Dr. G. Ernesto Johnson

Seminario Bíblico Río Grande

El plan maestro de la gracia de Dios desde la eternidad

 

El Apóstol Pablo reasume en pocas palabras este plan estratégico: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley [judíos], a fin de que recibiésemos [gentiles] la adopción de hijos” (Gálatas 4:4, 5). El apóstol Juan declara precisamente: “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo(1 Juan 3:8). El autor inspirado de Hebreos razona: “. . . pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos 9:26).

 

En la boca de dos o tres testigos cada palabra está establecida. En breve, los tres elementos de su plan eran: salvar por gracia a los redimidos, acabar con el diablo y triunfar de una vez para siempre sobre el pecado.

La encarnación de Cristo, el punto de partida clave

 

Dios lanzó este plan desde la profecía que la “simiente de la mujer” heriría la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15). Jesús empezó su ministerio público con el bautismo por Juan el Bautista, así identificándose de modo vicario con los pecadores. Fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo (Mateo 4:1). Después de las tres tentaciones titánicas y cósmicas salió triunfante. El diablo no pudo más frente al manejo magisterial de “ESCRITO ESTÁ.”

 

En el ministerio de tres años Jesús demostró su dominio total sobre el diablo, los espíritus inmundos y toda enfermedad, resultado del pecado. Esto eran sus credenciales. Ni les dio a los demonios autoridad de proclamar su deidad ni su futuro castigo eterno (Mateo 25:41).

Pero su triunfo crítico culminó en la Cruz. Escucha la agonía de su alma. “Ahora está turbada mi alma: ¿y que diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre.  Entonces vino una voz del cielo: ’Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez’ . . . Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12: 27, 28, 31,32).

 

En el aquel momento  en la cruz expirando su espíritu, se oyeron aquellas palabras majestuosas: “Consumado es.” Pablo nos da el resumen teológico: “Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente triunfando sobre ellos en la cruz (Colosenses 2:16).

Pero con un paso cósmico hacia el glorioso futuro, Juan vio el trono y sobre él quien tenía en la mano derecha un libro sellado con siete sellos.  Todos lloraban porque no había nadie capaz de tomarlo y abrir los sellos. Juan mismo lloraba mucho. “Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar los sellos . . . Y miré y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, de los ancianos; y su número  era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza , la honra, la gloria y la alabanza” (Apocalipsis 5: 1-5,11,12).

Volvamos al día de hoy. En esta victoria ya ganada y alabada, la iglesia se fortalece y en ella anda y hace guerra en el poder de su fuerza. Con este repaso del triunfo de la gracia en la cruz, examinemos la porción que nos corresponde.  

Nos damos cuenta de que el diablo no es omnipotente, ni omnipresente, ni omnisciente. No puede estar a la vez en todo lugar como Dios mismo. Pero bajo él y a sus órdenes hay demonios incontables.  Pero toda esta fuerza demoníaca no puede contra el poder de la sangre de Cristo y el nombre autoritativo de Jesús.

El llamado urgente a la guerra espiritual     Efesios 6: 10,11

Pablo llega a este momento después de haber repasado en Efesios la maravilla de la gracia de Dios en todo aspecto. Pero queda la realidad de que esta vida victoriosa en unión con Cristo se vive en un conflicto fuerte contra las huestes del maligno. Tal reto demanda una respuesta igual a la lucha por delante. Así que Pablo concluye finalmente: “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza” (v.10).

Al examinar más de cerca el verbo “fortalecer” expresa la energía divina [dúnamis], la energía en forma potencial, disponible. Algunas versiones traducen el verbo como reflexivo con la implicación de “fortalecerse a sí mismo.”  Pero una traducción preferida está en el modo imperativo presente pero en voz pasiva: “sed fortalecidos.” Uno no puede fortalecerse a sí mismo en esta guerra espiritual, como si fuera un esfuerzo que dependía de nosotros. Cristo mismo había dicho “Yo soy la vida, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5).  

