Cada año se oye la frustración: que nos han robado la fiesta, que prohibieron el árbol de la navidad en alguna ciudad, que nos estamos ahogando en el comercialismo, que el paganismo ha regresado a la fiesta y la navidad ya no es un evento cristiano. Se han olvidado del niño que vino, Dios encarnado, para un día morir por los pecados del mundo.

Pero aunque nosotros los cristianos defendemos, quizás, el verdadero significado de la Navidad en contra de los abusos del mundo, hay un sentido en que la conmemoración cristiana de la navidad falta poco, pues se nos ha escapado algo. Nosotros generalmente celebramos una navidad individualista. Nos enfocamos en el bebé que vino para mí, para salvarme a mí personalmente, para que yo pueda ir al cielo un día. Gracias a Dios esto es verdad.

Pero si prestamos atención a la manera en que se describe la expectativa mesiánica de Israel en la Biblia es obvio que la llegada del Mesías señala algo más significativo, si es posible, que la salvación del mero individuo. La entrada del niño Jesús en la escena de la historia humana tiene una importancia cósmica porque este niño en el pesebre es de ascendencia real. Jesús es rey, y nace para reclamar a su reino.

Nuestra tendencia es enfocarnos en los evangelios cuando celebramos la Navidad. Pero la venida del mesías ya se había predicho en muchos pasajes del Antiguo Testamento, y cuando consideramos la historia de la Navidad con estos pasajes en el trasfondo (tal y como los autores del Nuevo Testamento esperarían) se nota que todo esto significa más que un niño tierno en un pesebre, ángeles que cantan, pastores espantados, y reyes foráneos en camellos.

Una de las profecías del nacimiento de Jesús se encuentra en Isaías 9:2-7:

2 El pueblo que andaba en la oscuridad ha visto una gran luz;
sobre los que vivían en densas tinieblas la luz ha resplandecido

6 Porque nos ha nacido un niño, se nos ha concedido un hijo;
la soberanía reposará sobre sus hombros, y se le darán estos nombres:
Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.
7 Se extenderán su soberanía y su paz, y no tendrán fin.
Gobernará sobre el trono de David y sobre su reino,
para establecerlo y sostenerlo con justicia y rectitud
desde ahora y para siempre. Esto lo llevará a cabo
el celo del Señor Todopoderoso.

Ya se sabe que este pasaje es una profecía acerca de Jesús. Él hará luz resplandecer en la oscuridad, será un “consejero admirable,” etc. Pero aunque conocemos bien este pasaje por lo general ignoramos por completo el punto central del profeta: lo que se describe aquí es el nacimiento de un soberano. Soberanía reposará sobre sus hombros y su reinado sobre el trono de David no tendrá fin. Este niño es un rey, no solo en el sentido espiritual, en el sentido de ser el “rey de nuestras vidas”. Es el rey de un reino, es un gobernante. Establecerá paz, y gobernará con justicia. Será el gobernante ideal que tanto hemos esperado.

Muchas veces cuando pensamos en lo que Dios está haciendo en este mundo nos enfocamos en lo que él hace para el individuo: perdona nuestros pecados, sana nuestras heridas y hace sentir su presencia milagrosa en nuestras vidas. Jesús es importante para nosotros porque por medio de su muerte logró el perdón de nuestros pecados. Y todo esto es verdad. Pero hay más. La verdad entera es que la sanidad y restauración que Dios está haciendo en nuestras vidas individuales es una pequeña muestra de lo que quiere hacer con el mundo entero. Para describir eso uso la palabra “cosmos” basada en la palabra griega que quiere decir mundo. En este sentido Jesús es un rey cósmico porque su reinado afecta todo el mundo. ¡Todo el universo! Es verdad que Él quiere reinar en nuestros corazones, pero no quiere solo reinar en nuestros corazones. Es verdad que él quiere ser nuestro salvador personal, pero no quiere ser solo nuestro salvador personal. Reina y reinará sobre toda la creación. Es más, creará nuevos cielos y una nueva tierra en la cual morará justicia para siempre (2 Pedro 3:13).

Una estrofa de un himno navideño popular proclama:

¡Al mundo paz, el Salvador
En tierra reinará!

Ahora sí estamos en la misma onda. El nacimiento de Jesús fue un evento universal. Significó que Dios finalmente reclamaba lo suyo. ¡El rey del mundo ha nacido!

Isaías también dice:

Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (7:14).

Emmanuel quiere decir “Dios con nosotros”. No quiere decir meramente, “Dios estuvo con nosotros por una temporada cuando nació Jesús.”  Ni tampoco solo “Dios es con nosotros por medio del Espíritu Santo.” La palabra profética incluye esto, pero el sentido más completo y más lleno de esta profecía de Isaías (el sentido trinitario) es que en el nacimiento de Jesús Dios inauguró su regreso a la tierra e inició la restauración de su creación. El clímax de este movimiento llega en Apocalipsis 21:3 donde, después de todas las cosas controversiales y difíciles de entender de ese libro, resuena una clara y majestuosa declaración: “He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y El habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos.” Jesús, el Espíritu Santo, Dios el padre – este  movimiento hacia nosotros en su total es Emmanuel. Y el comienzo de esa trayectoria es Belén, el niño en el pesebre.

Entonces, feliz Navidad, pues ¡Hoy celebramos el día que nació el rey!

Rob Haskell

Autor: Rob Haskell

Director del ministerio de capacitación pastoral Senderis. También es autor del libro Hermenéutica: Interpretación Eficaz Hoy, de Editorial CLIE.
Director del ministerio de capacitación pastoral Senderis. También es autor del libro Hermenéutica: Interpretación Eficaz Hoy, de Editorial CLIE.



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