El trayecto de Moisés y su desarrollo en el liderazgo divino

Hebreos 11:20-31

Dr. Ernesto Johnson

Seminario Bíblico Río Grande

Desde los triunfos de los antiguos y los patriarcas Dios se ha manifestado a sí mismo en gran manera a través de la fe en acción. Pero no eran las maravillas de los hombres o mujeres, a veces tan débiles, sino muy al contrario era la iniciativa del Todopoderoso, El Shaddai, llevando a cabo Su pacto con Abraham. Una vez más vemos las limitaciones del ser humano, pero Dios siempre triunfa en base de Su poder e iniciativa a favor de quien responde por creer, afirmar y obedecer la gracia.  

En Hebreos 11 el autor destaca entre muchos los dos héroes espirituales que ilustran el poder de la fe; sobresalen el padre de la fe Abraham (vv. 8-19) y Moisés el gran caudillo que sacó a Israel de Egipto (vv.23-31). En Moisés Dios revela, a veces de modo costoso, el cómo de las cualidades del liderazgo bíblico. Dios tiene la meta específica de transformar al débil en el fuerte para Su propia gloria.

El trayecto de Moisés se divide en tres etapas: 1) su nacimiento y la protección milagrosa de los 40 años, muchos de ellos pasados en el palacio de Faraón como el hijo adoptado de la hija de Faraón; 2) los 40 años en el desierto de Madián como el humilde y desconocido pastor de ovejas: 3) los 40 años de liderazgo bendecido él por Dios en sacar a Israel de Egipto y sólo de lejos ver él la Tierra prometida.  Pero tras todo esto Dios iba moldeándolo, dándonos lecciones profundas para nuestra vida. Tracémonos esas lecciones.

La primera etapa de Moisés — los 40 años en Egipto   Éxodo 2:1-10; Hechos 7: 20-44

Se dice: “A veces la vida es más extraña que la novela.” Nace Moisés de la tribu de Leví en una familia anónima. En aquel tiempo todo hijo israelita nacía bajo la amenaza de muerte. Pero a pesar de ello, los padres lo guardaron tres meses y propusieron un plan imposible. Ellos habiendo observado de lejos donde la hija de Faraón se bañaba, pusieron al bebé en una arquilla y metieron a su hijito en el río. Resultó en la providencia del Señor que la hija de Faraón lo guardaría.

Ahora se ve la mano soberana de Dios extendida hacia la criatura; no fue la casualidad sino la intervención divina. La hija de Faraón se fijó en la arquilla y le gustó tomar al bebé por su propio hijo y dijo: “Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré, la mujer lo tomó al niño y lo crió. Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó, y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué” (Éxodo  2:9,10).

No se sabe nada más de Moisés hasta años después. Pero aquel silencio elocuente no indica la ausencia de Dios; muy al contrario Dios empezó a dejar influir en Moisés cualidades de liderazgo ajenas a Dios, pero al fin de cuentas prepararían en parte a Moisés para conocer su llamado futuro. Al final de la vida Moisés saldría como tipo de Cristo. “Jehová me dijo . . .  profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él hablará todo lo que le mandare” (Deuteronomio 18:18). Dios desvela su plan a largo plazo.  

Esteban, el primer mártir del Nuevo Testamento, nos revela otro ángulo de la vida de Moisés que Dios hizo en aquellos días.  Dios nunca malgasta ningún tiempo en forjar en los suyos Su plan perfecto a largo plazo.

 

El famoso sermón del mártir Esteban ante el Sanedrín (Hechos 7:1-53) nos provee desde el punto de vista del Nuevo Testamento lo que Dios hacía en la vida de sus escogidos. Ante una audiencia muy hostil Esteban con calma recuenta la historia de Israel.

Dedica mucho tiempo de la vida de Moisés y nos da otra perspectiva sobre los primeros años de Moisés  (vv. 17-44). “Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios y era poderoso en sus palabras y obras” (v, 22). Este verso solo nos permite imaginarnos de los ilimitados privilegios por ser hijo adoptado de los cuales se hubiera gozado Moisés.  

