Si escogiéramos a un grupo de personas al azar y les preguntáramos cuáles fueron los bandos que se enfrentaron en la batalla de Waterloo, es posible que algunos sepan que uno de ellos fue el ejército francés bajo el mando de Napoleón Bonaparte. Puede ser que otros sepan que en esa batalla Napoleón fue derrotado por el duque de Wellington, quien tenía bajo su mando tropas británicas, holandesas y alemanas. Pero es posible también que algunos no sepan absolutamente nada de ese evento histórico, y que eso no les importe en lo más mínimo. ¿En qué me beneficia conocer el resultado de una batalla que se peleó a principios del siglo XIX, por un grupo de naciones extranjeras? Y lo mismo podríamos decir de un montón de hechos históricos similares, que podemos desconocer sin que eso altere nuestras vidas en ningún sentido.

Sin embargo, hubo un hecho en la historia que ningún ser humano debe darse el lujo de ignorar, por las enormes implicaciones que tiene para nuestras vidas aquí y ahora y para toda la eternidad. Me refiero a la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. No existe ningún otro hecho en la historia de la humanidad que tenga más relevancia que ese hecho. Si pudiera probarse que Cristo no resucitó, entonces el cristianismo no tendría ningún valor y los cristianos seríamos los seres más dignos de lástima de todo el planeta, como dice Pablo en 1Cor. 15:13-19.

De hecho, si Cristo no resucitó todos seríamos dignos de lástima, creyentes e incrédulos, porque no habría ninguna esperanza para la raza humana. Pero si es verdad que hace cerca de 2000 años Jesucristo se levantó de la tumba tres días después de haber sido ejecutado en una cruz romana, entonces nadie debería permanecer indiferente ante ese hecho. De manera que la resurrección de Cristo es un aspecto central de nuestra fe y una de las doctrinas que más ataques ha recibido por parte del mundo incrédulo desde el inicio mismo de la iglesia. Aún los mismos discípulos dieron por sentado que la muerte de Cristo en la cruz le había puesto punto final a sus expectativas mesiánicas, como nos relata el apóstol Juan en su evangelio:

“Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron. Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn. 20:24-31).

Para entender adecuadamente este pasaje, debemos conectar esta escena con el resto de los sucesos que acontecieron ese día. El Señor Jesucristo fue crucificado el viernes en la mañana y Su muerte se produjo alrededor de las 3 de la tarde. Inmediatamente después fue sepultado en un sepulcro propiedad de José de Arimatea y allí permaneció hasta el domingo en la mañana.

Ese domingo bien temprano, un grupo de mujeres vinieron al sepulcro con el propósito de ungir el cuerpo del Señor con especias aromáticas, pero se encontraron con el hecho de que la enorme roca que tapaba la entrada había sido removida y que el cuerpo del Señor había desaparecido. Estas mujeres se sienten muy confundidas (Lucas nos dice que estaban perplejas), porque obviamente no estaban esperando que Jesús resucitara de los muertos. Pero en ese momento se colocan junto a ellas dos ángeles del Señor que les dan la buena noticia:

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día” (Lc. 24:5-7).

Ellas salen de inmediato hacia donde se encontraba reunido el grupo apostólico y les cuentan lo que ha sucedido. Pero “a ellos les parecía locura las palabras de ellas, y nos las creían”, dice en Lucas 24:11. A pesar de todas las veces que el Señor había hablado de Su muerte y de Su resurrección, los discípulos no habían logrado entender el alcance de Sus palabras, por una sencilla razón: esa enseñanza no encajaba con sus nociones preconcebidas acerca del Mesías prometido.

Como bien señala Donald Carson, el problema de los discípulos era que no podían concebir la idea de un Mesías crucificado. Los Mesías no pierden, ellos siempre ganan. De manera que cuando Cristo fue condenado y crucificado, todos ellos llegaron a la conclusión de que sus esperanzas habían muerto con Él. Pero entonces llegan estas mujeres reportando lo que habían visto, y tanto Pedro como Juan deciden confirmar el asunto por ellos mismos. Se dirigen al sepulcro y encuentran lo mismo que las mujeres habían descrito.

Unas horas más tarde, el Señor se le aparece a María Magdalena, luego al apóstol Pedro y a dos discípulos que iban camino a la aldea de Emaús. Hasta que esa misma noche, se les aparece al resto de los discípulos, que seguramente se había congregado para comentar lo que había sucedido:

“Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor” (Jn. 20:19-20).

En vez de amonestarlos por haberlo abandonado la noche del arresto, el Señor los bendice y les muestra las marcas de la crucifixión en sus manos y en el costado para que no tuviesen ninguna duda de Su identidad. Pero lamentablemente Tomás no estaba allí, y cuando llegó al lugar de reunión ya Jesús se había ido. Los apóstoles le cuentan lo que acaba de ocurrir, pero Tomás se resiste a creerlo (comp. vers. 24-25).

Ahora, antes de pasar juicio sobre el escepticismo de Tomás, debemos tomaren cuenta que él no fue el único que dudó. Ninguno de los apóstoles aceptó de entrada el testimonio de las mujeres, sino que todos creyeron cuando vieron a Jesús y las marcas que tenía en Su cuerpo. Fue la evidencia la que los convenció.

Por el otro lado, también es importante señalar que la duda de Tomás no es la de un incrédulo materialista que se niega a creer todo lo que no pueda ser comprobado por el método científico. No olviden que Tomás era un judío devoto que creía en la existencia de Dios y en Su capacidad de obrar milagros. El problema de Tomás no era filosófico, sino emocional. Este hombre acababa de pasar por una profunda desilusión cuando Cristo fue crucificado, y seguramente no quería volver a sufrir una decepción adicional.

Tomás había creído que Jesús era el Mesías que había sido ampliamente anunciado por los profetas del AT y había renunciado a todo por seguirlo durante casi 3 años y medio. Pero las cosas no salieron como él esperaba. Lo cierto es que en la cruz del calvario Jesús no pudo salvarse a Sí mismo. Y esa no era la idea que los apóstoles tenían en mente cuando vinieron a ser Sus discípulos. ¿Cómo podía ser Jesús el Mesías Salvador, si ni siquiera pudo impedir Su propia ejecución?

De paso, muchas de las luchas que los cristianos tienen con la duda surgen de falsas expectativas que tarde o temprano son frustradas (falsas expectativas del amor de Dios, o del matrimonio, o de la crianza de los hijos, o de la vida cristiana en comunidad – es por esto último que muchos que profesan ser creyentes terminan convirtiéndose en fugitivos de iglesias, con el paso del tiempo se desencantan de los otros cristianos porque la realidad no encaja con su visión romántica del cristianismo).

Tomás tenía que estar absolutamente seguro que no se trataba de un truco o de una especie de alucinación colectiva. De ahí las demandas específicas de su reto: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y meto el dedo en el lugar de los clavos, y pongo la mano en su costado, no creeré” (Jn. 20:25). Lo más lejos que Tomás tenía en mente era que Jesús habría de tomar en serio sus demandas, como veremos en nuestro próximo artículo, si el Señor lo permite.


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