¿Cómo podemos entender el juicio divino?[1]

Este capítulo nos plantea dos temas teológicos que merecen más comentario. El primero es el del juicio final, el tener que rendir cuentas ante Dios por nuestra vida. El segundo tema espinoso es el de castigo eterno, como veredicto del juicio y consecuencia de lo que hemos sido y hecho. ¿Por qué va a juzgar Dios a vivos y muertos? ¿Cómo puede un Dios de amor castigar eternamente a sus propias criaturas? ¿No son suficientes los sufrimientos de esta vida, sin agregar el infierno después de la muerte? ¿Sería mayor el amor de Dios si no juzgara a nadie? Estas preguntas y otras parecidas nos piden alguna respuesta, si vamos a dar razón de nuestra esperanza en Cristo (1P 3:15).

Juicio final significa responsabilidad. La palabra “juicio”, y su verbo correspondiente, “juzgar”, traen connotaciones negativas. O nos hace pensar en procesos jurídicos, como si fuéramos criminales, o en moralismos de fariseos que desde la altura sublime de su santidad juzgan y condenan a los miserables pecadores ahí abajo. ¿Por qué tiene que juzgarnos Dios, y eso después de la muerte? ¿No basta el juicio de la sociedad y la historia? ¿No es suficiente, para la moralidad, el juicio de la misma conciencia de cada uno?

San Pablo dice que los gentiles, que no tienen la ley de Moisés, “llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan” (Ro 2:15; cf. 14:22-23). La conciencia es un aspecto de la imagen de Dios en los seres humanos, pero la experiencia y la historia muestran que no es infalible. Muchas veces la conciencia excusa lo malo (p.ej. con racionalizaciones) o condena lo que no es malo (p.ej. muchos tabúes). Lo mismo, y peor, se aplica a la conciencia colectiva de la sociedad. Las naciones más avanzadas y sofisticadas, y hasta “cristianas”, han cometido los peores crímenes imaginables, con la conciencia tranquila.

Este problema tiene sus raíces en el huerto de Edén. La mejor interpretación del “árbol del conocimiento del bien y del mal” (que no tiene nada que ver con las manzanas, ni mucho menos con el sexo) es como el derecho de definir los valores éticos totalmente independiente de Dios, con un desafiante “¿Ha dicho Dios?”.[2] Así entendido, la desobediencia de Adán y Eva representaba una pretensión de afirmar su propia “autonomía axiológica”, el poder determinar los valores (el bien y el mal) a espaldas de Dios y su voluntad. En la ética se suele distinguir heteronomía, autonomía y teonomía (Tillich). En la heteronomía, los demás imponen sus criterios sobre las personas; el grupo decide y todos se someten. Este es un mal bastante común en grupos religiosos legalistas. En la autonomía, fuertemente defendido por Emanuel Kant, cada persona debe forjar sus propios valores y ser responsable por su propia vida. Frente al conformismo de la heteronomía, ese es un bien moral indispensable.[3] Pero la autonomía puede convertirse en rebeldía contra Dios y contra el bien. Nuestra autonomía, legítimamente rebelde contra la heteronomía, es también falible, sujeta al pecado, y necesita una referencia trascendental que es la voluntad de Dios. Esa referencia trascendental, de última instancia, se llama “juicio final”.

Platón, en el segundo libro de La República, plantea una parábola iluminadora, de un tal Gyges, humilde pastor de las ovejas del rey de Lidia. Un día hubo un terremoto y la tierra se abrió en una cueva misteriosa. Cueva adentro, Gyges encontró un cadáver con un anillo que él se llevó. Después, accidentalmente dio vuelta al anillo hacia adentro de su mano, y para su sorpresa él se hizo invisible. Aunque siempre había sido una persona muy honrada, ahora, con este nuevo poder mágico, se convirtió en un gran ladrón con total impunidad. Por supuesto, murió riquísimo y muy feliz. Entonces Platón plantea la pregunta fundamental: ¿Por qué debe ser bueno Gyges? Si Gyges no tiene razón de ser honrado, entonces la ética tampoco tiene fundamento ni sentido para nadie. Por eso, propone Platón, tiene que haber un juicio después de la muerte, puesto que la justicia no se realiza en esta vida.[4]

Emanuel Kant afirmó esencialmente lo mismo, y por razones similares. Después de refutar, en su Crítica de la Razón Pura, los argumentos de la existencia de Dios, en un segundo tomo, Crítica de la Razón Práctica, Kant planteó un argumento parecido al de Platón. Aunque la razón pura no puede comprobar que Dios existe, argumentó, la moralidad no tiene base en la experiencia humana sin un juicio final. Por eso, la vida moral requiere que postulemos la existencia de Dios y su ley, la inmortalidad del alma y el juicio final. Esa postulación es necesaria para que la vida moral tenga base y sentido.