Egipto en aquel tiempo estaba en la cúspide de la sabiduría del mundo antiguo y por la posición de ser nieto de Faraón debiera haber aprovechado hasta lo máximo los recursos de la corte.

No cabe duda de que ya sabía manejar las costumbres del palacio y haberse superado entre los demás.  Este conocimiento iba a influir en sus emociones luego al meterse en la corte de “otro rey que no conocía a José” (v. 18).

Esteban bajo la inspiración divina inspiración dice con claridad: “Cuando  hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel” (v. 23).  Al llegar Moisés halló a un egipcio maltratando a un israelita. Moisés lo defendió y por fin lo  mató y lo enterró en la arena.

El día siguiente regresó y los dos israelitas se discutían. Al ver a Moisés uno dijo: “Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros?  ¿Quieres matarme, como mataste ayer el egipcio? (7:26-28; Éxodo 2:11-14). Moisés había llegado y los visitó con el fin de ayudar a los suyos pero usó de medios carnales y resultó él doblemente fracasado. Huyó de Egipto porque el rey lo iba a matar. Todo esto tomó lugar por la voluntad de Dios.

La segunda etapa – los 40 años en el desierto como pastor de ovejas  Éxodo 2:15-25, Hechos 7:29

En la providencia de Dios estos 40 años servían de humillar al “egipcio” arrogante pero aun con buenas intenciones de ayudar a su pueblo. Dios iba a entrar y prepararlo para el gran plan de liberar a los suyos pero no con medios carnales sino espirituales. Moisés tendría que “desaprender” los caminos de los egipcios.

Dios le permitió casarse con Séfora, hija del sacerdote Jetro, su suegro, con quienes vivía Moisés como uno fracasado y sin futuro alguno. Le puso nombre a su primer hijo, Gersón que quiere decir: “forastero soy en tierra ajena” (2:22). Moisés fue ahora anónimo, olvidado con nada que reportar. Pero Dios sabía lo que Él haría con este fracasado.

La tercera etapa – los 40 años en la liberación de los suyos bajo el mando de Jehová  Éxodo 3:1- 14: 31, Deuteronomio 1:1-34:8

Dios se mueve siempre según su plan soberano en pleno desarrollo. El resto del Pentateuco revelará lo que desde la eternidad pasada Dios se había perfeccionado. Dios tendría mucho que cambiar en Moisés mismo. Le mostraría la misericordia, el perdón, la persistencia en los primeros días. En ese espacio limitado no nos permite entrar en todo detalle.

El principio número uno en el liderazgo espiritual es desconocer, “desaprender,” lo viejo, lo  carnal, mayormente el desastroso orgullo tan inherente en el creyente. Desde la corte y la sabiduría de Egipto por 40 años Moisés sería el fracasado. Pero por fin triunfará Dios en moldear a Moisés quien llegó a ser tipo de Cristo mismo (Deut.18:15).        

El trato divino más profundo en Moisés – una verdadera muerte y resurrección    Éxodo 3,4

Empieza la historia de la transformación espiritual de Moisés, hijo de Levi, el líder ungido por Dios para sacar a los israelitas de su esclavitud. Dios recoge al fracasado y por el proceso a veces doloroso lo convierte en ser tipo de Cristo. ¡Qué trayecto! “Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios (3:1).

A primera vista esto no es nada que nos llame la atención, pero Horeb era Sinaí donde Dios les daría la ley y constituirlos bajo Moisés como propio pueblo. Constantemente trazamos la mano de Dios aún en los detalles.

Una sorpresa inesperada llamó mucho la atención al humilde pastor. Una zarza ardía y no se consumía. Pero aún más se le apareció el Ángel de Jehová — el Cristo pre-encarnado. Primero el saludo familiar: “Moisés, Moisés” y su respuesta. “Heme aquí” pero con la advertencia “No  te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar — Horeb — en que estás tierra santo es” (3:4,5).

