No me gustan las despedidas. Siempre que puedo, las evito. Tal vez se deba a que no me gusta ser el centro de la escena (y esto en distintas ocasiones de la vida). O quizás porque prefiero evitar el recuerdo de los ojos vidriosos de quienes se quedan con la nostalgia atragantada entre sus manos. Y, en toda circunstancia donde una despedida sea necesaria, suelo optar por la opción más rápida, sin concederle mucho espacio a las emociones dilatadas ni a la sensación de vacío que sobreviene después.

Sí, ya lo sé. No resulta nada fácil lograrlo. Porque somos humanos y no autómatas. Porque ninguna persona es una isla. Porque hay situaciones que ameritan algo más que un “adiós” despojado de calidez. Porque las despedidas son una parte inherente a nuestra existencia.

Lo interesante es notar algo muy obvio pero no siempre evidente: desde que nacemos hasta que fallecemos, nuestra vida está signada por despedidas que, a su vez, abren paso a nuevas circunstancias o realidades propias de cada etapa.  

Despedirnos de la temprana infancia para aprender a caminar, hablar, dejar los pañales, comer por nuestra cuenta, aprender a vivir en comunidad…

 Despedirnos de la niñez para comenzar a tener una mayor independencia, asumir nuevas responsabilidades, descubrir un mundo de emociones, tomar decisiones como individuos…

Despedirnos de la adolescencia para emprender proyectos personales, la formación de la propia familia, el encuentro con nuevas facetas y sucesos de la vida…

 Despedirnos de la juventud para afirmar nuestra personalidad, entender el mundo desde una creciente madurez, abrirnos a nuevas oportunidades, testimoniar las luces y sombras de la vida…

 Despedirnos de la adultez para examinar lo que hayamos hecho o dejado de hacer, reflexionar sobre el legado de nuestras acciones y palabras, hallar nuevas posibilidades al abrirnos paso hacia lo inevitable…

 Despedirnos de la ancianidad para sorprendernos de la brevedad de nuestro paso por la Tierra y llegar al encuentro de lo que nos estuvo aguardando toda la vida…

Para algunos, el trayecto será un proceso lineal. Para otros, en cambio, las mil marchas y contramarchas que ofrecerá su entorno tal vez terminen por empañar el “normal” desarrollo de los ciclos, negándoles la posibilidad de elección.

Pero más allá de las circunstancias propias de cada persona (muy complejas de enumerar), todos nos enfrentamos a la necesidad de decir “adiós” ante situaciones que lo ameritan: despedirnos de hábitos que enturbian nuestra personalidad y nuestras relaciones interpersonales; despedirnos de ambientes y grupos donde gobierna el autoritarismo; despedirnos de relaciones abusivas que nos degradan como personas; despedirnos de actitudes de comodidad y conformismo que limitan nuestras posibilidades; despedirnos de recuerdos que amargan nuestro presente y limitan nuestro futuro; despedirnos del lamento propio de quienes hacen de la autoconmiseración una prisión que los priva de poder lanzarse a la vida; despedirnos de los resentimientos y la falta de perdón; despedirnos del egoísmo y la atención excesiva en nosotros mismos…

Sí, ya lo sé. No resulta nada fácil lograrlo. Pero si un auto examen nos impulsara a echar mano de las despedidas, tomemos la decisión y avancemos hacia allí con la ayuda de Dios y de personas capacitadas para acompañarnos en el proceso.

Cristian Franco

Autor: Cristian Franco

Nacido en la Ciudad de Buenos Aires (Argentina), Cristian Franco es un evangelista que sirve al Señor desde su adolescencia. A través de los años, sus estudios en Comunicación y en Teología le han brindado elementos de preparación útiles a la hora de predicar el mensaje del Evangelio, acompañando su vocación con un fuerte énfasis solidario en relación a la acción social.

Desde 2004 Cristian Franco es evangelista asociado del Dr. Palau, integrando el equipo de la Alianza de la Próxima Generación. Ha tenido la oportunidad de ser columnista y publicar sus creaciones en distintos medios de prensa. Es autor del libro “¡Respira! Aliento fresco para tu espíritu”. Desde diciembre de 2007 integra oficialmente el Consejo Directivo de la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA). Cristian y su esposa son miembros activos de la “Iglesia Jesús 100 % Vida” en la Ciudad de Buenos Aires. Además sirve como miembro del Equipo Nacional Argentino de “La Bolsa del Samaritano”. Su mayor pasión es desarrollar todo lo necesario para ayudar a que personas de toda edad, nacionalidad, cultura y situación económica puedan conocer el amor de Dios expresado a través de Jesucristo.


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