Efesios 1: 6-14

   Dr. G. Ernesto Johnson

Introducción

Oímos de nuevo lo que Moisés oyó en su llamado soberano ante la zarza ardiente:”No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que estás, tierra santa es” (Éxodo 3:5). Así del mismo modo ante esta magnífica doxología, debemos quitarnos el calzado. El Espíritu Santo nos corre un poco el velo para vislumbrar la maravilla de la gracia de Dios en el Gran Designio de Dios.

No se puede menos que humillarnos ante el espectro de esta doxología. El Espíritu Santo inspiró a Pablo para hacer lo que ningún hombre pudiera hacer, es decir, desvelar el Designo infinito de Dios para con los suyos. Nuestra mente no puede captar la gracia, la misericordia y la bondad de nuestro Dios para con los inmerecidos hijos adoptados.

Pablo con razón lo enfoca todo en Dios Padre pero asociado íntimamente como el Padre de nuestro Señor Jesucristo (Efesios 1:3).  Es imposible en esta doxología separar las tres personas. Cada una tiene reservada su función salvífica pero unidas todas en el Gran Designio de revelarse en su plena gloria y a la vez recibir a los hijos adoptados suyos. “En amor habiéndonos predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad para alabanza de la gloria de su gracia” (vv.5, 6). 

 El Señor Jesucristo    el segundo enfoque, el perdón de los pecados    Efesios 1: 6b, 7

Al seguir leyendo esta doxología quien no se apasione ante la grandeza de la gracia de Dios da evidencia de su profunda ignorancia de las verdades más sublimes de la eternidad. La frase que resuena vez tras vez es la que dio fin al primer segmento: “para la alabanza de la gloria de su gracia”. 

 Pablo profundiza el cómo de la inmensa gracia de Dios quien “nos hizo aceptos en el Amado” (v.6b). Esta nueva posición de ser aceptos es precisamente de parte del mismo Juez justo. Lo que sigue es una referencia directa a la muerte vicaria de Cristo, el derramamiento de su sangre en redención, el precio pagado (el “kofer” o cobertura) establecido y aprobado por el Juez. Pablo lo dijo sucintamente: “a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar  su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3: 25,26).  No puede haber comentario más claro que esta síntesis divinamente inspirada.

En el Gran Designio no habría habido un “fiat,” decreto, concediendo arbitrariamente amnistía al culpable. El apóstol Juan dijo dos veces: “Dios es amor” (1 Juan 4: 8,16), pero a la vez afirma que “Dios es luz y no hay tinieblas en él” (1 Juan 1: 5). Estos dos atributos esenciales, el amor y la santidad, tienen que satisfacerse en todo sentido. Por eso el pecador nunca podría recibir perdón solo en base del amor, y aún mucho menos, bajo el nuestro concepto del amor hoy día. Tendría que haber un pago, un “kofer” aprobado por el Juez, aún a la vez puesto por el mismo Juez a infinito costo personal – la vida de su amado hijo. “Con  todo esto, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando  haya puesto su vida en expiación (“kofer”) por el pecado, verá su  linaje, vivirá por largos días y la voluntad de Jehová  será en su mano prosperada” (Isaías 53: 10).

Pablo amplía lo que quiere decir “aceptos en el Amado” por decir: “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados, según las riquezas de su gracia” (v.7). En aquellos días se veía la figura tan común del mercado de esclavos donde eran comprados los esclavos como si fueran kilos de carne.  Fue Dios mismo que entró y pagó el precio (“kofer”) y nos compró de una sola vez. Lo hizo según las riquezas de su gracia, una frase que se repite cuatro veces (vv.7; 2:7; 3: 8,16). Todo lo que Dios hace, lo hace de manera superlativa. Nunca más haríamos frente a la ira de Dios; la cayó en su hijo, nuestro substituto. Nada podríamos conocer siendo tan inmerecidos.

La Anchura de la sabiduría de Dios en Cristo   Efesios 1: 8-10

 Para ampliar las dimensiones de la gracia de Dios, realmente el eje de esta doxología, Pablo examina las riquezas de la gracia: a continuación “. . .  según las riquezas de  su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (8-10).

Al contemplar nosotros este panorama, Pablo nos deja boquiabiertas. Los teólogos han tratado de sondear las profundidades de estas verdades. Pero la pura verdad es que transcienden totalmente nuestro limitado conocimiento del glorioso futuro que Dios ha reservado para su Hijo. En los concilios pasados se pusieron de acuerdo en glorificar a Cristo a causa del sacrificio inestimable que haría en la cruz del Calvario. Todavía quedamos en espera de saber a fondo cómo se presentará ese Gran Designo.

Pero quizá cogemos una vislumbre de este momento que tomó lugar horas antes de la Cruz. “Ahora está turbada mi alma: ¿y qué diré?  Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre” (Juan 12:27, 28). Pocas horas después en la oración pontifical: “Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti” (Juan 17: 1,2). Ningún ser humano jamás entrará en este recinto sacrosanto.

Toma nota de ciertos aspectos en este párrafo. Corre a fondo lo superlativo de los tratos divinos. Con  las pobres palabras nuestras dice: “.  . .  según las riquezas de su gracia que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia” Pablo da fin a su argumento clave contra la ley: “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20).

Otro aspecto que sobresale en la doxología es la repetición de la motivación divina: “según el puro afecto de su voluntad” (v. 5) y luego “según el beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo” (v.9) y “según el designio de su voluntad” (v. 11). Dios opera independiente de todo factor terrenal. Es soberano en idear y llevar a cabo su propósito en plena gracia.  Nos da razón de humillarnos y doblegar nuestra mente ante su obra.

