lightstock_240487_medium_tgc¿Debe la iglesia involucrarse en política? Para responder esta pregunta, es necesario clarificar primero qué es política y de qué iglesia estamos hablando.

Algunas definiciones

La palabra “política” proviene del griego “polis” que significa “ciudad”. De manera que, en términos generales, política es todo aquello que tiene que ver con la vida de la ciudad y las responsabilidades de los ciudadanos que la componen. En ese sentido, es obvio que ningún ciudadano, sea cristiano o no, puede abstraerse del todo de la política, porque somos parte de una comunidad y debemos aprender a convivir en ella.

Pero en un sentido más restringido, la política es la ciencia del gobierno. O como bien ha dicho alguien: “Tiene que ver con el desarrollo e implementación de políticas específicas a través de un proceso de legislación”. Cuando las personas preguntan si la iglesia debe involucrarse en política, usualmente están usando el término en esa connotación más restringida.

Por otra parte, cuando hablamos de la iglesia no nos estamos refiriendo al cuerpo total de los creyentes en Cristo de todas las épocas y en todo lugar, lo que conocemos como la iglesia universal, sino más bien a las iglesias locales, compuestas por creyentes que se congregan en un lugar particular con sus líderes particulares. Los hombres y mujeres que pertenecen a estas iglesias locales se han arrepentido de sus pecados, han confiado únicamente en Cristo para la salvación de sus almas, y han manifestado a través del bautismo que han muerto a su vida pasada y han dado toda su lealtad únicamente a Jesús como el Amo y Señor de sus conciencias.

Cada una de estas iglesias locales es descrita en el Nuevo Testamento como “columna y baluarte de la verdad” (1Tim. 3:15), porque han sido llamadas a proclamar, defender y encarnar la verdad de Dios revelada en Su Palabra.  Eso quiere decir que al congregarnos como iglesia cada semana no lo hacemos para hacer proclamas políticas, ni para hacer un análisis del desempeño de nuestros gobernantes, ni para impartir charlas socio económicas o dar consejos terapéuticos, sino para exponer, de la manera más fiel posible, lo que Dios nos dice en Su Palabra, de manera que Su perspectiva venga a ser la nuestra en todos los aspectos de la vida humana.

Es por eso que el apóstol Pablo escribe a un joven pastor llamado Timoteo diciéndole que debía presentarse a Dios aprobado, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, porque traza bien la Palabra de verdad (2 Tim. 2:25). Y más adelante, le advierte en esta misma carta “que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2 Tim. 3:1-4).

¿Qué debía hacer Timoteo al enfrentar una sociedad tan corrompida y con valores tan distorsionados? ¿Fundar un partido político para hacer la diferencia? No. Pablo le sigue diciendo que él debía persistir aferrado a las Escrituras, “las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. “Timoteo, todo lo que tú necesitas para tu propia vida y la de aquellos a los cuales ministras, lo tienes aquí, en esa Palabra inspirada y todo suficiente”. Por lo tanto, “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra” (2 Tim. 4:1-2). Esa es la esencia de nuestra labor, instruir al pueblo de Dios con la Palabra de Dios, para que en todo puedan ver las cosas como Dios las ve.

Los creyentes como ciudadanos

Ahora bien, esos creyentes que se congregan cada domingo para ser edificados: no pueden aislarse de su realidad cotidiana en el resto de la semana, sino que deben vivir a la luz del evangelio, en medio de sus familias, en el desempeño de su trabajo, y como ciudadanos responsables de una nación.

Es de esa manera que el cristianismo ha impactado el mundo a través de los siglos, transformando al individuo y proveyendo una nueva forma de pensar, una nueva perspectiva de la vida que poco a poco comienza a permear la sociedad en la medida en que esos individuos transformados por el evangelio se involucran en el mundo.

