La iglesia que no conocemos

Y Saulo estaba allí, aprobando la muerte de Esteban” (Hch 7:60, 8:1)

“Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues?… Yo soy Jesús, a quien tú persigues…”

(Hch 9:4-5)

Las noticias que se dan a conocer en relación a los atentados que sufren los cristianos en diferentes lugares del mundo nos hacen pensar y reflexionar. “Esta agresión no se limita a intimidar personas, expulsarlas y recortarles sus derechos, sino que llega al asesinato” [1]

Un informe reciente de una organización cristiana enfocada en el Medio Oriente y Norte de África nos informa que “hay unos 260 millones de cristianos que enfrentan discriminación y hasta persecuciones por causa de su fe. Aproximadamente uno de cada cuatro países pone restricciones de distinto tipo para la libertad religiosa. Millones de niños sufren por la persecución contra sus padres y familiares”[2].

La persecución toma muchas formas; desde la opresión y la discriminación hasta la negación tajante de las libertades constitucionales o reconocidas internacionalmente. La persecución religiosa es la supresión deliberada del derecho de una persona o comunidad de retener y manifestar sus creencias religiosas

Algunos han sido encarcelados, torturados o incluso asesinados por su fe en Jesucristo. Frecuentemente su dolor y sufrimiento ha sido silencioso. Ellos son aislados de su familia y de la comunión cristiana. Son vulnerables al abuso de las fuerzas de seguridad del Estado, de grupos extremistas, de sus comunidades y de sus familias. Los cristianos son llamados no sólo a esperar que haya persecución, sino también a luchar contra la injusticia. Responder a la injusticia de la persecución es parte de nuestro llamado como cristianos”[3]

El poder abusivo y autoritario de los regímenes gobernantes nos recuerda el caso de Esteban que relata el capítulo siete de Hechos de los Apóstoles. La intolerancia y persecución están a la vista. Lucas en su evangelio expresa las palabras del Señor Jesucristo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34).

Jesús rogó por aquellos que le crucificaban y este Señor está dispuesto a perdonar a los enemigos de su iglesia. Esteban en su grito final exclamo: “¡Señor no les tomes en cuenta este pecado!

Lucas en los primeros capítulos de Hechos nos muestra un contraste muy interesante entre el pueblo y sus jefes. Los últimos son los que oprimían y perseguían a los cristianos no solo por motivos religiosos sino también de poder y control. En el capítulo nueve de Hechos el representante de esos jefes era Saulo. Se encontraba persiguiendo a la Iglesia pero el Señor le dice: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues…”.

La relación entre Jesús y la Iglesia implicaba que perseguirla a ella era perseguirle a él. Se produjo entonces un encuentro con el poder transformador del Señor que tocó la vida de Saulo. Nuestros enemigos pueden transformarse en hermanos en Cristo.

Lo cierto es que lo sucedido en el comienzo del cristianismo también está pasando hoy. Países en que los poderosos persiguen a los cristianos o buscan modos de que su voz no se oiga. En estas situaciones algunos pueden estar tentados a pensar que debe haber una destrucción total de los malos antes que ellos nos destruyan. Esas palabras serían de condenación odiando a los malos y convencerse que para ellos no hay esperanza de salvación. Pero justo aquí se interpone el relato de la conversión de Saulo que muestra el poder transformador del evangelio. El evangelio de Jesucristo nos ha alcanzado a nosotros y ahora puede alcanzarles a ellos.

Nuestra oración en este momento es por aquellos que persiguen a su iglesia, maltratan, excluyen, descalifican y matan. Orar para que tengan un encuentro con el Señor como lo tuvo Saulo. Que el Mesías se les aparezca en medio de su camino y lo que parece ser un poderoso e implacable enemigo caiga al suelo como cayo Saulo. Que se quite el abuso del poder, la injusticia y la persecución.

El Compromiso de Ciudad del Cabo 2010 (Movimiento Lausana) en su segunda parte nos dice: El amor de Cristo nos llama a sufrir y a veces, a morir por el evangelio (IIC2) El sufrimiento podría ser necesario en nuestra participación misionera como testigos de Cristo, como ocurrió con sus apóstoles y con los profetas del Antiguo

Testamento(2 Co 12:9-10; 4:7-10). Estar dispuestos a sufrir es la prueba de fuego de la autenticidad de nuestra misión. Dios puede usar el sufrimiento, la persecución y el martirio para hacer avanzar su misión.

 

El martirio es una forma de testimonio que Cristo ha prometido honrar de manera especial. Muchos cristianos que viven en la comodidad y la prosperidad necesitan volver a oír el llamado de Cristo para estar dispuestos a sufrir por él; porque hay muchos otros creyentes que viven en medio de tales sufrimientos como el precio de dar testimonio de Jesucristo en una cultura religiosa hostil. Tal vez hayan visto a seres queridos martirizados, o hayan soportado torturas o persecución por su obediencia fiel, pero siguen amando a quienes los han lastimado tanto.

