“Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre; porque adorno de gracia serán a tu cabeza, y collares a tu cuello. Hijo mío, si los pecadores te quisieren engañar, no consientas. Si dijeren: Ven con nosotros; pongamos asechanzas para derramar sangre, acechemos sin motivo al inocente; los tragaremos vivos como el Seol, y enteros, como los que caen en un abismo; hallaremos riquezas de toda clase, llenaremos nuestras casas de despojos; echa tu suerte entre nosotros; tengamos todos una bolsa. Hijo mío, no andes en camino con ellos. Aparta tu pie de sus veredas, porque sus pies corren hacia el mal, y van presurosos a derramar sangre. Porque en vano se tenderá la red ante los ojos de toda ave; pero ellos a su propia sangre ponen asechanzas, y a sus almas tienden lazo. Tales son las sendas de todo el que es dado a la codicia, la cual quita la vida de sus poseedores.” (Proverbios 1:8–19)

Cuando pensamos en el crimen y en la búsqueda de soluciones para los problemas sociales que nos arropan, normalmente nos viene a la mente lo que las autoridades y la policía deberían de hacer. Sin embargo, este texto bíblico de Proverbios es un ejemplo del papel que deben jugar los padres en la prevención de asaltos, robos y asesinatos. Según el sabio, he aquí lo que los padres deberían estar inculcando en el corazón y mente de sus muchachos.

La vía por medio de la cual los jóvenes se convierten en antisociales normalmente son las malas influencias. Si al ocio y a la codicia de los jóvenes, añadimos el incentivo de falsos amigos y pandilleros, el resultado es el desvío y la iniciación en el crimen de otro “hijo de papi y mami.”
El padre de este joven conoce el peligro y los riesgos de las malas compañías. Por esto toma su tiempo para advertir e instruir a su amado hijo para que no caiga en las garras de los que no temen a Dios y son esclavos de los vicios. Padre, tenemos la responsabilidad de meternos con las vidas de nuestros hijos. No los dejes ni los abandones a su suerte.

Los criminales de hoy fueron un día niños. Una vez fueron moldeables. Pero como ocurre con muchos, sus padres no les protegieron lo suficiente de las malas influencias. Tendemos a ver a nuestros hijos como nuestros “muchachitos”, incapaces de convertirse en seres tan dañinos como los desalmados criminales de hoy. ¡Es un grave error! ¡Debemos tener los ojos bien abiertos! Es nuestra responsabilidad cuidar sus almas de la codicia que anhela lo ajeno, de la holgazanería que les hace abandonar los estudios y no trabajar, y de la insensibilidad que hala el gatillo que arrebata las vidas de los demás.

Es cierto que no todos los padres de criminales fueron irresponsables con su paternidad. Pero en el día del juicio, muchos padres tendrán que dar cuenta a Dios por su cuota de responsabilidad ante los crímenes cometidos por sus hijos. Cuando debieron estorbarles para que no terminaran dentro de las fuerzas del mal, sencillamente no lo hicieron. Los años pasaron, y el árbol creció torcido. Lo que hoy puede parecernos algo gracioso, mañana puede significar la vida de otra persona, quizás la vida de tu propio hijo. El mal ya está hecho. El pecado no es una gracia. No es una gracia para Dios y no debe serlo a nosotros. Llamemos al pecado por su nombre y tratémoslo debidamente en nuestras vidas y en las vidas de nuestros hijos. Dios consideraba a los dueños responsables ante los daños causados por un buey acorneador (Exodo 21:29, 36).

Hay algo que los padres de hoy podemos hacer. Tenemos mucho que aportar en la lucha contra el crimen. No necesitamos ser superhéroes para hacer algo. Lo podemos hacer desde el seno mismo de nuestros hogares, criando hijos respetuosos y piadosos, diligentes y obedientes, afectuosos y conformes. Es triste ver a los padres de los criminales salir en defensa y decir que sus hijos son buenos. No tienen conciencia del mal que ellos mismos han hecho a la sociedad. Cuando las almas de esos niños eran maleables, sencillamente no supieron ejercer la labor de tutores responsables para convertirles en hombres y mujeres de bien. No cometamos el mismo error. Actuemos con amor y con firmeza. Dios nos ha dejado ambas herramientas para la crianza de nuestros hijos. No hagas un aporte al crimen. Evita a otros el dolor y la angustia que muchos han tenido que sufrir a manos de hijos malcriados.

Salvador Gomez Dickson

Autor: Salvador Gomez Dickson

Pastor en la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo y profesor de la Academia Ministerial Logos.



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