Romanos 8:28-30

Introducción

No cabe duda de que  estos últimos 12 versículos son como Monte Everest, la montaña más alta del mundo. Pablo sube las alturas sublimes que establecen que ya somos los verdaderos hijos de Dios;  estamos en plena posesión de todos los derechos y los privilegios del heredero de Dios y coherederos con Cristo (8:17). Esta verdad está infinitamente más allá de nuestra comprensión.

Pablo, sin embargo, incluye como parte íntegra de esa posición los padecimientos de Cristo. Entramos en el corazón mismo de Dios quien sufrió la muerte de su amado hijo por nosotros.  Fue el acto de sublime amor a costo infinito para los que ni merecíamos nada menos que la muerte.

El contexto anticipa la restauración de la misma creación combinado este hecho con la glorificación final de los hijos de Dios. Entre tanto “sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (22). El hijo de Dios gime también  pero en plena esperanza de la finalidad de la glorificación nuestra.

Entretanto el Espíritu mora en el creyente y ayuda nuestras debilidades intercediendo por nosotros  y facilitando una vida actual de victoria.

Cinco verdades maravillosas que sostienen la esperanza del creyente   Romanos 8:28

Quizá este versículo es el más citado del Nuevo Testamento. El contexto de los versos anteriores expresa precisamente la confianza de nuestro glorioso futuro que acompaña nuestra paciencia: “con paciencia lo aguardamos” (25). Esto es la infraestructura de nuestra fe en la voluntad soberna  de Dios. Romanos 8:28 nos sostiene en todo momento en medio de nuestros gemidos. Nuestro texto afirma:

1.) Sabemos que Dios obra.[1] El verbo “saber” define lo percibido bajo la seguridad del carácter fiel de Dios atestiguado todo por el Espíritu. No es cuestión de los sentimientos pasajeros sino la verdad firme. Dios y su plan eterno trazado en nuestro contexto es que él mismo es tanto el autor como el ejecutor de él. Tiene su mano en el timón de nuestro barco. Esta realidad es el ancla de nuestra fe.

2.) Dios obra para nuestro bien. Siendo nuestro Padre que mostró su amor en dar a su hijo, ahora nos garantiza que sólo busca y promueve nuestro bien espiritual.  No puede haber otra motivación ni resultado. El bien es el verdadero bien nuestro como él lo ve. Glorificado o por vida o por muerte.

3) Todas las cosas ayudan a bien.  Cuando dice “todas las cosas” no puede haber una excepción cualquiera. A pesar de lo que nos parezca el sufrimiento, la prueba, la finalidad es nuestro bienestar ante él. Toda situación que viene a su propio hijo viene con su permiso o su aprobación, sea positiva o negativa a nuestro parecer y ayuda a bien. El bien nos resulta sin excepción alguna. Es cuestión de nuestra paciencia y en el último análisis de la voluntad de Dios.

4.) A los que aman a Dios. Pablo introduce la única condición, pero no es como factor limitante sino algo ya tomado por sentado.  Habiendo sido nosotros los objetos de su gran amor, nos resulta amarlo como lo merece. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). En Romanos Pablo enfatiza más el amor de Dios para con nosotros, pero tal amor divina hace brotar en nosotros el amor para con nuestro Padre celestial.

5.)  A los que conforme a su propósito son llamados. Esta última frase subraya el plan eterno que Dios lanzó al enviar a su Hijo y al habernos escogido antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4). Esta verdad da razón a la vida cristiana. Nuestras vidas van formando un patrón eterno que glorifica a Dios y ministra siempre a nuestro bien espiritual. ¡Qué consolación nos es y qué propósito en medio del andar por fe! Pablo lo dice bien: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor . . .” (Efesios 4:1,2).

Quisiera dar un testimonio personal. Llegamos del Canadá en 1954; en el primer año di mis clases en el Instituto Bíblico en inglés. Se clausuró en 1955 el Instituto en inglés y se inauguró la Escuela misionera de español. Con gusto entré en el aprendizaje del idioma y di la clase en inglés de Vida Espiritual  en 1955 a los 13 misioneros neófitos. En 1957 me dieron mi primera clase en español, Geografía Bíblica y más clases en 1958. Estaba bien a gusto y animado.

De golpe en ese año en la providencia de Dios supe de que tenía un tumor serio en el tiroides que afectaba mi voz. El especialista en medicina interna me palpó el cuello y dijo: “No sabemos qué seria estará su condición. Pero según el tamaño del tumor puede tener 6 meses de vida.” ¡Qué golpe tan fuerte!  Dijo sólo: “Lo sabremos todo después de operarle.”

