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Contenido

Prólogo

1.  La elección del ungido (1 S. 16:12–13)

2.  La espera del ungido (1 S. 16:18–23)

3.  La responsabilidad del ungido (1 S. 17:15)

4.  La oportunidad del ungido (1 S. 17:27)

5.  La prueba del ungido (1 S. 17:33–37)

6.  La disposición del ungido (1 S. 17:38–44)

7.  La confesión del ungido (1 S. 17:45–47)

8.  La pelea del ungido (1 S. 17:48–51)

9.  La amistad del ungido (1 S. 18:1–5)

10.  Los celos hacia el ungido (1 S. 18:6–9)

11.  Los peligros del ungido (1 S. 18:9–13)

12.  La prudencia del ungido (1 S. 18:13–16)

13.  El engaño al ungido (1 S. 18:17)

14.  El complot contra el ungido (1 S. 19:4–6)

15.  La huida del ungido (1 S. 19:8–10)

16.  El escape del ungido (1 S. 19:18–24)

17.  La preocupación del ungido (1 S. 20:1–4)

18.  El pacto del ungido (1 S. 20:12–17)

19.  La necesidad del ungido (1 S. 21:6,9

20.  El disimulo del ungido (1 S. 21:12–15)

21.  El reclutamiento del ungido (1 S. 22:1–2)

22.  La obediencia del ungido (1 S. 22:3–5)

23.  La protección del ungido (1 S. 22:23)

24.  La liberación del ungido (1 S. 23:5–8)

25.  La habitación del ungido (1 S. 23:14)

26.  El perdón del ungido (1 S. 24:10–12)

27.  La solicitud del ungido (1 S. 25:5–8)

28.  La coincidencia del ungido (1 S. 26:11)

29.  La alianza del ungido (1 S. 27:2)

30.  El rechazo al ungido (1 S. 29:6–7)

31.  El conflicto del ungido (1 S. 30:5–6)

32.  La reacción del ungido (2 S. 1:13–16)

33.  La endecha del ungido (2 S. 1:21–23)

34.  La aceptación del ungido (2 S. 2:4)

35.  La paz con el ungido (2 S. 3:9–10)

36.  El daño al ungido (2 S. 3:26–28)

37.  La proclamación del ungido (2 S. 5:3)

38.  La burla del ungido (2 S. 5:6–8)

39.  El triunfo del ungido (2 S. 5:19–21)

40.  La alegría del ungido (2 S. 6:12–14)

41.  El menosprecio hacia el ungido (2 S. 6:20)

42.  El recordatorio al ungido (2 S. 7:8–9)

43.  La victoria del ungido (2 S. 8:6–8)

44.  La bondad del ungido (2 S. 11:1–5)

45.  El maltrato del ungido (2 S. 10:4)

46.  El pecado del ungido (2 S. 11:2–5)

47.  El encubrimiento  del ungido (2 S. 11:6–8)

48.  El descubrimiento del ungido (2 S. 12:7–9)

49.  La honra al ungido (2 S. 12:27–29)

50.  La crisis del ungido (2 S. 13:10–12)

51.  El manipuleo del ungido (2 S. 14:1–3)

52.  La sublevación contra el ungido (2 S. 15:10)

53.  La crítica al ungido (2 S. 16:5–6)

54.  La ayuda al ungido (2 S. 17:23)

55.  La orden del ungido (2 S. 18:5)

56.  El aviso al ungido (2 S. 18:32)

57.  La compostura del ungido (2 S. 19:7)

58.  La sublevación contra el ungido (2 S. 20:2)

59.  El cansancio del ungido (2 S. 21:15)

60.  Los valientes del ungido (2 S. 23:8)

61.  El censo del ungido (2 S. 24:2)

62.  La usurpación al ungido (1 R. 1:5)

63.  La selección del ungido (1 R. 1:29–30)

64.  El testamento del ungido (1 R. 2:1–2)

65.       La muerte del ungido (1 Cr. 29:27)

Extracto:

“Aconteció al otro día, que un espíritu malo de parte de Dios tomó a Saúl, y él desvariaba en medio de la casa. David tocaba con su mano como los otros días; y tenía Saúl la lanza en la mano” (18:10).

Aquí se nos presenta a Saúl, el que había sido ungido por el Espíritu Santo, tomado por un espíritu malo. Esta expresión “un espíritu malo de parte Dios tomó a Saúl” implica que ya no gozaba de la protección divina. Sin esta, Saúl era victima de cualquier mal espíritu.

Los espíritus malos o demonios son reales. Pueden tomar a cualquiera que este fuera de la protección de Dios. Pero los que están con Dios y Dios con ellos, no hay demonio que pueda pedir permiso para poseerlos.

Los que juegan con los demonios se exponen a caer bajo su influencia. Las obras de la carne, las debilidades y las tentaciones a las cuales se exponen los creyentes no se deben confundir con posesiones demoníacas.

Los demonios molestan, atemorizan, confunden y manipulan a los creyentes que no tienen autoridad espiritual para confrontarlos, resistirlos y reprenderlos. Cuando uno sabe quién es uno en Dios y la posición que en Cristo tenemos, no habrá demonio que se atreva. Cuando el Espíritu Santo se mudó de la casa espiritual de Saúl, un demonio la tomó. Donde vive el Espíritu Santo, no puede vivir el demonio.

Saúl desvariaba de un lugar para otro por causa de la influencia demoníaca. Estaba desequilibrado, inestable, extremadamente deprimido, porque estaba vacío de Dios.

Cuando nos llenamos de Dios, las depresiones, las angustias, el aborrecimiento, la melancolía y todos esos males emocionales tienen que desaparecer. El gran problema de Saúl era que se había vaciado de Dios. Él abandonó a Dios y Dios lo abandonó a él. Le falló a Dios y Dios ya no estaba comprometido con él. Le dio lugar a la carne y un mal espíritu tomó dirección de su vida.

Mientras David continuaba tocando el arpa en el palacio para Saúl, este jugaba con su lanza. La adoración mantenía a David ocupado en las cosas de Dios. La lanza distraía a Saúl con las tentaciones.

Autor: Silva Kittim


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