La dotación del Dios Trino para equipar a su Iglesia para la obra

Efesios 4:11-13

Dr. Ernesto Johnson

Seminario Bíblico Río Grande

Pablo introduce la segunda mitad de la epístola a los Efesios con una vista panorámica de la vocación de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. Primero apela al creyente a que ande en la verdadera humildad y mansedumbre que nos corresponden como participantes en su glorioso Gran Designo. Nuestro andar en esta alta vocación debe ser con un aprecio profundo para con todos los demás miembros, “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (4:1-4).

Pablo establece brevemente los siete elementos que forman la base firme de nuestra vocación: un cuerpo, un Espíritu, una esperanza, seguidos de un Señor, una fe, un bautismo y corona la vocación con “un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos (vv. 4-6). Participamos en esta alta vocación y a nosotros nos fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Así Pablo continúa el tema de la primera mitad de la epístola—la gracia de Dios que triunfa y sobreabunda para con nosotros los inmerecidos.

En todo esto, Pablo recalca que es Cristo, a través del Espíritu que administra esta gracia o dones. Cita el Salmo 68, un salmo de triunfo sobre el enemigo de Israel.  Como cualquier vencedor  le toca compartir sus triunfos con los suyos. Le tocó a Cristo el derecho, habiéndose conquistado el mal y en su descenso a la tumba y en su resurrección, está ahora con plena autoridad de repartir los despojos de su triunfo (vv.8-10). Los reparte en gracia con un fin definido, el “perfeccionamiento a los santos para la obra del ministerio para la edificación del cuerpo de Cristo (v.12). A tal fin ahora se dirige.

La Administración de los dones mayores a la Iglesia    Efesios 4:11

 Pablo está para dar la enseñanza principal sobre el tema mayor de esta epístola—cómo ha de funcionar  la Iglesia como la exhibición al mundo de la gracia de Dios. “y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que  la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y postestades en los lugares celestiales conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (Efesios 3: 9-11).

En breve, se logrará este propósito de Dios por la intervención de la Cabeza porque en la Cruz ganó el derecho de  dotar a la Iglesia con ciertos dones específicos. El Apóstol Pedro en el Día de Pentecostés anunció el triunfo de la Cruz y la llegada del Espíritu en nueva plenitud: “Así que, exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hechos 2:33).

La combinación de la Cruz y  el Espíritu equipará esta nueva creación de “un solo y nuevo hombre” (Efesios 2:15). “Y edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados, para morada de Dios en el Espíritu (Efesios 2:20-22).

Los cuatro dones dados a la Iglesia—ya “un solo y nuevo hombre”

 Pablo con mucha sabiduría del Espíritu introduce la dotación de los dones  en los cuatro ministerios genéricos: los apóstoles, los profetas, los evangelistas y los pastores/maestros. El enfoque es en aquellos a quienes el Espíritu les capacita con el don que Dios reconoce y que beneficia la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. Ya que son dones del Espíritu, de esta manera elimina el aspecto humano en la gobernación y funcionamiento de la Iglesia. Estos papeles no son tanto los títulos o los oficios de los líderes sino el funcionamiento de la obra general del ministerio bajo la tutela de Espíritu. A través de ello Dios va a ministrar su amor para con el mundo perdido.

En 1 Corintios 12 Pablo tuvo que corregir los celos carnales de los hermanos que resultaron tristemente en el mal uso de ciertos dones y no según el reparto del Espíritu. Por nombrar los cuatro dones dados en gracia, Pablo evita el posible problema del abuso de los dones dados  a  los individuos. Más bien Pablo ilustra la verdad, volviendo a su analogía favorita de cómo la cabeza del cuerpo humano dirige, provee y guarda el funcionamiento del cuerpo; así Cristo, la Cabeza de la Iglesia hace lo mismo. No hay factor humano que interfiera con la administración de la obra y el funcionamiento de la Iglesia para la gloria de Dios Padre.

Apóstoles

El valor de los apóstoles es que Dios los constituyó. No reside en el apóstol llamado por Dios ningún mérito o valor intrínseco. Pero el apóstol ha sido hasta hoy en día un don divino dado en gracia a la Iglesia. Los doce  apóstoles han sido un don permanente en que han sido los guardianes de la verdad. Pablo enumera a los doce apóstoles que vieron la resurrección de Cristo. Limita el número a los doce (1 Corintios 15: 5-9; Apocalipsis 22:14). Se incluye a sí mismo en base de que vio a Jesús resucitado en camino a Damasco.  Además había las señales que testificaron de su apostolado (Romanos 15:15-19). Por consiguientemente no hay tales apóstoles bíblicos hoy día según su uso del Nuevo Testamento.