Si cometemos el error de sustituir la predicación de la Palabra de Dios por proclamas políticas, no estaremos capacitando a los creyentes para pensar, actuar y reaccionar en una forma bíblica y, por lo tanto, no los estaremos equipando para que se desempeñen apropiadamente como ciudadanos de un país democrático. Esa es la ventaja de vivir en una democracia.

En un discurso pronunciado en la Cámara de los Comunes, en Noviembre de 1947, es decir poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill dijo que la democracia no era perfecta y llena de sabiduría. De hecho, dijo él, “se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que se han probado de vez en cuando”.[i]

Nosotros podemos votar, participar en debates públicos; hacer uso de los medios de comunicación, dar a conocer nuestras preocupaciones y opiniones a los legisladores y representantes; todo lo que sea necesario y legítimo para promover una legislación que sea más acorde con el carácter de Dios revelado en Su Palabra.

El cristiano y la política

Aparte de todo eso, algunos individuos son llamados por Dios a participar más activamente en la política, en su aspecto más restringido, por más difícil que ese mundo sea. Seguramente no fue fácil para José ni para Daniel estar envueltos activamente en gobiernos paganos, pero por la gracia de Dios ambos pudieron mantener su integridad y dar testimonio de su fe en medio de mucha oscuridad y corrupción.

Si Dios te ha llamado y capacitado para servirle a Él sirviendo en el gobierno, o en algún cargo político, hazlo para Su gloria y guardándote de idolatrar la política y el poder, porque la enseñanza del Salmo 146 sigue vigente:  “No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación. Pues sale su aliento, y vuelve a la tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos. Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en Jehová su Dios, el cual hizo los cielos y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay; que guarda verdad para siempre, que hace justicia a los agraviados, que da pan a los hambrientos… (y) liberta a los cautivos” (Sal. 146:3-7).

No es el poder político lo que va a transformar el mundo en un reino de paz y justicia, sino el Señor Jesucristo en Su venida. Pero esa realidad no debe paralizarnos y encerrarnos en nuestro pequeño mundo evangélico. Esto lamentablemente ocurre muy a menudo en algunos grupos cristianos debido a un futurismo mal sano que no toma en cuenta nuestras responsabilidades presentes como sal y luz del mundo.

Permítanme explicar esto con un ejemplo. Si un individuo se hospeda por una noche en un hotel, seguramente no va a contratar a un decorador de interiores porque no le gusta el empapelado de las paredes de la habitación. Muchos creyentes se ven aquí y ahora como huéspedes momentáneos que deben sentarse a esperar pasivamente hasta el día en que llegue la gran remodelación de este mundo, cuando nuestro Señor Jesucristo regrese en gloria. Pero eso es evadir la responsabilidad que tenemos de amar al prójimo como a nosotros mismos, poniendo nuestros dones y capacidades al servicio de los demás. Del rey David se dice en Hechos 13:36 que él sirvió a su propia generación por la voluntad de Dios. Haciendo lo que Dios quería que él hiciera, su generación se benefició de su desempeño como rey.

John Stott, un siervo de Dios fallecido recientemente, dice lo siguiente al respecto: “Al fin y al cabo solo hay dos posibles actitudes que los cristianos pueden adoptar hacia el mundo. Una es escapar y la otra es involucrarse… ‘Escapar’ quiere decir dar la espalda al mundo en actitud de rechazo, lavar nuestras manos… y endurecer nuestros corazones contra los agonizantes gritos del mundo buscando ayuda. En contraste, ‘involucrarse’ quiere decir dar una vuelta para mirar el mundo con compasión, ensuciar y lastimar nuestras manos en el servicio y sentir en nuestro interior el amor incontenible y conmovedor de Dios”.[ii]

Nuestro Dios no se detuvo a mirar desde lejos la miseria humana, sino que se involucró en la persona de Cristo, el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros, como dice en Juan 1:14. Y es obvio que Él quiere que los Suyos hagan lo mismo, porque así lo enseñó en la parábola del buen samaritano.

