Todas las personas, en algún u otro momento de nuestras vidas necesitamos que alguien nos aconseje, nos oriente, o nos guíe. Como cristianos tenemos esta necesidad en diferentes momentos de nuestra vida cristiana. Especialmente al comenzar esta nueva vida, pero también luego habrá momentos particulares en los que necesitaremos el consejo, la orientación y la guía de otros. Quizás sea en momentos de decisiones puntuales, situaciones difíciles de afrontar, o problemas que nos causan confusión.

Sin duda el Espíritu Santo es nuestro principal consejero, el parakletos (Juan 14:16) enviado por el Padre, quien nos guía a toda verdad. Sin embargo, el plan de Dios nunca fue que seamos lobos solitarios sin necesidad de otras personas. Dios podría suplir todas nuestras necesidades, pero él eligió que seamos inter dependientes. Dios estableció la iglesia, donde cada miembro, con los dones dados por el Espíritu Santo, debe edificar a sus hermanos. Por lo tanto, el plan de Dios es que nos necesitamos unos a otros (Col 3:16; 2 Co 1:4; 1 Tes 5:14).

Si bien como decíamos, el aconsejar es una tarea de todos, los pastores tienen una responsabilidad específica en esto (Hebreos 13:17).

Algo que ocurre con frecuencia, por lo menos en Argentina, es que muchos miembros de iglesias, que acuden a un psicólogo cristiano, manifiestan no haber encontrado la ayuda que necesitaban de sus pastores.

Esto puede deberse a múltiples factores. Muchos pastores están sobrecargados de responsabilidades, tanto ministeriales como familiares, y a veces laborales, ya que también tienen trabajos seculares. Puede ser que no haya hermanos dispuestos a poner su mano en el arado y ayudarlos a llevar la carga, u otras veces los pastores no han preparado a otros para delegarles parte de la tarea. Recordamos el ejemplo de Moisés, a quien Jetro le recomendó delegar parte de su tarea, ya que estaba sobrepasado y agobiado (Ex 18: 13‐27).

También es innegable que hay muchas personas que van buscando orientación y consejo de un lado a otro, hasta que encuentran a alguien que les diga lo que ellos quieren oír. No es infrecuente encontrarnos en la consulta psicológica con algunos cristianos que no desean que se utilice la Palabra de Dios en las sesiones, pues no quieren “mezclar una cosa con otra”.

Es muy probable que aún existan otros factores que no se han mencionado. Sin embargo quisiera referirme a un último factor que es al que hace referencia el título. El mismo dice “aconsejamiento ¿proceso o suceso?”, bien sabido es que cuando hablamos de un suceso nos referimos a un hecho puntual, específico, importante, pero que ocurre una sola vez. En cambio un proceso nos habla de algo que se prolonga en el tiempo y atraviesa diferentes etapas.

Algo que sucede con frecuencia en la consejería cristiana es que se aconseja a las personas con rapidez. Se escucha lo que la persona dice y luego se le dan varios versículos que supuestamente se aplican a su situación. Si bien a veces puede resultar útil, en la mayoría de los casos la persona sale igual que como entró a la sesión de consejería. Esto no se debe a que la Palabra de Dios no tenga poder o que sea insuficiente para la vida de las personas. En 2 Timoteo 3:16 es solo uno de los tantos pasajes en que se nos recuerda que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”

En la mayoría de los casos el problema que una persona refiere cuando acude a la consejería no es el asunto de fondo. En mi experiencia como psicólogo y también en la consejería con hermanos de la iglesia, he comprobado una y otra vez, que se necesita tiempo y numerosos encuentros con las personas, para que aparezca el problema de fondo. Las personas necesitan entrar en confianza y sentirse comprendidos, necesitan sentirse seguros de que no se los va a juzgar duramente cuando abran su corazón sobre temas que los avergüenzan. Otras veces la persona misma no sabe realmente cual es el fondo de su problema. Suele ocurrir que hay creencias profundas de las que él mismo no es del todo consciente, y que llega a darse cuenta de ellas durante las sesiones de consejería.

Cuando el que aconseja se apresura a brindar soluciones y a aplicar versículos rápidamente, la persona se siente incomprendida, percibe que se simplifica y se menosprecia lo que para él es tan importante.

Por eso decimos que la consejería es un proceso. Se prolonga a través del tiempo, buscando entender realmente a la persona y lograr su confianza, para luego sí, poder aplicar la Palabra de Dios de manera y en el lugar correcto. Es un proceso que puede llegar a ser frustrante, pues cuando pensamos que la persona avanza, se dan retrocesos, y es necesario volver a tratar varias veces las mismas cosas. Lamentablemente el crecimiento cristiano pocas veces es lineal, generalmente es sinuoso, con muchas idas y vueltas.

Como conclusión diremos que la consejería es un acompañamiento. Pasar tiempo con la persona, más parecido a discipular a alguien que a uno o dos encuentros puntuales. Cuando consideramos esto entendemos porque es difícil que las personas encuentren esto en sus iglesias.

Sería sumamente difícil para los pastores poder ocuparse de esta forma de un grupo numeroso de personas. Por eso es necesario que en las iglesias haya personas capacitadas, con los dones pertinentes para el proceso de aconsejar. Si bien los pastores no pueden ocuparse de todos, si pueden y deben preparar a quienes los han de ayudar en esta tarea.

Marcelo Munoz

Autor: Marcelo Munoz

Marcelo Muñoz, nacido en Buenos Aires, Argentina. Licenciado en Psicología en la Universidad de Buenos Aires. Trabaja como coordinador del Instituto Siloé en el área de discapacidad y en consultorios externos en la clínica cristiana Fesam. Actualmente se congrega en la Iglesia de Hermanos Libres en Avellaneda en donde participa y colabora en distintas tareas.


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