“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.” (Santiago 1:22–25, RVR60)

¿Para qué sirven los espejos? Usamos los espejos para vernos a nosotros mismos tal como somos. Si el mismo está defectuoso y no es digno de confianza, entonces pierde su utilidad. Queremos saber exactamente cómo estamos, para saber entonces cómo peinarnos o arreglarnos (sí, sabemos que algunos necesitamos más arreglos que otros). Pero el problema no es únicamente de los espejos. El espejo puede encontrarse en perfectas condiciones, pero si tenemos problemas en la vista, tampoco daremos buen uso a ese instrumento.

Obviamente debemos saber que los espejos de entonces no eran como los de ahora. John MacArthur hace el siguiente comentario al respecto:

“En la época del Nuevo Testamento, se hacían los espejos típicamente de latón o bronce muy bruñidos… Aun los espejos más costosos eran primitivos, comparados con los de cristal, que no se fabricaron hasta el siglo XIV. Por consiguiente, aquellos primeros espejos dieron un reflejo oscuro y distorsionado de la persona que los usaba. Pero cambiando de posición el espejo cuidadosamente y buscando la mejor iluminación, con el tiempo una persona podía ver una imagen bastante correcta de su rostro, y esa es la idea que Santiago tiene en mente. Mediante una observación cuidadosa y paciente… con el tiempo podía descubrir cómo lucía realmente en la actualidad” (John MacArthur, Santiago, p. 94).

En otras palabras, el tipo de espejos utilizados entonces obligaban al usuario a detenerse por más tiempo con el fin de contemplarse bien. Los modernos nos ofrecen una imagen tan nítida que podemos darnos el lujo de mirarnos por menos tiempo.

Santiago compara la Palabra de Dios con un espejo. Es una herramienta provista por Dios que nos ayuda a conocer quiénes somos y cómo estamos. Pero no nos muestra meramente una imagen externa; nos deja ver cómo somos interiormente. Es un espejo perfecto. Es la imagen más nítida. El problema no está en el espejo; el problema está nosotros. El reflejo que vemos de nosotros en las Escrituras es absolutamente fiel. No todos, sin embargo, actúan consecuentemente con la imagen que observan. De esto se trata Santiago 1:23. La Biblia es el espejo más honesto que podemos utilizar. Podemos ver lo que somos con absoluta precisión. Lo crucial es lo que hacemos con esa información.

Lo que uno ve en el espejo debe llevarnos a hacer algo. En unos casos será eliminar un sucio del rostro, en otro peinarse, y aun en otros el afeitarse. No es de sabios mirarse al espejo para no hacer nada. Así ve Santiago al que se expone a la Palabra y no hace nada al respecto. La Biblia fue escrita para que hagamos algo con lo que leemos en ella.

Observa que el contraste no es entre uno que se mira en un espejo y otro que no, sino entre dos que se miran, uno que hace algo al respecto y otro que no hace nada.

Trata de recordar la imagen del espejo cada vez que estés leyendo o escuchando las Escrituras. El resultado de escuchar la voz de Dios en la Palabra puede ser la confesión de un pecado, la determinación de llevar a cabo una acción o pasar más tiempo con tu familia. Un sermón puede producir alabanza, esfuerzos evangelísticos y abandono de pecados. El punto es que no debemos ser meros oidores de la Palabra, sino antes bien hacedores de la misma. Debemos anhelar transformación, que nuestro encuentro con Dios en las Escrituras nos hagan más semejantes a nuestro Señor Jesucristo.

¿Cómo has estado usando el espejo de la Palabra de Dios? ¿Qué dice ella de ti? ¿Has hecho algo al respecto?



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