Vivimos en mundo cambiante pero pareciera que en la actualidad esos cambios son demasiado veloces. La tecnología cambia diariamente y nuestra dependencia de ella crece con cada nuevo cambio. La política está cambiando; ahora la gente está más informada y es más crítica y por lo tanto mucho más consciente y demandante de sus líderes. La medicina está cambiando; la investigación médica es cada ves más avanzada y la cura y tratamiento de enfermedades que nunca imaginamos es ahora una realidad. El comercio está cambiando; el mercado actual ya no está confinado a unas cuantas cuadras o a nuestro vecindario, sino a todo el mundo por medio del Internet. Las comunicaciones están cambiando; en la actualidad cualquier persona puede tener virtualmente una conferencia “cara a cara” con otra persona en el otro extremo del planeta. Pareciera que todo está cambiando a un paso acelerado y la mentalidad que se impone en la gente es “Más vale que cambies con el mundo o el mundo te dejará atrás”.

Una de las compañías más populares de vídeo juegos tiene un eslogan que susurra al principio de cada juego “rétalo todo” (challenge everything). Ese es el eslogan del postmodernismo. Una filosofía escéptica que no acepta absolutos, que sostiene que todo es relativo y nadie conoce la verdad. Específicamente Jesús no es el camino, la verdad y la vida, sino que es solamente “un camino”, uno de muchos caminos para alcanzar la auto satisfacción personal y el contentamiento con las acciones propias.

Las premisas del postmodernismo se han filtrado a nuestra cultura de una manera tan subrepticia que la gente comienza a creer que esas premisas son sus propias ideas y opiniones. Especialmente cuando se trata de asuntos de la fe la discusión siempre alcanza niveles de subjetividad que se explican con la popular frase “cada quien cree lo que quiere, y es valido, y está bien”. Muy parecido a la frase que se repite en el libro de los Jueces, “en aquellos días no había rey en Israel. Cada quien hacía como bien le parecía”.

En los tiempos de Cristo “lo viejo era considerado muy superior a lo nuevo o lo reciente. Esto estaba basado en la idea de que el mundo, como un ser humano, se va gastando con el paso del tiempo y se deteriora a partir del mejor estado que una vez tuvo”.[1]

Escritor romano Séneca -Todos creen que la gente del pasado era siempre superior por naturaleza a aquellos de las generaciones sucesivas (Epístola 90.44)

Filósofo estoico Dio Crisóstomo -No queda duda que nuestro mundo, antes que se desgastara producía mejores cosas (Discurso 31.75) y que cada generación sucesiva muestra un firme declive y claramente representa características menos nobles que las eras anteriores (Discurso 21.1).

Esto provocó que la gente fuera escéptica de cualquier filosofía nueva o religión, y es una de las razones por las que los apóstoles trataron de demostrar que el cristianismo tiene sus raíces en el judaísmo y que no era una nueva creencia o religión. Sin embargo, a diferencia de ellos, lo que experimentamos en nuestro tiempo es un pensamiento escéptico debido al mundo cambiante. Lo que ayer era verdad hoy se considera falso. Lo que funcionaba ayer, hoy resulta obsoleto. Lo que creíste que era el producto más impresionante que se haya inventado en la historia de la humanidad queda opacado por el próximo y mejorado artefacto reciente.

El postmodernismo también se está infiltrando en la iglesia. Donde los pastores eran un símbolo de confianza y de una investidura especial en el papel de maestro de las Escrituras, un hombre de Dios digno de respeto que cuida en oración al rebaño, ahora es el “cuate” que debe estar buscando la mejor manera de entretener a la congregación para que no se vayan a otra iglesia donde la música es mejor y más fuerte, el espectáculo tiene más luces o simplemente tienen mejores juguetes tecnológicos. En muchos casos ya no se trata de Dios sino de que la gente se sienta bien consigo misma.

Un pastor puede explicar con detalle y enseñarle a la congregación el significado de un texto específico de las Escrituras tras una cuidadosa investigación y un trabajo exegético metódico. Pudo pasar muchas horas estudiando el griego o el significado hebreo de las palabras, el contexto cultural, el trasfondo social del texto para cavar y extraer los principios que trascienden edad y cultura. Llega el domingo y presenta las verdades de Dios de una manera sencilla pero poderosa de tal forma que la verdad de Dios resplandece…hasta que la mente postmodernista dice “Bueno, eso es lo que el pastor piensa, yo no estoy de acuerdo, yo no creo que nadie vaya al Padre si no es por medio de Jesús, el dios en el que yo creo es más amoroso que el del pastor”.

Con esta tendencia escéptica el postmodernismo ha tornado a cada persona en un experto en su propia opinión. Han tirado a la basura el proverbio que dice “No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová y, apártate del mal” (Prov. 3:7). Pareciera que de hecho estamos viviendo en la generación de la que Pablo le advirtió a Timoteo en 2 de Timoteo 4: “Por que vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”.