El Clímax de la Iglesia constituida en su herencia    la expresión del triunfo de la gracia divina    Efesios 1: 11,12

Después de desvelar el Gran Designio en términos del futuro  glorioso (vv. 8-10), no estamos preparados para la verdadera culminación de las riquezas de la gracia de Dios. El Dios hombre, Cristo hecho carne, nos hace coherederos con él y compartiremos con él en los triunfos de su Cruz (Romanos 8:17).  Los inmerecidos han llegado a compartir sus triunfos que resultarán en “la alabanza de la gloria de su gracia”. Los predestinados hijos de Dios se sentarán con él en su trono. “Al que venciere,  le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3:21).

Concluye  este segmento (1:6 -12) por hacer sobresalir el papel soberano del Hijo. De repente Pablo declara que nosotros mismos somos miembros de su Cuerpo, herederos de su gracia. Los que antes merecíamos la separación eterna de Dios, ahora se unen a su Hijo en lugares celestiales y con él somos ejemplos de  la exaltación de la gracia de Dios. En él “Asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo” (vv.11.12).

Para la novena vez se repite la frase: “en él, en Cristo, delante de él” en esta doxología. Cristo es el centro, diámetro y la circunferencia de  nuestra posición, Hasta ahora todo viene descrito en el tiempo pasado. Este paquete de la abundante gracia nos llegó en pura gracia y todo por el puro afecto de su voluntad. Dios es soberano en todo aspecto desde antes de la fundación del mundo,  No podemos enfatizar demasiado esta verdad divina.

 “El hace todas las cosas según el designio de su voluntad”. De veras vislumbramos el Gran Designio pero servimos solo para reflejar esa gloria inconmensurable. ¿Podemos vernos como la luna que no tiene luz  sino que solo refleja la luz del sol?  ¡Qué gran honor en gracia nos corresponde!

Cristo había dicho a sus once: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros,y yo os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca . . .“ (Juan 15:16).

Lo que nos sorprende es que heredáramos esta gracia sin que hiciéramos nada. Al contrario para llegar a este colmo Pablo dice “los que primeramente esperábamos en Cristo”. No aportamos nada y ni pudimos aportar algo, pero solo esperábamos en él. El nos hizo sentar en lugares celestiales y nosotros solo esperábamos en él. Todo es por la gracia de Dios por medio de la fe.  Así ha sido la gracia a grandes rasgos desde el principio eterno hasta la gloriosa salvación eterna.

El Espíritu Santo    el ejecutor eficaz de la gracia de Dios   Efesios 1:13, 14

 Pablo sigue escalando la montaña espiritual Everest. Llega a la magnífica obra de la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo quien realiza toda esta obra en el creyente en base de la fe. Toma nota de que el verbo viene en el tiempo imperfecto que implica continuidad: esperábamos, habiendo oído, habiendo creído en él, fuiste sellados”  La inferencia de ese tiempo imperfecto es que la fe operaba y duraba como hábito del pasado. Y  los dos participios pasados afirman la realidad lograda de haber esperado. Lo único queda por esperar es “la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (v. 14). Es una referencia futura a la resurrección corporal del creyente, la finalización de la salvación que nos ha llegado en tres aspectos: pasado, presente y futuro.

Se debe notar que esta frase clave resuena tres veces en la doxología (vv.6, 12, 14); se omite al final la palabra gracia y solo dice al final “para alabanza de su gloria”. Quedamos con los ojos fijados solo en él mismo y ni aún en la gracia extendida hacia nosotros los inmerecidos. Mayor es Dios que aún los triunfos de su gracia.

De acuerdo con toda la Escritura, es la obra del Espíritu que lleva a cabo la obra redentora. Cristo lo expresó categóricamente: “Y cuando él venga, convencerá  al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. . .  . El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre, es mío, por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber.” (Juan 16:8-11,14,15).

Como el Padre obró soberanamente, así también el Señor Jesucristo; de la misma manera es la obra inviolable del Espíritu Santo que opera en nosotros. Nada se ha logrado hacer en el creyente sin la intervención directa del Espíritu. Él es quien opera exclusivamente en el creyente. Por eso la vida cristiana es conocer  y venerar al Espíritu en su función de realizar en el creyente la obra consumada de Dios Padre en la Cruz.

Por eso nos corresponde aprender a no resistirlo (Hechos 7.51), ni apagarlo (1 Tesalonicenses 5:19), ni contristarlo (Efesios 4:30) sino obedecerlo. Donde opera la fe bíblica, allí opera el Espíritu Santo con libertad. “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18).

Pablo destaca la fe en términos de; “habiendo oído, habiendo creído”; el verbo es el participio pasado indicando lo logrado pasado y seguro. Nuestra respuesta a la Palabra de Dios nos da una base objetiva. La Palabra de Dios es la espada del Espíritu (Efesios 6:17).

Para agregar algo aún más a nuestra base de la adopción “fuiste sellados con el Espíritu Santo de la promesa”. Cristo mismo había dicho que “esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí . . . pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seis testigos en Jerusalén, en toda Judea, e Samaria y hasta lo último de la tierra”. ¡Qué garantía del acompañamiento del fiel Espíritu Santo” (Hechos 1:4, 8).

El sello dado a un documento le da legitimidad y valor legal. “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Romanos 8; 16). Al contemplar las riquezas de su gracia, no podemos más que postrarnos ante el Dios Trino en fe y obediencia de corazón.

G. Ernesto Johnson

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


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