Romanos 8: 1-13

Introducción

En Romanos 8, Pablo bajo la inspiración del Espíritu Santo cierra con broche de oro el ministerio de la Tercera Persona de la Trinidad en la vida del creyente. Su mensaje es desde “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo” (8:1) hasta no hay ninguna separación. “Por lo cual estoy seguro que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, no lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que está en Cristo Jesús Señor nuestro” (8:38,39). ¿Qué más pudiéramos querer tener?

Quisiera trazar el papel del Espíritu Santo en Romanos. Por mucho que nos sorprenda, sólo hay dos menciones explícitas del Espíritu antes de Romanos 8 donde aparece a lo menos unas veinte veces. Este hecho ha de ser significativo.  La primera vez es Romanos 5:5: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” una referencia paulina a la regeneración y la segunda vez está en Romanos 7:6 “Pero ahora  estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra”. Pablo anuncia aquí el papel del Espíritu Santo en la vida del creyente.

Antes de Romanos 8 Pablo destaca el medio de la fe como nuestra entrada en la salvación, el papel crítico en la vida del creyente. “El justo por la fe vivirá.” Ha sido su lema constante. Subraya que todo lo que nos corresponde es la fe, no las obras ni las luchas ni los esfuerzos.  Donde hay la fe, el Espíritu Santo allí mismo obra o sea implícita y explícitamente. Al fin y al cabo él es el Espíritu de Verdad (Juan 14: 17; 16-13); la verdad objetiva es la base de la fe salvadora. El Espíritu  de la verdad opera sobre la verdad objetiva – primero la verdad creída y obedecida y luego la obra manifiesta de Espíritu.

¡Qué  trayectoria desde la justificación hasta la glorificación!  Romanos 3:21 – 8:39

Nuestra nueva posición jurídica e irrevocable en pura gracia  Romanos 3:21-8:25

Quisiera a grandes rasgos trazar la obra maestra de Dios en Romanos. Después de una denuncia rotunda de los pecados y la naturaleza pecaminosa en 1:18-3:20, Pablo introduce  la nueva justicia, una nueva posición ante el Juez justo. Lo puede  hacer porque el juez mismo puso a su amado Hijo por propiciación por nuestros pecados (3:25). Sobre esa base jurídica el Juez declara ex cátedra que el “impío que cree” se goza de la misma justicia ante Dios que tiene su propio hijo Cristo.

Ésta es la maravilla de la gracia de Dios y el amor de Dios manifestados en el derramamiento de la sangre de Jesús. Esta “salvación tan grande” nos llega por medio de la fe, nada que pudimos aportar, nada menos que la fe que viene por la Palabra de Dios. Éste es el argumento de Romanos 4 con los ejemplos de Abraham y David con respecto a la justificación.

Una nueva mirada para atrás y para delante  Romanos 5:1- 8

Romanos 5:1-8 nos da una mirada para atrás y una para delante. Esto es clave. Se introducen las siete bendiciones de nuestro andar: “habiendo sido justificados” el punto de partida de la justificación. Nos resultan en: 1) la paz, 2) la entrada, 3) la firmeza en gracia, 4) la esperanza futura, 5) en la actualidad  la serie de pruebas que nos confirman la esperanza. Ahora viene el ápice de la condición nuestra: 6) el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, (7) “por el Espíritu Santo  que nos fue dado”, una  traducción más literal el Espíritu habiendo sido dado. Es un participio presente perfecto que indica algo definitivo que pasó en el pasado, pero cuya potencia sigue en pleno vigor.

Lo muy importante es tomar nota de que es la primera mención del Espíritu Santo después de la introducción de Romanos (1:4). Empieza el párrafo en 5:1 diciendo con respecto a la justificación, “habiendo sido justificados” y termina el párrafo de las siete bendiciones diciendo el “habiendo sido dado” Espíritu Santo. No se puede sacar otra conclusión de que el Espíritu nos fue dado en el mismo momento de nuestra justificación lo cual afirma también Romanos 8:9: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en  vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”.

