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Contenido

Prefacio

1.   La nueva cartografía

2.   La nueva topografía

3.   Cambios cataclísmicos

4.   La decadencia del mapa moderno

5.         Hacia el mapa de una nueva catolicidad

Extracto:

Una nueva cordillera en un viejo continente

En otros casos, un período que nos pareció importante por una razón, ahora lo es por otra completamente diferente. Tal sucede con el siglo 16. Una vez más, cuando primero estudié la historia de la iglesia, el siglo 16 parecía importante porque fue la época de la Reforma protestante. Hoy, gracias a la nueva cartografía de la historia eclesiástica, no puedo ya olvidar que el siglo 16 no es sólo el tiempo de la Reforma, sino también de la Conquista española en el hemisferio occidental. Ya señalé que esto es parte de la nueva cartografía de la historia eclesiástica.

Ese cambio cartográfico es también de dimensiones cataclísmicas, puesto que se relaciona estrechamente con varios acontecimientos en décadas recientes que han cambiado radicalmente nuestro entendimiento del siglo 16.

Cuando por primera vez estudié la historia eclesiástica, la Reforma protestante parecía ser la gran línea divisoria entre las dos vertientes de la historia del cristianismo. Ello se debía en parte a que el abismo entre el protestantismo y el catolicismo romano era entonces más marcado que en el mismo siglo 16. Ese abismo había llegado a su máxima profundidad hacia fines del siglo 19, y tenía poco que ver con las cuestiones que se discutieron en el siglo 16. De hecho, la principal razón que contribuyó al enorme distanciamiento entre el protestantismo y el catolicismo fue el modo radicalmente opuesto en que cada una de estas dos tradiciones respondió a los retos del mundo moderno.

El catolicismo romano respondió a esos retos con un rechazo oficial e inequívoco de casi todo lo que era moderno. El Sílabo de errores proclamado por Pío IX en 1864 expresaba acertadamente el sentir de la jerarquía ante las pérdidas que la iglesia había sufrido con el advenimiento de la modernidad. El último de los ochenta errores que allí se mencionan resume adecuadamente el tono general de todo el documento, así como la actitud de la jerarquía católica de entonces. Ese último error, radicalmente condenado por el Papa, es la opinión de que «el Pontífice romano puede y debería reconciliarse y buscar armonía con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna». Diez años antes, en un intento de mostrar su autoridad en asuntos de doctrina, el mismo Papa Pío había promulgado el dogma de la inmaculada concepción de María. Seis años después del Sílabo de errores, en 1870, la infalibilidad tanto de Pío como de todos los papas fue declarada por el Primer Concilio Vaticano. Es importante señalar que exactamente dos meses y dos días después de esa proclamación, el papado perdió su poder político sobre Roma y sus alrededores, que pasaron a la República de Italia. Luego, precisamente en el momento mismo que el papado perdía rápidamente su poder político, trataba de equilibrar la situación insistiendo en su autoridad espiritual y doctrinal. Todo esto nos indica cuál fue el ambiente entre la jerarquía católica romana durante el siglo 19 y la primera mitad del 20. En ese sentido, no olvidemos que fue Pío XII, en 1950, quien proclamó el dogma de la asunción de María, y que en tiempos tan relativamente recientes como la campaña electoral de John F. Kennedy había todavía muchos protestantes, algunos de ellos bien liberales, que sin embargo dudaban de que un católico romano pudiese ser presidente de los Estados Unidos y al mismo tiempo ser fiel a su iglesia.

Mientras tanto, el protestantismo se movía en dirección diametralmente opuesta. Si quizá el catolicismo romano se excedió en su oposición a la modernidad, el protestantismo, especialmente en los escritos y declaraciones de sus principales teólogos, comenzó a pensar acerca de sí mismo como la religión de la modernidad. A pesar de las muchas diferencias entre ellos, el punto común entre Schleiermacher, Hegel, Troeltsch, Ritschl y Harnack fue que cada uno de ellos a su manera y dentro de su propio sistema estaba convencido de que la superioridad del protestantismo por encima del catolicismo se probaba mediante su compatibilidad con la modernidad.

Luego, no ha de sorprendernos el que cuando primero estudié la historia de la iglesia se daba por sentado que el siglo 16 era la gran línea divisoria en esa historia, y que su importancia estaba en la Reforma protestante y en la consiguiente división de la iglesia, que había resultado en una tradición conservadora y hasta reaccionaria, y en otra moderna hasta el punto de perder su contacto con la fe cristiana tradicional. Aunque ya cuando empecé mis estudios más especializados de historia eclesiástica comenzaban a verse algunas señales de que los tiempos cambiaban, no fue sino cuando ya me había graduado y comenzaba mis labores docentes, y especialmente durante el papado de Juan XXIII y el Segundo Concilio Vaticano, que esos cambios se volvieron obvios.

Sin embargo, no es sólo en la tradición católicorromana que las cosas han cambiado. Según la modernidad comenzó a dar señales de sus propios fracasos, el protestantismo comenzó también a reconsiderar su propia naturaleza. Ese proceso, que comenzó ya en tiempos de Karl Barth y continúa hasta hoy, llevará a consecuencias impredecibles. Sin embargo, de una cosa no cabe duda: el protestantismo no se ve ya como la expresión religiosa de la modernidad. Por tanto, según se acercaba el fin del siglo 20, y aparentemente de la modernidad también, el abismo entre el protestantismo y el catolicismo parecía cada vez menor. Esto no quiere decir que ya se hayan subsanado todas las diferencias, o que ya no hay conflicto. Al tiempo mismo en que escribo estas líneas, hay en la América Latina un gran conflicto entre el catolicismo romano y un nuevo protestantismo que avanza rápidamente, a tal punto que casi pareciera que lo que está en juego es el alma religiosa del continente. De más está decir que en medio de tal batalla las diferencias entre católicos y protestantes se exageran, y el conflicto se vuelve tan virulento como cualquier debate del siglo 19.

A pesar de ello, al contemplar el cuadro de la iglesia global, y tratar de ver lo que el tercer milenio pueda traer, me convenzo cada vez más de que en nuestra evaluación del siglo 16 la Reforma llegará a ocupar un lugar secundario cuando se le compare con la invasión europea del hemisferio occidental, y con la consiguiente expansión colonial de Europa. Aquellas conquistas y opresiones del siglo 16 fueron el primero de dos sacudimientos cataclísmicos que le darían nacimiento a una iglesia verdaderamente universal. Y ciertamente resultará que el nacimiento de tal iglesia será mucho más importante para la historia futura de la iglesia toda que el nacimiento de cualquier tradición surgida de la Reforma, ya sea la luterana, la reformada o la tridentina.

Luego podría decirse que el cambio cataclísmico que ha afectado nuestra visión del siglo 16 es tal que, aunque ese siglo todavía tiene dimensiones continentales y ha de contársele por tal: toda una nueva cordillera ha surgido en él, y esa cordillera va resultando ser mucho mayor y más imponente que la anterior, quizá de manera semejante a como en el continente norteamericano las Montañas Rocosas eclipsan a los Apalaches, y en el sudamericano los Andes eclipsan a todos los demás sistemas.


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