Nacimiento 3

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14).

La palabra “habitar” en español significa simplemente vivir o morar en un lugar. De manera que cuando nosotros leemos en nuestras versiones de la Biblia que el Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, podemos asumir que todo lo que Juan está diciendo aquí es que el Verbo cambió de residencia. Antes estaba en los cielos, pero por unos 33 años decidió vivir en la tierra. Y aunque esa es una idea sobrecogedora en sí misma, que el Dios de gloria haya condescendido a habitar en este mundo como uno de nosotros, lo que este texto dice en realidad es inmensamente más sobrecogedor.

La palabra que Juan usa en nuestro texto no es la que usualmente se usaba en el idioma griego para referirse al lugar donde una persona vivía, sino más bien una palabra muy peculiar que significa “montar la tienda de campaña”; lo que este texto dice literalmente es que el Verbo hizo Su tabernáculo entre nosotros (la palabra griega para “morar” es muy parecida a la palabra hebrea que se usa en el AT para referirse al Tabernáculo de reunión en el que Dios descendía para tener comunión con Su pueblo antes de la construcción del templo). Así que el apóstol Juan está tratando de hacernos entender el verdadero significado de la encarnación del Verbo de Dios, relacionando ese evento con lo que sucedía en el Tabernáculo de reunión en el AT.

En el capítulo 25 del libro de Éxodo, los versículos 8 y 9, Dios ordenó a los israelitas en el desierto: “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos. Conforme a todo lo que yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo haréis”. A partir de ese momento, y casi hasta el final del capítulo 40, lo que encontramos en el libro de Éxodo es una descripción detallada del diseño y construcción de ese santuario para Dios. Era una especie de tienda de campaña rectangular que, incluyendo el atrio, medía unos 45 metros de longitud por casi 23 metros de ancho. Para que tengan una idea aproximada de su tamaño, una cancha de Futbol profesional debe medir un mínimo de 90 metros de largo por 45 de ancho. Así que el tamaño del Tabernáculo era casi exactamente la mitad de una cancha de Futbol en longitud y en anchura.

El Tabernáculo estaba rodeado por un atrio exterior, una especie de patio, en donde el sacerdote se purificaba a sí mismo con agua y ofrecía los sacrificios exigidos en la ley de Moisés para el perdón de los pecados. Ya dentro de la tienda, el primer espacio era el Lugar Santo donde estaba el candelabro de oro de siete brazos o Menorá, la mesa de los panes de la proposición y el altar donde se quemaba el incienso. Y dividido por un grueso velo de cuero sólido, estaba el Lugar Santísimo, donde se encontraba el Arca del Pacto conteniendo las tablas de la ley, la vara de Aarón y el maná. Allí solo podía entrar el Sumo Sacerdote una vez al año, en el día de la expiación o Yom Kippur, cuando los pecados del pueblo eran expiados o temporalmente removidos. De manera que el Tabernáculo era el lugar donde el pueblo de Israel se encontraba con Dios, donde Dios se revelaba al pueblo y donde los pecados del pueblo eran expiados.

Unos capítulos más adelante, en Ex. 29:42-46, Dios le dice al pueblo que Él se encontraría con ellos en el Tabernáculo “para hablaros allí. Allí me reuniré con los hijos de Israel; y el lugar será santificado con mi gloria. Y santificaré el tabernáculo de reunión y el altar; santificaré asimismo a Aarón y a sus hijos, para que sean mis sacerdotes. Y habitaré entre los hijos de Israel, y seré su Dios. Y conocerán que yo soy Jehová su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos. Yo Jehová su Dios”.

Así que el Tabernáculo era un lugar de reunión, un lugar de revelación y un lugar de propiciación; ese era el lugar donde la justicia de Dios era temporalmente satisfecha a través de los sacrificios prescritos en la ley de Moisés por los pecados del pueblo. Pero no debemos perder de vista que el centro de todo esto era la morada de Dios en medio de ellos. Noten una vez más los versículos 45-46: “Y habitaré entre los hijos de Israel, y seré su Dios. Y conocerán que yo soy Jehová su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos. Yo Jehová su Dios”.

Este era el lugar donde los israelitas podían tener comunión con Dios. Más adelante, en Ex. 33:7-11 se nos dice que Dios traía Su presencia especial en forma de una columna de nube, cuando Moisés entraba en el Tabernáculo. Y todo el pueblo estaba atento a ese momento tan importante, cuando Dios venía a encontrarse con ellos, y “se levantaba cada uno a la puerta de su tienda y adoraba”, dice en el vers. 10. “Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero”.

Pero ahora noten un detalle más, en Ex. 40 al final del capítulo. Cuando la construcción del Tabernáculo fue concluida, la gloria de Dios descendió y lo cubrió por completo: “Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo. Y no podía Moisés entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él, y la gloria de Jehová lo llenaba. Y cuando la nube se alzaba del tabernáculo, los hijos de Israel se movían en todas sus jornadas; pero si la nube no se alzaba, no se movían hasta el día en que ella se alzaba. Porque la nube de Jehová estaba de día sobre el tabernáculo, y el fuego estaba de noche sobre él, a vista de toda la casa de Israel, en todas sus jornadas” (Ex. 40:34-38).

