Romanos 8: 17-18

Introducción

A continuación en Romanos 8: 14, Pablo destaca el ministerio amplio del Espíritu Santo en el creyente que “hace morir las obras de la carne” (Romanos 8:13). De la fidelidad en ese andar crucificado con Cristo emanan las bendiciones incalculables: la guía del Espíritu en las palabras de Isaías 40: 3-5: “Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se manifestará la gloria de Jehová.” Lo profetizado se realiza ahora en la vida del creyente. Todo esto gira alrededor de las 20 referencias del ministerio del Espíritu en Romanos 8.

Otro horizonte que nos abre nuevas vistas espirituales es la intimidad y el privilegio de clamar a Dios: ¡Abba, Padre! Afuera el espíritu de esclavitud y temor, he aquí el espíritu de adopción, entrando en la plena posesión de  todo lo que Dios nos da.  En Romanos 8:15 “clamamos: ¡Abba, padre!” En Gálatas 4:6 Pablo cambia a quien clama: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba. Padre!” ¡Que harmonía de voz, tanto el creyente como el Espíritu! Todo estriba en una relación absolutamente segura e íntima de ser  hijos de Dios, nuestra nueva realidad.

Aún otro horizonte se nos abre, “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (8:16).  Desde lo más adentro  de nuestro ser, el espíritu renovado, ahora hecho sensible a ese guía confirma nuestra posición ante Dios. Los nuevos horizontes que siguen concretan la firmeza del creyente que anda crucificado con Cristo.  Pero Pablo va a dar otro paso que nos deja aun más pasmados.

Otro horizonte – heredero con Dios y coheredero con Cristo   Romanos 8: 17

Con la lógica incontrovertible Pablo nos llama hijos y como hijos herederos. En cierto sentido eso nos no sorprende  porque el hijo legítimo puede reclamar lo suyo en el cultura nuestra. Pero Pablo dice: “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (8:17). Por un momento trata tú de contemplar lo inmenso, lo imposible de que la criatura sea heredera con el creador, o aun más que el pecador perdonado se le dé  una posición al igual que el amado hijo de Dios. Incomprensible, inimaginable.  Pero el texto inspirado nos lo afirma, todo basado en el ministerio del Espíritu Santo activa en la vida del creyente, crucificado con Cristo.

En la misma oración en que Pablo afirma el ser hijo de Dios, heredero con Dios y coheredero con Cristo, nos sorprende por explicar lo que significa esto en la vida del creyente en este  mundo hostil. Hubiéramos pensado que siendo hijo de Dios y heredero de lo divino  que habríamos sido exentos de  sufrir. Pero la verdad es que el sufrir nos hace llegar a conocer a Dios de manera más profunda.

En lugar de quejarse uno, una reacción muy humana ante el sufrir no debemos preguntar: ¿Por qué a mí me toca este sufrir? Nos conviene aceptar en sumisión de corazón el andar con el Crucificado. En los  padecimientos de Dios y su amado hijo entramos en  la verdadera herencia de hijos. Por eso Pablo, lejos de quejarse sigue diciendo: “si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (8:17).

Aquí no cabe de ninguna manera la Teología de la Prosperidad que nos asegura de  los caprichos del egoísta. Nos salva Dios, no por ponernos prósperos sino hacernos más santos y humildes. Muy al contrario al movimiento, “Pare sufrir” que  trata de imposibilitar el sufrimiento en la vida del creyente. El hecho de estar en esta relación privilegiada con Dios, esa unión nos introduce al mismo corazón de Dios, el Dios que ha sufrido eternamente a favor nuestro.  Sólo conoceremos a Dios por entrar en los padecimientos de Cristo. De esa manera entramos en el lugar más santo, el santuario de Dios mismo.

Pablo responde con su anhelo más grande: “Y ciertamente, aun, estimo (calculo)  todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura (estiércol), para ganar a Cristo . . . a fin de conocerle,  en el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (Filipenses 3:8-10).

La grande pregunta    ¿Por qué sufre el hijo de Dios?

Por siglos esta pregunta ética ha confundido a los filósofos y teólogos de todas las religiones. Pero para todos los que preguntan el por qué ha sido meterse un callejón sin salida lógica. Pero la Biblia sola nos responde; quizá  no nos da la respuesta intelectual que deseamos tener sino que con la seguridad bendita que el futuro nos aguarda. Se nos manifestará la razón divina. Entretanto al creyente como hijo de Dios le dará una vislumbre de lo que le espera en su abundancia futura.

