Efesios 1:15-17

Dr. Ernesto Johnson

Seminario Bíblico Río Grande

Breve repaso de la doxología

A través de la doxología por excelencia, Pablo desvela el Gran Designio de Dios en gracia para con los hijos adoptados (Efesios 1: 3-14); sigue con una oración magnífica en pro de su bienestar espiritual de los creyentes. En la doxología ha marcado el papel sobresaliente de Dios Padre (vv.3-6a), el del Hijo (vv.6b-12) y finalmente el del Espíritu Santo (vv.12, 13). Al final de cada sección se repite la frase clave o su equivalente “para la alabanza de la gloria de su gracia”.

También se repite tres veces la motivación divina en llevar a cabo este Gran designio:“según el puro afecto de su voluntad,” (v.5), “según el beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo” (v.9) y “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (v.11). Se repite nueve veces la frase o su equivalente: “en Cristo”,“en él”. En toda la Escritura no ha habido mayor adoración doctrinal que eleve al Dios Trino a tal altura espiritual.

Pablo destaca la soberana voluntad de Dios y escribe que “nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (v.4); esa voluntad persiste hasta la “redención por su sangre, el perdón de los pecados según las riquezas de su gracia” (v.7) y finalmente “en quien fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (v.13). ¡Qué trayectoria de la gracia de Dios hacia los inmerecidos!

Esta  doxología nos deja pasmados y humillados ante semejante expresión del amor de Dios, la santidad de Dios y la gracia de Dios, todo incluido en la obra de la Cruz. Pero hay un punto más que merece nuestra mayor gratitud.  Todo esto arriba desplegado nos llegó “para la alabanza de la gloria de su gracia, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo . . . habiendo oído la palabra de verdad  . . . y habiendo creído en él” (vv.12, 13). Su llamado soberano y efectivo nos atrajo y produjo en nosotros la respuesta a tal gracia en la forma de la fe. “Porque por  gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8).

La Oración de Pablo refleja la voluntad de Dios para con todo creyente

 Ante semejante despliegue de la “maravillosa gracia” de Dios, Pablo bajo la inspiración del Espíritu Santo responde con una sola oración muy digna de la doxología. Como es su costumbre en siete de sus epístolas, empieza con un sincero chorro de gratitud por la fe que ha introducido a sus hijos en esta gracia. Su corazón pastoral no lo deja otra reacción. Pero, sobre todo, lo que le conmueve a tal profundidad de corazón  es la grandeza y la urgente necesidad del creyente de entrar  y realizar más de lleno estas gloriosas verdades.

Pablo mismo al final de su vida mantenía desde la cárcel en Roma ese deseo y ahora nos comparte su pasión creciente: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de resurrección y la participación de su padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (Filipenses 3:8-10).

Se debe decir con toda seguridad que esta oración no se originó en Pablo sino en Dios mismo, en el corazón de Dios que pagó semejante precio y mostró su amor a tal extremo de no escatimar “ni a su propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará  también con él todas las cosas?’’ (Romanos 8:32).

 El Corazón de Dios  expresado en la plegaria de Pablo   Efesios  1: 17-19

La  doxología consistía en una sola oración gramatical, es decir, un verbo “nos escogió” y una larga serie de participios como si Pablo tan apasionado no pudiera detenerse para respirar. Del mismo modo la oración magnífica que sigue es una sola oración gramatical con muchos participios que nos llevan agradecidos y humillados al trono de la gracia.

Se dirige la oración al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria. Otra vez vemos en esta combinación de sus nombres la intimidad del Dios Padre e Hijo. Actúan en perfecta coordinación desde el Gran Designio ya desplegado en la doxología. Tomamos nota que el verbo es “dar”, el eje de la oración. De ninguna manera depende Dios de la participación de su criatura.  Ya que la fe no tiene mérito alguno sino solo es medio de recibir y realizar lo dado por Dios, la fe resulta en profunda gratitud y la buena voluntad para con el dador.

