El Significado de Pentecostés en el Gran Designio

Dr. G. Ernesto Johnson

Seminario Bíblico Río Grande

En Efesios Paul nos lleva al clímax de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, la bendición de seguir siendo llenos del Espíritu Santo (Efesios 5:18) capacitados para toda buena obra de gracia. Andamos en amor (v.2), andamos en luz (v.8), andamos con diligencia (v.15) y finalmente andamos siendo llenos del Espíritu.  Con esta dotación divina y constante el resto de la vida cristiana es un descanso y desarrollo de la victoria para la gloria de Dios.

Vale la pena tomar una breve pausa para analizar el papel de Pentecostés en la llegada del Espíritu Santo en el Gran Designo de Efesios. Empieza Efesios desde la eternidad pasada y finaliza con “delos dos, judíos y gentiles, un solo hombre” (Efesios 2:4). ¡Qué trayectoria sorprendente! Vamos a ver como todo esto en pura gracia resultó en la historia bajo la soberana mano de Dios.

Las tres grandes épocas de la historia bíblica

Aunque se distinguen en ciertos aspectos las tres épocas es menester saber que el mismo Dios Trino no varía para nada los principios principales por los cuales gobierna al ser humano. En todo, Dios es santo; es el Juez divino que requiere la santidad en todo. Pero Él mismo la proveyó en su propio Hijo puesto como propiciación por nuestros pecados (Romanos 3:25).

En base de aquella muerte vicaria nos ofrece mediante la fe la salvación y la vida eterna. “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues de don de Dios” (Efesios 2:8). Estas tres épocas forman el Gran Designio de Efesios que Dios le dio al Apóstol Pablo. “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas  de Cristo” (Efesios 3:8).

La época de Dios Padre

En el Antiguo Testamento Dios proveyó la promesa de la simiente de la mujer (Génesis 3:15), aceptó la ofrenda de Abel y de Noé. Confirmó el Pacto incondicional con Abraham, el Pacto condicional con Moisés y el Pacto Davídico eterno. Durante aquel tiempo el Espíritu Santo llevaba a cabo todos los propósitos salvíficos de la gracia por fe. Pero su obra era más implícita o encubierta y no tan abierta porque Mesías no había llegado. Sin embargo, seguía activo aún en los del primer pacto. “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Hebreos 9:14).

La época del Dios Hijo

Pero los planes eternos de Dios se movían hacia la cumbre en la encarnación del Jesús  profetizada por Isaías de la virgen quien daría a luz a un hijo, llamado su nombre “Emanuel”, Dios con nosotros (Mateo 1:23). Pablo lo dijo bien: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley (judíos), a fin de recibiésemos (los gentiles) la adopción de hijos” (Gálatas 4:4.5). La apariencia del Mesías era la obra magna de Dios Padre; todo lo demás giraría alrededor de su vida inmaculada y su muerte vicaria en propiciación por los pecados del mundo.

Pero desde el Aposento Alto Jesús reveló muy a tiempo la verdad suprema con respecto de la venida  del Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad que tomaría de “lo mío y os lo hará saber” (Juan 16:15).  Su ministerio nuevo sería un ministerio muy abierta y poderosa a través de una nueva entidad, la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, pronto por ser inaugurada.

La época del Espíritu Santo

Al resucitar de la tumba Jesús había mandado que sus once discípulos se reunieran con Él en el monte en Galilea y allí les anunció la Gran Comisión: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra . . . y he aquí estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mateo 28:18,20).  Justo antes de su ascensión les dijo. “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí . . . Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en todo Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra (Hechos 1:4, 8).

El momento clave de la llegada del Espíritu   la fiesta de Pentecostés o las siete semanas

En la solemne providencia de Dios había tres fiestas que prefiguraban la redención bajo el primer pacto a las cuales todo judío varón tenía que presentarse: 1) la pascua, seguida de los siete días de pan sin levadura, 2) luego la de Pentecostés y 3) la de los tabernáculos (Levítico 23).

Pentecostés era la fiesta de la cosecha del trigo y la cebada, tiempo de gran alegría al presentar la labor de sus manos. Escucha a Jehová: “De vuestras habitaciones traeréis dos panes para ofrenda mecida, que serán de dos décimas de efa de flor de harina, cocidos con levadura, como primicias para Jehová” (Levítico 23:17). Acompañados los sacrificios apropiados con los dos panes, la cosecha  representaba la plena bendición de Dios sobre su pueblo. Era motivo de gratitud y alabanza.