Así que no tenemos que escoger entre la proclamación del evangelio y nuestra involucración activa en el mundo, porque una cosa se desprende de la otra. Al predicar el evangelio los hombres son transformados, y la transformación de los individuos trae como resultado ciudadanos responsables que en ocasiones llegan a transformar toda una nación.

Eso fue lo que sucedió a raíz de los grandes avivamientos del siglo XVIII, liderados por los hermanos Wesley y George Whitefield. Estos hombres son recordados por su celo evangelístico, y por los miles y miles que vinieron al conocimiento de Cristo a través de sus ministerios.

Pero como bien señala Francis Schaeffer: “Aún los historiadores seculares han tenido que reconocer que fueron los resultados sociales que provinieron de (ese avivamiento) lo que salvó a Inglaterra de su propia versión de la Revolución Francesa”.[iii] Uno de esos historiadores, J. W. Bready, dice en una de sus obras que “el avivamiento evangélico, ignorado y frecuentemente burlado” fue “la nodriza del espíritu y de los valores del carácter que han creado y sostenido las instituciones libres a través del mundo de habla inglesa” y “la clave moral de la historia anglo-sajona”. Y luego añadió que el avivamiento evangélico “hizo más para transformar el carácter moral de la población en general que cualquier otro movimiento histórico registrado en Inglaterra”. Es por esto que Bready no duda en referirse a John Wesley como “el hombre que restauró el alma de la nación”.[iv]

Lo mismo podemos decir de William Wilberforce, miembro del Parlamento Británico, que se convirtió al Señor a la edad de 26 años, y quien lideró la compaña que dio como resultado la abolición de la esclavitud. Junto a un grupo de políticos cristianos, llamados la Comunidad de Clapham, por el nombre del pueblo donde vivían, se involucraron en la reforma penal y parlamentaria, en la educación popular, la obligación de los ingleses para con sus colonias (en especial la India), la propagación del evangelio, y la legislación laboral. Hicieron campañas en contra de los duelos, las apuestas, las borracheras, la inmoralidad y los deportes crueles contra los animales. Todo eso motivados por la fe cristiana que compartían. Estos hombres no veían dicotomía alguna entre el celo evangelístico y la involucración social.

Pero cada cosa en su justo lugar. La iglesia como iglesia está llamada a proclamar el evangelio de salvación a los perdidos y a predicar la Palabra de Dios con tal fidelidad que los creyentes continuemos siendo transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento, como dice Pablo en Romanos 12:2.

En la medida en que esos creyentes abracen una cosmovisión bíblica, debido en gran parte a la fortaleza de los púlpitos en las iglesias, en esa misma medida serán padres responsables, trabajadores responsables y ciudadanos responsables que van a contribuir con decisión y convicción a los cambios que nuestra sociedad necesita con tanta urgencia.

Y si alguno es llamado por Dios a involucrarse activamente en la política, en vez de servirse del cargo, van a servir a su generación desde la posición en la que han sido colocados, no siguiendo necesariamente los lineamientos de su partido, sino de acuerdo a la voluntad de Aquel que es el Amo, Dueño y Señor de nuestras consciencias, nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.

Pastores, sigamos predicando todo el consejo de Dios en nuestras congregaciones, porque es la voluntad de nuestro Señor transformar sociedades y naciones, a través de la transformación de individuos por medio del poder del evangelio.

Esta exposición fue presentada en el Panel: El Gobierno, los líderes, y el rol de la iglesia en la esfera política. Puedes ver el video completo haciendo clic aquí.


 

[i] John Stott; Los Problemas que los Cristianos Enfrentamos Hoy; pg. 40.

[ii] John Stott; Los Problemas que los Cristianos Enfrentamos Hoy; pg. 24.

[iii] Russell Moore; The Kingdom of Christ; pg. 127.

[iv] Ibíd.; pg. 26.

Crédito de imagen: Lighstock



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