Dios creó al hombre y a la mujer para que vivan y disfruten de una comunión íntima e ininterrumpida con él. En 1 Timoteo 6: 17 el apóstol Pablo afirma que Dios ha hecho todas las cosas para que las disfrutemos. Es decir que el placer humano es parte del plan original de Dios. No obstante, debido a la entrada del pecado, cargamos en nuestro interior con una permanente inclinación hacia el mal.

La psicología afirma que las personas difícilmente renuncian a una satisfacción, a no ser que la sustituyan por otra. Esto da cuenta de la facilidad con que toda persona se apega a los placeres que experimenta.

Se observa en los relatos de muchos que viven dificultades con las adicciones, que en cierto momento de sus vidas, la búsqueda del placer inmediato, los ha llevado a probar diferentes sustancias, alcohol, o simplemente nuevas experiencias, que luego no logran abandonar. Es decir que lo que comenzó como una experimentación, termina convirtiéndose en una prisión de la que no consiguen liberarse.

A esto se refería Jesús cuando dijo que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado (Juan 8: 34). Pocas palabras pueden definir con tanta exactitud el concepto de adicción como la palabra esclavitud.

Esto nos lleva a una reflexión, y es acerca del peligro del probar indiscriminadamente las nuevas sensaciones que se presentan como placenteras o divertidas. Aquí nunca podríamos exagerar la gran responsabilidad que recae sobre los padres de enseñar, explicar, y estar atentos sobre a qué cosas acceden sus hijos, en qué ámbitos se mueven, y con qué personas están.

Hay una gran habilidad que todo niño debe desarrollar con la guía de sus padres, y es la postergación de la gratificación. Es decir, ser capaz de tolerar un grado de displacer momentáneo en pos de un placer o un bienestar posterior. Para poner ejemplos simples, es lo que permite que un niño pueda realizar primero sus tareas para luego disfrutar de actividades que le son placenteras. Lo que permitirá que en el futuro esté dispuesto a trabajar durante un tiempo determinado para recibir el pago luego.

Podríamos definirla también como la incorporación de un mecanismo de autorregulación que posibilite anticipar las consecuencias de los propios actos a corto y a largo plazo. Es decir que sin esta capacidad, difícilmente se pueda alcanzar alguna meta a largo plazo.

Esto toma especial relevancia en medio de un discurso sociocultural que incita continuamente a la búsqueda de nuevas sensaciones, y lo que agrava aún más la cuestión, cada vez a menor edad. Se dice que vivimos en una época en la que el hedonismo (búsqueda del placer como un fin en sí mismo) se ha convertido en uno de los valores más altos.

Pero si nos remontamos a los orígenes de la filosofía hedonista en la antigua Grecia, vemos que para sus fundadores, la búsqueda de placer se limitaba solo a aquellos placeres que no produjeran un malestar posterior. Sostenían que el verdadero placer es aquel que no trae consigo un displacer a posteriori.

Como vimos en el comienzo, Dios no solo da su visto bueno al placer humano, sino que él es el creador del mismo. El mejor ejemplo es el placer sexual, creado por Dios para el hombre y la mujer. El problema es la distorsión que satanás por medio del pecado hace de todo lo que Dios ha creado.

Cuando el apóstol Pablo dice “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12), está diciendo que aún las cosas buenas o licitas pueden dominarnos y convertirse en malas.

Entonces vemos que el mayor problema no es la búsqueda del placer, sino la elección de aquellos cuyas consecuencias negativas son mayores que el placer que producen. Generalmente estos se caracterizan por ser inmediatos, intensos, breves, y por crear dependencia.

En el trabajo pastoral y en la consejería, debemos ayudar a quien lucha por abandonar una adicción, a que logre encontrar o reencontrar su satisfacción en Dios. A construir o reconstruir un proyecto personal, un propósito de vida y pueda descubrir un nuevo patrón de satisfacción. Que logre disfrutar de cosas que antes no disfrutaba, y que a la vez no traigan consecuencias negativas a su vida.

Si bien este proceso no es fácil ni sencillo, muchos que lo han transitado atestiguan que es posible. Han aprendido a disfrutar de una relación con Dios, la mayor fuente de significado, propósito e identidad, que cualquiera puede hallar.

Marcelo Muñoz.

Marcelo Munoz

Autor: Marcelo Munoz

Marcelo Muñoz, nacido en Buenos Aires, Argentina. Licenciado en Psicología en la Universidad de Buenos Aires. Trabaja como coordinador del Instituto Siloé en el área de discapacidad y en consultorios externos en la clínica cristiana Fesam. Actualmente se congrega en la Iglesia de Hermanos Libres en Avellaneda en donde participa y colabora en distintas tareas.


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