«Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestra mente alcance sabiduría». (Salmos 90.12)

 

 

Al observar la manera en que muchos transitan los años podría deducirse que no se le asigna demasiado valor al paso del tiempo. Quizás, como un juego de duplicidades, el tiempo gastado en reuniones, eventos y proyectos no tenga su correlato en una inversión de raíz, profunda, que afinque nuestro espíritu en los valores que realmente importan.

Es importante reconocer esta situación, pues de lo contrario nos veremos encapsulados en una burbuja que nos alejará de las demás personas así como de nuestro Creador y, como resultado lógico, terminará ahogando decisiones e impulsos.

Me gusta lo que recibí tiempo atrás en mi correo electrónico; un breve pero interesantísimo escrito adjudicado al poeta brasileño Mario de Andrade. He aquí sus palabras, tal como llegaron hasta mí:

«Conté mis años y descubrí que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante que el que viví hasta ahora…

«Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas: las primeras las comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas detenidamente.

«Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada. Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido. Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.

«No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados. No tolero a maniobreros y ventajeros. Me molestan los envidiosos, esos que tratan de desacreditar a los más capaces para apropiarse de sus lugares, talentos y logros. Detesto, si soy testigo, de los defectos que genera la lucha por un majestuoso cargo. Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos. ¡Mi tiempo es escaso como para discutir títulos!

«Quiero la esencia, mi alma tiene prisa… Sin muchas golosinas en el paquete…

«Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana. Que sepa reír, de sus errores. Que no se envanezca, con sus triunfos. Que no se considere elegida antes de tiempo. Que no huya de sus responsabilidades. Que defienda la dignidad humana. Y que desee tan solo andar del lado de la verdad y la honradez.

«Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena. Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas… Gente a quien los golpes duros de la vida le ha enseñado a crecer con toques suaves en el alma.

«Sí… tengo prisa… por vivir con la intensidad que solo la madurez puede dar.

«Pretendo no desperdiciar parte alguna de las golosinas que me quedan… Estoy seguro que serán más exquisitas que las que hasta ahora he comido. Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y mi conciencia».

De manera sencilla y en un estilo directo, estas líneas se tornan una declaración perfecta de lo que debería significar el llamado a una vida plena, esa que alcanza la realización en base a procederes correctos, amares puros y hablares sinceros.

Cristian Franco

Autor: Cristian Franco

Nacido en la Ciudad de Buenos Aires (Argentina), Cristian Franco es un evangelista que sirve al Señor desde su adolescencia. A través de los años, sus estudios en Comunicación y en Teología le han brindado elementos de preparación útiles a la hora de predicar el mensaje del Evangelio, acompañando su vocación con un fuerte énfasis solidario en relación a la acción social.

Desde 2004 Cristian Franco es evangelista asociado del Dr. Palau, integrando el equipo de la Alianza de la Próxima Generación. Ha tenido la oportunidad de ser columnista y publicar sus creaciones en distintos medios de prensa. Es autor del libro “¡Respira! Aliento fresco para tu espíritu”. Desde diciembre de 2007 integra oficialmente el Consejo Directivo de la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA). Cristian y su esposa son miembros activos de la “Iglesia Jesús 100 % Vida” en la Ciudad de Buenos Aires. Además sirve como miembro del Equipo Nacional Argentino de “La Bolsa del Samaritano”. Su mayor pasión es desarrollar todo lo necesario para ayudar a que personas de toda edad, nacionalidad, cultura y situación económica puedan conocer el amor de Dios expresado a través de Jesucristo.


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