Por Salvador Gómez Dickson
 

El libro de Hechos nos muestra a un Pablo que, al final de su tercer viaje misionero, estaba determinado a subir a Jerusalén aun conociendo el peligro que esto representaba. “Estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús” (Hch. 21:13). Sin embargo, hay una expresión que Lucas utilizó en el v. 4 de ese mismo capítulo que levanta un cuestionamiento acerca de esa intención del apóstol. Los creyentes de Tiro “decían a Pablo por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén.”
Cuando en ruta hacia Jerusalén llegan a Cesarea, posan en casa de Felipe el evangelista, donde aparece Agabo, un profeta de Judea que trae un mensaje para Pablo: “Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles” (21:11). Esto mueve a los hermanos de Cesarea y aun a los acompañantes de Pablo a rogarle que no fuese a Jerusalén.

¿Estaba Pablo actuando en contra de la voluntad de Dios al persistir en su camino? La expresión que pareciera indicarnos tal cosa es la que explica en el v. 4 que las palabras disuasivas de los hermanos fueron dichas “por el Espíritu”.
Cuando los hermanos no pudieron persuadir a Pablo, Lucas registra que lo que todos dijeron fue: “Hágase la voluntad del Señor” (v. 14). Creo que el punto del autor de Hechos es dejarnos ver que la comparecencia de Pablo ante el César era parte del plan divino para la diseminación del evangelio y la expansión de la iglesia. Los siguientes versículos nos dejan ver algo de esta intención divina:

   

  • El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (9:15-16).
  • “Pasadas estas cosas, Pablo se propuso en espíritu ir a Jerusalén, después de recorrer Macedonia y Acaya, diciendo: Después que haya estado allí, me será necesario ver también a Roma” (19:21).
  • “Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (20:22-24).
  • “A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma” (23:11).
  • “Pablo dijo: Ante el tribunal de César estoy, donde debo ser juzgado. A los judíos no les he hecho ningún agravio, como tú sabes muy bien. Porque si algún agravio, o cosa alguna digna de muerte he hecho, no rehúso morir; pero si nada hay de las cosas de que éstos me acusan, nadie puede entregarme a ellos. A César apelo. Entonces Festo, habiendo hablado con el consejo, respondió: A César has apelado; a César irás” (25:10-12).
  • “Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César…”(27:24).

Al leer estos pasajes se hace evidente que Pablo tenía que ir a Jerusalén para obtener su pasaje de ida gratis a Roma… como prisionero. De todos los libros del NT, es Hechos el que nos permite ver cómo el evangelio pasó de estar localizado en Jerusalén a invadir el centro mismo del imperio más grande del momento. Los testigos de Jesús llegarían “hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8).
¿Qué hacemos entonces con las palabras de Hechos 21:4? ¿Por qué dice el texto que los hermanos suplicaron a Pablo “por el Espíritu” que no fuera a Jerusalén? A la luz de los textos citados anteriormente me resulta difícil concluir que Pablo estaba actuando en contra de la voluntad de Dios. Antes bien, veo la mano de Dios detrás de tantos eventos para llevar a su siervo donde Él quería. Llevó a Jonás a Nínive en contra de su voluntad, y para ello el Soberano cabalgó aun sobre las grandes tormentas del mar. Ahora llevaba a Pablo, su siervo voluntario, para ser testigo de la gracia divina en Roma, y para ello, el Señor cabalgó nuevamente sobre las tormentas del mar, preservando su vida y la de sus compañeros de manera gloriosa. Pablo debía ir a Jerusalén para entonces poder ir a Roma y comparecer ante César.
Lucas no parece tratar la expresión del 21:4 como externando una prohibición absoluta al apóstol con respecto a ir a Jerusalén. Lo que vemos en realidad es a alguien tan determinado a cumplir la voluntad de Dios que está dispuesto a enfrentar los peligros de los que había sido advertido. El gesto de los hermanos fue uno de amor, no queriendo que su estimado apóstol fuera objeto de prisiones y vejaciones.
En conclusión, no creemos que el Espíritu Santo estuviera dando revelaciones contradictorias, ni pensamos que Pablo estaba actuando en contra de la voluntad de Dios. Las palabras de John Stott son muy sabias aquí: “Quizás la declaración de Lucas es una forma condensada de decir que la advertencia era divina mientras que el ruego era humano. Después de todo, la palabra del Espíritu a Pablo combinaba la compulsión a ir con la advertencia de las consecuencias… Ciertamente Lucas busca que admiremos a Pablo por su valentía y perseverancia… las predicciones divinas de sufrimiento no le disuadieron” (The Message of Acts, p. 333; en español).

En otras palabras, el Espíritu reveló a los hermanos de Tiro los peligros que se avecinaban, no una prohibición; y en ese sentido, Lucas registra que los ruegos de ellos estaban basados en la predicción del Espíritu Santo. Tanto Pablo en aquel momento, como Lucas al registrar los eventos, interpretaron las palabras del Espíritu como informativas y no como una prohibición. Como bien los expresa A. T. Robertson: “El deber tenía más fuerza para Pablo que el peligro”. El evangelio llegó al centro del imperio por esa determinación.

Salvador Gomez Dickson

Autor: Salvador Gomez Dickson

Pastor en la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo y profesor de la Academia Ministerial Logos.


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