El ministerio de la salvación personal en el Antiguo Testamento   una inferencia personal

Hago una inferencia muy fuerte. Según Génesis 15:6 “(Abraham) lo creyó a Jehová y le fue contado por justicia”. Pablo saca la misma conclusión con respecto a Abraham antes de la ley y David después de la ley (Romanos 4: 3,6). Para mí, la justificación o la salvación personal del Antiguo Testamento es precisamente como la del Nuevo Testamento, es decir, la esencia de la justificación/regeneración. Diferencias del llamado de Israel y el de la Iglesia las hay, pero tienen su base común en la salvación personal a través de aquel que había de venir. ¿Quién puede dudar de la salvación personal de Abraham, David, Enoc, Daniel?

Hay diferencias de función y ministerio entre Israel en el AT y la iglesia en el N T, pero tantos los del Antiguo como los de Nuevo se gozaban del mismo Espíritu, el habiendo sido dado en la justificación. De otro modo tenemos dos salvaciones que no puede haber o tenemos una salvación inferior y otra superior. Hebreos 11, sin embargo, no permite tal cosa. Hay que guardar las diferencias en el llamado de Israel y el de  la Iglesia a partir de Hechos 2, pero no debemos confundirnos en cuanto a la salvación personal por la fe.

Antes de la Cruz  y la resurrección todo esto no pudo haberse entendido en al AT. Cristo no había venido y la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, no existía en aquel tiempo. Pero la salvación personal viene primero y luego el desenvolvimiento de la historia salvífica a través de la Cruz. No puede haber existido la misma espiritualidad de los santos del AT y del NT sin la presencia y la morada del Espíritu Santo, en el AT implícita, en el NT explícita.

No cabe duda de que después de la Cruz gozamos de los privilegios del conocimiento histórico que los del AT no tenían. “Y todos éstos, aunque  alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen perfeccionados aparte de nosotros (Hebreos 11:39,40).

Nuestra nueva posición frente al Primer Adán y el Postrer Adán   Romanos 5:9-21

Pablo nos dio una vislumbre del nuestro glorioso futuro andar en 5:1-8. Vuelve a tratar a fondo la triste realidad del origen del mal en el ser humano. El cáncer del pecado Dios no lo iba a curar ligeramente. En el Primer Adán morimos en pecado; pero en el Postrer Adán morimos al pecado. ¡Qué diferencia tan tremenda!¿Quién va a dudar  que nazcamos en pecado?  La naturaleza humana se contagió en el pecado del Primer Adán, cabeza de la raza humana.

Sin entrar en detalles Pablo presenta cinco veces el MUCHO MÁS en nuestra nueva Cabeza, Cristo  (5: 9,10, 15.17. 20). En la regeneración, la cual Pablo no destaca con la misma precisión como el apóstol Juan, Dios imparte la nueva naturaleza de Cristo. Esto es el renacer de Juan 3. El argumento convincente es que estuvimos en Adán cuando pecó y la evidencia es abrumadora. Del mismo modo morimos al pecado en Cristo, en nuestra nueva cabeza; morimos en su muerte a la naturaleza que ya no nos gobierna como antes. Ya estamos listos a entrar en Romanos 6.

Nuestra nueva posición, muertos al pecado, trae otro andar libertador  Romanos 6: 1-23

Ya llegamos a lo crítico, lo indispensable.  No hay pregunta más directa y perturbadora que “Perseveraremos en el pecado  para que la gracias abunde?” Sería escandaloso decir que sí. Además Pablo agregar: “De ninguna manera. Porque los que morimos al pecado, ¿Cómo  viviremos en él? Ante Dios lo ve Pablo como algo inimaginable. Luego presenta claramente el análisis de esta posición nueva en 6: 2-5 y la síntesis en 6:6, mi versículo favorito: “Sabiendo/conociendo esto, que nuestro viejo hombre fue co crucificado con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido (“katargeo”, rendido nulo e inútil, desmantelado), para que no sirvamos más el pecado”.

