Permítanme expresar sólo una palabra de advertencia aquí. Cuando afirmamos que Cristo recibe a los pecadores, todos dicen: “Bien, yo soy un pecador.” Es una prueba curiosa de que la gente no sabe qué es ser un pecador, pues de otra forma, no estarían tan dispuestos a admitir que están incluidos en esa clase. Si yo le dijera a cualquiera que me encontrara: “tú eres un criminal”, casi invariablemente replicaría: “no, amigo, no lo soy”. Pero la única diferencia entre ser un criminal y ser un pecador es que el pecador es el peor de los dos. Un criminal es una persona que ofende contra las leyes de los hombres y “un pecador” es un término teológico que significa: uno que ofende contra las leyes de Dios. La gente dice: “ser criminales; ¡oh, qué horrible! Pero, ser pecadores; bien, todos somos pecadores”; no parecieran pensar nada acerca de esa terrible verdad. ¡Ah!, pero a menos que la gracia de Dios los cambie, el día vendrá en que pensarán que hubiera sido mejor ser una rana, un sapo, una víbora, o cualquier otra criatura, en lugar de haber sido un pecador; pues, después de la palabra “demonio”, no hay otra palabra de contenido más terrible como esa palabra: “pecador”. “Un pecador” quiere decir alguien a quien no le importa Dios para nada, alguien que quebranta las leyes de Dios, que desprecia la misericordia de Dios, y que, si continúa siendo lo que es, tendrá que soportar la ira de Dios como un castigo por su pecado.

Sin embargo, estas son las personas que Cristo está dispuesto a recibir. Por tanto, ninguno de ustedes podría decir, si pereciera, que perece porque Él no quiso recibirlo. “¡Oh, pero!”, -dirás tú- “Él nunca recibiría a alguien como yo.” ¿Cómo sabes eso? ¿Le has probado alguna vez? No hay ningún pecador, ni siquiera en el propio infierno, que se atreva a decir jamás que se acercó a Jesús, pero que Jesús rehusó recibirle. No hay un alma perdida en el hoyo profundo, que pudiera mirar hacia Dios, y decirle justamente: “Grandioso Dios, yo pedí misericordia por medio de la preciosa sangre de Jesús, pero Tú dijiste: ‘No te la concederé a ti’.” No, eso no podrá ser nunca; ni en la tierra, ni en el infierno, habrá un alma jamás que hubiera confiado en Cristo para perecer después. Tú dices que Cristo no te salvará, así que te pregunto de nuevo: ¿Le has probado alguna vez? ¿Le diste alguna vez una oportunidad? ¿Le dijiste alguna vez, estando de rodillas, consciente de tu condición perdida: “Jesús, sálvame porque perezco”? Tú estás espiritualmente ciego; ¿le dijiste alguna vez: “Hijo de David, ten misericordia de mí”? ¿Clamaste a Él, una y otra vez, y acaso te dio la espalda, y permitió que continuaras en las tinieblas? Leproso, tu eres repulsivo a Su vista en razón de tu pecado; pero ¿le dijiste alguna vez: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”? No, tú sabes que no lo has hecho, aunque a menudo has resuelto que lo harías. Bajo la influencia de un sermón sincero, tú has dicho: “voy a buscar al Señor”; pero cuando saliste de la casa de oración, algún compañero ocioso se reunió contigo, y pronto olvidaste todo lo concerniente a tu buena resolución. Pero déjame decirte ahora que a pesar de todos los años en que has oído el Evangelio en vano, si el Espíritu Santo te moviera incluso ahora a confesar tu pecado a Jesús, y a decirle: “Hijo de David, ten misericordia de mí; pongo los asuntos de mi alma en Tus manos a partir de este momento”; pecador, Él te salvará. Si no lo hiciera, entonces yo perecería contigo, pues esta es toda nuestra esperanza: que Jesús murió para salvar a los perdidos; y si pudiera perecer un alma que mirara con fe a Sus heridas, entonces todos deben perecer, y el abismo deberá tragar a toda la familia de Dios comprada con sangre. Pero eso no puede suceder nunca.
C. H. Spurgeon – sermón #2889

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Allan Román

Autor: Allan Román

Tiene un Certificado de Teología de Spurgeon’s College, Londres y traduce: www.spurgeon.com.mx



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