En 1918 un soldado se recuperaba en un hospital de una ceguera temporal, consolado porque su país estaba a punto de conseguir la victoria. Su sueño se tornó en pesadilla cuando se enteró que los dos millones de paisanos muertos, cayeron inútilmente. Su país había sido derrotado.

Tal fue el resentimiento que se fermentó en su corazón, que juró vengar algún día la humillación. Fue este el principal impulso que engendró la segunda guerra mundial, un monstruo que dejó un saldo de aproximadamente sesenta millones de almas caídas por el resentimiento del psicópata Adolfo Hitler.

En las Escrituras también ha habido bajas perpetradas por el resentimiento. Abel, fue víctima del crimen por resentimiento de Caín. Amnón, hijo de David, fue asesinado por el resentimiento de Absalón. David mismo corrió riesgo de muerte frente a las ráfagas de resentimiento de Saúl.

Sería un error pensar que solo los villanos albergan resentimiento, pues tanto el ateo como el creyente lo acumulan. La diferencia en algunos es que sus corazones cultivan el resentimiento y, una vez crecido, lo dejan suelto para que haga y deshaga. El creyente, por el contrario, trata con la ofensa antes que se fermente a resentimiento, y además se vale del Espíritu para ponerle riendas a sus arranques.

Si has de controlar este pernicioso estímulo del corazón es necesario que cuides de:

 

No dejar conflictos irresueltos en tu corazón

Somos azotados a diario por ofensas, celos, envidias que dejan una marca emocional en nuestro ser. Cuando dejamos que estas experiencias negativas vivan en la oscuridad de nuestros corazones, comenzarán a desarrollarse resentimientos que continúan creciendo alimentados por otras impresiones displicentes.

Por esto, parte de nuestro cuidado devocional es tratar con estas heridas y hablar a nuestro corazón para procesar esos dolores a la luz de la Biblia y no de nuestros egoísmo nato.

 

Saldar cuentas con tus hermanos cuanto antes

Existe un nivel de ofensas que nos deben pasar desapercibidas, otras no. Las primeras se resuelven sin necesidad de reunirnos con el ofensor, al estilo de Col. 3:13-14: “si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto”. Pues si por ofensas veniales tuviéramos que citar al hermano, los cultos del domingo se transformaría en sesiones de exhortación y confesión.

Las otras son las que nos dejaron un moretón que se intensifica cada vez que pensamos o nos topamos con el ofensor y que contamina cada vez la interacción social. En estos casos es necesario ir al hermano, o que el hermano venga a nosotros. De lo contrario, crecerá la maleza de rencor que prende rápido y revienta en disparos verbales que buscan lastimar al ofensor con un dolor equivalente al que hemos albergado por años, para desquitarnos. Y así, hay hermanos que tanto se han lastimado y tan poco han querido resolver que no pueden verse “ni en pintura”. Qué triste que nuestras iglesias estén llenas de rencores arcaicos que nunca se resolvieron y se petrificaron en el corazón de modo que ahora es más difícil tratarlos que cuando ocurrieron.

 

Meditar en la soberanía y bondad de Dios

Por siglos ha sido enmarcada la respuesta que José dio en Egipto a la maldad de sus hermanos: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo”. No olvidemos la seriedad del agravio: comenzó al ser vendido para esclavitud, y terminó privándolo durante 29 años de la comunión con su padre, un daño irreparable para el niño consentido de aquel.

José solo pudo resistir esto meditando en la soberanía y la bondad de Dios. Una combinación de atributos que garantiza que aun el mal del hombre termina beneficiando a los que aman a Dios (Rom. 8:28). Y así, cada suceso desafortunado de nuestras vidas debe pre-procesarse con estas meditaciones, pues nada de lo que ocurre es el resultado de la buena o mala fortuna, la suerte no existe, es la providencia de Dios el guión que pauta los sucesos de nuestras vidas, que tarde o temprano han de favorecernos. Sin estas meditaciones las experiencia negativas forman resentimientos que se cristalizan en amarguras y se convierten en la lente con la que vemos la vida, distorsionadamente.

 

Cultivar la humildad

Una cosa he observado: que cuanto más orgullo tiene una persona, más resentimiento alberga. Cuanto más grandes nos percibimos, más grandes es nuestra percepción de las ofensas. Adolfo Hitler fue conocido como uno de los mayores megalomaníacos. Su resentimiento correspondía a su autopercepción apoteósica.

En la sociedad contemporánea que proclama sin cesar la defensa de los derechos de cada uno, es fácil pensar que somos una raza de merecedores. Pero nuestra verdadera identidad, conforme a la Biblia, es de inmerecedores, que justamente merecíamos la condenación. Tan solo pensar en esa realidad, como aquellos recién librados de las llamas infernales no habría ofensa que conseguiría amargarnos.

Lector, proponte el día de hoy revisar si en tu corazón existen yacimientos de resentimiento en crecimiento, rupturas fraternales de amargura, rencores que controlan tu matrimonio, sinsabores que empañan el gozo de tu salvación. La gracia de Dios es poderosa para tomar esas amarguras viejas y transformarla en dulce miel.

Tony Segar

Autor: Tony Segar

Oriundo de la ciudad de México, Tony es un graduado Talbot theological seminary. Fue encomendado por la iglesia de John MarcArthur para el ministerio de plantación de iglesias entre los Hispanos. Actualmente es el director del Departamento hispano de Software bíblico Logos. Encuentra su blog personal en Pensar Bíblico.



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