En el Antiguo Testamento encontramos un versículo que sirve de monumento y recordatorio contra la maldad de la ingratitud: “Mas Ezequías no correspondió al bien que le había sido hecho, sino que se enalteció su corazón, y vino la ira contra él, y contra Judá y Jerusalén” (2 Crónicas 32:25). Este rey de Judá fue objeto de grandes privilegios de parte de Dios.
Fue él quien vio a Dios vencer al poderoso ejército asirio que con amenazas había rodeado todas las ciudades fortificadas de Judá. Debían rendirse sin ninguna condición ni oposición, por cuanto no había en ellos fuerza para guerrear contra Senaquerib y los suyos. En esa situación, Ezequías elevó a Dios una súplica que quedó registrada en las Escrituras: “Ahora pues, Jehová Dios nuestro, líbranos de su mano, para que todos los reinos de la tierra conozcan que sólo tú eres Jehová” (Isaías 37:20). ¿Y qué ocurrió en respuesta? Un ángel de Dios mató a 185 mil asirios en una noche, y Judá fue librada de la seria amenaza que se cernía sobre ellos.

Otro evento digno de ser mencionado fue la sanidad milagrosa de la que Ezequías fue objeto en Isaías 38. El Señor le había dado instrucciones para que ordenara su casa, pues era inminente que moriría (v. 1). Y fue así que una vez más, Ezequías suplicó a Dios que le prolongara la vida, y una vez más su oración fue oída en los cielos y le fueron otorgados quince años más de vida.

No obstante, con el paso del tiempo la gratitud y la alabanza que una vez estuvieron en sus labios, ya no se escuchaban más. Se enorgulleció y se comportó ostentosamente ante los demás. Por esto nos encontramos con las palabras que citamos al inicio. El cielo denunció su ingratitud, la cual quedó registrada como lección para todos nosotros hoy.

La gratitud es una virtud vital y esencial de la vida cristiana. No queremos decir con esto que somos salvos por ser agradecidos, sino que todo aquel que ha sido salvo por Dios quedará eternamente agradecido a Él. La ingratitud es catalogada como una de las características distintivas de aquellos que están entregados y vendidos al pecado (Rom. 1:21-32). Esta falta de agradecimiento fue la avenida que les condujo al descenso moral y al abandono completo de Dios. Comenzaron siendo ingratos y terminaron revolcándose en sus idolatrías y perversidades. Más aún, el apóstol Pablo enumera la ingratitud como uno de los grandes males de los días de apostasía de los últimos tiempos (2 Tim. 3:2). En Oseas 2:8, el Señor reprende a su pueblo porque “no reconoció que yo le daba el trigo, el vino y el aceite…”
Dios espera y exige que seamos agradecidos.

“Bendice, alma mía, a Jehová, Y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, Y no olvides ninguno de sus beneficios. El es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias;” (Salmos 103:1–4, RVR60)

Nuestro Señor Jesucristo fue agradecido (Juan 11:41; Mateo 11:25; Luc. 10:21). Pablo dio gracias (Rom. 1:8-9; 1 Cor. 1:4-9; Ef. 1:15-16; Col. 1:3-8; 1 Tes. 1:2-4; 2 Tes. 1:3; 2:13; 2 Tim. 1:3-5). De manera que ejemplo tenemos a imitar. Pero adicional a esto, tenemos en las Escrituras exhortaciones directas y expresas a la gratitud:

  • “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.” (Efesios 5:18–20)
  • “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.” (Fil. 4:6)
  • “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.” (Col. 3:17)
  • “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias.” (Col. 4:2)
  • “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.” (1 Tes. 5:18)
  • “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres.” (1 Tim. 2:1)

Alguien describió la gratitud como “la percepción de que alguien te ha dado algún bien que no mereces, la cual te hace sentir deudor ante esa persona y hace que ella se haga más querida.” Otro autor lo dijo en términos más poéticos: “La gratitud es la vibración de las cuerdas del corazón por el suave toque de la benevolencia de Dios.”

