La misión de Juan el Bautista fue bautizar para dar a conocer y manifestar la identidad del Señor. ¿Cómo entendía Juan la identidad del Cristo? Anuncio tres temas fundamentales:

Su primer gran anuncio fue ¡Aquí tienen al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! (Jn 1:29). Si bien la frase el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo es difícil y puede dar lugar a varias posibilidades podemos llegar a entender que Juan compara al Cristo con un cordero y nos ofrece una imagen de su identidad.

La fragilidad de los corderos por lo general obliga a sus pastores a cuidarlos de una manera en especial. Son vulnerables. Jesucristo se hizo vulnerable para compartir nuestras penas, alegrías, frustraciones, esperanzas y sueños (Fil 2:5-8). Nos trajo un nuevo horizonte y posibilidades ante nuestra naturaleza caída y pecadora. Es el cordero de Dios que se hizo vulnerable y quita nuestro pecado. Se rebajó, se humillo.

 Ser semejante a Jesucristo en su identidad implica que en el Reino de Dios “la sumisión y la quietud son las características de los más fuertes”[1]. Jesucristo es el cordero maltratado y humillado que nos describe Isaías (Is 53:7). No estamos acostumbrados a tomar esta parte en nuestra identidad y parecernos a Jesús.

Muchas veces somos propensos a suscribir la misma teología que Pedro tuvo en su momento: No pases por la cruz (Mc 8:31-38). La entrega y el sacrificio nos cuestan. Lo contrario es quedarnos sin nada y caer en un vacío. La adulación, vanidad, competencia, gloria y control nos alejarían definitivamente del seguimiento de Jesús.

Al decir que Jesús quita el pecado del mundo estamos diciendo que lo divino puede  tocarnos y cambiarnos a nosotros. Sería muy difícil o casi imposible ver un cambio en nuestras propias vidas si Jesús no quita el pecado.

Este cordero inmolado es también el cordero poderoso que ha vencido y que nos describe Apocalipsis (Ap. 5:9-13). Se nos llama a tener la misma visión del cielo y actuar de acuerdo a la identidad que nos dio el Señor “…porque fuiste sacrificado, y con tu sangre compraste para Dios gente de toda raza, lengua y nación. De ellos hiciste un reino; los hiciste sacerdotes al servicio de nuestro Dios, y reinaran sobre la tierra.”

Su segundo gran anuncio fue que Jesucristo es el que Bautiza con el Espíritu Santo (Jn 1:33). El evangelio de Juan enfatiza que el Espíritu permaneció sobre Jesús (Jn 1:32-33) y ocupo su morada permanente.

Necesitamos de este bautismo para nacer de nuevo y día tras día andar en nueva vida. Jesús nos puede traer el Espíritu de Dios. Es saturar nuestro ser con su Espíritu. Significa hundirnos, sumergirnos, empaparnos de Él. Es algo divino que ningún otro puede hacer (Jn 20:19-23).

Ser bautizados en su Espíritu implica encarnar el evangelio que transforma toda la existencia humana. Jesús nos dice: “Como el Padre me envió a mí, así yo los envió a ustedes” (Jn 20:21). Es llevar su mensaje a toda lengua, cultura y nación. Se nos llama hacer todo lo posible para ofrecer el perdón del Señor a todos los demás. Esto es evangelización (Jn 20:23). A su vez somos desafiados a ejercer el mismo perdón y reconciliación hacia el interior de la comunidad de fe y experimentar la comunión en el Señor.

“Conocer a Jesús era al mismo tiempo conocer al Padre (Jn 14:9), y conocer al Espíritu (Jn 14:16-17). El Espíritu Santo representa otra forma de la presencia divina en este mundo. Relacionarse con el Espíritu y Jesucristo son cosas inseparables”[2]. Hoy nosotros necesitamos iluminar nuestra vida por medio de su Espíritu Santo, buscar de esta unción, llenura, plenitud y proyectarnos en obediencia a sus mandatos.  Contamos con sus promesas: “Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mt 28:16-20).

Nos encontramos con grandes desafíos y podemos enfrentarlos. Es asumir nuestro compromiso a favor de la justicia, los pobres, los que no tienen voz, formar una familia sana y seguir animando a toda la iglesia para llegar a todas partes con todo el evangelio.

Necesitamos fuerza, coraje, habilidad y poder por medio de este bautismo de fuego que nos purifica (Mt 3:11, Lc 3:16). Es un bautismo que nos limpia para vivir en santidad y nos da la necesaria adecuación para estar en el seguimiento de Jesús.  Reemplaza la vida derrotada por una vida victoriosa. Es el Espíritu de verdad, que nos guía a toda verdad y que toma de Jesús junto al Padre dándolo a conocer (Jn 14:15-20,16:13-15).

Su tercer gran anuncio fue que Jesucristo es el Hijo de Dios (Jn 1:34). Conocer la identidad de Cristo es un don del cielo. “En ese momento le había sido revelado a Juan que Jesús no era otro que el Hijo de Dios”[3]. “Nosotros le conocemos porque el escogió darse a conocer”[4].

Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, es el que nos bautiza con el Espíritu Santo y es el Hijo de Dios. ¿Lo crees? Te invito a creer y entregarte a Jesús. Tu pecado es borrado y perdonado, eres bautizado por su Espíritu Santo y una nueva vida comienza porque solo el Hijo de Dios puede hacer esto.

Preguntas para la reflexión

¿Cuáles son las áreas en nuestra vida donde necesitamos que Dios nos toque y quite el pecado? ¿Qué necesitamos confesar y arrepentirnos?

¿Qué implica ser bautizado por el Espíritu Santo? ¿Estamos conociendo al Padre, al Hijo y su Espíritu? ¿Qué tipo de bautismo necesitamos hoy?

¿Qué procesos debemos comenzar o continuar para vivir en una estrecha comunión con Dios, con toda la iglesia y avanzar en la evangelización mundial?

Carlos Scott

Misión Local y Global (GloCal)



[1]Shaw, Christopher: Dios en sandalias,  p.  85, Desarrollo Cristiano Internacional,  2008

[2]Slade, Stan: Evangelio de Juan, Comentario Bíblico Iberoamericano, P. 296-297, Ediciones Kairos 2006

[3]Barclay, Willimas, Juan 1Volumen 5, El nuevo testamento, p 90-91, Editorial La Aurora, 1973

[4]Shaw, Christopher: Dios en sandalias,  p.  85, Desarrollo Cristiano Internacional,  2008

Carlos Scott

Autor: Carlos Scott

Carlos es miembro del comité ejecutivo y del consejo de liderazgo global de la Comisión de Misiones de la Alianza Evangélica Mundial (WEA), Reside en Buenos Aires.


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