El andar en el amor perdonando uno al otro como Dios nos perdonó

Efesios 4:32-5:8

Dr. G. Ernesto Johnson

Seminario Bíblico Río Grande

Nunca dejo de maravillarme de la plenitud de las riquezas de la gracia de Dios desplegada en   Efesios.  Parece que es tan grande que Pablo no sabe dónde dejar un tema y dirigirse a otro. Esto se ve ilustrado en el fin de capítulo 4 y el principio de capítulo 5.  A veces pensamos que el nuevo capítulo da principio al nuevo tema, pero muy al contrario aquí es la continuación y aún  el clímax de la verdad anterior.  Para mí la verdad del fin de capítulo 4:32 sirve para poner la base del capítulo 5, detectando las virtudes del andar en amor.  Al contemplar este vínculo sagrado no se puede hacer menos que llenarse de amor y gratitud al Dios Trino por la obra de la Cruz.

En breve resumen, Pablo apela al creyente en base de su nueva identidad, unido a Cristo, que resulta en la conducta transformadora.  El creyente se da cuenta de que se ha despojado la vida vieja, y al contrario se renueva  en el espíritu de la mente y, por fin, se viste “del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:22-24). Continúa retando al creyente a despojarse de unos siete pecados clásicos. Pero no es de todo negativo porque a la vez le traza al creyente la virtud correspondiente a su nueva identidad.

 Da la lista de los siete pecados ajenos al creyente, miembro de la iglesia local: la mentira, el enojo, el da lugar al diablo, el robo, la palabra corrompida, el contristar al Espíritu y por fin que se quite dentro de ellos toda clase de amargura y malicia. Pero en cada caso nos da lo muy positivo de la nueva vida en Cristo: el hablar la verdad, no dejar permanecer el enojo aún del recto, el trabajo para el bien del prójimo, el dejar salir de la boca solo la palabra edificadora y, finalmente, ser benignos unos a otros.

 Pablo expone el pecado mayor de no perdonar uno al otro   Efesios 4:32

 Es tan fácil leer lo conocido sin pensar en la hondura de la verdad.  La última frase de 4:32 puede pasar por lo desaparecido: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”

 Vale la pena tomar nota del verbo “perdonó” [aoristo o tiempo pasado-la Cruz]. El tiempo del verbo nos devuelve directamente a la Cruz. No nos sigue perdonándonos sino que nos perdonó de una vez para siempre.  El pago “el kofer” lo pagó completamente; nada queda por hacerse.

 Pablo ha afirmado antes la importancia de la muerte vicaria y la nuestra en unión con Jesús una vez por todas: “Porque el amor de Dios nos constriñe; pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron [nota el tiempo, el mismo tiempo de los verbos] y por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó” (2 Corintios 5:14,15).

 En esa porción tan clave con respecto a la vida victoriosa dice lo mismo: “Con Cristo he estado co crucificado, ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo” (Gálatas 2:20). Sobre ese amor demostrado de una vez en la Cruz nos corresponde ahora perdonar de corazón al prójimo.

 En base de la obra completa de Cristo, debemos anticipar lo que viene enseñándose en este capítulo.  Pablo está para  hablar de las relaciones tensas y difíciles entre los casados (5:22-24); las del marido que ha de amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia (vv.25-30); las de los hijos inmaduros para con sus padres (6:1-3); las de los padres para con sus hijos (v.4) y las más difíciles, los siervos para con sus patrones (vv.5-8) y, finalmente, los amos para con sus siervos (v.9).

 Pablo hablará en este mismo capítulo no de lo teórico y filosófico de las relaciones que todas tenemos que enfrentar, sino en la necesidad de someterse unos a otros como dice el preámbulo de las relaciones en la iglesia local y fuera en el mundo: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Efesios 5:21). Luego sigue la prueba de andar en amor. El verdadero tema que preocupa a Pablo es como el creyente ha de andar ante Dios en la realidad de la vida diaria para que la iglesia local se forme según el plan delGran Designio.

 Pablo nos introdujo la gracia y el Gran Designio en la primera sección. En la segunda, habla de la provisión de la abundante gracia de Dios para que el creyente desempeñe su papel en la iglesia local. Parece que casi menciona como si fuera por lo desaparecido el valor del perdón entre los hermanos, el verdadero cómo andar “dignos de la vocación con que fuisteis llamados con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia, los unos a los otros en amor” (Efesios 4:1).