Este fue el momento crítico. Dios se identifica: “Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios” (v. 6). Para asegurar a Moisés de la validez de su llamado repite cinco veces su identidad – ¡Qué condescendencia! “Bien he visto la aflicción . . . he oído su  clamor . . . he conocido sus angustias . . . Y he descendido . . . he visto la opresión . . . . Ven, por lo tanto y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Dios.’’  Cinco veces Jehová asegura a Moisés que está al tanto de su situación desesperada.

Pero responde Moisés “¿Quién soy yo para que vaya a Faraón?” Frente a tal sorpresa e incredulidad Dios no lo reprocha, más bien vuelve a asegurarlo. Sigue la conversación. Ante la pregunta: “¿Cuál es tu nombre?”  Dios revela YO SOY EL QUE SOY, un nombre sublime y nuevo ante su siervo incrédulo. Este nombre era una nueva revelación y sirve en pie hasta el día de hoy.

Con esta pregunta  ¿Si ellos me preguntaren? hizo que Moisés volviera a vivir otra vez aquel momento crítico que resultó en su rechazo y huida de Egipto. El aquel día  uno le había dicho “¿Quién te ha puesto por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Entonces Moisés tuvo miedo . . .  Moisés huyó delante de Faraón y habitó en tierra de Madián” (Éxodo 2:14).

Sigue la conversación en la cual Dios tantas veces dice en efecto: Yo mismo los sacaré de Egipto. Dios declara abiertamente que Faraón no los dejará ir pero extenderá su mano e herirá a Egipto con todas sus maravillas (vv. 7-20).

Moisés responde con más incredulidad; “He aquí que ellos no me creerán ni oirán mi voz porque dirán: No te ha aparecido Jehová” (4:1). Una vez más Dios se baja al nivel de su insuficiencia. Fíjate en eso. Parece que Dios lo ama tanto y propondrá hasta señales espantosas con tanta maravilla.

Responde Dios:“¿Qué tienes en la mano . . . una vara?  Se volvió en serpiente y luego otra vez lo de la vara — símbolo de la autoridad divina. Luego con infinita paciencia con Moisés dice: “Pon tu mano en el pecho” . . . salió leprosa, y luego sanada! (vv.2-9),  Dios de buena voluntad hace lo todo posible para crear las fuerzas en este fracasado. ¡Qué misericordia y ternura!

Después de toda paciencia divina responde Moisés: “¡Ay, Señor! Nunca he sido hombre de fácil palabra [mentira — Hechos 7: 22].” Jehová no toma tal excusa. “¿Quién hizo la boca.  No soy yo Jehová. Ahora, pues, ve y yo estaré con tu boca, y te enseñare lo  hayas de hablar.” Y la respuesta final, “¡Ay! Señor, envía te ruego por medio del que debes enviar” (vv.10-13). De manera indirecta le dice a Dios, prefiero no ir pero voy – sumisión hasta cierto grado. Una verdadera lucha interna.  

Dios no pudo más; se enojó frente a tanta incredulidad. Lo que sigue nos sorprende en gran manera. Dios le hace una excepción. “¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita. . . . Tú hablarás a él, y pondrás en su boca las palabras, y yo estaré con tu boca y con la suya, y os enseñaré lo que hayáis de hacer. Y él hablará por ti al pueblo; él te será a ti en lugar de boca, y tú serás para él en lugar de Dios. Y tomarás en tu mano esta vara, con la cual harás las señales” (vv. 14-17). ¡Qué persistencia y creatividad de Dios para con este fracasado ya muerto a sí mismo! Dios pasó por alto sus temores y acepta en gracia su obediencia futura.

Moisés volvió a su suegro, Jetro, y dijo: “Iré ahora, y volveré a mis hermanos que están en Egipto.” Jetro dijo su permiso: “Ve en paz.” Hubo en este contexto otros detalles difíciles — crítica de parte de su esposa, Séfora y otras cosas, pero se había ya tomado la decisión.

“Y fueron Moisés y Aarón y reunieron a todos los ancianos de los hijos de Israel . . . Y habló Aarón acerca de todas las cosas . . . y el pueblo creyó y oyendo que Jehová había visitado a los hijos de Israel, y que había visto su aflicción, se inclinaron y adoraron” (vv. 28-31). Dejamos lo demás de la historia del triunfo de Dios en sacar a Israel para aplicar esto a nuestra vida espiritual.

