-“¡Tantas cosas dejaron de preocuparme desde entonces!”

Palabras más, palabras menos, años atrás uno de mis vecinos resumía de aquella manera la forma en que había comenzado a tomarse la vida desde que le diagnosticaron cáncer. Esposo, padre, abuelo. Muy trabajador. Buena persona. Ante la cercanía de la muerte expresó lo que muchos señalan frente a la misma experiencia: un lamento por haber perdido tiempo, un deseo de aprovechar de modo diferente lo que restaba por vivir.

Estamos de paso. No es novedad ni revelación trasnochada. Todos lo sabemos. Y es una de las pocas certezas que tenemos durante nuestro recorrido por los años. Temprano, tarde, en algún momento llega ese instante sabido de antemano.

Motiva estas líneas la situación de gente cercana que ha sufrido (o todavía sufre) la realidad y proximidad de la muerte. Parientes que se van de repente, amigos que padecen una tribulación tras otra, conocidos que “hasta ayer” saludábamos en el barrio y ahora solo queda su memoria, niños cuyos primeros pasos fueron truncados por una partida súbita. Gente de todo color, aspecto, condición social. Sin importar la religión. Un recordatorio crónico de la fragilidad que nos embarga.

Sé que no es popular ni agradable hablar de la muerte. Al menos en nuestra cultura, donde solemos buscar por todos los medios estirar el tiempo lo máximo que podamos. Y eso no es bueno ni malo, solo una descripción de nuestra realidad. Parcial, subjetiva, como prefiramos llamarla. Una observación de lo que acostumbramos hacer. Conscientemente o sin darnos cuenta, esquivamos el asunto como un mecanismo que nos libre de enturbiar aún más nuestra apesadumbrada existencia. Pero la verdad es que todos vamos a llegar a dicho puerto.

Más allá de las frases armadas y las explicaciones de manual que se expresan por aquí o por allá, considero que la muerte podría enseñarnos –o al menos ayudarnos– a vivir. Porque si fuéramos más conscientes de que todos nos dirigimos hacia allí, probablemente…

…daríamos un valor distinto al uso de nuestro tiempo

…reordenaríamos nuestras prioridades

dejaríamos de correr detrás de ciertas cosas que notaríamos prescindibles y secundarias

…pasaríamos más horas con nuestros seres queridos

sonreiríamos con mayor frecuencia

…trabajaríamos por objetivos y realidades que nos trasciendan

…alimentaríamos nuestro espíritu y nuestra fe con algo más que mera religiosidad exterior

…disfrutaríamos de los gestos cotidianos que hoy en día nos resultan triviales

…miraríamos a los demás como compañeros de viaje y no como posibles enemigos

Que nuestros encomiables esfuerzos por defender la vida y nuestras ardientes plegarias por prolongar nuestra existencia y la de los demás no nos impidan tener siempre presente que todos, absolutamente todos, estamos de paso.

Cristian Franco

Autor: Cristian Franco

Nacido en la Ciudad de Buenos Aires (Argentina), Cristian Franco es un evangelista que sirve al Señor desde su adolescencia. A través de los años, sus estudios en Comunicación y en Teología le han brindado elementos de preparación útiles a la hora de predicar el mensaje del Evangelio, acompañando su vocación con un fuerte énfasis solidario en relación a la acción social.

Desde 2004 Cristian Franco es evangelista asociado del Dr. Palau, integrando el equipo de la Alianza de la Próxima Generación. Ha tenido la oportunidad de ser columnista y publicar sus creaciones en distintos medios de prensa. Es autor del libro “¡Respira! Aliento fresco para tu espíritu”. Desde diciembre de 2007 integra oficialmente el Consejo Directivo de la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA). Cristian y su esposa son miembros activos de la “Iglesia Jesús 100 % Vida” en la Ciudad de Buenos Aires. Además sirve como miembro del Equipo Nacional Argentino de “La Bolsa del Samaritano”. Su mayor pasión es desarrollar todo lo necesario para ayudar a que personas de toda edad, nacionalidad, cultura y situación económica puedan conocer el amor de Dios expresado a través de Jesucristo.


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