 Hagamos la pregunta: ¿cuál es una base de ser benignos unos con otros en el último versículo de capítulo 4?  Esa base se encuentra  en esa última frase: “Perdonándoos unos a otros, como Dios os perdonó a vosotros en Cristo(4:32). En breve, al darse cuenta uno de su propio perdón de parte de Dios, no tiene otra opción que perdonar al otro, de todo corazón y no importa que sea la ocasión.

 La parábola de los dos deudores    Mateo 19:23-35

 En su estilo magisterial,  Jesús ilustra la necesidad de nuestro perdón para con el hermano en la parábola de los dos deudores en Mateo 19:23-35. “Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos.” Sabemos la historia. Un siervo le debía a su rey una suma incalculable. “A éste como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía  para que se le pagase la deuda” (v.25). El pobre siervo le pidió misericordia y aún le prometió lo imposible; “el rey movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda” (v.27).

 Pero el mismo ingrato buscó y encontró a su compañero siervo quien le debió una miseria y le ahogaba  y exigía  que se la pagara de inmediato.  El pobre pidió la misma paciencia que el primero, pero lejos de perdonarlo, le echó en la cárcel. “Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía.  Así también, mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (vv.34, 35).

 En varios contextos Jesús enfatizaba esta verdad. Quien guarda rencor, ira y malicia para con el otro, sea quien sea, por una supuesta injusticia o indirecta no puede ser benigno. Esa raíz de amargura y no le permite. “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Hebreos 12:15). Toma nota de la importancia de no guardar amargura por no querer perdonar al otro, sea quien sea, como Dios exige.

Examinemos la frase “como Dios también os perdonó en Cristo”   Efesios 4:32b

 Esta frase “en Cristo” usada usas 40 veces en las epístolas paulinas es clave. No debemos pasar por alto aquí su profundidad. ¿Quién sufrió más en hallar la manera de perdonarnos el pecado?  Dios mismo y su amado Hijo.

 Desde Génesis 3:15 Dios elaboró en el preciso momento de la caída de nuestros padres el plan

Mesiánico. Enviaría a su unigénito Hijo que tomaría el pecado del mundo entero.  “Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá su linaje, viviría por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada” (Isaías 53:10).  “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a cause de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Romanos 3:25). Imposible que entendamos el costo que Dios mismo pagó para perdonarnos. Le costó a su amado Hijo.

 Pero quien también sufrió al aceptar el plan de su Padre? “Ahora está turbada mi alma:¿ y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre glorifica tu nombre” (Juan 12: 27,28). “El que no escatimó ni a su propio Hijo sino que entregó por todos nosotros . . .” (Romanos 8:32). Los sufrimientos de Cristos en participar en nuestra carne y sangre nunca los podremos comprender. “El cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses:4:2).

 Cuando pesamos nuestro pecado comparado con el costo infinito del Dios Trino, los sufrimientos tanto del Padre en “quebrantar” a su unigénito Hijo y el Hijo en morir por nuestro pecado, vemos la enormidad de nuestro pecado. Dios no pudo perdonar el pecado nuestro por un “fiat” o decreto legal sino que tuvo que entregar a su Hijo a muerte, eso revela la culpa enorme de nuestro pecado. Resulta lo dicho “perdonado mucho, ama mucho, perdonado poco, poco ama” (Lucas 7:47).

 ¡Tal era el costo a Dios Trino para poder perdonarnos y pensar no querer perdonar el uno al otro!  ¡Qué tremendo es todo lo envuelto en esa sola frase “en Cristo”!

 El andar en amor a luz del perdón de Dios en Cristo    Efesios 5:1,2

 Sin introducir un concepto nuevo, Pablo hace la aplicación práctica: “Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos amados”. La pequeña conjunción “pues” que hemos visto tantas veces, nos devuelve al argumento anterior ya establecido sin duda alguna.

 Ya que Dios a precio tan grande nos perdonó completamente, nos corresponde seguirlo como el niño imita a su padre y madre. Pablo pone este privilegio por haber sido perdonado por Dios en el ambiente cariñoso de la familia donde el amor genuino reina. No hay nada de lo forzado o lo artificial estar en casa. Dios es nuestro Padre celestial y su trato de habernos perdonado crea el amor y transforma nuestro andar a manera de vivir como Él vive.

 La traducción “Sed, pues, imitadores” puede ser más precisa: “llegad a ser imitadores de Dios como  hijos amados”  Deja la idea de que es un “llegar a ser” perpetuo a una costumbre que Dios mismo tiene y que está ya en desarrollo en ellos.[1] Puedes sentir el calor de Dios en animarles a mantener la costumbre de perdonar al otro en el mismo espíritu en el cual él los perdonó.

