“Leer sin reflexionar es igual que comer sin digerir”.

Edmund Burke

 

Me apasiona la lectura. Cuando era pequeño, una de mis tías fue la primera en introducirme en el fascinante mundo de la literatura y desde entonces soy un bibliófilo obstinado. Admiro los textos y admiro las ediciones. Me gustan el espíritu y cuerpo de los libros, su contenido y forma.

De vez en cuando ocurre: una obra consigue atraparme y entonces “no me suelta” hasta que logro llegar al final. Pasa con ciertas biografías de personajes a quienes admiro, sucede con algunas historias ficcionales narradas con maestría. Pero no siempre es así…

Cada tanto redescubro algún libro que leyera hace tiempo y entonces, al leerlo de nuevo, me doy cuenta de que la primera vez pasé por sus páginas con demasiada velocidad. En esta segunda lectura comprendo que, en realidad, resultaba necesario detener la marcha y transitar a ritmo pausado, echando mano de la reflexión meditabunda al saborear sus palabras, oraciones y párrafos. ¡Nada de lectura veloz ni distraída!

En ocasiones me parece que podría establecerse un parangón con determinadas experiencias a lo largo de nuestra existencia. Como si las distintas etapas y circunstancias, las diferentes relaciones que establecemos y los momentos que vivimos fueran libros dentro de la gran biblioteca llamada “vida”. Cada tomo con sus particularidades, características propias y requerimientos específicos.

De este modo, pienso en la cantidad de veces que pasé de largo…

situaciones que ameritaban una “lectura” más profunda, no tan ligera;

relaciones que demandaban mayor inversión de tiempo, no lo que sobrara del día;

contrariedades que necesitaban un aprendizaje doloroso pero necesario, no una búsqueda acelerada por restaurar la bonanza;

bellezas de la naturaleza que exigían una contemplación asombrada, no una mirada pasajera;

destrezas que requerían mucho ensayo y error hasta lograr adquirirlas, no un “deme-la-clave-mágica-para-lograrlo-ya”;

ocasiones singulares que pedían postergar agendas y calendarios, no un aceleramiento precoz de los tiempos.

Es cierto: una lectura apresurada de ciertos textos nos dejará una mirada somera que limitará las oportunidades de entendimiento cabal de lo que estemos leyendo. Y es igualmente seguro: un pasaje apremiado por ciertos momentos de la vida nos dejará una impresión superficial que acotará las posibilidades de comprensión integral de lo que estemos viviendo.

¿En qué capítulo estamos hoy? Tal vez necesitemos quedarnos allí durante más tiempo antes de poder pasar al siguiente…

Cristian Franco

Autor: Cristian Franco

Nacido en la Ciudad de Buenos Aires (Argentina), Cristian Franco es un evangelista que sirve al Señor desde su adolescencia. A través de los años, sus estudios en Comunicación y en Teología le han brindado elementos de preparación útiles a la hora de predicar el mensaje del Evangelio, acompañando su vocación con un fuerte énfasis solidario en relación a la acción social.

Desde 2004 Cristian Franco es evangelista asociado del Dr. Palau, integrando el equipo de la Alianza de la Próxima Generación. Ha tenido la oportunidad de ser columnista y publicar sus creaciones en distintos medios de prensa. Es autor del libro “¡Respira! Aliento fresco para tu espíritu”. Desde diciembre de 2007 integra oficialmente el Consejo Directivo de la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA). Cristian y su esposa son miembros activos de la “Iglesia Jesús 100 % Vida” en la Ciudad de Buenos Aires. Además sirve como miembro del Equipo Nacional Argentino de “La Bolsa del Samaritano”. Su mayor pasión es desarrollar todo lo necesario para ayudar a que personas de toda edad, nacionalidad, cultura y situación económica puedan conocer el amor de Dios expresado a través de Jesucristo.


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