Los doce apóstoles con la autoridad apostólica sirvieron bien para guardar la integridad del mensaje que Cristo dejó desde la Gran Comisión de Mateos 28 hasta el surgimiento final del canon sagrado, años después en la soberanía de Dios  Gradualmente la iglesia en general venía aceptando, usando y reconociendo los vientiséis libros que forman ahora nuestro Nuevo Testamento. La verdad apostólica viene replicada en su enseñanza y codificada en el canon inspirado.

Por algún tiempo hubo ciertos concilios de la iglesia primitiva que nombraron unos libros según diferentes áreas del imperio, afectado en gran parte por la distancia de aquel tiempo y la falta de comunicación en esos primero siglos. Pero se emergían aquellos libros divinamente inspirados por Dios con el pleno acuerdo de la iglesia primitivo. Unos otros libros iban desapareciendo porque no llevaban la verdad al nivel apostólico. La mano de Dios venía guardando y protegiendo tal formación. Con plena confianza, pues, podemos aceptar de Dios Trino el Nuevo Testamento que tenemos en la mano.

El Nuevo Testamento usa la palabra “apóstol” en un aspecto secundario. La palabra quiere decir “mensajero”. Se mencionan estos como apóstoles/mensajeros estimados: Bernabé (Hechos 14:14),  Judas/Jacobo, el medio hermano del Jesús (Gálatas 1:19), Silas (1 Tesalonicenses 2:6) y fueron mencionados Andrónico y Junias (Romanos 16:7). Parece que hay un tercer uso aun más general que se puede traduce “mensajeros” [apóstoles] de las iglesias.[1]

Hoy en día  tristemente está de moda en algunos círculos, el nombrarse hasta “apóstoles” y “obispos” con el fin de establecer su autoridad en su propio “reino”. La Biblia no aprueba tal usurpación y arrogancia del poder. El líder verdadero  busca la manera de ser siervo como Jesús mismo: “Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lucas  22.27).

Profetas

El segundo don dado a la iglesia tuvo su importancia principal en los primeros años antes de la formación de canon sagrado. Fueron hombres a quienes Dios les dio un mensaje inspirado y urgente como Ágabo (Hechos 11:28) y mujeres que profetizaban–hijas de Felipe (Hechos 21:9; 1 Corintios 11: 5).  Ministraban así en algo semejante a los profetas del Antiguo Testamento, apareciendo o desapareciendo, declarando con autoridad la palabra inspirada y siempre su mensaje era cierto y muy oportuno al momento.

En esos años primitivos hubo el valor del profeta con su ministerio confirmador. Sin embargo, con la mayor circulación del texto sagrado ya disponible a muchos, más parece que venía disminuyendo la necesidad de tal ministerio. Sin embargo, servían y eran reconocidos como parte de la fundación de la iglesia. “. . . edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal pierda del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 3:20).

Siempre hay los imitadores. Hoy en día hay los que emiten “profecías”.  El consejo más sano es que no las tomen como si fueran de Dios; puede ser en dicho caso una palabra genuina. Es mejor,  sin embargo, oírla, considerarla pero no actuar hasta que se examine la Palabra de Dios y que Dios le dé  la libertad y el apoyo de la Palabra de Dios. Puede ser de beneficio, pero puede ser de peligro y daño. Con razón Pablo nos aconseja con discreción: “No apaguéis al Espíritu. Examinadlo todo, retened lo bueno. Absteneos de toda especie del mal” (1 Tesalonicenses 5: 19-22).

Evangelistas

 En el Nuevo Testamento la palabra “evangelista” solo aparece dos veces. Felipe, quien fue llevado por Dios a evangelizar al eunuco el etíope, fue nombrado evangelista (Hechos 21:8,9) juntamente con suseHechos  cuatro hijas que profetizaban. A Timoteo le dijo Pablo:”haz obra de evangelista” (2 Timoteo 4:5). Sin duda como se entiende hoy, el don de evangelista es quien, llamado por Dios, lleva este don de Dios y su aprobación en esparcir la buena nueva a diferentes pueblos. Habrían sido los misioneros itinerantes que esparcían el mensaje de la salvación cruzando los límites de cultura y geografía. Corresponden a los misioneros de hoy.

No cabe duda  que Dios les ha dado a la iglesia como dones especiales, algunos evangelistas como Jorge Whitefield de Inglaterra y en nuestro tiempo Billy Graham con el poderoso mensaje que atrae  a las multitudes.  Se puede decir que Dios les da a algunos ese don o facilidad del evangelismo personal o masivo. Sin embargo, todo cristiano debe ejercer el privilegio de compartir la buena nueva con los que le rodean.  Pero parece que Dios dota algunos con este don especial.

Pastores/maestros

 En el griego los dos sustantivos tienen un solo artículo, dejándonos con la conclusión de que es un solo papel o un solo don ejercido con dos aplicaciones de mutuo beneficio. De inmediato viene a la mente el uso frecuente por Jesús del rol del pastor de las ovejas. “Yo soy la puerta de las ovejas” (Juan 10:7). El pastor era literalmente la puerta física protegiendo a las ovejas de los ladrones. Agrega más específicamente: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (v.10).