Pablo hace eco del corazón pastoral de Dios y pide “un espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él”  Cada palabra trae profundo sentido y aplicación práctica. Ya que es el Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, que actúa y ejecuta la gracia de Dios en la vida del creyente, su ministerio es fundamental.  Pablo define lo dado como la sabiduría.

En Proverbios 8 hay un largo comentario sobre la sabiduría que el proverbista prefigura con cierta sombra desde el Antiguo Testamento. Empieza por describirla pero termina por apuntar hacia el Mesías, el Ungido. “Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principio desde el principio” (8:22). Al final “Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres” (8:31).

Santiago define la sabiduría así: “Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después es pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía” (Santiago 3:17). La sabiduría responde a la santidad de Dios en su  actuar y en todos sus caminos. Tal sabiduría en el creyente será siempre Cristo-céntrica con las virtudes de la humildad del Crucificado.

Después de la sabiduría Pablo agrega la revelación. La revelación es el discernimiento del Espíritu abriéndonos personalmente a las verdades  que llegan ser objetos de nuestra fe. No son nuevas doctrinas ni interpretaciones sino todas bien fundadas en la Palabra de Dios, la espada del Espíritu. De esta manera clarividente el Espíritu nos enseña y aplica a nuestro ser la verdad con un nuevo impacto.

Todos hemos experimentado la intervención del Espíritu en dicho momento de profunda hambre y sed de justicia, en una crisis espiritual, en un estudio de corazón o momento de quebrantamiento. Este aprendizaje no es de tipo académico, es totalmente diferente de la enseñanza del aula o de escribir una monografía y cita un autor famoso. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu y quedamos convencidos, sanados y tocados como aquella mujer que tocó de paso el borde del manto de Jesús. Esta es lo que Pablo pide  para los suyos.

Es importante ver el rumbo de la sabiduría y la revelación en el conocimiento de él. Tal revelación o acción del Espíritu no es teórica sino profundamente práctica y personal; nos conduce siempre a un quebrantamiento, un nuevo paso de fe y obediencia. Resulta en una transformación, un aprendizaje que queda permanente; salimos más como Cristo mismo. Esto es lo que Pablo les pide en esta oración magnífica.

Una Ilustración personal  

En mi primer pastorado en Winnipeg, Canadá (1949-1954) quedaba triste en los primeros dos años por la aparente frialdad espiritual de los hermanos. Me apareció oportuna la idea de dar una serie expositiva en Romanos para hablar con claridad sobre la posición doctrinal del creyente. Había leído montón de libros sobre nuestra unión con Cristo y pensaba que yo ya sabía bien esta verdad y les haría mucho bien.

Un domingo llegué en la prédica a Romanos 6:6: “sabiendo esto que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más el pecado”. En plena predicación me dijo el Espíritu a mi espíritu: ‘Ernesto, ¡tú eres hipócrita! ¡No sabes nada de esto!’ El reproche tan fuerte fue como relámpago. Me consterné a fondo. En la noche nos arrodillamos y con toda sinceridad, el dijo al Señor: “Cuésteme lo que me cueste, tengo que conocer esta verdad.”

Pasaron unos meses y me llegó la primera invitación de ser conferencista en una iglesia en Minnesota que conocía. Llegué habiendo estudiado y preparado los mejores mensajes posibles después del ayuno y la oración. El domingo el pastor interino me dijo que había otro hermano conferencista, pero quería que yo predicara en la mañana. Me cayó bien, pero quise rechazar tal pensamiento orgulloso. Prediqué sobre el Ofrecimiento de Isaac, la Entera consagración.

En la tarde el otro conferencista ni subió a la plataforma sino que se quedó abajo. Yo algo criticón pensaba cómo va a manejar el texto. etc. Pero no oí palabra alguna porque el Espíritu me reveló mi maldad de manera que me veía como un monstro colgado en una cruz. “¿Quién es, Señor?” “Eres tú, Ernesto.” Por mucho tiempo me vi como lo era  y como Dios me veía.