  • A- Escuchamos y recordamos con lágrimas y oración los testimonios de quienes

sufren por el evangelio. Junto con ellos oramos por gracia y valentía para “amar

a nuestros enemigos” como nos ordenó Cristo. Oramos para que el evangelio

pueda dar fruto en lugares que son tan hostiles a sus mensajeros. Mientras

nos afligimos, como corresponde, por quienes sufren, recordamos el dolor

infinito que siente Dios por quienes resisten y rechazan su amor, su evangelio

y a sus siervos. Anhelamos que se arrepientan y sean perdonados, y que

encuentren el gozo de estar reconciliados con Dios[4].

Este compromiso también afirma que “El amor trabaja en favor de la libertad religiosa para todas las personas (IIC6). Apoyar los derechos humanos mediante la defensa de la libertad religiosa no es incompatible con seguir el camino de la cruz cuando somos confrontados por la persecución. No existe ninguna contradicción entre estar dispuestos a sufrir personalmente el abuso o la pérdida de nuestros propios derechos por el bien de Cristo y estar dedicados a defender y hablar por los que no tienen voz ante la violación de sus derechos humanos.

Debemos distinguir también entre defender los derechos de personas de otras creencias y avalar la verdad de sus creencias. Podemos defender la libertad de los demás, de creer y practicar su religión, sin aceptar esa religión como verdadera.

  • A- Esforcémonos por alcanzar la meta de la libertad religiosa para todas las

personas. Esto requiere una defensoría ante los gobiernos a favor de los

cristianos y también de las personas de otras creencias que son perseguidas.

  • B- Obedezcamos a conciencia la enseñanza bíblica de ser buenos ciudadanos, de

buscar el bienestar del país donde vivimos, de honrar a los que están en

autoridad y orar por ellos, de pagar los impuestos, de hacer el bien y de tratar

de vivir quieta y reposadamente. Los cristianos somos llamados a someternos

al Estado, a menos que el Estado nos ordene lo que Dios prohíbe, o prohíba lo

que Dios ordena. En consecuencia, si el Estado nos obliga a escoger entre la

lealtad a él y nuestra lealtad superior a Dios, debemos decir “no” al Estado,

porque hemos dicho “sí” a Jesucristo, como Señor (Jer 29:7; 1 P 2:13-17; 1 Ti 2:1-2; Ro 13:1-7; Ex 1:15-21; Dn 6; Hch 3:19-20; 5:29)

En medio de todos nuestros legítimos esfuerzos en favor de la libertad religiosa

para todas las personas, el anhelo más profundo de nuestro corazón sigue siendo

que todos lleguen a conocer al Señor Jesucristo, pongan libremente su fe en él y

sean salvos, y entren en el reino de Dios.”[5].

El apóstol Pablo expreso: “Anteriormente, yo era un blasfemo, un perseguidor y un insolente; pero Dios tuvo misericordia de mí porque yo era un incrédulo y actuaba en ignorancia. Pero la gracia de nuestro Señor se derramó sobre mí con abundancia, junto con la fe y el amor que hay en Cristo Jesús. Este mensaje es digno de crédito y merece ser aceptado por todos: que Cristo Jesús vino al mundo a salvar los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero precisamente por eso Dios fue misericordioso conmigo, a fin de que en mí, el peor de los pecadores, pudiera Cristo Jesús mostrar su infinita bondad. Así vengo a ser ejemplo para los que, creyendo en él, recibirán la vida eterna” (1 Ti 1:13-16)

Oramos por una transformación radical en las personas, los gobernantes, las naciones y que se experimente el nuevo nacimiento en Jesucristo. Oramos por la iglesia y por todos aquellos que están pasando situaciones de persecución. Nuestra responsabilidad y desafío es que “toda la iglesia” trabaje en unidad, solidaridad y cooperación a favor de los más débiles y desprotegidos, llevando el evangelio de la paz, justicia, verdad y amor.

Renovemos nuestra confianza en el Señor que nos dice: “Edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella” (Mt 16:18). Llevemos “todo el evangelio” a “todo el mundo” hasta que el Señor vuelva.

Preguntas para la reflexión

¿Qué implica ser testigo de Jesucristo?

¿De qué manera práctica podemos estar en comunión (koinonia), solidaridad y cooperación con la iglesia perseguida y ayudar a nuestros hermanos?

¿Qué significa e implica que debemos amar a nuestros enemigos?

 

[1]Fuente: Diario La Nación, Argentina. Ver en: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1340156

[2]Middle East Concern, MEC

[3]Daniel Bianchi por medio de MEC, Middle East Concern

[4]Movimiento Lausana. El compromiso de Ciudad del Cabo 2010, Una confesión de Fe y Un llamado a la Acción, Segunda parte: IIC Vivir el amor de Cristo entre personas de otras creencias religiosas, “El amor de Cristo nos llama a sufrir y a veces, a morir por el evangelio” (IIC2)

[5]Ibíd., El compromiso de Ciudad del Cabo 2010, “El amor trabaja en favor de la libertad religiosa para todas las personas (IIC6).

Carlos Scott

Autor: Carlos Scott

Carlos es miembro del comité ejecutivo y del consejo de liderazgo global de la Comisión de Misiones de la Alianza Evangélica Mundial (WEA), Reside en Buenos Aires.



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