Qué costumbre extraña esa de forjar ídolos. De buscar al mejor. Levantar modelos de lo que “debería ser”. Se nos recuerda a cada momento y por distintas vías la importancia que tienen los mejores. “Quienes ganan y logran lo que se proponen”. El sueño de muchos materializado en unos pocos a quienes se observa de lejos con una melancolía ancestral que hace la vida un poco más leve, más llevadera, menos rutinaria y simplona.

La competencia está allí afuera. A toda hora y en todo lugar. “El mejor deportista”. “La mejor cantante”. “El mejor autor”. “La mejor oradora”. “El mejor evento del año”. “La mejor sociedad”. “El mejor formador de líderes”. “La mejor institución solidaria”. Y un larguísimo etcétera.

Pero yo, que soy uno de los tantos que cree aquello de que todos los seres humanos fuimos creados por Dios en condiciones de igualdad, sigo cuestionando la validez de ese tipo de categorizaciones. ¿De qué serviría buscar al mejor? ¿Qué parámetros podrían utilizarse para separar a la gente entre “buenos”, “regulares” y “malos”? ¿Por qué tendremos esa tendencia?

Sí, ya sé. Conozco varias de las respuestas a estos interrogantes. La más convincente podría ser aquella de que el galardonar o destacar a alguien por sus méritos conlleva el potencial de fomentar una optimización de quienes se encuentran “en carrera”, arrojando solo buenos resultados en una fórmula cuasi perfecta en la que “todos ganan”…

De acuerdo. Escucho. Comprendo. Sin embargo, cuando me encuentro con la realidad compruebo una multiplicidad de situaciones disímiles a la ecuación trazada en los papeles: frustraciones por no lograr llegar, celos y envidias por doquier, estrategias non-sanctas para aventajar a los demás, prioridades trastocadas por el afán de alcanzar, y así podríamos continuar.

Las categorizaciones y su sistema de encumbrar a los “mejores” suelen partir (en un enorme porcentaje de las variables relaciones humanas) de parámetros absolutamente subjetivos que no permiten ver la preciosa y amplísima gama de matices que existe en el mundo.

Me gusta una nota periodística realizada hace poco al actor Alfredo Alcón:

«A Alcón siempre se lo ha considerado el mejor actor argentino, y él siempre rechazó de plano los honores. “No es por falsa modestia” -dice-. “Los argentinos tenemos la tendencia de andar eligiendo al ‘mejor’, a los ‘maradonas’. Sería un necio si me creyera que soy el mejor, aunque lo fuera. Suponiendo que llegara a serlo -equivocación del destino” (se ríe) “y yo me lo creyera, estaría cortado por esa grandeza. ¿Cómo se es humano si se es el mejor? De lo que sí estoy realmente orgulloso es del cariño que siento que me tienen la gente y mis compañeros de trabajo. Siento que me quieren, pero me quieren como a un amigo, no como a una estrella, y me cuidan. Yo nunca paré el tránsito con mi presencia. Si estás triste o si tenés frío la admiración no te da calor, en cambio el afecto que puedan darte te hace mucho bien”».

No tengo la intención de hacer una apología de la mediocridad. Creo en el esfuerzo individual y colectivo, en la superación personal, y trato de practicarlos acompañados de mucho sacrificio. Pero sí me gustaría llamar la atención para que pensemos en que la vida –en especial las relaciones interpersonales– no pasa por categorizaciones ni las etiquetas, sino por saber que todos somos igualmente valiosos, hecho que no dependerá jamás de lo “exitosos” o “fracasados”, “de primera” o “de segunda”, “mejores” o “peores” que nos quieran hacer creer que somos.

Cristian Franco

Autor: Cristian Franco

Nacido en la Ciudad de Buenos Aires (Argentina), Cristian Franco es un evangelista que sirve al Señor desde su adolescencia. A través de los años, sus estudios en Comunicación y en Teología le han brindado elementos de preparación útiles a la hora de predicar el mensaje del Evangelio, acompañando su vocación con un fuerte énfasis solidario en relación a la acción social.

Desde 2004 Cristian Franco es evangelista asociado del Dr. Palau, integrando el equipo de la Alianza de la Próxima Generación. Ha tenido la oportunidad de ser columnista y publicar sus creaciones en distintos medios de prensa. Es autor del libro “¡Respira! Aliento fresco para tu espíritu”. Desde diciembre de 2007 integra oficialmente el Consejo Directivo de la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA). Cristian y su esposa son miembros activos de la “Iglesia Jesús 100 % Vida” en la Ciudad de Buenos Aires. Además sirve como miembro del Equipo Nacional Argentino de “La Bolsa del Samaritano”. Su mayor pasión es desarrollar todo lo necesario para ayudar a que personas de toda edad, nacionalidad, cultura y situación económica puedan conocer el amor de Dios expresado a través de Jesucristo.



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