“En el vértigo no se dan frutos ni se florece”.

(Ernesto Sabato)

 Cuando era pequeño había que esperar. No quedaba otra. Y eso que nací en la recta final del siglo XX, momento en que comenzaban a adquirir celeridad muchísimas transformaciones que hoy en día definen a nuestra cultura: la expansión de las comunicaciones, el desarrollo de nuevas tecnologías de información, la optimización del transporte y la denominada “globalización”, entre otras.

Algunos ejemplos que hoy suenan cual historias de la “Edad de Piedra”: si uno quería ver los dibujos animados debía esperar hasta que el canal de televisión (por aire) lo pasara. Si uno deseaba comprar determinado producto era necesario aguardar hasta la hora de apertura del comercio en cuestión. Si uno necesitaba obtener información específica para una investigación o un trabajo escolar tenía que esperar hasta dar con el libro especializado en la biblioteca pública o tener la dicha de adquirirlo en la librería local. Si uno quería comunicarse con familiares que vivían en otra ciudad había que aguardar a que se estableciera la comunicación telefónica mediada por la operadora de turno o enviar una carta y confiar en que, a su debido tiempo, llegara a destino. Si uno deseaba adquirir algo que superara la capacidad mensual de compra se hacía necesario esperar hasta ahorrar el dinero suficiente para ello (el uso extendido de las tarjetas de crédito llegaría años después). Y así podría enumerar varias cosas más (cada uno sumará sus propias anécdotas a este listado).

No era mejor ni peor vivir en esas condiciones. Era así, no quedaba otra. Había que esperar.

Por eso no deja de sorprenderme la ansiedad con la que solemos transcurrir cada día, en particular quienes vivimos en contextos urbanos de alta densidad poblacional. Tenemos miles de recursos a nuestro alcance, estamos atiborrados de información, contamos con posibilidades de consumo varias veces superiores a las del pasado, disponemos de medios de comunicación que nos permiten estar conectados con todo el mundo en apenas unos instantes, y así y todo sentimos una necesidad apremiante de lograr y obtener las cosas “ya mismo”.

Es cierto que el ritmo de vida nos lleva a requerir efectividad y rapidez, y más cuando el mundo funciona de ese modo. Por eso no intento ni trato de efectuar una crítica del sistema con la melancolía típica del que se lamenta por “aquellos tiempos mejores que nunca más volverán”. Nada de sentimientos de tristeza ni frustración. Disfruto mucho vivir en la ciudad y valoro muchísimo lo que solemos llamar como “adelantos”. Pero me parece que con más frecuencia de lo esperable solemos imprimir el mismo vértigo a situaciones, relaciones, hechos que por sí mismos no pueden ni deberían ser susceptibles de caer en las garras del “lo-quiero-ahora-mismo”.

Porque no hay celeridad que baste para sanar las heridas (físicas y emocionales). No hay apresuramiento que logre el desarrollo saludable de un niño. No hay vértigo que pueda sortear el curso normal de una preparación académica. No hay prisa que ayude a evitar del tiempo necesario para el cultivo de una amistad. No hay ansiedad que permita saltarse etapas en la construcción de la personalidad. No hay atajo que logre forjar una espiritualidad auténtica que vaya más allá de la instantaneidad del momento.

Sí. Hay cosas para las cuales se requiere acción sostenida en el tiempo y paciencia expectante. 

Cristian Franco

Autor: Cristian Franco

Nacido en la Ciudad de Buenos Aires (Argentina), Cristian Franco es un evangelista que sirve al Señor desde su adolescencia. A través de los años, sus estudios en Comunicación y en Teología le han brindado elementos de preparación útiles a la hora de predicar el mensaje del Evangelio, acompañando su vocación con un fuerte énfasis solidario en relación a la acción social.

Desde 2004 Cristian Franco es evangelista asociado del Dr. Palau, integrando el equipo de la Alianza de la Próxima Generación. Ha tenido la oportunidad de ser columnista y publicar sus creaciones en distintos medios de prensa. Es autor del libro “¡Respira! Aliento fresco para tu espíritu”. Desde diciembre de 2007 integra oficialmente el Consejo Directivo de la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA). Cristian y su esposa son miembros activos de la “Iglesia Jesús 100 % Vida” en la Ciudad de Buenos Aires. Además sirve como miembro del Equipo Nacional Argentino de “La Bolsa del Samaritano”. Su mayor pasión es desarrollar todo lo necesario para ayudar a que personas de toda edad, nacionalidad, cultura y situación económica puedan conocer el amor de Dios expresado a través de Jesucristo.


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