Antes de todo debe haber la iniciativa del Espíritu Santo. Pablo había dicho: “Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él” (1 Corintios 6:17).  Por lo tanto,  el creyente vive en vital unión con Cristo, “muerto al pecado  pero vivo para Dios en Cristo Jesús nuestro.” En breve, se vive a luz del mensaje de la Cruz.  De manera que el creyente anda obediente por fe, el Espíritu hará su obra fiel y proveerá todo lo necesario para que seamos fortalecidos. La energía es de Él, pero cooperamos con Él con un cordial Amén.

El versículo agrega otro elemento importante “en el poder de su fuerza.” No son la misma cosa las dos palabras. En la oración clave al principio de Efesios repite: “ . . . que os dé espíritu  de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él . . . y cuál la supereminente grandeza de su poder [energía] para con nosotros los que creemos, según lo operación del poder de su fuerza (1:17,19). La oración vuelve al ministerio del Espíritu quien hace su obra y logra en nosotros que seamos fortalecidos. El Espíritu nos capacita para la batalla.

 

Lo que nos corresponde es: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (v.11). Nos corresponde a nosotros una acción definitiva  [el aoristo, un acto ya hecho] frente a nuestra nueva posición con Cristo en la Cruz. El mismo verbo aparece en 4:24: “Vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”—la nueva creación. De nuevo nos alistamos en esta guerra en base de vivir en el poder [potencialidad] de su fuerza [omnipotencia] de Dios. Más adelante veremos toda la armadura de Dios desplegada en detalle. Pero es una verdadera panoplia que da plena cobertura a todas partes del soldado expuesto a gran peligro.

Las asechanzas del enemigo son muchas. Viene “como un león rugiente, anda al alrededor, buscando a quien devorar “ (1 de Pedro 5:8); en tal caso no necesita un alarma; el ataque en sí es evidente como si estuviera un león a la puerta. Pero en otras ocasiones “se disfraza como un ángel de luz” (2 Corintios 11:14). El enemigo finge su intento con el vocabulario de piedad. La esencia de diablo ha sido descrita por Jesús mismo como el engañador, el mentiroso. “Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44).

La jerarquía demoníaca ante el creyente     Efesios 6:12  

Pablo define nuestra lucha espiritual, NO en términos de luchar mano a mano, brazo a brazo con el fin de tirar al contrincante a la lona.  El arte de lucha era común en las Olimpiadas; requería el uso de la fuerza brutal.  

No luchamos contra sangre y carne, es decir, los seres humanos que parecen oponerse a nosotros. Esto nos da una perspectiva nueva que nuestra oposición no es en contra de Fulano de Tal, ni Mengano, sino contra quien está tras el elemento humano, la fuerza del diablo mismo y su jerarquía.  El creyente no usará la fuerza carnal ni la inteligencia  humana para vencer a este enemigo cruel. Pero sí que nuestra lucha está en contra de lo demoníaco. Así que será solo las armas espirituales que servirán en esta lucha.

Pablo luego describe este conflicto en términos de las armas espirituales. “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta  contra el conocimiento de Dios, llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo” (2 Corintios 10:3-5).

 

Esta jerarquía tiene cuatro niveles: principados, potestades, gobernadores de las tinieblas de este siglo y huestes espirituales en las regiones celestiales. (v.12). Dios no nos hace saber cuáles son las diferencias entre ellos, ni nos los describe en detalle; no lo hace porque conocer el mal no nos corresponde nunca. Él los venció de una vez en la Cruz. Solo nos corresponde conocer la verdad como está en Cristo.

Se dice que aquellos que investigan por los billetes falsificados nunca los tratan sino solo los genuinos. Al tocar el falsificado, ya se sabe de inmediato que no es genuino por el mero toque. Vale la pena tratar solo con la verdad en Cristo y fortalecidos estaremos por las armas del Espíritu.

 

Hay gran peligro en tratar de satisfacer la curiosidad con respecto al mal que fácilmente atrapa a tal en sus  garras. “Ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación  para con Jehová  cualquiera que hace tales cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones delante de él” (Deuteronomio 18:11,12).

