Individualismo, tradición y anarquía: ¿posreforma redivivus en traje posmoderno Maya?

Para poder enfrentar los problemas de la iglesia evangélica en América Latina, necesitamos empezar a identificar esos problemas y a definirlos.Analicemos uno.Aparte de la megalomanía, los deseos de poder, las psicopatologías, la permanente mutación litúrgica y el exhibicionismo farandulero, el principal problema de la iglesia cristiana evangélica en América Latina es lo que se podría llamar anacronismos bíblico-teológicos causados por falta de una sana y coherente hermenéutica bíblica.

Un antropólogo describe la situación de la iglesia evangélica en Centroamérica de la siguiente manera: “El protestantismo evangélico es una ideología político-religiosa exitosa para rechazar el poder de las jerarquías civiles y religiosas.Las doctrinas protestantes fundamentalistas rechazan toda autoridad superior humana, particularmente aquellas que incluyan ideas Católicas, diciendo que cualquier persona capaz de leer la Biblia puede convertirse en su propia autoridad religiosa.” [1]. Lo que ha ocurrido en la práctica, favorecido por el clima de dejar hacer y dejar pasar, es una perversión del principio protestante de la igualdad, facilitado por el acceso al texto sagrado y posibilitado por la alfabetización del continente.

Este retrato de la realidad eclesiástica evangélica Centroamericana se puede trasladar, sin mayores problemas, a toda América Latina.Nos ocuparemos en esta ocasión de la última oración: “cualquier persona capaz de leer la Biblia puede convertirse en su propia autoridad religiosa.”

Esta frase pone en evidencia, en primer lugar, el individualismo: “la Biblia, Dios y yo.”Es como si la iglesia hubiera empezado al momento que la persona comienza a leer la Biblia.Antes de él o ella no ha habido interpretación ni teología bíblica que importe.

En segundo lugar, la capacidad de leer la Biblia se entiende simplemente como saber leer.Si puedo leer puedo interpretar la Biblia, predicar y hacer mi propia teología; como si leer la Biblia se tratara siempre y simplemente de leer la Biblia.Se olvida que cada texto bíblico es parte de un canon enmarcado en una revelación progresiva cuyo clímax es Jesucristo.

Y finalmente, esta persona que puede leer la Biblia termina convirtiéndose en autoridad religiosa para sí mismo y para quienes la sigan.Nuevamente, a este intérprete no le precede nada, ni se somete a nada distinto a su hermenéutica individualista y caprichosa.El texto dice lo que él o ella diga, sin importar las normas más elementales de la interpretación y sin importar dos mil años de historia del cristianismo yde teología.El resultado, como diría San Pablo, es que tenemos “diez mil pedagogos;” pero ¿tenemos un padre que nos haya engendrado por medio del evangelio (1 Cor 4:15)?

El resultado de esta forma de pensar y de actuar es una iglesia evangélica teológicamente anárquica, desconectada de toda tradición protestante digna y venerable, y en peligro de deformarse a tal punto que el evangelio de Jesucristo en ella llegue a ser irreconocible.

Aclaremos un poco más.Aparte de las supuestas “revelaciones” que algunos proclaman, una de las prácticas más comunes del individualismo interpretativo antes descrito, es la apropiación y absolutización indiscriminada de textos bíblicos sin una hermenéutica bíblica discernible.Redundancia esta con la que queremos subrayar el único principio reconocible: el capricho personal.

Un ejemplo nos ayudará a describir claramente la confusión.Es normal que un intérprete llegue al siguiente texto de Jeremías y concluya que Dios le está diciendo esas palabras a él o ella y a su congregación, que es promesa del Señor: “Y te pondré en este pueblo por muro fortificado de bronce, y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo para guardarte y para defenderte, dice Jehová. Y te libraré de la mano de los malos, y te redimiré de la mano de los fuertes” (Jer 15:20–21). Pero, esta misma persona acaba de pasar por el v. 13 del mismo capítulo (¡o Jer 14:11!) y no lo ha visto como promesa ni como palabra de Dios para sí, ni para su iglesia, ni su familia.Tampoco lo leerá como el anuncio de un robo en la iglesia o en la casa: “Me dijo Jehová: No ruegues por el bienestar de este pueblo… Tus riquezas y tus tesoros entregaré a la rapiña sin ningún precio, por todos tus pecados, y en todo tu territorio.” ¿Por qué uno sí y otro no?Precisamente por causa del anacronismo bíblico-teológico que conduce a la apropiación y absolutización indiscriminada de textos bíblicos sin una hermenéutica bíblica sana y coherente.Pero, y desafortunadamente, los problemas no terminan allí.

©2007Milton Acosta


[1] James W. Dow, “Introduction,” en Encyclopedia of World Cultures, ed. David Levison (New York: G.K. Hall & Company, 1995), xxvii. [traducción mía]

Milton Acosta

Autor: Milton Acosta

Profesor de Antiguo Testamento en la Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia (www.unisbc.edu.co); Editor de Antiguo Testamento para el Comentario Bíblico Contemporáneo; M.A. Wheaton College Graduate School– Ph.D. Trinity Evangelical Divinity School (Antiguo Testamento).



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