Así entendido, el juicio final no es un capricho arbitrario de Dios sino es la base de nuestra ética y nuestra libertad, como personas y como comunidad.[5] Porque me considero responsable ante Dios, nadie más puede ejercer autoridad absoluta sobre mi conciencia.[6] El juicio de Dios es el fundamento de la estructura moral del universo y de una verdadera libertad.

Castigo eterno significa justicia: El Apocalipsis no sólo anuncia el castigo eterno de los impíos, sino que lo describe varias veces como “ira”[7] y como “venganza” (Ap 6:10; 19:2). ¿No son pecado esas actitudes? ¿Cómo puede un Dios de amor condenar a un castigo eterno a sus propias criaturas, a quienes él ha dado la vida? ¿No sería posible un juicio divino, algo así como el examen final de un curso académico, pero sin castigo eterno y pena de muerte?

Comencemos con unas aclaraciones. Cuando hablamos de la “ira” de Dios, igual que cuando hablamos de su amor, estamos describiendo a Dios con emociones humanas, con lo que se conoce como “antropomorifismo”. Pero Dios ama y se aíra a su manera divina, sin los defectos y errores del amor y de la ira humanos.[8] Tanto su ira y su venganza tienen un sentido judicial, no emocional. En segundo lugar hay que clarificar el adjetivo “eterno”. En el hebreo no existe esa palabra, por lo que tenían que decir variantes de “por los siglos de los siglos” (cf. Ap 14:11). La palabra “eterno” existe en el griego y aparece en el N.T., pero entendido normalmente con una mentalidad hebrea. Puede tener tres significados distintos: sin principio ni fin (Dios); segundo, con principio pero sin fin (vida eterna de fieles) o con principio y también con fin (el sábado y aspectos del A.T. que son “por los siglos” pero han terminado). De Juan 5:28-29 y otros pasajes queda claro que el juicio de todos y la condena de los desobedientes es después de la muerte (“saldrán de sus sepulcros”), y en ese sentido es “castigo eterno”, pero el adjetivo no significa necesariamente que el castigo sea “sin fin”. Otros pasajes y otros argumentos tendrán que determinar eso.

Tres ideas muy importantes corren entretejidas por el pensamiento bíblico: la justicia, la justificación y el juicio.[9] Que el Dios de la Biblia es justo y exige justicia, es un tema omnipresente como una obligación incondicional de la que nadie se escapa. Yahvé, el Dios de la justicia, es por su propia naturaleza el Defensor de las viudas, los huérfanos, y los forasteros, y de su pueblo cuando es oprimido.[10] Dios juzgaba y castigaba aun las atrocidades (violaciones de derechos humanos; crímenes contra la humanidad) que ocurrían entre dos naciones extranjeras, que no afectaban directamente a Israel (Am 1:3-2:5). Por todo eso, no sorprende que la enseñanza bíblica del juicio divino no comience con conceptos individuales de juicios morales (que también tienen su lugar), sino con la esperanza de la acción liberadora de Dios a favor de su pueblo oprimido. Después, cuando creció la injusticia y la corrupción dentro del mismo Israel, Dios juzga y castiga a su propio pueblo, primero del norte (Samaria) y después del sur (Jerusalén). Todo esto se mantiene en el N.T., aunque crece el énfasis en el juicio personal.

En su novela, El Gran Divorcio, C.S. Lewis afirma que Dios no manda a nadie al infierno sino que ratifica a cada uno el destino que él o ella siempre había escogido. En esa novela, cuando los muertos llegan al infierno, Satanás les ofrece primero un tour del cielo para ver si les gusta más. Pero ni les agrada el sitio ni la gente que encuentran ahí y hagan fila para volver al infierno. Ellos siempre habían dicho a Dios, “Hágase mi voluntad y no la tuya”, y ahora Dios les dice a cada uno de ellos, “Hágase tu voluntad y no la mía”. Como afirma Caird (1966:260), “la desobediencia humana puede resultar al fin impregnable a los asaltos del amor. Para esas personas, la presencia de Dios sólo puede ser un horror del cual ellos, así como la tierra de que fueron habitantes, tienen que huir”.