Un ejemplo algo paralelo de crisis de fe en Saulo de Tarso   Hechos 9:1-19; Filipenses 3:4-10

Sabemos tan bien la conversión y llamamiento de Saulo de Tarso. No entro en detalles sino solo en el corazón del trato transformador en Saulo de Tarso quien llegó a ser Pablo unido a Cristo en la Cruz. Examinemos el paralelo sorprendente entre estos dos héroes de los Testamentos.

Leamos Filipenses 3 donde Pablo recuenta lo esencial: “Si alguno piensa que tiene de que confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de los hebreos; en cuanto a la ley fariseo; en cuanto a celo perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. Pero cuantas cosas eran para mi ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo” (Filipenses 3:4-7). Esta  última línea es la clave tanto para Pablo después de la Cruz como para Moisés quien vivió antes de la cruz.

Moisés nació en un familia de la tribu santa de Levi, criado por su propia madre. Luego en la corte del Faraón gozaba de todos los privilegios y las riquezas hasta la edad de 40 años. Sin embargo, nunca perdió su lazo interno con su pueblo. En defensa de su hermano israelita mató a un egipcio y tuvo que huir. Fíjate en el silencio de unos cuantos 30 años del lujo de ser hijo de Faraón. Lo perdió todo por 40 años como pastor fracasado y olvidado. ¡Qué caída y vergüenza!

Pablo vuelve a decir: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura [estiércol] para ganar a Cristo y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justica de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte”  (4:8-10).

En el llamamiento de Moisés después de sus excusas (Éxodo 3,4), por fin deja que Jehová tenga la palabra final con la adición de la bendición de Aarón como su acompañante. Y los dos se dirigieron a su pueblo que creyeron y adoraron a Dios (Éxodo 4:31). Así empezó el trayecto de liberación, las diez plagas, el cruce del Mar Rojo y los 40 años en el desierto — la realización de victoria en Jehová.  

Tanto Pablo como Moisés tuvieron que contar como estiércol lo ventajoso según el mundo para  alcanzar la victoria disponible por la fe. En breve, quiere decir una muerte a las ventajas, educación, talentos que fortalecen y alimentan el orgullo precisamente lo cual Dios mismo odia y no puede tolerar en su siervo.

Mi  testimonio de semejante muerte y la realización de la bendición de Dios en mi vida

Dios me bendijo abundantemente desde mi nacimiento en un hogar cristiano. Todo lo que me tocó fue de ventaja: salvo a la edad de 12, desde la edad de 14 -21 siete años en Prairie Bible Institute en el Canadá ya ganados todos los honores académicos que había y la “reputación de espiritual.” Nuestra candidatura de ir al África con SIM fue aceptada, luego tal rechazo de poder ir por la salud de mi esposa que no estaba enferma y los cinco años de pastor en Winnipeg. Manitoba (1949-1954). Esto lo que me fue de ganancia [estiércol].   

Pero en el tercer año de ser pastor yo no sentía satisfecho (1952). A mi parecer los hermanos en mi iglesia no entendían lo que era la vida victoriosa. Tomé la decisión de enseñarles la importancia de nuestra unión con Cristo.

En un domingo en el invierno frío estuve predicando sobre Romanos 6:6 “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo de pecado sea destruido [cancelado], a fin de que no sirvamos más al pecado.” En medio de la prédica de tal versículo el Espíritu Santo me dijo, no en voz alta: “Ernesto, tú eres un hipócrita. No sabes nada de esto.” ¡Qué golpazo!

Seguí predicando pero muy molesto en mi espíritu.  La misma noche en mi orgullo no quise decir nada a mi esposa pero oré: ”Señor, cuésteme lo que me cueste. Tengo que conocer esta verdad.” ¡Sí que me iba a costar!

Pasaron unos meses y la vida  volvió a la rutina del pastorado y mi trabajo secular con Coca Cola.  Entonces me llegó una invitación sorprendente de ser conferencista en St. Vincent, Minnesota donde yo conocía bien la iglesia pero no había esperado tal invitación. Me preparé diligentemente queriendo glorificar a Dios.