Ese falso escepticismo “en busca de la verdad” es en realidad una excusa para complacer nuestras pasiones y volver a la búsqueda idólatra del “dios interior”. Es muy parecido a lo que Pablo explica en Romanos 1 cuando habla sobre la gente que cambió la verdad de Dios por una mentira.

El postmodernismo está aquí y se ha arraigado en nuestra cultura, nuestra iglesia y, en muchos casos, es tan discreto que pudiera estar en muchos de nuestros “propios” pensamientos. Pero ¿Cómo podemos aprovechar sus fortalezas y debilidades para el progreso del Evangelio? ¿Qué podemos hacer como comunidad de creyentes para enfrentar el maremoto de esta era que amenaza con hundir a la iglesia?

Yo creo que la clave la podemos encontrar en la Palabra de Dios, en el libro de 2 Timoteo 4:2: “Predica la Palabra”. No hay nada tan precioso, tan inmenso, tan claro, tan verdadero, tan transformador, tan liberador, tan refrescante como la Palabra de Dios. ¡Es el mismísimo aliento de Dios! Es la Palabra de Dios inspirada, inerrante, infalible, suficiente, y con la autoridad de Dios. No necesitamos vencer la mente postmodernista, simplemente necesitamos predicar la Palabra. No es irracional, no es ilógica, no contradice la vida o la historia, no es una fabricación humana… es la Palabra de Dios con la autoridad del Creador y que puede hacerte “sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15).

El Postmodernismo cuestiona la fe como si fuera “un salto a ciegas” sin embargo no es así. Dios nunca nos ha pedido que creamos en Él sin pruebas de quien Él es. Leemos acerca de las plagas en Egipto para que la gente pueda ver que Él es Dios. En cada una de esas plagas Dios derrotó a las falsas deidades de los egipcios y les mostró a ellos y a todo el mundo que solo Él es Dios, el creador y sustentador de todo. Una y otra vez vemos a Dios haciendo todo tipo de cosas sobrenaturales a la vista de la gente para que crean.

El Señor nos da Su Palabra y deja muy en claro que se trata de Su Palabra a través de profecías muy específicas que debían cumplirse en su tiempo como testimonio a los oyentes de que las palabras verdaderamente venían de parte de Dios. Se cumplieron profecías específicas con nombres, años y naciones. ¡Más de 300 profecías acerca de Jesús se cumplieron al pie de la letra! ¡No hay razón alguna para ser escépticos acerca de la Biblia!

Como ultima demostración de Su bondad, carácter y deidad soberana Dios mismo vino en carne y hueso y caminó por la tierra en la persona de Jesús. Realizó milagros e hizo todo lo que se había profetizado acerca de Él en el Antiguo Testamento. Dijo ser Dios y lo demostró con Su resurrección ante cientos de testigos durante un periodo de ¡40 días! Jesús mismo dio testimonio de las Escrituras como La Palabra de Dios.

Resulta no solamente lógico sino necesario confiar en la Biblia como la autoridad para todos los asuntos espirituales. Podemos escuchar todo tipo de ideas postmodernistas pero invariablemente surgen de fuentes personales, ideas o el pensamiento humano. La pregunta es ¿Quien es la autoridad? ¿Quien conoce mejor los asuntos espirituales que Dios mismo?

Podemos deslumbrarnos con todas las nuevas aplicaciones y los cambios de nuestro mundo, pero una cosas es verdad, somos escépticos de las cosas que nos conviene ser escépticos y a veces confiamos irracionalmente en aquellas cosas sobre las que deberíamos ser escépticos. Para darle un ejemplo tenemos un falso sentido de seguridad detrás de las puertas cerradas de nuestro hogar. Confiamos en que el seguro será suficiente hasta que alguien abre la puerta de una patada. Confiamos que estamos a salvo tras el volante con el cinturón de seguridad ajustado hasta que un camión nos golpea de frente o una avalancha nos entierra…Nos hacen creer que tenemos el control de las cosas pero el hombre más sabio del mundo comparte sus pensamientos con toda la humanidad, al final de su vida, y nos revela que no tenemos el control sobre nada. Si hemos de ser escépticos acerca de algo, más nos valiera ser escépticos de nuestros propios pensamientos. Todo en este mundo, lejos de Dios, es vanidad. Y este hombre terminó su antiguo libro con estas palabras: “El fin de todo discurso oído es este: teme a Dios y guarda Sus mandamientos; por que esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Ecl. 12:13).

Publicado en La Paz de Cristo el 9 de Septiembre de 2015 por Jorge A. Salazar

Jorge A. Salazar

Autor: Jorge A. Salazar

El pastor Jorge A. Salazar es doctor en Teología Sistemática. Es miembro del Global Missions Team (Willingdon Church, Canada) y The Gospel Coalition. Actualmente es director adjunto de World Serve para Latino América, Pastor Titular en La Paz de Cristo y Director del Instituto Bíblico Willingdon para Latinoamérica así como supervisor del Instituto Bíblico Internacional en Arabe.
pastor@lapazdecristo.mx



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