Toma nota de una notable excepción que se nos destaca: lospanes con levadura era siempre señal que simbolizaba la contaminación del pecado, algo no aceptable a Dios. Pero en Pentecostés al prefigurar la inauguración de la Iglesia del Cristo triunfaría la gracia de Dios manifestada en la Cruz “el justo muriendo por los injustos”. Dios iba a recibir en Cristo a los judíos y los gentiles ya redimidos – “un solo y nuevo hombre” en Pentecostés. Esta es la verdad encubierta en el Antiguo Testamento pero revelada en Jerusalén.

Dios escogió esta fiesta porque bajo el Nuevo Pacto los dos panes conlevadura darían evidencia de la gracia de Dios en el perdón del pecado y en la inauguración de la Iglesia de Cristo. Esta inauguración iba a ser un doble proceso histórico, primero la incorporación de los ciento veinte judíos bajo Pedro en Hechos 2; más adelante iba a ser la incorporación de los gentiles en casa de Cornelio, el centurión en Hechos 10 y 11. Dios aún tuvo que convencer a Pedro por medio de una visión fuerte que su plan desde la eternidad había sido incluir a los gentiles bajo la misma gracia que los judíos.

Exactamente como Jesús les mandó, vino la Promesa del Padre. “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos, Y de repente vino del cielo un estruendo como un viento recio que soplaba . . . fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen (Hechos 2:1,4). Fíjate bien en el control del Espíritu en todo lo que pasó en ese día.

Le tocó a Pedro, antes el traidor pero ahora el portador lleno del Espíritu, dirigir la palabra clave de la nueva época. En un breve sumario: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís (Hechos 2:32.33). Con toda razón Pedro explicó poderosamente en su sermón el significado de la ocasión.

El Dios Trino iba a poner el último vínculo de la cadena del Gran Designio. “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades . . . en quien todo el edificio bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu(Efesios 2:13-16,21,22).

El significado de los fenómenos de Pentecostés

Dios quiso hacer un tremendo impacto, una entrada auspiciosa y la hizo a través de ciertos fenómenos como en otras ocasiones anteriores. Hubo un gran estruendo o viento para llamar a la gente (1 Reyes 19:11), las lenguas repartidas con fuego como Juan el Bautista había prometido (Mateo 3:11), pero ahora, sobre todo, oyeron las maravillas de Dios en sus propios dialectos.

El fiel historiador, Lucas, debiera haber hecho bastante investigación ya que nombró específicamente quince “étnias” de todas partes del mundo antiguo: partos, medos, elamitas, de Mesopotamia, Capadocia, Ponto y Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, regiones de África, Cirene, romanos, cretenses y árabes. Aquí tenemos representantes de todo aquel mundo, un panorama futuro de la cosecha misionera. Dios trajo literalmente el mundo a Jerusalén para que fuesen las primicias de la gran cosecha futura.

Se oyeron las maravillas de Dios. Pentecostés, si era algo, era el primer paso misionero dado al mundo del aquel entonces, algo casi perdido en la exégesis del Pentecostés hoy día. No oyeron lenguas místicas sino las lenguas del común uso, vehículos del evangelio. Solo los ciento veinte  hablaron en lenguas siendo los primeros misioneros.

Los 3.000 convertidos en ese día no hablaron en lenguas sino que solo respondieron en fe al mensaje de Pedro. Fue un poderoso mensaje de salvación centrado en Jesús ya ascendido y sentado a la diestra de su Padre.

Pentecostés introdujo una nueva visión misionera

El verdadero significado del por qué hablar en lenguas, pues, era una profecía cierta del alcance y la cosecha final del evangelio según la Gran Comisión y Hechos 1:8: “y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la Tierra.” La Iglesia fue inaugurada con el mensaje salvífico, oídas “las maravillas Dios” en sus propios y variados dialectos. Y ante el trono celestial terminará en la majestosa gloria del cielo: “y cantaban un nuevo cantico, diciendo: Dignos eres de tomar el libro  y de abrir sus sellos; porque  fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua  y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).

La Iglesia de Cristo, pues, sería una iglesia misionera. Así fue introducida en el Día de Pentecostés la gran fiesta de la cosecha. Personalmente no he oído esta verdad presentada hoy día; así el triunfo en el cielo será la Gran Comisión ya realizada a través de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, ya un solo y nuevo hombre.

Esa verdad misionera se ha perdido en la discusión e interpretación teológica de hablar en lenguas, como si fuera una experiencia por buscar o mantener. Según algunos, hablar en lenguas es la señal de la llenura del Espíritu. No lo es. Al contrario la verdadera señal de la llenura del Espíritu es el andar diario en la humildad, la santidad y el servicio a la voluntad de Dios.

La inauguración de la Iglesia en dos etapas históricas

Es interesante notar que los fenómenos en sí no constituyeron, al fin y al cabo, lo importante; no se repitieron los mismos fenómenos de Pentecostés, ni en el mismo orden ni en cada lugar.