El llamado reiterado de tomar toda la armadura de Dios     Efesios 6:13

El segundo llamado nos da la razón de su urgencia Ya que nos trabamos  en combate con tal enemigo hostil, se nos requiere la panoplia de la protección divina. El Diccionario de la Real Academia Española define la palara en griego “armadura” como panoplia: “1) armadura de todas piezas. 2) Colección de armas ordenadamente colocadas.”  Esto es lo que Pablo hace en este grito de guerra.

 

No debemos meternos en este conflicto como aquellos de Éfeso. “Pero algunos de los judíos, exorcistas ambulantes, intentaron invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritu malo, diciendo: ‘Os conjuro por Jesús, el que predica Pablo’ . . . respondiendo el espíritu malo, dijo: ‘A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿Quiénes sois?’”  Terminó el encuentro en que salieron desnudos y heridos. (Hechos 19:13-16).  Con razón la advertencia se debe tomar muy seria, no inspirando temor sino confianza en la armadura nuestra garantizada por la victoria ya ganada en la Cruz.

¿En qué resulta, pues, haber tomado toda la armadura de Dios?  Es claro y más allá de duda:  “para que podáis resistir en el día malo, habiendo acabado todo, estar firmes (v.13).  No es que venzamos nunca al enemigo. Ya está vencido y solo nos mantenemos firmes en tal victoria. Esta verdad cambia por completo nuestra participación. Es cuestión de la fe

 

El Apóstol Juan define la victoria en base de quién es el Hijo de Dios y nuestra fe. Él requiere que probemos a tales espíritus falsos del anticristo que han salido por el mundo (1 Juan 4:1-3). Agrega en el mismo contexto: “Pues este es el amor a Dios, que guardamos sus mandamiento; y sus mandamientos no son gravosos. . . .y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios” (1 Juan 5:3-5).

Pablo recalca el llamado de “estar firmes”; es la tercera vez que repite la amonestación. “Estar firmes” define el fin o resultado que nos toca en esta lucha espiritual; no queda en tela de duda; no es avanzar hacia la victoria, mucho menos retirarnos, sino que quedamos firmes en su triunfo final (vv.11,13,14).

Ahora se oye el eco del profeta Isaías: “Y vio que no había hombre, y se maravilló que no hubiera quien se interpusiese; y lo salvó su brazo, y le afirmó su misma justicia. Pues de justicia se vistió como de una coraza, con yelmo de salvación en su cabeza; tomó ropas de venganza por vestidura, y se cubrió de celo como de manto . . . porque vendrá el enemigo como río, mas el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él. Y vendrá el Redentor a Sion” (Isaías 59:16,17. 19,20).  

Nuestra panoplia – “colección de armas ordenadamente colocadas”

  1. Estad, pues, firmes, ceñidos los lomos en la verdad.” Es muy significativo que empiece  

la panoplia por destacar el rol de la verdad. Ya que el diablo es el “padre de mentira”  solo la verdad lo derrota.  Así que el creyente debe fortalecer sus lomos, los músculos más grandes y poderosos, para estar comprometidos por la verdad. Nada del engaño y la hipocresía puede estar en la vida. Si fuera así, sería cierta traición.

Este mandato viene como participio aoristo, como algo ya hecho según la misma identidad del creyente. No es tanto lo que él ha de hacer sino que lo que le fue hecho por ser hijo de Dios. Otra vez vemos  la operación del Espíritu en llevar a cabo su obra en nosotros.  

Pedro aconseja: “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo viene” (1 Pedro 1:13). En breve, el modo de pensar del creyente debe estar bien disciplinado por la verdad, el mensaje de la Cruz, el único mensaje que reprende al diablo. Pablo ha dicho: “Haya, pues, en vosotros este sentir [modo de pensar] que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). Este  sentir fue el camino al Calvario que resulta en nuestro mismo andar en la victoria de la Cruz.

