Un común denominador palpita en ti y en mi al igual que en todos los hombres.  Es el deseo impasible por encontrar el sentido de la vida, y vivir ese sentido en -valga la redundancia- plena plenitud.

Así, la vida se transforma en un laboratorio de experimentos en donde el hombre prueba toda moda ideológica para encontrar la dicha completa y permanente.

Su vida oscila en un ciclo de inquietud y frustración. Se embarca con ansias en nuevas experiencias prometedoras, y termina frustrado al encontrar que la anticipada tierra prometida es solo un espejismo.

Un poeta encapsuló esta inquietud:

“Al margen del futuro desbordamos las nuevas esperanzas que soñamos, ansiosos de obtener lo que se quiere; pero al tener el sueño realizado, miramos que el anhelo coronado, en nuestros propios brazos muere.”

Mareados en el ciclo de la desilusión, muchos hombres terminan naufragando en un mar de escepticismo, viviendo una filosofía nihilista que le niega sentido a la vida, y se conforma a existir en un rumbo sin horizonte. Así lo reflejan las palabras del Poeta Machado:

“Caminante son tus huellas el camino y nada mas. Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se volverá a pisar. Caminante, no hay camino, sino estelas en el mar.”

Seríamos ingenuos en pensar que esta búsqueda excluye a los cristianos. El nuevo nacimiento espiritual otorga un nuevo sentido a la vida: las cosas viejas pasan y todas son hechas nuevas.

Curiosamente, al cristiano, después de caminar un tramo del nuevo camino, le encanta tomar retornos en búsqueda de plenitud terrenal que invariablemente terminan en cerradas de insatisfacción.

El libro de Eclesiastés describe estas excursiones a la perfección. Asi como Romanos es la carta magna de la justificación, el libro de Eclesiastés es la carta magna de la satisfacción -e insatisfacción. Nos presenta los intentos de Salomón por satisfacerse del suntuoso menú del materialismo que el mundo sabe ofrecer. Para beneficio nuestro, documenta sus observaciones acerca de la insatisfacción de estas excursiones.

El apetito por las cosas de este mundo es insaciable

Al referirse a la riqueza del mundo Salomón dice en Eclesiastés 5:10 El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad.

Cientos de veces hemos escuchado a nuestro corazón decir: “si tan solo tuviera esto entonces sería feliz”, y cientos de veces hemos sido defraudados. El olor a nuevo se evapora rápido y regresamos de nuevo a nuestra insatisfacción original.

La razón es sencilla. Seguido el problema no es escasez de cosas, sino exceso de codicia. El problema es aún más hondo. Dios dejó un vasto compartimento que solo se abastece de combustible espiritual. El hombre no es un animal racional sino un ser espiritual. El materialismo no es el combustible que lo satisface.

Pensadores aún seculares han comprendido esto:

“Inútil la fiebre que aviva tu paso; no hay fuente que pueda saciar tu ansiedad, por muchos que bebas, el alma es un vaso que solo se llena con eternidad”-Amado Nervo.

Las abundancia de bienes incluye abundancia de consumidores

Éxodo 5:17 Cuando aumentan los bienes, también aumentan los que los consumen. ¿Qué bien, pues, tendrá su dueño, sino verlos con sus ojos?

He aquí un axioma inquebrantable: Entre más conseguimos, menos lo disfrutamos. La abundancia material siempre viene acompañada de amigos parásitos que más se interesan por lo que tenemos que por quien somos.

El magnate J.P. Getty no tenía mujer que sostener cuando gano su primer millón. Para el final de su vida tenía que mantener hijos de cinco esposas. Resulta más caro mantener las riquezas que obtenerlas.

Las abundancias de bienes causa toda índole de neurosis social

Éxodo 4:4. He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su próximo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu.

Nada despierta la envidia de los demás como la abundancia terrenal y nada urde las intrigas más siniestras que cuando se disparan las riquezas. Aún entre nuestros allegados de mayor confianza.

Cuando el cantante estrella Michael Jackson iba en vertiginoso ascenso a la cima de su popularidad por encima del resto de su familia musical, se mudo de su casa de Encino California a dos horas de distancia, para alejarse de sus padres de quienes sospechaba querían adueñarse de su dinero.

La abundancia de bienes corrompen a su dueño

Eclesiastés 5:13 Hay un mal doloroso que he visto debajo del sol: las riquezas guardadas por sus dueños para su mal; las cuales se pierden en malas ocupaciones, y a los hijos que engendraron, nada les queda en la mano.

Muchos de los que están podridos en riquezas son podridos por las riquezas. El monumental ejemplo nos es tan cercano como la tinta de este versículo. Salomón fue colmado de riquezas pero ni aún el don sobrenatural de sabiduría y bendición de Dios le bastó para evitar su contaminación. Durante su reinado, fue Señor de la riqueza mas esclavo de su fortuna. Terminó siendo la gran contradicción de sus escritos.

Lo que fue verdad en ese entonces continúa con vigencia hoy día. Don McNay consultor financiero para ganadores de la lotería afirma la miseria que las riquezas súbitas traen en la vida de muchos triunfadores que terminan suicidándose.

Salomón no nos deja en un callejón sin salida. Con pocas palabras encierra una conclusión sencilla más no simplista: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.”

Cualquiera después de leer todo el libro de Eclesiastés podría tachar la conclusión de “cerrada”, “narrow minded”. Pero he aquí el paradójico equilibrio. El hombre que se permitió estar “abierto a todo”, termina con una conclusión cerrada. Es cómo si después de dilucidar por horas termina su discurso diciendo: te resumo la respuesta al sentido de la vida: Tu relación con Dios. No importa por donde le busques reitero, la respuesta al sentido de la vida es: Tu relación con Dios.

Fue la idéntica conclusión de Asaf el salmista, quien después de verse atolondrado por la aparente prosperidad de los impíos en este mundo, concluye: ¿A quién tengo en el cielo sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.

Y en realidad está conclusión no es un misterio difícil de descifrar pues fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Dios ha puesto eternidad en nuestros corazones (Eclesiastés 3:10). nuestra alma es insaseable sino solo por la presencia de Dios.



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