No cabe duda alguna de que esta verdad, nuestra muerte representativa en el Postrer Adán presentada en Romanos 5:9-21, es el eje, el punto de partida y meollo, el objeto de nuestra fe. Llamamos esto nuestra identificación con Cristo. Estamos unidos a Cristo que también en otro aspecto murió al pecado (6:10) y de igual manera nos contamos muertos y vivos según los cinco pasos creídos y escogidos (6:11-14), Estos pasos dado en fe nos conducen a nuestra participación en Cristo.

Nuestra  unión con Cristo resulta en un nuevo querer bajo el Espíritu Santo Romanos 7:1-6

En esta analogía del matrimonio con Cristo Dios nos abre un nuevo horizonte, una verdadera participación práctica. “Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios” (7:4). El nuevo avance espiritual es que morimos al pecado en esa muerte representativa y ahora muertos a la ley como el medio de entrar en la vida victoriosa. El Espíritu Santo es ahora es la persona que realiza en nosotros la verdadera victoria ganada en la Cruz.

Pero  todavía  queda algo que aclarar. Tal unión no será realizada por nuestras luchas bajo las demandas de la ley sino sólo por una profunda humillación y quebrantamiento de nuestro “yo”.

La ley provoca la carne y resulta el fracaso del creyente  Romanos 7: 7-24

Por tres pasos para abajo Pablo se da cuenta de su profunda derrota: 1) “por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso” (13);  2) “yo sé  que en mí, esto es, en mi carne no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (18) y 3) finalmente llegando al nadir “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (24). Por fin Pablo se da cuenta que la ley, es decir, sus esfuerzos por obedecer a la ley, nunca le darán la victoria. Queda rendido, se da por vencido por primera vez  listo a mirar hacia la cruz y tomar su posición con Cristo ya muerto a la ley y muerto al pecado a la vez.

La nueva realización por fe y la toma de nuestra posición con Cristo suelta al Espíritu  Romanos 8:1-4

Nos sorprende mucho que del nadir del fracaso exalta Pablo: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (7:25). Debió haber puesto su fe, no en sus esfuerzos sino en su nueva posición muerto a sus males. Precisamente en ese momento el Espíritu Santo actúa y no hay más condenación de ningún tipo. Sigue la razón – la presencia bendita del Espíritu ya listo a infundir el cómo de la victoria. “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me libró (aoristo) de la ley del pecado y de la muerte” (8:2).

Sigue Pablo en resumidas cuentas devolviéndonos al Mensaje de la Cruz (8:3). Dios condenó la ley del pecado y de la muerte de su Hijo (Romanos 6:6). Ya lo hizo todo. Nos queda sólo dejar de confiar en nosotros mismos y tomar muy a pecho lo realizado en la Cruz.  Nuestra fe sencilla en lo que la Palabra afirma suelta al Espíritu para que  él haga lo que sólo él puede hacer, darnos la victoria.

Otra vez donde opera primero la fe y la sumisión nuestra al veredicto de la cruz, precisamente allí mismo opera el Espíritu Santo. El Espíritu de Cristo es nuestra victoria momento tras momento.

Un paréntesis  las dos modus operandi – la carne y el Espíritu son incompatibles  Romanos 8:5-11

Pablo vuelve a tratar los dos modus operandi (8:5-8) en el incrédulo y el creyente – contrastes muy agudos. Así vive el incrédulo bajo la tiranía de mal. El creyente se mueve en otro ambiente totalmente diferente. Tal es su posición firme en Cristo. Si vuelve a ponerse bajo la ley por un tiempo sufre la anomalía de la derrota temporaria (7:7-24). Pero su posición firme es otra.