 En ese espíritu cariñoso Pablo agrega: “Y andar en amor, como también Cristo amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (v.2).  Es bien interesante que Pablo termine Gálatas 2:20 con la misma frase: “mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó  a sí mismo por mí.”  Una  vez más regresamos a la Cruz y nuestra muerte y resurrección con Él. No cabe duda de que la Cruz es el eje de todo lo que Dios nos hizo. De la Cruz fluyen las aguas sanadoras que bendicen a la iglesia local.

 Con el mandato de “andar en amor” Pablo introduce la carga del resto de la epístola: Tenemos que “andar en amor” (v.2), “andad como hijos de luz” (v.8), “con diligencia cómo andéis” (v.15). No puede haber mayor ejemplo de tal amor (ágape) que la Cruz. Nos mostró su amor “hasta muerte y muerte de cruz” (Filipenses 4:6-8). Tomó nuestro lugar y cayó en Él la ira que era nuestra, además de juzgar de una vez la vieja naturaleza, librándonos de su ruin.

 Esa muerte vicaria y representativa es la sustancia de los sacrificios del Antiguo Testamento que antes eran la sombra al ser ofrecidos en el espíritu de la verdadera adoración; eran para Dios un olor fragante.  Pablo afirma que tanto la obra de la Cruz era un olor fragante para Dios como ya es la costumbre nuestra de perdonar el uno al otro.  El perdonar nuestro es la expresión más alto del amor (ágape) desplegado en la Cruz.

 El amor de Dios y la justicia de Dios en plena revelación    Efesios 5:3-8

 Parece ser una vuelta de 180 grados desde el amor de Dios al escándalo de la fornicación.  Sí que Dio es amor y perdón al arrepentido, pero a la vez es “luz y no hay ningunas tinieblas” (1 Juan 1:5). No hay discrepancia alguna en describir así la esencia del Dios Trino.  En dejar caer su ira santa sobre su propio Hijo en la Cruz mostró su justicia. “Porque  la ira de Dios se revela contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” (Romanos 1:18).

 Dios es santo pero mostró su amor en proveer una salida al enviar a su Hijo.“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

 Se toman a pecho las advertencias solemnes y prácticas

 Dios a través de Pablo nos da una prohibición estricta y advertencia clara que su perdón no se extiende al fornicario que practica y aun profesa ser creyente; no lo es.  Sigue una rotunda y franca prohibición que revela tal corazón del Dios de la justicia: “pero [un énfasis fuerte en el mismo espíritu del previo contexto] fornicación y toda inmundicia, o avaricia, no se nombre  entre vosotros como conviene a santos: Ni palabras de deshonestidad, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracia” (vv.3,4).

 Nos es posible no entender su contundente rechazo de esta lista de pecados tan comunes en aquel ambiente grecorromano [ni hoy día también] que pueden infiltrar sus congregaciones. En el contexto Dios advierte solemnemente a los hermanos de la presencia y el poder de la carne, el viejo hombre.

 Las palabras dichas a Pedro poco antes de su negación del Señor valen la pena recordar: “Ved y orad, para que no entré en tentación; el espíritu a la verdad, está dispuesto, pero la carne es débil”  (Marcos 14:38). Hace poco que oí de un pastor de 28 años de ministerio en Perú quien cayó moralmente y perdió su ministerio.

 Este brusco cambio en el contexto no debe sorprendernos. Somos capaces de los peores pecados dados en la lista que desciende a las necedades y alas truhanerías. El Diccionario Real Academia Española define el truhán: “persona sin vergüenza, que vive de engaños y estafas”.

 Tristemente tales personas han manchan el nombre de Dios y aun profesan ser creyentes. Pablo aclara lo siguiente que tomemos muy a pecho: “Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios, Nadie os engañe con palabras vanas porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia” (vv.5,6).

 Termina esta amonestación por decir: “No seáis partícipes con ellos. Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz” (vv.7,8).

 Pablo empezó el pasaje con las palabras cariñosas y tiernas asegurándolos del perdón de sus pecados ya confesados. Del mismo modo  deben perdonar de todo corazón a sus prójimos. Tal es un oler fragante ante Dios. Pero sigue un gran “pero”; Dios es justo y santo y no tolera los pecados enumerados. Deben mostrar “tolerancia ZERO” frente a ellos. La vida transformada es la única evidencia de su perdón y su andar en amor basado en “sois luz en el Señor”.Así se deben animar.



[1] H.C.G. Moule, Ephesian Studies, Lessons In Faith And Walk (London: Pickering& Inglis),  Second edition, pp.236,237.

 

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


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