“Más vale ser paciente que valiente; más vale vencerse uno mismo que conquistar ciudades”

(Libro de los Proverbios, La Biblia)

 

 

Josele pensaba que no era valiente. ¡Qué sé yo! Nadie sabe por qué consideraba eso. Tal vez de pequeño le habían dicho lo contrario. A lo mejor su aspecto no ayudaba mucho. O quizás una extraña mezcla sincrética de pensares y decires había logrado filtrarse por los anaqueles misteriosos de su mente. ¡Yo qué sé! Él pensaba que no era valiente.

 

–“¡Qué coraje ni que ocho cuartos!”, se lo escuchaba decir cuando se le daba por hacer recuerdo de sus memorias. Y entonces hacía número, según su excluyente opinión personal, de sus cobardías y temores. Y como no tenía ausencia de temperamento acalorado, voceaba algunas frases como quien levanta el peso de las palabras: –“¡Mil veces me escapé! ¡Mil veces me callé! ¡De qué audacia me están hablando!”

 

Y así transitó sus días finales, sumido en la frustración de no haber sido valiente. Así cerró sus ojos a la vida, convencido de no haber enfrentado los retos y desafíos con gallardía.

 

Pobre desdichado. No vivió para ver ni escuchar la opinión tan distinta que los demás tenían de él. Como suele ocurrir en un mundo de vértigo donde pareciera no haber tiempo disponible para manifestar elogios, alientos y aprecios, los amigos, parientes y conocidos llenaron la pompa fúnebre de expresiones contrarias a lo que Josele pensaba de sí mismo. Anécdota tras historia, descripción tras relato daban cuenta de actos cotidianos cargados de un callado heroísmo que había caracterizado sus pasos.

 

Como la ocasión en la que refrenó el impulso natural de vengarse, optando por ignorar la ofensa y perdonar. Como el momento en el que rechazó la posibilidad de acceder a determinados privilegios mediante atajos de dudosa moral, prefiriendo preservar su honradez. Como la circunstancia en la que abandonó un ámbito en donde se sabía vulnerable a lo que resultaría perjudicial para su integridad, recibiendo burlas y críticas como retribución. Como el instante en el que rehusó competir con sus compañeros en carreras absurdas que se proponen medir a las personas mediante parámetros reduccionistas, quedando relegado como consecuencia a un sitial en el que se acumula el “montón”.

 

Narración tras comentario, crónica tras testimonio contrariaban lo que Josele había pensado sobre su manera de vivir. ¡En realidad había sido valiente y nunca se percató de ello!

 

No sorprende, pues, leer las siguientes palabras en su epitafio:

 

Aunque la intrepidez parezca estupidez

Y la valentía se presente como cobardía

Se necesitan audaces que sepan cuándo callar

Bravos que resistan cuando los demás cedan

Y personas heroicas que se atrevan a escapar

 

Es llamativo, pero muchos que se consideran cobardes en realidad son más valientes de lo que se imaginan. 

Cristian Franco

Autor: Cristian Franco

Nacido en la Ciudad de Buenos Aires (Argentina), Cristian Franco es un evangelista que sirve al Señor desde su adolescencia. A través de los años, sus estudios en Comunicación y en Teología le han brindado elementos de preparación útiles a la hora de predicar el mensaje del Evangelio, acompañando su vocación con un fuerte énfasis solidario en relación a la acción social.

Desde 2004 Cristian Franco es evangelista asociado del Dr. Palau, integrando el equipo de la Alianza de la Próxima Generación. Ha tenido la oportunidad de ser columnista y publicar sus creaciones en distintos medios de prensa. Es autor del libro “¡Respira! Aliento fresco para tu espíritu”. Desde diciembre de 2007 integra oficialmente el Consejo Directivo de la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA). Cristian y su esposa son miembros activos de la “Iglesia Jesús 100 % Vida” en la Ciudad de Buenos Aires. Además sirve como miembro del Equipo Nacional Argentino de “La Bolsa del Samaritano”. Su mayor pasión es desarrollar todo lo necesario para ayudar a que personas de toda edad, nacionalidad, cultura y situación económica puedan conocer el amor de Dios expresado a través de Jesucristo.


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