¿Qué nota predomina tu vida de oración? ¿Lo que pides o lo que agradeces? ¿No nos dice algo el hecho de que pasamos más tiempo suplicando que agradeciendo? Al orar, amado hermano, no te olvides de los beneficios del Señor y ora agradecidamente.

Quiero terminar esta reflexión citando las palabras de Samuel Davies:

“La misericordia ha sido derramada sobre ti por todos lados, y te ha seguido desde el inicio de tu existencia; misericordia rica, variada, repetida, ininterrumpida y gratuita. Las bendiciones de un cuerpo maravillosamente hecho, completo en todas sus partes y no monstruoso. Las bendiciones de un alma racional e inmortal, preservada en el ejercicio de la razón por tantos años, aun en medio de todos esos accidentes que la han destrozado en otros; un alma capaz del placer exaltado de la religión y del disfrute eterno del Dios bendito, el bien supremo.

La bendición de un mundo grande y espacioso, preparado y equipado para nuestra comodidad; iluminado con un sol ilustre y las muchas luminarias del cielo. La tierra enriquecida y adornada con árboles, vegetales y varios tipos de grano y animales para nuestro sostén y conveniencia. Y el mar, un medio de negocio amplio, un tesoro inextinguible de peces.

La bendición del cuidado temprano de padres y amigos para proveernos en los días de necesidad de la infancia, y para dirigirnos y frenarnos en los años locos y precipitados de la juventud. La bendición de no haber nacido entre salvajes, sino en un país civilizado.

La bendición de no ser una raza de esclavos bajo la tiranía de un gobierno arbitrario.

Permítanme enumerar también las bendiciones de una buena educación; buena, por lo menos comparada a muchas naciones primitivas de la tierra. La bendición de la salud por meses y años; la bendición de ropa adecuada para las diferentes épocas del año. La bendición de la lluvia y épocas fructíferas, de siembra y de cosecha; el reposo refrescante del sueño, y la actividad y disfrute de las horas en que estamos despiertos; las numerosas bendiciones de la vida social y las relaciones más tiernas; las bendiciones incluidas en los nombres tiernos de amigo, esposo, esposo o esposa, padre o hijo, hermano o hermana.

Las bendiciones de la paz; paz en medio de un país pacífico… bendiciones en cada época de la vida; en la infancia, en la juventud, en la madurez y en los días de la vejez… bendiciones personales y familiares, públicas y privadas, porque mientras tengamos aire para respirar, tierra que pisar o agua para saciar nuestra sed, debemos reconocer que no hemos sido dejados desamparados de bendiciones por parte de Dios.

De Dios fluyen originalmente todas estas bendiciones, y a Él somos deudores por ellas.”

Davies continúa mencionando peligros de los que hemos sido librados… durante años; cosas en las que muchos otros han perdido sus vidas o su salud. ¿Y qué si contamos nuestras bendiciones espirituales, como la salvación en Cristo, el crecimiento espiritual, la Biblia, una iglesia, la abundancia de libros cristianos, oportunidades de servicio, familiares piadosos, etc. Vuelvo a citar a Davies en este punto:

“Tengo casi temor de llevar tus pensamientos a preguntarte: ¿Qué acciones de gracias has devuelto por todos estos favores?… Tú sabes que has repetido mil veces la ofensa de Ezequías. No necesito dar detalles. Tu conciencia te acusa y te señala los detalles… ¡Oh, ingratitud! ¡Oh, vil, horrible, antinatural ingratitud sin precedentes! De ti Dios ha esperado mejores cosas… ¡Pero oh, terrible ingratitud! Este pensamiento debe quebrantar el corazón más duro entre nosotros” (Sermons of the Rev. Samuel Davies, Vol. 1, pp. 655ss).

Qué contraste tan grande existe entre la alarmante ingratitud de los hombres y la sorprendente bondad de Dios. “Gracias, oh Señor, por bendecir de tal manera a criaturas que no merecen la más mínima de tus misericordias. Gracias.”

Salvador Gomez Dickson

Autor: Salvador Gomez Dickson

Pastor en la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo y profesor de la Academia Ministerial Logos.


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