony Segar

Oriundo de la ciudad de México, Tony es un graduado Talbot theological seminary. Fue encomendado por la iglesia de John MarcArthur para el ministerio de plantación de iglesias entre los Hispanos. Actualmente es el director del Departamento hispano de Software bíblico Logos. Encuentra su blog personal en Pensar Bíblico.



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