Definiciones odiosas pero indispensables

El término evangélico se usa principalmente en dos sentidos, uno antiguo y otro moderno. El antiguo es el simple y llano que se deriva de la palabra Evangelio. Toda enseñanza que se desprenda tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento y sea interpretada a la luz de la vida y palabras de Jesucristo y de sus primeros seguidores, es evangélica; quien sigue esas enseñanzas es evangélico. El segundo uso proviene de los Avivamientos registrados en las Islas Británicas y en Estados Unidos durante los siglos 18 y 19. Se empezó a usar el término evangélico (evangelical) para diferenciarlo de las iglesias hijas de la Reforma Protestante del siglo 16 en Europa, que en la opinión de este movimiento estaba anquilosada; ortodoxa, pero carente de vivencia personal. De ese movimiento surgieron nuevas iglesias que luego enviaron misioneros a todo el mundo. Se llaman desde entonces “iglesias evangélicas.”

En América Latina ha habido recientemente, y gracias a la televisión, un inusitado crecimiento de caudillos espirituales que, a pesar de haber salido de iglesias evangélicas y de llamarse cristianos, evangélicos y bíblicos, promueven enseñanzas y experiencias religiosas que distan mucho del cristianismo evangélico bíblico histórico. Es decir, distan mucho de ser evangélicos tanto en el primer sentido como en el segundo. ¿En qué se distancian? En muchas cosas, pero principalmente en lo más importante: no predican el mensaje del evangelio, sino el mensaje del neoliberalismo. El mensaje, mandato y promesa del neoliberalismo es “crecerás económicamente.” Pero, al igual que en el neoliberalismo, la promesa se cumple sólo en quienes lo predican y en las excepciones que confirman la regla. La predicación del Evangelio, por los motivos que sean, deben constituirse en motivo de alegría (Fil 1:15–16); pero la predicación distorsionada del Evangelio por motivos igualmente torcidos, debe denunciarse (1 Tim 6:5; Tito 1:11; 1 Pe 5:2).

Toda predicación que prometa la eliminación de todos los males de este mundo y que “garantice” la prosperidad ilimitada como resultado de una oración, un “pacto,” y el envío de dinero, es falsa; no es el evangelio de Jesucristo por mucho que el predicador grite, brinque, agite las manos, sude y cambie de colores desde una imponente plataforma ante un público con cara de santo convencido. Por cierto, hay que decir que si las promesas que muchos predicadores proclaman a sus seguidores se hicieran por escrito y se firmaran ante notario, es decir en forma de pacto/contrato de quien certifica que su palabra es verdadera, la mayoría de estos comerciantes de almas no serían expulsados, sino metidos en la cárcel por estafadores.

La veracidad del evangelio no radica en la cultura, ni en el “consenso eclesiástico,” sino en el canon y en la interpretación de la Sagrada Escritura según la tradición. La ortodoxia evangélica es “expansiva,” pero no hasta el punto de la disolución. No podemos convertir el evangelio en una cacofonía contraria a la esencia misma del evangelio.<!–[if !supportFootnotes]–>[1]

¿Con qué derecho dice uno que esto es o no es evangélico? Tal vez podemos hablar de dos. Uno opina con el mismo derecho que opina cualquiera. Es decir, así como un predicador que funda una iglesia con evidente y vergonzoso ánimo de lucro tiene “derecho” a convertir el mensaje del evangelio en una especie de neoliberalismo espiritual y por desgracia logra atraer unos miles igualmente hambrientos de dinero, así también otro tiene derecho a decir que ese negocio no corresponde al evangelio predicado en los Evangelios bíblicos. El segundo derecho es el del orden establecido de las cosas; orden aceptado por todos en todas partes todo el tiempo. Los “límites” evangélicos son amplios y generosos, pero no son ilimitados ni están para ser inventados.

Por mucho que quisiéramos, los evangélicos, por carecer de una jerarquía y dogmas aceptados y reconocidos por todos, no tenemos el derecho de expulsar miembros como en los partidos políticos ni de excomulgar como en la Iglesia Romana. ¿De dónde los vamos a expulsar y a dónde los vamos a mandar? Sin embargo, sería el colmo que encima de no poder expulsar ni excomulgar se nos prohibiera predicar el evangelio bíblico y denunciar a quienes seducen y engañan a la gente incauta, a los faltos de juicio y a los hambrientos de dinero y poder.

¿Qué se puede y se debe hacer? Este será el tema de nuestro siguiente “Pido la Palabra.”

<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–>Kevin J. Vanhoozer, The Drama of Doctrine: A Canonical-Linguistic Approach to Christian Theology (Louisville: Westminster John Knox Press, 2005), 28–30.

©2007Milton Acosta

Milton Acosta

Autor: Milton Acosta

Profesor de Antiguo Testamento en la Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia (www.unisbc.edu.co); Editor de Antiguo Testamento para el Comentario Bíblico Contemporáneo; M.A. Wheaton College Graduate School– Ph.D. Trinity Evangelical Divinity School (Antiguo Testamento).



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