Al llegar yo el sábado el pastor interino me dijo: “Tú predicas en la mañana y el otro en la tarde.” No sabía del otro. Por un segundo mi orgullo se levantó — yo en la mañana y él luego. [Me odié por tal pensar pero era el mío.] Ese domingo prediqué sobre Abraham y el sacrificio de Isaac. Nada  especial pasó como de costumbre.

En la tarde llegué pensando en analizar la técnica de la homilética del predicador. Pero al ser introducido, él no subió a la plataforma y ni al púlpito. Sólo se presentó en pie ante ellos.

Honestamente ni oí ni recuerdo palabra alguna de su mensaje porque Dios iba a confrontar mi maldad de manera aplastante — el orgullo, los pensamientos secretos de que nadie sabía de “este espiritual.” No tengo memoria ni del tiempo. Pero me llegó del Espíritu con este colmo: “Ernesto, pide la palabra y diles a los hermanos lo que veo en ti.”  ¡Un relámpago de trueno espiritual! Por un tiempito, no sabía qué hacer ni pensar, pero le dije a Dios: “Señor, me van a despachar para la casa. No puedo.”

Pero recordé mi oración: “Cuésteme lo que me cueste; tengo que conocerte.” Pedí la palabra y no subí a la plataforma sino que me puse delante de todos. Por unos pocos minutos confesé abiertamente mi orgullo, mis pecados secretos,  luego . . . me eché a llorar. Allí estaba llorando amargamente, no pude más y me sentí aplastado y humillado en la banca.

Al sentarme me sentí tan aliviado, libre de un gran peso sobre mí. El Espíritu dijo a mi espíritu tan claramente: “Sabiendo esto que [Ernesto Johnson] fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido [cancelado], a fin de que no sirvamos más al pecado.”

Fue precisamente el versículo con el cual me había condenado en aquel sermón ante los hermanos in Winnipeg. En términos prácticos ya me morí.  Me identifiqué con el Crucificado en su humillación y resurrección.

¿Qué pasó en dicho momento? Grande fue la sorpresa de todos, pero unos cuantos hermanos se pusieron en pie y confesaron en público sus pecados y las divisiones en la iglesia. Hubo restauración y avivamiento. Pasó una hora y al final fuimos despedidos maravillados de lo que había hecho Dios en el culto.

Me sentí muy raro y no sabía qué decir  ni lo que me iba a pasar. El pastor interino me dijo: “Quiero que prediques esta noche.” ¡Otro golpazo!  Dije en mi ser: “Señor no puedo; no soy digno de predicar.” Me dijo: “Ernesto, tú nunca serás digno de predicar, pero predica la Palabra.” Cambié el mensaje a la unción de los sacerdotes del tabernáculo : primero la sangre aplicada la oreja derecha y al dedo pulgar y del dedo pulgar del pie y luego la unción por el aceite del mismo modo  (Éxodo 29,20; Levítico 8:2).

Esa noche no pude dormir por la emoción del toque del Señor. Pero a medianoche oí cierto ruido, el ruido de un carro que llegaba en la nieve del frio canadiense. Oí ruidos abajo y por fin me dormí.

En la mañana mi anfitriona me dijo: “Anoche llegaron los hermanos Koffendofer para pedir perdón por la división que existía entre nuestras dos familias líderes en la iglesia.”  Triunfó Dios en medio nuestro. Y luego me sorprendió mi anfitriona con una referencia a mi confesión diciendo: “No sabía que ustedes los pastores tienen el mismo corazón como nosotros.”

Desde ese día tan memorable entré en una vida nueva – la realidad nueva — muerto a Ernesto y a mi orgullo y ahora vivo en el Resucitado — una entrada por mi muerte al yo según Romanos 6:6, el versículo muy mío. Tal andar en ÉL demanda un andar por fe todos los días en esa bendita unión con el Crucificado.

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


Etiquetas:


No te lo pierdas

Recibe lo último en noticias, contenido, y más de Ayuda pastoral —¡inscríbete hoy!