Cuando hablamos de los sufrimientos, debemos pensar primero en Dios mismo. ¿Quién ha sufrido más que él?  El concepto bíblico que nos pasma es que Dios mismo lo ideó lo que  le iba a costar mucho más caro que de lo que pudiéramos concebir, tanto al Padre como al Hijo mismo.

Al gritar desde la cruz Jesús clama: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34). Lo desconocido desde antes de la creación pasó en la Cruz. “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios . . .” (1 Pedro 3:18). “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

En breve, la participación – “koinonía” – de los padecimientos de Cristo (Filipenses 3:10) nos dan franca entrada en el “lugar más santo” compartiendo Dios verdaderamente su corazón, su amor, su dolor y nuestra glorificación futura. Tal conocimiento profundo de Dios no es alcanzado por ningún seminario, por ningún título académico, por ningún servicio en sí mismo. Sólo al entrar por fe y andar con el Crucificado se nos permite realizar lo supremo de ser heredero con Dios y coheredero con Cristo.

¿Qué tal los sufrimientos humanos?

No todos los sufrimientos humanos son los sufrimientos verdaderos que resultan en conocer más a nuestro Dios. Gálatas 6:7.8 nos advierte: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.” En dado caso que confesemos nuestro pecado y dejemos que Dios nos humille, tales consecuencias inevitables nos pueden servir para nuestro bien futuro. Dios nos las puede tornar aun en provecho y crecimiento; pero éstos no son los padecimientos de Cristo.

Los sufrimientos providenciales en las manos de Dios son los verdaderos sufrimientos que “nos ayudan a bien”, eco de lo cual viene anticipado en Romanos 8:28. Los sufrimientos que nos llegan al hacer la voluntad de Dios, sí que son los que Dios torna en la semejanza suya. Nuestro corazón empieza a latir al ritmo suyo. Puede haber todo tipo providencial de sufrimientos que redunde para la gloria de Dios.

Pensamos en los mártires y aquéllos en estos días en nuestro mundo que sufren injustamente por ser creyentes. En el mundo islámico es un crimen ser convertido a costo de la muerte. Muchos pagan el precio supremo. Pero tales sufrimientos serán recompensados ampliamente en el futuro. La mayoría de nosotros no hemos sufrido nada en comparación con éstos.

Hay los sufrimientos que vienen en el desempeño de algún ministerio en su bendita voluntad. Vale la pena leer la lista que Pablo nos da en 2 Corintios 11: 16-33; aquí un fragmento: “En trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se me agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién  enferma, y yo no enfermo? ¿A quién se le hace tropezar, y yo no me indigno? Si es necesario gloriarse, me gloriaré en lo que es de mi debilidad” (27 -30),  Esto es el “koinonía” de los padecimientos de Cristo.

La santificación de nuestros sufrimientos

Pablo introduce un concepto nuevo que santifica todo tipo de sufrimiento providencial y debe cambiar nuestro parecer frente a todo lo que Dios nos deja llegar. “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia” (Colosenses 1:24). Parece que Pablo se atreve a decir lo inimaginable, como si fueran insuficientes los sufrimientos de Cristo. Pero no, de ninguna manera, queda el misterio – algo todavía no plenamente revelado a nosotros – que los sufrimientos de uno en la voluntad de Dios repercuten en el beneficio, no tan sólo en la Cabeza, sino también en todo el Cuerpo de Cristo, la Iglesia Mística e Invisible.

Pablo subraya esta misma enseñanza que transforma totalmente nuestros padecimientos por Cristo en beneficio de otros. Es esta verdad que hace que Pablo dé principio a la única epístola que respira una doxología de pura gratitud. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación . . . Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. Pero si somos  atribulados es para vuestra consolación y salvación . . . .” (2 Corintios 1: 3, 5, 6).

En el mismo pasaje Pablo recurre a lo que dio ocasión de esta doxología. “Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que  no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (2 Corintios 1:8,9).

La frase clave que nos explica el cómo de la victoria en medio de los sufrimientos es “tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte.” Es una clara referencia a nuestra muerte con Cristo en la cruz, muertos al pecado y al viejo “yo”  y ya vivos para Dios en Cristo Jesús  (Romanos 6:6, mi versículo favorito). Tal es el mensaje de la Cruz, el secreto abierto que nos haga partícipes en los padecimientos de Cristo y así conocer más hondamente al Dios trino.