Luego el mismo Espíritu me habló a mi espíritu: “Ponte en pie y diles cómo eres con tu orgullo espiritual y derrotado por los pecados secretos.” Pero ‘Señor, me van a correr.” Pero no pude resistir su revelación perspicaz. Pedí la palabra y les dije a todos mi mal, mi orgullo y mis pecados secretos. Las fuentes de mi ser se echaron a correr y quedé  humillado llorando. No pude más y me senté.

En ese mismo instante se me vino el texto de Romanos 6:6: “Sabiendo esto que Ernesto Johnson fue crucificado juntamente con él. Al sentarme me sentí tan aliviado y libre de mi mal. No  terminó el culto porque otros hermanos se pusieron en pie y confesaron sus pecados. Por fin se acabó el culto y el pastor me pidió que predicara en la noche. Pensaba dentro de mí que no puedo: “Pero, “Señor, no puedo, no soy digno”. Me contestó: “nunca serás digno de predicar, pero Cristo es digno, predica.”

Aquella semana fue de tremendo avivamiento Pero lo que resultó fue que toda mi vida y mi ministerio tomaron un viraje;  Dios me hizo conocer esa verdad de mi muerte con Cristo a la vida adánica. Claro desde ese día he tenido que volver mil veces a Romanos 6 para tomar en fe mi lugar de nuevo con él.  Esa verdad libertadora no se oye mucho, a la verdad casi no se oye.

Esta Oración magnífica puede llevarnos a muerte y a la vida nueva en el Resucitado

La carga de mi vida ha sido la de compartir la realidad y el poder de nuestra muerte con Cristo  hace dos mil años.  Hoy en día se oye mucho que Cristo murió por nuestros pecados como nuestro sustituto. Está bien pero es solo la mitad; queda un evangelio truncado porque Cristo a la vez es nuestro representante y morimos con él en dicha cruz;  estuvimos en él y morimos a la dinámica carnal que está en cada pecho cristiano. Tantos hablan de nuestra posición con Cristo, pero les queda como una teoría doctrinal y no una realidad viva. Que el Espíritu nos revele nuestra unión con Cristo por fe.

Repasemos cómo recibimos a Cristo   Al oír, creímos y recibimos a Cristo

Volvamos a recordar como Dios nos salvó en el primer instante. Nos dijo el predicador que Cristo murió por nosotros y como pecadores no pudimos aportar nada. Pero solo por fe pudiéramos recibir a Cristo y ser salvos. De corazón lo recibimos y nos regeneró y así empezó la vida nueva.

Verdad que naciste de nuevo, pero ¿te das cuenta de que también te renaciste crucificado con Cristo?  La segunda verdad es tan cierta y poderosa que la primera. En el mismo instante lo recibimos como nuestro representante y somos solidarios con él participando en su muerte, sepultura y  resurrección. Véanse  Colosenses 2:10-15; 3:1-12; Romanos 6: 1-6,10-14; Efesios 4:17-32.

Pablo lo dice can toda la claridad: “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias” (Colosenses 2:6). ¿Pudiera ser algo más clara? Entramos por fe sin aportar nada y ahora seguimos andando en Cristo por fe, solo creyendo y dando gracias por el Mensaje de la Cruz.

En esa misma muerte y resurrección Dios condenó al pecado (la naturaleza adánica, la dinámica mala) (Romanos 8: 3). Si  la tomamos por fe, el Espíritu hará su obra santificadora en nuestro corazón. Podremos llevar ante Dios esta misma oración paulina y a su tiempo el Espíritu hará su obra purificadora. Esta oración es la puerta abierta de par en par. ¿Entrarás por pura fe?

 

Tuyo en el mensaje de la Cruz,

Ernesto Johnson

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


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