El Tabernáculo era la representación visible del anhelo de Dios de tener comunión con Su pueblo. Él es un Dios santo, perfectamente justo, y nosotros somos pecadores. Pero Él hizo provisión para poder estar en medio de Su pueblo sin pasar por alto Su justicia. Allí moró la presencia especial de Dios por más de 400 años, hasta que el Tabernáculo fue sustituido por el templo de Salomón.

Y ¿qué sucedió cuando la construcción del templo fue terminada y los sacerdotes colocaron allí el arca del pacto? Dice en 1R. 8:10-11 que “cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó la casa de Jehová. Y los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová”. Lo mismo que sucedió al concluir la construcción del Tabernáculo, volvió a suceder en el Templo. La gloria del Señor llenó la casa. Y allí continuó Dios manifestando Su presencia especial en medio de Su pueblo por cientos de años, hasta que Dios entregó al pueblo de Israel en mano de los babilonios por causa de sus pecados, alrededor del año 600 a.C.

En el capítulo 36 de 2Crónicas encontramos el relato de este evento histórico; pero el profeta Ezequiel nos da una explicación teológica de lo que realmente ocurrió durante la cautividad babilónica. En el capítulo 8 Dios le muestra a Ezequiel en una visión los pecados horribles que se estaban cometiendo en el mismo templo de Salomón. Los israelitas habían tenido el atrevimiento de introducir sus ídolos abominables en la casa de Jehová. Y luego en el capítulo 10 se le muestra a Ezequiel en otra visión la gloria del Señor abandonando el templo.

La ciudad de Jerusalén fue destruida por los babilonios, juntamente con el templo; y por otros 600 años el pueblo de Israel no volvió a tener la bendición de disfrutar de la gloria de Dios morando en medio de ellos… hasta aquella primera Navidad en que el Verbo se hizo carne y puso Su tabernáculo entre nosotros.

En ese bebé indefenso, acostado en un pesebre mal oliente rodeado de animales, estaba el tabernáculo definitivo en el que Dios habría de encontrarse con Su pueblo. Pablo dice en Col. 2:9 que en Cristo “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”. Ese niño era Emanuel, como dice en Mt. 1:23, “que traducido es: Dios con nosotros”.

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. “Y vimos Su gloria”, dice Juan, tal como sucedió en el tabernáculo y en el templo en el AT. Ese es el verdadero significado de la Navidad. El Dios de gloria se hizo presente en la persona de Jesús. Nuestro Señor Jesucristo no es una manifestación adicional de la gloria de Dios; Él es el resplandor de esa gloria, como dice en He. 1:3. Él es el lugar de reunión donde ahora los hombres se encuentran con Dios; Él es el altar donde nuestros pecados son expiados para que nosotros podamos disfrutar de una plena comunión con el Dios tres veces santo.

Él es la más plena revelación de Dios, como sigue diciendo Juan en nuestro texto (vers. 17-18): “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” – esta es la primera vez en el pasaje que Juan identifica explícitamente al Verbo con Jesús. “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”.

Nadie puede conocer verdaderamente a Dios sino es a través de Jesucristo. Él es la revelación completa y definitiva de Dios y el Único intermediario por medio del cual podemos acercarnos a Él. “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” – dice el Señor en Jn. 14:6; “nadie viene al Padre, sino por mí”.

Seguramente fue fascinante para los judíos en el AT ver la gloria de Dios aparecer en el Tabernáculo y en el Templo; pero no hay comparación alguna con la gloria de Dios manifestada en Jesús. Él es el Unigénito del Padre, dice Juan, el Hijo incomparable, el Único en su clase.

Él es, nada más y nada menos, que el Dios encarnado, el Creador y sustentador del Universo, que por amor a nosotros se hizo Hombre para sustituirnos en la cruz del calvario. No, no es lo mismo contemplar una columna de nube y de fuego que contemplar a Jesús. Esa nube no puede revelarnos, como Él nos revela, el carácter de Dios, Su amor, Su bondad, Su compasión, Su misericordia, Su sublime y bendita gracia. Jesús es la imagen visible del Dios invisible, como dice Pablo en Col. 1:15. Es por eso que en Jn. 14:9 el Señor le dijo a Felipe: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Es en Jesús, y solo en Jesús, donde podemos conocer al único Dios vivo y verdadero y tener comunión con Él.

Sugel Michelén

Autor: Sugel Michelén

estudió para el ministerio en 1979. Posteriormente fue enviado por la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (IBSJ), en Santo Domingo, República Dominicana, a la ciudad de Puerto Plata, a comenzar una obra allí. Pero a finales del 1983 fue llamado a formar parte del cuerpo de pastores de IBSJ, donde sirve al Señor desde entonces, exponiendo regularmente la Palabra los domingos. También es autor del blog Todo pensamiento cautivo.


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