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Contenido

Introducción

Prefacio

Parte I—Biblia y Misión

1. Qué involucra el llamado misionero—Robert E. Speer

2.   Todo el Evangelio para todas las etnias—Rigoberto Diguero

3.   Nuestro Dios misionero—Pedro Larson

4.   La misión cristiana en el Nuevo Testamento—David E. Ramos

5.   El propósito de la iglesia local—Carlos Van Engen

6.   Por qué sembrar iglesias—Carlos Van Engen

7.   Rumbo a la misión (Bernabé)—Levi DeCarvalho

8.   Misionología de Romanos—Carlos González

9.   Discipulado y misión—Levi DeCarvalho

Parte II—Historia y Misión

10. Diez épocas de la historia cristiana—Ralph D. Winter

11. Historia de la transformación—Paul E. Pierson

12. Sociedades Misioneras—Andrew F. Walls

13. Expansión secuencial del Cristianismo—Andrew Walls

14. Las tesis de Pierson—Levi DeCarvalho

Parte III—Cultura y Misión

15. Puentes de Dios—Donald McGavran

16. Aspectos culturales en la misión—Levi DeCarvalho

17. Observando a Juanito: Cómo aprender un idioma—David Rising

18. El aprendizaje del idioma es comunicación … es ministerio—Brewster y Brewster

19. Principios de adaptación cultural—Levi DeCarvalho

20. Cosmovisión y misión cristiana—Levi DeCarvalho

Parte IV- Estrategia y Misión

21. La iglesia y las organizaciones para eclesiásticas—José Cruz

22. La relación iglesia y agencia misionera—Edison Queiroz

23. El complejo de langosta—Federico A. Bertuzzi

24. Conversión en grupo—A. L. Warnshuis

25. Hechos 2:8 debe ir de la mano con Hechos 1:8—Pedro Samuel Pablo

26. Mujeres y misión—Sonia Acuña y Elva Elisa Ayala G.

27. Los cuatro pasos de la obra misionera—Levi DeCarvalho

28. La promesa de fe—Norman Lewis

29. Adopte una etnia: visión y estrategia—Moisés López V.

30. Alcance un pueblo (etnia)—Lennart Englund

31. Misión: Un proyecto que involucra a todos—Alejandro Rodríguez

Apéndices

1. Pacto de Lausana

2.   Documento final CLADE IV

3.   Declaración de Iguazú

4.   Misión: formando discípulos o criando loros—David Oltrogge

5.         Glosario—Moisés Mejía y Levi DeCarvalho

Extracto:

Un retraso inútil

¿Qué había sucedido? Su falta de fe en el poder de Dios y la indisposición de avanzar sobre el desconocido terreno del enemigo, impidieron que el plan divino se cumpliera a tiempo.

El programa de Dios se vio inútilmente demorado toda una generación. El complejo de langosta, con su acentuada mirada centrada en ellos mismos que los hacía considerarse un pequeño pueblo, pudo más que la obediencia a la Palabra de Dios, e impidió que aquella generación llegara a la meta.

Gran parte de los evangélicos en Latinoamérica hemos estado padeciendo igualmente de este complejo de langosta. Una mentalidad de pueblo pequeño y de escasos recursos nos ha influido en el pasado de tal manera que apenas si hemos hecho algún aporte significativo a la tarea de la evangelización mundial. Expresiones tales como: “Aquí queda mucho por hacer”, “Somos pocos”, “Faltan pastores y obreros”, “No tenemos suficiente dinero”, revelan algo de este oculto complejo de langosta que ha venido afectando a muchos evangélicos latinos. La mirada ha estado centrada en lo “mucho” que nos queda por hacer aquí, desconociendo por lo general, los objetivos mundiales de la obra de Dios y las necesidades mucho más apremiantes que presentan otros países del orbe.

¿Somos tan pocos? ¿Somos tan pocos como suponemos? ¿Con qué puntos de referencia establecemos nuestras comparaciones?

Volvamos al carcelero de Filipos. Promediando, si un latinoamericano inconverso formulara la misma pregunta que el guardia-cárcel de antaño, no tendría más que inquirir hasta tal vez unos siete otros latinos para encontrar por lo menos a uno que le diese la clara respuesta de cómo llegar al cielo por medio de Cristo. Esa es la proporción aproximada en nuestra América latina: un creyente evangélico por cada siete inconversos. ¿Es esto mucho o poco? ¿Cómo es la situación en otros países?

La situación en otros países

Veamos, por ejemplo, la situación en España, nuestra madre patria. Allí, si un gallego, catalán o andaluz se preguntara: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, tendría que salir a la búsqueda de la verdad y preguntar hasta quinientos otros españoles para recién encontrar a un evangélico que pudiera responderle que Jesús es el único camino.

Ahora bien, si cruzamos hacia el sur el estrecho de Gibraltar llegamos a Marruecos, al norte de África que está justo a las puertas de la propia Europa “cristiana”. En esa nación, la situación es aún mucho más dramática. Si un árabe o berebere quisiera conocer el camino de la salvación eterna y hallar paz para su atribulado corazón, tendría que emprender una verdadera odisea para localizar al menos a un cristiano. Aparte de que no encontraría en todo su país ninguna iglesia ni librería cristiana en su propio idioma, para hallar a ese creyente que le pudiera hablar del amor de Dios y de la sangre de Cristo que limpia de todo pecado, (tendría que buscarlo entre toda una multitud de hasta treinta mil musulmanes!

A nadie le gustan las comparaciones, pero … Pensemos por un instante: en Latinoamérica un evangélico por cada siete inconversos, en España uno por cada quinientos, y en Marruecos uno por cada treinta mil. ¿Somos realmente tan pocos como suponemos en relación a la población que nos rodea?

Contemplemos otro país también tremendamente necesitado del evangelio redentor: la India. Su superficie en kilómetros cuadrados equivale a la de Argentina y Paraguay juntas. Su enorme población de 950 millones de habitantes es tanta como la de África y Sudamérica en conjunto. Sin embargo, para nuestro desconcierto, en la India viven aproximadamente ¡igual cantidad de creyentes que en la Argentina y Chile!

Investigaciones serias que se realizan en todo el mundo señalan que en la actualidad hay por lo menos mil trescientos millones de seres humanos—es decir la mitad de la población total del planeta—que viven fuera del alcance directo de cualquier iglesia cristiana o misionero. Y lo que es más, esos millones que yacen aún perdidos en sus delitos y pecados difícilmente llegarán a tener a un cristiano a su alcance, a menos que creyentes de otros países estén dispuestos a dejar su patria y se trasladen para ir a vivir entre ellos y compartir las Buenas Nuevas.


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