Cuando Jesús vuelve a comisionar a Pedro después de su triple traición, le dijo: “Apacienta a mis ovejas” (Juan 21:15 17). Con mucha razón Pedro mismo lo llama:“Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestra almas”

(2 Pedro 2:25).  El papel abrumador del pastor era sobre todo proteger, dar de comer, cuidar tiernamente y pagar cualquier precio por servir el bienestar de las ovejas. ¡Qué cuadro del pastor! Sin esa cualidad no merece ni título de pastor.

Ahora Pablo revela la otra cara de la moneda, el don acompañante, el ser maestro apto para enseñar, instruir y corregir en base de la plomada de la verdad.  Sin ese don resulta hueco y vano el ministerio. La lista de las cualidades del maestro revelan estas virtudes: “Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad” (2 Timoteo 2: 24-25).

La historia eclesiástica ha sido repleta de hombres como dones dados a la Iglesia de Cristo, tales como Policarpo, Justin Mártir, Tertuliano, Agustín, Lutero, Calvino,  Zwinglio, Juan Wesley y expositores modernos al alcance nuestro. ¡Qué tan enriquecidos hemos sido por el don de los pastores/maestros!

La Finalidad de los dones repartidos a la Iglesia   Efesios  4:12-14

 Pablo ahora llega a la última razón fundamental de esta dotación en gracia a la Iglesia. Dios manifiesta sumo cuidado por el bienestar de su Iglesia, el Cuerpo de Cristo.   Esta vocación  invoca la firmeza de las siete unidades (vv.4-6), seguidas de los cuatro dones (v.11) resultando en el beneficio espiritual dado a cada uno de nosotros a la medida del don de Cristo (v.7).  En una serie de tres frases con una íntima relación entre sí dice: “1) a fin de perfeccionar a los santos  (2)  para la obra del ministerio, 3) para la edificación del cuerpo de Cristo hasta todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto; a medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (vv.12, 13).

Analicemos estas frases: 1) “a fin de perfeccionar a los santos”.  Pablo ya los reconoce como los santos, separados por Dios para su exclusivo uso–“Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4). En unión con Cristo ya están completos en su posición ante Dios, pero hay la manera de avanzar espiritualmente en mayor utilidad al Cuerpo.

El verbo “perfeccionar” solo aparece aquí en el uso espiritual en el Nuevo Testamento, pero se refiere a la idea de remendar las redes (Mateo 4:21) o la idea de restaurar a alguien que ha caído o fallado (Gálatas 6:1).[2]  En otras palabras, hay todavía espacio para más crecimiento, mejor salud y fuerzas para ser más servible. Hay mayor eficacia por delante, como el imán atrae los pedazos de hierro. Esta es motivación predominante. Esta es la finalidad principal.

La siguiente frase 2) “Para la obra del ministerio”. Ese avance se dirige a ser más disponible, servicial y de buena voluntad para cualquier tipo de obra espiritual.  La palabra original se refiere más al trabajo servil.  Aquí se ve toda humildad y mansedumbre y estar a la orden de  todos para guardar la paz. Cada creyente, pues, tiene un ministerio útil para la gloria de Dios y el bienestar del Cuerpo de Cristo. Los líderes no son los únicos indispensables al avance. Cada uno tiene su aportación particular y su valor distintivo o sea tan común y corriente a los ojos de algunos.

La  última frase 3),” para la edificación del cuerpo” se nos devuelve a las dos primeras frases. El valor no está en el individuo sino en el crecimiento orgánico del Cuerpo. La iglesia, aun la local, no es una institución estructurada sino que es un organismo espiritual con un corazón que    late y respira la misma vida de Jesús.

Todo se hace por la Cabeza quien dirige, motiva y resulta glorificada en los miembros de su Cuerpo. “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un cuerpo así también Cristo” (1 Corintios 12:12). Esta última frase es clave: Cristo es constituido  la Cabeza y en él no puede haber disonancia ni desacuerdo. Más delante Pablo aconseja en este pasaje: “para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupan los unos por los otros” (v.25).

Pablo en Efesios sigue diseñando la maravilla de la Iglesia concebida por el Dios Trino y objeto de su gracia para alcanzar su potencial en ser “una morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 3:22). No hay meta más grande y sublime. Pronto descenderá para tratar el cómo de llevar la vida resucitada  de Cristo. Volverá al Mensaje de la Cruz en el andar diario del creyente unido a Cristo crucificado y resucitado.



[1] Francis Foulkes. The Epistle of Paul to the Ephesians (London: The Tyndale Press) 1963, p.118. Nota a pie de la página).

[2]  Ibid. p.120.

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


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