La Maravilla de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo
Efesios 4: 4-10

Ernesto Johnson
Seminario Bíblico Río Grande

Pablo acaba de destacar las tres virtudes del creyente al realizar las verdades profundas de la Iglesia de Cristo; son toda humidad y mansedumbre, soportándoos con paciencia y solícitos siempre en guardar la unidad en el vínculo de paz. Estas realizarán el cumplimiento del Gran Designio de su voluntad (Efesos 1:11) presentado en los tres primeros capítulos de Efesios.

Empezó Pablo con la bendita doxología trinitaria trazando la operación del Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, una obra de su gracia soberana (Efesios 1).

A pesar de nuestra depravación, “nos dio vida, nos resucitó, nos hizo sentar en los lugares celestiales” para mostrar las abundantes riquezas de su gracia, siendo nosotros la hechura suya (Efesios 2:1-9). Agrega la maravilla de la proyección de “un solo y nuevo hombre,” Israel creyente y los gentiles en la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.

Para Pablo la anchura y profundidad de este Gran Designo eterno era más allá de su comprensión. “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles, el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y postestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo Cristo Jesús nuestro Señor” (Efesios 3:8-11).

El magnífica alcance de este Gran Designio nos deja boquiabiertos ante tal propósito eterno. Con mucha razón Pablo nos apela a que andemos en esta vocación celestial con toda humildad y mansedumbre, soportándonos con paciencia y con gran diligencia guardando la unidad ya establecida por el Espíritu (Efesios 4:1-3).

Las Siete bases firmes de nuestra vocación Efesios 4:4-6

Pablo empieza a profundizar el fundamento de nuestra vocación puesta por Dios. “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Corintios 3:11). No hay ni débil elemento humano en nuestra vocación que pudiera fallar. Al contrario, Pablo vuelve a la centralidad de Cristo en guardar la unidad de nuestro llamado.

Ahora analiza ese fundamento por citar, quizá un himno de la iglesia primitiva, dando los siete elementos que garantizan nuestra firmeza en el Cuerpo de Cristo. Los nombra sin mucho comentario. El uso del número siete subraya la plenitud de nuestra confianza en “guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”.
Cada uno de los elementos se originó en el Trino Dios. Pablo advertía antes a Timoteo: “Como te rogué que te quedase en Éfeso, cuando fui a Macedonia, para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe, así te encargo ahora” (1 Timoteo 1:3,4). Pablo está a duras penas para poner bien la base firme de nuestra vocación.

La primeras tres bases de nuestra vocación

Las tres primeras bases son: “Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación” (v.4). Pablo había desarrollado antes el papel del Espíritu en relación con el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Le gustaba a Pablo la analogía del cuerpo físico para enseñar la precisa coordinación y el control de la cabeza sobre sus miembros.

En medio de los conflictos sobre los dones en Corinto escribió Pablo antes: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere. Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.” De parte de Dios mismo no pudo haber la anormalidad de una división en el Cuerpo de Cristo.

Sigue con la conclusión: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un Espíritu” (1 Corintios 12: 11-13). Llegar a formar parte del Cuerpo de Cristo era la operación del mismo Espíritu. El Espíritu forjó la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.

Nos resulta en una firme esperanza de nuestra vocación. No es como la esperanza nuestra que es vaga y frágil sino que es la realidad que existe en los planes eternos de Dios, el futuro por delante siendo tan seguro como el pasado ya realizado.

Las tres bases más de nuestra vocación que siguen

En seis palabras enumera Pablo.” Un Señor, una fe, un bautismo (v.5). Toma por sentada la centralidad de Cristo Jesús. Él es el Sol de Justicia. Termina el Antiguo Testamento con esta gloriosa promesa firme. “Mas a vosotros lo que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, en sus alas traerá salvación; y saldréis como becerros de la manada” (Malaquías 4:2).

En las Escrituras la fe, a veces, puede referirse al credo–lo que creemos. Pero mucho más frecuente es la fe, el medio divino/humano de la salvación. Siempre comparo la fe como la mano vacía pero extendida con el fin de solo recibir lo ofrecido como un don del generoso dador. Ni mérito tiene la mano que lo recibe sino solo la función de tomar y recibir y gozarse de lo suyo Ni mérito tiene pero a la vez nada se recibe sin ella. Tal es la fe, la función medio divino/ humano de la vida cristiana tanto en la salvación inicial como en la santificación.

