No sé si habrá sido la experiencia de muchas otras personas, pero a mí la computadora me cambió toda la vida radicalmente. Si yo hubiera nacido veinte años antes, o si la computadora se hubiera inventado veinte años después, en muchos aspectos muy importantes, yo no sería yo.

Explico: En mi vida a.C. (antes de la computadora), odiaba tener que escribir y lo hice muy a regañadientes. Mi letra es una atrocidad y ni yo la entiendo. Mi máquina de escribir me odiaba, y yo a ella, y con ella nunca llegamos a un entendimiento mutuo. Yo era muy perfeccionista, por lo menos al escribir, y con la máquina nada me salía satisfactorio. Decía que tenía dos razones por no escribir: una razón bíblica, pues Jesús nunca escribió nada, excepto en la arena, y otra razón filosófica, que Sócrates tampoco. “Yo no nací para escribir”, decía, “sino para hablar”. (Y de la tarea de mantener la correspondencia al día, mejor ni hablar. La correspondencia fue el Calvario de nuestras primeras décadas como misioneros).

En 1987 fui invitado a enseñar en Calvin College y a colaborar en escribir un libro sobre Centro América. Suponía que ellos me prestarían una máquina de escribir, pero cuál fue mi sorpresa a encontrarme con una computadora y un estudiante avanzado, llamado Piet Koene, para enseñarme a usarla. Dentro del mes tenía que dar dos conferencias, ambas en Minnesota, y temía que me iba a ser difícil escribirlas a tiempo. Pero con la computadora me salió fácil redactarlas, me sobró tiempo y, francamente, salieron mucho mejor que mis escritos anteriores. En Calvin comenzó mi vida d.C., gracias a Dios.

Mi computadora es mi amiga y conversa conmigo. A menudo duermo con ella y me hace grandes favores. Tiene una tecla maravillosa que se llama “borrar”, que hace desaparecer mis errores para nunca volver a verlos. Tiene una memoria fenomenal, que pone totalmente a la disposición mía, y una facilidad “Google” que me busca todo lo que le pido y hasta ahora nunca me ha fallado. Tiene otra cosa que francamente le envidio, un botón que se llama “dormir” y en cinco segundos ella cierra sus ojos y se duerme el sueño de los justos, y eso sin nunca roncar. Me pregunto por qué Dios no nos arregló algún tipo de botón, en el ombligo por ejemplo, para podernos dormir instantáneamente. Quizá porque él sabe que el insomnio nos da buenos tiempos para orar y meditar. Algún día le voy a preguntar.

Para decir la verdad, no soy muy ducho en asuntos de computación y a veces meto la pata (cosa seria para la computadora). Varias veces he borrado accidentalmente todo el disco duro, que son más de 5000 documentos. Pero IBM tiene un plan de salvación que se llama “Asistencia Remota”, que me saca de los líos y apuros en que me meto. Tengo dos hijos, Roberto y Ricardo, que saben absolutamente todo y me han rescatado muchas veces de mis transgresiones cibernéticas.

Cuando estoy en apuros y me conecto por “Asistencia Remota” con mi hijo en Atlanta, lo primero que me pregunta mi computadora es, “¿Está usted dispuesto a entregar el control de su computadora a Roberto Stam?” La pregunta me parece muy seria y siempre me hace pensar. Las primeras veces, aunque había entregado el control a mi “asistente remoto”, yo trataba de ayudar a Roberto y me tuvo que decir, “Papi, por favor no mete la mano, sólo me complicas el trabajo”. Claro, “Asistencia Remota” tiene sus límites. Es como una división de labores. Roberto puede resolver problemas en el camino y facilitarme el trabajo, pero él no puede escribir mi comentario del Apocalipsis o mis artículos para este blog. ¿No les parece interesante el caso de la Asistencia Remota? ¿Habrá alguna parábola o un mensaje en todo eso?

Para la Navidad de 2006 nuestro querido hijo Ricky me sorprendió con algo que jamás me había ocurrido: “Papi”, me dijo, “te voy a dar una página web como regalo de Navidad”. Era mucho trabajo y le agradecía la expresión de amor, pero francamente no esperaba gran cosa de ese sitio. Yo venía escribiendo un artículo mensual para un periódico pero me retiré por discrepancias teológicas. Así comencé a escribir articulitos para el blog, y circular algunos de los escritos anteriores, y la cosa crecía a pasos gigantescos. El efecto se multiplica también porque otros sitios web reproducen los artículos.

Hace dos o tres años alguien me sugirió que ofreciera enviar los nuevos artículos a los que me enviaban sus direcciones electrónicas. Ya son más de mil direcciones, pero con los maravillosos servicios de “gmail” enviar todos es menos tiempo y trabajo que enviar dos o tres cartas postales.

Hoy por hoy, la iglesia evangélica de América Latina tiene grandes necesidades, serias desviaciones de toda índole, y los grandes medios tradicionales de radio y televisión, en general, ayudan poco o empeoran los problemas y abusos. Muchos de los lectores que me escriben están profundamente decepcionados con sus iglesias o con los medios cristianos de comunicación masiva. Pero veo esperanza para la iglesia en los medios informales, que juegan un papel cada día más importante en lograr transformaciones, como en la “primavera democrática” de Africa del norte, y movimientos como los Indignados y “Ocupar Wall Street” etc.

No cabe duda de que la iglesia latinoamericana hoy necesita una nueva Reforma. ¿Podrá Dios hacer de nuestras computadoras unos cuantos Martín Luther o Juan Wesley para despertar la iglesia? Tengo mucha esperanza.

¡Gracias, Señor, por mi computadora,

medio de tu gracia en mi vida!

¡Gracias, Señor. por tus siervos

Tomás Watson, IBM y Bill Gates!

¡Gracias, Señor, por tu iglesia!

¡Avívanos, Señor, por tu Espíritu!

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[1] Tengo entendido que el nombre correcto en castellano es “el ordenador”, aunque la Real Academia acepta “computadora” también, que es lo que decimos en Centroamerica.

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Juan Stam

Autor: Juan Stam

Teólogo Costaricense y autor de Las Buenas Nuevas de la Creación. El profesor Stam también es conferencista. Ver su sitio personal.



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