La enseñanza bíblica del juicio final va contra los inicuos (especialmente los opresores) pero también, sobre todo en el N.T, contra los falsos “cristianos”, que confían presuntuosamente en sus credenciales espirituales. Se creen salvos, y a lo mejor los demás los consideran salvos, pero no hacen la voluntad de Dios. Cristo sabe que, a pesar de todas las apariencias, ellos no son sus discípulos. Por eso, el día del juicio se describe como un día de grandes sorpresas. Los que decían “Señor, Señor” no dudaban de su salvación pero se llevaron la sorpresa más grande al encontrarse con el Señor (Mt 7:21-23). En Mateo 25, tanto los justos como los injustos se sorprenden totalmente por el veredicto (Mt 25:37,44). Los justos no presumían de su salvación, y los injustos nunca dudaban de ella. El juicio final será la hora de la verdad, llena de sorpresas.

Los que nos llamamos cristianos y evangélicos debemos dejar desde ahora que Cristo nos examine:

Me llaman Maestro y no me escuchan,

me llaman Luz y no me miran,

me llaman Camino y no me siguen,

me llaman Vida y no me viven,

me llaman Sabio y no me aprenden,

me llaman Justo y no me temen,

me llaman Señor y no me obedecen,

si yo los condeno no me reclamen.

¡El juicio final debe comenzar ahora en el corazón de cada uno de nosotros! Es un llamado a la responsabilidad y el discipulado radical.

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[1] Este texto es un inciso del Tomo IV del comentario de Apoc. Para mayor detalle sobre el tema, puede consultarse “El Juicio Final” (Stam 2001:59-76; 1999:57-73).

[2] Entiendo así la interpretación que sugiere Emil Brunner en Man in Revolt. Es significativo también que este árbol, junto con el de la vida, aparece en el centro del paraíso. Cuando Dios y su voluntad ocupan el lugar central en nuestra vida y en la sociedad, fluye la bendición (“de todos los árboles pueden comer”; cf. Ap 22:1-2). Cuando nosotros queremos desplazar a Dios, el resultado es el paraíso perdido.

[3] Eso se expresa en la popular canción de Frank Sinatra, “A mi manera” (“I did it my way”). Frente a la heteronomía, ese es un valor innegable (cf. Mt 22:16). Pero “mi manera” puede estar equivocada; supongo que Hitler también hizo las cosas “a su manera”. La teonomía no anula la autonomía sino busca alinearla con la buena y perfecta voluntad de Dios, que es nuestra libertad y nuestro bien (Ro 12:1-2; Mt 26:39). Entiendo así la interpretación de Karl Barth, especialmente sobre el pecado como la “imposible posibilidad” (autonomía sin teonomía).

[4] Como le es típico, Platón expone estos argumentos no directamente sino por medio de los participantes en un diálogo. Pero queda claro cuál es su opinión, que aparece también en otros escritos suyos.

[5] Si recordamos que muchos cristianos fueron llevados ante los magistrados y acusados ante los tribunales del imperio (Mt 10:17-22), afirmar otro juicio superior, que condenará al imperio y vindicará a sus víctimas, representaba un acto de subversión (cf. Boring 1989:211b)

[6] “Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios…no puedo ni quiero retractar nada, porque ir contra la conciencia es tan peligroso como errado” (Martín Lutero, Dieta de Worms, 1521).

[7] Ap 6:16-17; 11:18; 14:10,19; 15:1,7; 16:1,19; 19:15.

[8] Algunos teólogos clásicos hablan de la “emoción sin conmoción ni desproporción” de Dios.

[9] En Ro 3:24-26, Pablo presenta la cruz como la justificación de Dios mismo por justificarnos a nosotros, “para que él sea el justo, y el que justifica…”

[10] Ver “En la Biblia, la justicia no es neutral, ni debe serlo” bajo la exposición de Ap 19:11 (también en juanstam.com, 7 de junio 2009).

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Para un estudio más profundo del Libro de Apocalipsis consulte el libro El Apocalipsis de Juan por Ricardo Foulkes

Juan Stam

Autor: Juan Stam

Teólogo Costaricense y autor de Las Buenas Nuevas de la Creación. El profesor Stam también es conferencista. Ver su sitio personal.


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