A mi esposa le había dicho: “Si durara la intervención tres o cuatro horas, tendríamos que quitarle las cuerdas vocales; si es de una hora y media, no.” ¿Cuánto vale el profesor sin las cuerdas vocales? En ese tiempo mi esposa estaba embarazada con la última hija. Yo pensaba: “ni la voy a ver.”

Por quince días esperaba la intervención quirúrgica. Durante esos días, ¿qué verdad me sostenía?  Acababa de llegar y haber empezado mi ministerio. Me había pegado el polio a la edad de 16 y sobreviví pero siempre con problemas de la voz. Ahora Señor ¿qué me espera?

Pero fue la verdad de Romanos 8:28 que me dio la paz. Razonaba de esa manara “Señor, si tu voluntad es “buena, agradable y perfecta”; no me puedes hacer ninguna cosa mala; tiene que ser buena tu voluntad, si vivo o si muero. Por la acepto en fe.”

En la providencia de Dios el tumor estuvo benigno. Pude volver a seguir aun con una voz nasal y problemas, pero todo lo he vencido por la misericordia de Dios. En esa voluntad de Dios “buena,  agradable y perfecta” Dios me dio 58 años en el salón de clase. Si que Romanos 8:28  es nuestra ancla de fe.

Cinco proposiciones teológicas sin duda alguna   Romanos 8: 29,30

Lo que sigue en estos dos versículos es un compendio de doctrinas más allá de nuestra finita

comprensión, pero, de todos modos, más ciertas que el levantar del sol.  El mismo trono de Dios

está fundado en estas verdades. Los  teólogos por los siglos han tratado de sondear sus

profundidades, pero el texto nos las afirma sin duda alguna.  Lo interesante es que en

cada caso del verbo viene en el aoristo, o el tiempo pasado, refiriéndose a lo hecho irrepetible.

Éste has sido el plan de Dios; todo tomó lugar en los concilios eternos de Dios antes que

naciéramos. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que os bendijo con toda

bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la

fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor

habiéndonos predestinados para ser adoptados hijos suyos por el Señor Jesucristo, según el

puro afecto de su voluntad, para la alabanza de la gloria de su gracia.” (Efesios 1: 3-5).

1.) “Porque a los que antes conoció”. La presciencia de Dios es un atributo que pertenece sólo a Dios. Esa ciencia que es la consecuencia de  la misma decisión de su voluntad, lo que él ordena. Pero esa decisión es acto de su amor, no de  ningún capricho. Un buen ejemplo es el escogimiento de Israel como su  tesoro especial.[2] En Deuteronomio 7: 6 – 8 “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios: Jehová te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra . . .  pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres.” Tal escogimiento por el amor de Jehová  le condujo a escoger a Israel.  Éste es el mismo principio en el Nuevo Testamento en cuanto a la salvación de nosotros, los hijos de Dios. Fue primero el acto de su amor y luego el escogimiento. ¡Cómo esta verdad cambia nuestro concepto de nuestro Dios!

2.) “También los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Aquí Pablo enseña claramente la doctrina bíblica de la predestinación o la elección.  Para el intelecto nuestro puede haber unos problemas, pero para nuestro corazón no.  La salvación es cien por ciento el acto de Dios. Jesús mismo lo afirmó en un solo versículo sin tratar de explicarnos el por qué de la verdad. “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Sólo venimos siendo atraídos por la Palabra de Dios por medio del Espíritu Santo. Nuestra fe no tiene ni mérito alguno. Sólo recibimos lo ofrecido en la misericordia de Dios.

Pero lo que sigue debe captar nuestra atención. No somos salvos para nuestra felicidad, ni sólo para recibir el perdón y la seguridad del futuro en el cielo. Dejamos esa impresión en mucho evangelismo. La única razón es para que seamos más y más como Cristo Jesús lo es. Nos salva para conformarnos a su amado Hijo. Hay muchas bendiciones que vienen a la vez, pero la razón principal es que dejemos de ser orgullosos, egoístas y exitosos sino santos, humildes y ejemplos de Cristo morando en nosotros.