Así es nuestra confianza en Cristo como nuestro único y suficiente Salvador. Juan lo expresa bien: “Mas a todos los que le recibieron, a los creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:12,13).

Vale la pena ubicarnos en el origen de la fe. La fe redentora se base en la obra anterior del Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios. La fe es la respuesta humana al poder regenerador de la Palabra. Es solo el Espíritu que puede convencer y salvar al pecador. “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8; Romanos 10:17). La fe, y sola la fe, es la dinámica humana que por la gracia de Dios resulta en nuestra justificación y del mismísimo modo en nuestra santificación.

La sexta base es un bautismo. Si es un himno de la iglesia primitiva que cita Pablo, es más probable que fuese una referencia a la ordenanza de la iglesia–el bautismo en agua. Sin embargo, el bautismo “en”, “por”, “a través del” Espíritu marca el momento de haberse recibido por fe la salvación personal. Así llegamos a ser miembros de su Cuerpo. Se les dijo a los corintios sin una referencia alguna al Día de Pentecostés. El texto clave sigue siendo: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber, de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12: 13).

Sin embargo, es cierto que la ordenanza de ser bautizado en agua entendida bíblicamente es un testimonio público posterior de haberse ya incorporado en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. De ninguna manera puede ser un rito sacramental, como si el agua o el acto fuese portador de la gracia de Dios. El bautismo en agua fue un acto público que dio solidaridad ante el mundo de estar en Cristo y ser de Cristo y en aquel tiempo, a veces aun con costo alto.

La última base de nuestra vocación

Finalmente Pablo vuelve a la Causa única. ¡A qué cosa o persona más confiable, más capaz podemos acudir! “Un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos y en todos” (v.6). De esta manera Pablo hace hincapié en la penetración, la saturación de Dios en toda área de la vida cristiana, tanto individual como colectiva en la Iglesia, su Cuerpo. Dios se mueve en todo. Dios Padre es origen de todo, rey absoluto sobre todo, mediador y movedor de todo e inminente en todo. Cierra con broche de oro las bases firmes de nuestra vocación. ¿Cómo podemos dudar de Él?

La Maravilla de su gracia que nos reparte el don de Cristo Efesios 4:7

Pablo continúa con un gran “pero”. Su enfoque exclusivo había sido en el origen divino de nuestra vocación. Todo se había originado en Dios mismo. Nada humano fue parte íntegra de aquella vocación. Pero el texto sigue y aun magnifica más la gracia para con nosotros: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo” (v.6). A pesar de nuestro triste pasado (Efesios 2:1-3), Dios nos ha dado una vocación de alto privilegio y además ha dado a cada creyente tan inmerecido una gracia, a la medida del don de Cristo. Esta es la óptima bendición. Llama el don regalado como una gracia.

Toma nota que el verbo “fue dada” viene en la voz pasiva; no hicimos nada, ni pudimos haber hecho nada, pero muy al contrario “a cada uno de nosotros fue dada esta gracia conforme a la medida del don de Cristo” (v.6). A través de toda la epístola de Efesios, la gracia de Dios triunfa y sobreabunda para con nosotros. Este es el tema favorito de Pablo. Todo es de Dios, nada es de nosotros sino que recibimos solo por la fe lo que Dios nos da a la medida de su sabiduría infinita para alcanzar su meta eterna.

El trasfondo del contexto siguiente es del reparto de los talentos como en las parábolas de Jesús (Mateo 25:14-30) “Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llama a sus siervos y les entrega sus bienes”. Hay un reparto desigual, pero según el derecho del dueño en repartir lo suyo. Él determina que sean diez ó cinco ó uno. Deja con el siervo el negociar lo dado. Lo dado se debe devolverse al dueño con la ganancia según la medida de la gracia del dueño.

En la parábola hay el elemento humano que varía de lo bueno a lo flojo. Pero en la aplicación de Pablo hay un reparto en pura gracia que depende totalmente del Dueño infinito, según la abundancia de su don de acuerdo de su Gran Designo.