Hubo dos ocasiones principales en que el Espíritu optó por caer soberanamente sobre los dos grupos incorporándoles en el Cuerpo de Cristo. Primero cayó sobre los judíos en Pentecostés, solo los 120, ya quedándose todos unánimes juntos (Hechos 2:1); en la siguiente ocasión de mucha importancia fue la incorporación de los gentiles en la casa de Cornelio, el centurión, romano.

Dios tuvo que traer a un Pedro bien renuente. En la visión de comer lo inmundo, Dios tuvo que decirle: “Levántate, Pedro, mata y coma . . . Señor, no: porque ninguna cosa inmunda he comido jamás.” Tres veces esto pasó. En ese preciso momento, llegaron los de Cornelio pidiendo la visita de Pedro. Tal había sido la intervención de Dios tan directa que resultó en la incorporación de los gentiles (Hechos 10:9-19).

Pedro en medio de su sermón al llegar a lo crítico del mensaje: “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán el perdón por su nombre. Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso” (Hechos 10:43,44).  Nota con cuidado que Lucas en el texto mismo no dice en ese mismo momento nada de las lenguas, dejando que los incrédulos testigos oculares provean la evidencia del hecho principal—la llegada del Espíritu con el poder de lo Alto. Las lenguas solo sirvieron para convencer a los judíos dudosos.

Tan soberana fue la inauguración de los gentiles que los compañeros escépticos no pudieron negar la realidad de la igualdad de los gentiles ahora ante Dios. “Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaban atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu. Porque los oían que hablaban en lenguas, y magnificaban a Dios” (vv.45, 46),

Al regresar Pedro a la iglesia de Jerusalén tuvo que defenderse ante los judíos escépticos. Si que Dios había dado era el mismo derramamiento del Espíritu a los gentiles. Lo hizo así diciendo Pedro: “Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?  Entonces, oídas estas cosas, callaron y glorificaron a Dios, diciendo: !De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” (Hechos 11:15-18).

Hubo otros dos encuentros de menos alcance: en Samaria bajo el avivamiento de Felipe llegaron Pedro y Juan desde la iglesia materna; oficialmente les pusieron las manos y recibieron al Espíritu, pero no había ninguna evidencia de las lenguas (Hechos 8:14-17). El último evento fue en Éfeso cuando Pablo halló a los doce discípulos de Juan el Bautista y les puso las manos y hablaron en lenguas (Hechos 19:1-7).

Así de esta manera el Espíritu inauguró la Iglesia de Cristo como la Fiesta de Pentecostés había prefiguraba – losdos panes con levadura de la fiesta de la cosecha.  No había ninguna desavenencia entre los grupos. “Para que no haya ninguna desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros” (1Corintios 12:25).

¿Cuáles son las lecciones para nosotros hoy?

Lo más importante no son los fenómenos.  Lo importante era la llegada del Espíritu en PODER tal como Jesús había dicho en Hechos 1:8. Era el poder del mensaje de la Cruz que agregó 3.000 en solo un día (Hechos 2:41-47) y luego 5.000 (4:4) a la iglesia en Jerusalén.  Era el poder del Espíritu Santoy la Palabra de Dios que transformaron a los apóstoles miedosos en los valientes portadores llenos de gozo.  El poder de la verdad dio la autenticidad al mensaje de gracia en salvar y dotar al creyente, ahora miembros todos de su Cuerpo. Las lenguas solo sirvieron para convencer a los escépticos y llamarles la atención.

En breve, la meta singular de la Gran Designio para la Iglesia era poder “crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz” (Efesios 2:15); era la de glorificar a Dios por  alcanzar al mundo para desenvolver la verdad de la muerte y resurrección de Cristo.  Esto mismo nos será el frecuente tema de los coros celestiales.

Una precaución teológica en interpretar los Hechos

Ha habido en América Latina y en muchas partes el uso de los Hechos como un patrón o modelo fijo para el andar espiritual del creyente. Nuestro punto de partida, claro que sí, es “Toda la Escritura [soplo divino] es inspirado  por Dios, y es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia a fin de que el hombre de Dios sea perfecto [maduro], enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16,17).

Pero según las reglas de la hermenéutica, la ciencia de interpretar y aplicar las verdades, acudimos primero a las epístolas cuyos propósitos principales son explicar y aplicar tales verdades en su plenitud.  Se puede deducir doctrina de los Hechos con tal que los evangelios y las epístolas confirmen claramente tales doctrinas; Lucas nos relata fielmente lo histórico-el qué, el cuándo, el cómo, pero no el por qué en cada caso. Al contrario, las cartas de Pablo, Juan y Pedro y los evangelios confirman y nos aseguran las verdades esenciales para la vida cristiana llena del Espíritu Santo.

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


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