¿Qué es lo que hace que “no confiásemos en nosotros”? En los sufrimientos que Dios ordena nos vemos  como lo somos, como él nos ve en nosotros mismos, inútiles, orgullosos, incapaces de llevar la vida resucitada de Cristo  En morir y aceptar  por fe lo que Dios manda, proveemos al Espíritu el ambiente en que puede hace su obra, “haciéndonos morir las obras de  la carne” (8:13). Nos da la oportunidad bendita de morir a nuestro viejo  “yo” ya crucificado con él (Romanos 6:6).

Ahora entendemos el por qué de los sufrimientos nuestros en la voluntad de Dios. Son realmente  los mismos medios que Dios usa para que ministremos, no en el poder de nuestro intelecto y la energía de la carne sino en el poder del Mensaje de la Cruz.

Unas aplicaciones prácticas que nos animan

En los últimos meses tres fieles siervos de Dios, colegas míos, han tenido “sentencia de muerte” en sus cuerpos. Son pruebas providenciales. Es pastor y el aconsejado por tu servidor ya parapléjico levantó una iglesia hispana en Arizona. Dios los bendijo grandemente con conversiones y bautismos. Tuvo una lucha con cáncer y sufrió la quimioterapia; pero ya le volvió fuerte el cáncer y los médicos le dan poca esperanza de sobrevivir. Hace frente con sumisión a lo que Dios permite, pero difícil lo es. Lo recibe de las manos de Dios, pero tal actitud bendecirá el Cuerpo de Cristo, pase lo que pasare.

Otro graduado de SBRG, pastor fiel, se cayó y fracturó la cadera;  resultó en una diagnosis inesperada de cáncer en los huesos.  En plena salud otra “sentencia de muerte”. Pero Dios interviene y a ver lo que  resulte. Sin duda conocerá a Dios de una nueva perspectiva. Me escribió diciendo: “me siento como hombre renovado. Cuando empezó el sufrimiento, empezó a crecer la pequeña iglesia.” No es casualidad.

Otro  colega mío en pleno ministerio con nosotros fue diagnosticado de golpe con cáncer de los pulmones y le dan poca esperanza de vida.

Pablo había dicho: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos .  .  . de manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida” (2 Corintios 4 7-9, 12).

De ninguna manera éstos reciben castigo de parte de Dios. Al contrario, Dios los llama a una más profunda relación con el Crucificado y a nosotros lo mismo. Quedan en sus manos y sus ejemplos nos pueden servir de edificación y, sobre todo, la gloria de Dios. Les cuesta; no cabe duda, pero es la herencia a que el Crucificado nos llama como hijos de Dios. No sabemos cuándo nos toque algo semejante.

Amy Carmichael, una misionera irlandesa a la India (1867-1951), fundó una casa hogar  para hasta centenares de chicas rescatadas de los templos hindúes de una vida de abuso sexual. Ella era la dinámica y líder espiritual por más de cincuenta años. En plena bendición de su ministerio (1931), se cayó y fracturó la pierna y dislocó el tobillo.

Hicieron mucha oración para que Dios la sanase, pero Dios no la sanó. Así ella pasó los últimos 20 años confinada a su “recámara de  paz”. Sin embargo de allí ministró a sus colegas; escribió trece libros sobre el Mensaje de la Cruz que han ministrado bendiciones y exhortaciones a miles de  personas desahuciadas en todo el mundo. Dios se glorificó en ella más por su sufrir que su servir.

Para mí estos sufrimientos son providenciales que vienen de la mano amorosa de Dios. No  hay una explicación lógica, ni teológica del por qué. Pero en base de esta enseñanza libertadora, Dios  puede santificarnos los padecimientos de Cristo. O los puede sanar si es su voluntad o darles la gracia y las fuerzas de manifestar la imagen de Cristo o por muerte o por vida.

Pablo hizo frente a semejante situación de por muerte o por vida: “Porque sé que vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación, conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte (Filipenses 1:19,20).

Para mí es muy significativo que en el capítulo de la plena victoria, Romanos 8, el Espíritu nos introduce al honor de los padecimientos de Jesús en los cuales podemos participar. Es la verdadera victoria cuando en medio de la “sentencia de muerte” se manifestará la vida de Jesús.  Pablo había dicho: “Cuando llegué a Troas .  .  . no tuve reposo en mi espíritu . . . mas a Dios gracias, el cual  nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento” (2 Corintios 2:12,14).

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


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