Responde Pablo con una declaración categórica:Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (8:9). No hay nada más claro.  El Espíritu disponible al creyente por fe es la garantía divina de la victoria. El cuerpo puede llevar el potencial de debilidad y muerte, pero la resurrección de Cristo es la respuesta definitiva a tal hecho.

Sigue esta tremenda confianza: “Y si (ya que) el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (8:11). El milagro de la resurrección de Cristo es la comprobación positiva de que Dios conquistó, no tan sólo la ley del pecado sino también la ley de la muerte, una doble victoria que nos extiende la plena confianza en unión con Cristo.

La conclusión definitiva de esa gloriosa trayectoria   Romanos 8: 12,13

Por fin hemos llegado a cierta conclusión en estos dos versículos. Es cierto que sigue a continuación el resto de Romanos 8,  pero es más bien el ministerio del Espíritu que vive en el creyente llevándole a su glorificación y triunfo final.

Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivíamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (8:12,13).En este resumen llega a las conclusiones. Somos deudores, siempre deudores a Dios y a la santidad porque Dios a gran precio ha hecho todo lo posible declarándonos justos y por el Espíritu y elaborando en nosotros la misma vida de Cristo.  El creyente no tiene otro llamado. Dios no nos ha dado meramente un pasaporte al cielo. Quiere forjar en nosotros la misma vida resucitada de su amando hijo. ¡Que sea éste nuestro anhelo siempre!

Recurre a los dos modus operandi, no para sugerir que la carne nos corresponda. Antes había dicho rotundamente: “Mas vosotros no vivís según la carne . . . ” Al contrario menciona la carne para alejarnos definitivamente y para siempre  de cualquier rumbo hacia la carne. Lo que nos urge es lograr lo que Dios en gracia nos ha provisto de tal manera que ni nos parezca otra cosa semejante.

En versículo 13 Dios nos da el perfecto balance entre la parte divina y la nuestra. El orden es clave y es siempre lo que ha sido. Primero es Dios. “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5: 18). Pero habiéndolo dicho sigue la parte nuestra – exclusivamente por la fe, tomando nuestra posición con él en muerte al pecado (Romanos 6:6), muerte a la ley o nuestras luchas (7:4.6), muerte al mundo (Gálatas 6:13). “El justo por la vivirá” (Habacuc 2:4).

Toma nota del orden: “. . . mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis”. Esto lo podemos hacer sólo por el Espíritu. Es el que da las fuerzas en base de nuestra fe. Pablo combina estas dos energías: “. . .ocupaos en vuestra  salvación con temor y temblor porque Dios es el que en nosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Filipenses 2:12,13).

Un Testimonio personal

Si me permite un testimonio personal. En mi primer año en Prairie Bible Institute (1946) hubo  un avivamiento que mucho me impactó mi vida. El conferencista habló de la persona y la obra del Espíritu Santo. Yo había venido leyendo los escritos de Andrés Murray. Me decía que debemos honrar y venerar al Espíritu Santo con una persona divina. En su debido ministerio de realizar en nosotros la vida de Cristo, debemos tratarlo como lo es, una persona divina. Nos toca reconocer su persona, su obra y recibirlo por pura fe en una nueva sumisión a Cristo.

Di ese paso y desde ese trato con Dios y en una nueva muerte a mi persona, el Espíritu Santo empezó a obrar de manera más palpable. No hubo ninguna señal, ni buscaba una sino sólo una más profundo sometimiento a la voluntad de Dios. En esos días empecé a reconocer los dones que me había dado, los cuales he ejercido desde ese tiempo para su gloria

Mi vida  espiritual cobró un nuevo color, nada espectacular. Si Romanos 8 nos enseña algo, nos enseña que el Espíritu opera donde dejemos que la cruz opere en nosotros. Opera él en ese orden, primera la Cruz y luego la fe que recibe lo dado en gracia. Que Dios nos lo conceda para la gloria de Cristo.

Tuyo en el Mensaje de la Cruz,

G. Ernesto Johnson

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


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