  1. Y vestidos de la corza de justicia.” Esta segunda pieza es muy semejante al primero.

Se traduce mejor  “habiendo vestido la coraza de justicia.” La coraza cubre y protege el corazón donde Cristo mora. Una vez más, Pablo recalca la profunda necesidad de un verdadero encuentro personal con la Cruz, en términos de la justicia que Cristo nos da; así gobierna nuestro interior capacitándonos para la batalla. Solo Cristo llevando su propia vida en nosotros nos equipa para la lucha con las huestes malignas. “Pero nosotros somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido de la corza de fe y de amor, y con las esperanza de salvación como yelmo” (1Tesalonisenses 5:8).

 

  • “calzados los pies, con el apresto del evangelio de paz” Esta pieza de la panoplia puede

 

tener dos sentidos: “habiendo puesto los pies” [otra vez el aoristo, algo ya hecho] con la buena voluntad de cargar la bandera de la victoria de Cristo; o mejor, puede indicar  la plena confianza que tiene el creyente en su mensaje en medio de la guerra. Está tan seguro que lleva adentro la paz del triunfo culminante por delante. Sus botas son tan fuertes que sus pies no se van a resbalar. “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz, en el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido el mundo” (Juan 16:33). Estas fueron las últimas palabras dichas a sus discípulos en el Aposento Alto. Después la oración pontifical y el camino a Calvario.   

 

  • “Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos del maligno”  

 

Puede haber una referencia a un escudo muy grande que cubre y protege las partes vulnerables a la guerra, contra los dardos encendidos.  Es el escudo de la fe. Vendrán los ataques contra nuestra salud, nuestros hijos y, aun, hasta nuestros niños. El enemigo es cruelísimo y nada y nadie queda exento  de su ataque. Sin embargo, Dios es soberano y pone los límites como en el caso de Job (Job 1:12; 2:6). Pero tenemos que estar firmes y esgrimir las armas de la Cruz. La esencia de la fe, como virtud humana, es una constante mirada hacia el Señor, no dudando por un  momento. La dependencia nuestra siempre es nuestra mayor defensa contra el enemigo.

  1. Y tomad el yelmo de la salvación, y 6.la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”

Son dos piezas importantísimas de nuestra panoplia, la armadura de Dios. Vienen al final del conteo de las piezas, pero realmente son nuestras dos piezas que más nos protegen en áreas muy delicadas y susceptibles a los dardos del maligno. Nos advierte Pablo: “Para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones” (2 Corintios 2:11).

 

Si en la voluntad nos encontramos frente al diablo o demonio, debemos esgrimir la espada del Espíritu, la Palabra de Dios. Cristo mismo calló e hizo huir al diablo  solo por el poder de dos palabras creídas y dichas con autoridad: “Escrito Está”. Esta arma la podemos usar con plena autoridad. “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos  y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).

 

En otra ocasión cuando los discípulos no pudieron echar fuera al demonio: Jesús les dijo:¡Oh generación incrédula y perversa! Jesús echó fuera el demonio. Luego los discípulos le preguntaron por qué no pudimos echarlo fuera. “Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a ese monte: Pásate que aquí allá y se pasará; y nada os será imposible. Pero este género no sale sino con oración y ayuno” [algunas versiones omiten el ayuno] (Mateo 17:14-21).   

 

En algunos casos míos frente al endemoniado, las armas nuestras más poderosas son la autoridad del nombre de Jesús y la sangre de Cristo. Claro, al estar seguros de que nuestros propios pecados están confesados y perdonados y están bajo esa sangre, sí que en la voluntad de Dios podemos entrar en el terreno del diablo. Podemos mandar  y reprender al diablo o demonio en el nombre de Jesús, no usando el nombre como si fuera una palabra mágica sino con la plena autoridad del poder de tal nombre.

 

Con una referencia a la encarnación y la Cruz, Pablo dice: “Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2:9-11)

 

Cuando de veras tomamos en cuenta la autoridad del nombre de Jesús y la cobertura de la sangre de Cristo, podemos hacerle huir delante de nosotros. Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7).

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


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