Esta transformación empieza con la profunda realización en fe que no estamos en el Primer Adán sino en el Postrer Adán, muertos a  la vieja naturaleza y vivos para Dios en Cristo Jesús.  Vuelvo otra vez como siempre a nuestro nuevo punto de partida, unidos a Cristo en muerte con él en aquella cruz, y en unión con Cristo resucitado  por el morada del Espíritu Santo.

Pablo lo ha establecido más allá de duda en Romanos 6:1-14. Ya morí a mi viejo “yo” y vivo en él contándome muerto y vivo en Cristo Jesús. Nunca me canso de volver al verdadero punto de partida. Esta verdad no se oye. Al contrario hablamos mucho del control del  Espíritu, no sabiendo bíblicamente que el mismo Espíritu no nos puede controlar cuando la carne reina con sus matices tan sutiles. Primero un quebrantamiento e identificación con Cristo a pie de la Cruz  y el Espíritu hará su obra de manifestar a Jesús en nosotros. La vida crucificada es la vida llena del Espíritu Santo.

En esta frase “hechos conforme a la imagen de su Hijo para que él sea el primogénito entre muchos hermanos “oímos este eco en Hebreos que Cristo es nuestro hermano mayor. “Porque convenía aquel (Dios) por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos (Hebreos 2: 10,11).Debe haber una profunda semejanza entre los hermanos. Identificados con el Crucificado y hechos semejantes a él. Éste es el glorioso destino de aquellos ya amados y predestinados  para esta finalidad de la santidad y humildad.

3.)  “A éstos también llamó” Pablo sigue la secuencia histórica. Se ha llamado el llamamiento efectivo, ese encuentro con Cristo como el salvador personal.  Cada creyente tiene ese momento histórico en que renace por el Espíritu Santo. Puede acercarse en mil experiencias subjetivas, pero es una realidad única, indispensable y transformadora.

4.)  “A los que llamó, a éstos también los justificó” Sigue la próxima gracia de Dios en justificar al “impío que cree.” Pablo ya definió  la doctrina básica de la salvación en Romanos 3: 21 – 4:25. Sin embargo, la quintaescencia de la justificación se encuentra en seis versículos 3: 21-26. El corazón de la doctrina es: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (v.25).

Por unos cuarenta años di la clase de Teología 111,  la salvación. He puesto esta descripción mía: “La justificación es el acto divino  por el cual Dios, Juez Justo, declara justo al “impío que cree” en la redención por medio de Jesucristo. Lo declara justo en base de la muerte expiatoria de Cristo, perdonándole todos sus pecados y  restaurándole a todos los privilegios de los hijos de Dios.”  Pablo lo expresa mejor: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Corintios 3:11).

5.)  “A estos también glorificó” Lo que nos llama la atención es el tiempo del verbo: el aoristo o tiempo pasado e irrepetible. Claro  que las frases anteriores eran del tiempo pasado, pero el argumento de Romanos 8 es que  la glorificación en esperanza es todavía futura. Pero en la economía de Dios ya tomó lugar en aquella cruz. Tan ubicuo y omnipotente es Dios que lo declara ya hecha. Ya tan inconmovible y seguro es la finalización que ya pasó en el “fiat” o el decreto de Dios.  ¡Qué seguridad nos da! La obra de la cruz en realidad tomó lugar cuando Jesús dijo desde la cruz: CONSUMADO ES (Juan 19:30).

Se puede  preguntar: ¿por qué no hay la mención de la santificación entre la justificación y la glorificación? La santificación es la extensión de la justificación/regeneración de tal manera que se toma por sentada como parte de la misma justificación. La obra de la Cruz tomó lugar en el decreto de Dios basándolo todo en la muerte y la resurrección de Cristo.

Pablo subraya este propósito eterno: “Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos  un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino a anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca. Por en medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.” (Efesios 2:11-18) Ahora entendemos las glorias de Romanos 8 a base de la Cruz.

No hay la manera mejor de resumir el plan eterno de  reunir en Cristo los dos. En el Antiguo Testamento Dios lo escogió  por medio del Pacto Abrahámico y el Pacto Davídico, el remanente santo de Israel. Después de la Cruz Dios inauguró en el Día de Pentecostés la Iglesia de Cristo gentiles y  judíos, por medio del Mensaje de la Cruz. Los dos unió en Cristo a base de la Cruz, la obra magistral de Dios.


[1] John Stott, Romans: God’s Good News for the World (Downers Grove: Intervarsity Press),1994, pp. 246-260. (Un análisis excelente de estos versículos)

[2] Ibid, p.244.

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


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