Cristo, el vencedor, ha marcado el trayecto en su descender y su subir Efesios 4: 8-10

De repente Pablo bajo la inspiración del Espíritu cita un versículo algo aislado de Salmo 68:18. No hubiese habido una porción más apropiada que este salmo entero para introducir los dones dados por Dios a la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.

Se tiene que leer todo el salmo para respirar la atmósfera de la gran victoria de Dios a beneficio de su pueblo. Para saborear el contexto: “Monte de Dios es el monte de Basán . . . ¿por qué observáis, oh montes altos, al monte que deseó Dios para su morada? Ciertamente Jehová habitará en él para siempre. Los carros de Dios se cuentan por veintenas de millares de millares; el Señor viene del Sinaí a su santuario. Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres y también para los rebeldes para habita entre ellos JAH Dios
(Salmos 68:15-18).

Esa porción nos pone a palpar el triunfo, la conquista y el reino de Dios en la plenitud del Antiguo Testamento. Dos versículos más bastan: “Bendito el Señor; cada día nos colma de beneficios El Dios de nuestra salvación. Dios, nuestro Dios ha de salvarnos, y de Jehová el Señor es el librar de la muerte” (vv.19, 20).

La Encarnación y la victoria de Cristo en la cruz Efesios 4: 9.10

Los dos versículos que siguen parecen ser a primera lectura algo extraño. “Y eso de que subió, ¿Qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo” (vv.9, 10). Esta porción ha retado a los teólogos porque puede apuntar hacia el conflicto del “querubín grande, protector” (Ezequiel 28:14) en el pasado y Dios mismo.

Pablo admite que la encarnación fue una humillación incomprensible, Dios haciéndose hombre, descendiendo a ser un bebé “nacido de mujer, nacido bajo la ley”. Nuestra pobre mente no puede nunca alcanzar entender semejante bajeza. Pero si esto fue en la mente de Pablo, la primera bajada, iba a ser otra mayor: Dios poniendo a su propio hijo en propiciación por nosotros en la cruz del Calvario (Romanos 3: 25).

A primera vista hubo un encuentro algo extraño de Jesús ante la resurrección de Lázaro. ”Jesús, entonces, al verla llorando, y a los judíos . . . se estremeció en el espíritu y se conmovió”. En el mero momento antes de levantar a Lázaro, Cristo tuvo la misma reacción: “ Jesús profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro” (Juan 11:33, 38). Otra traducción mejor: “gimiéndose en sí– el mismo verbo que está en verso 33).1 Quizá en ese momento Cristo vivió en carne propia lo que sería el encuentro final con Satanás en su muerte en la cruz que aproximaba.

Cristo mismo dijo unas horas antes de su muerte: “Ahora está turbada mi alma; y ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. Y más adelante agrega:” Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12: 27- 32).

Tal vez Pedro nos oriente en lo poco que Dios nos permite entender: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó [declaró y anunció el triunfo] a los espíritus encarcelados” (1 Pedro 3: 18,19). En su humillación de muerte pero en la gloria de su resurrección futura pregonó su triunfo final sobre el mal.

No bajó Cristo a los “espíritus encarcelados” para darles una segunda oportunidad de ser salvos. Muy al contrario él descendió a ellos para publicar su triunfo final sobre todo mal encarnado en Lucifer y sobre los pecados de sus súbditos. Pablo quizá se refiere a esto: “Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2: 15). También de esta manera nos prepara para la finalidad de esta epístola en la guerra espiritual con la victoria ya ganada. En esa victoria nos fortalecemos. (Efesios 6:10-18).

Todo esto ahora viene en plena preparación para el reparto de los dones para perfeccionar al Cuerpo de Cristo (Efesios 4:11-13). Al dotar Cristo a los miembros de su Cuerpo tiene el perfecto derecho de darles los dones de manera soberana y en pura gracia. Por el profundo sufrimiento de Cristo y su resurrección, el Espíritu de Cristo dota a los miembros para logar el propósito original de Dios en lanzar el Gran Designo—declarar la grandeza de su gloria y mostrar su amor infinito al mundo perdido.
1 A.T. Robertson, Word Pictures in the New Testament (Broadman Press: Nashville TN), Tomo V, pp.202,203.

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


Etiquetas:


No te lo pierdas

Recibe lo último en noticias, contenido, y más de Ayuda pastoral —¡inscríbete hoy!