Adquiera su copia digital aquí

Contenido

Introducción

1.   Adán: padre de todos nosotros

2.   Eva, la tentación y la caída

3.   Hechos a la imagen de Dios

4.   El hombre: un ser contaminado

5.   Las consecuencias de la caída

6.   ¿Cuán malo es el pecado?

7.   La ley de Dios y el pecado

8.   El mal que reside en mí

9.   Lo que hizo Cristo Jesús en la cruz

10. El querer y hacer la voluntad de Dios

11. Los conceptos falsos que nos rodean

12. El cristiano y el mundo

13. El hombre hecho nuevo

14. El hombre y el mundo venidero

15. Una tierra y un cielo nuevos

16. La visión de Dios

17. El reino venidero

Guía de estudio

Manual para el facilitador

Extracto:

Los árboles del edén

EDÉN significa «deleite». Era un lugar perfecto, sin maldición ni pecado. Allí reposaba todo bajo la esplendorosa bendición y presencia de Dios, el magnánimo creador. Dentro de ese jardín estaba «el árbol del conocimiento del bien y del mal». Ahora, después de la caída, sabemos cuán grande era su potencial destructivo. Pero, al considerar su historia, nos preguntamos: ¿Por qué lo colocó Dios en un lugar tan bendito?

El árbol sencillamente simbolizaba la autoridad del Creador sobre su creación. La obediencia al mandato de no comer su fruto representaba el reconocimiento a su dependencia de Dios.

Cabe, entonces, la pregunta: ¿Era injusto pedirles un solo y simple requerimiento, a Adán y Eva, para que demostraran su lealtad y sumisión ante Aquel que los había creado? Por supuesto que no. Además, nos molesta pensar que Dios puso al hombre a prueba. Reconozcamos, sin embargo, que el origen de tal molestia es nuestro orgullo humano: queremos ser seres totalmente independientes de todo control, no importa cuál sea su origen.

Y ¿qué del otro árbol, el «árbol de la vida»? A nuestra estima, este tiene amplia cabida en el Edén, pues es sinónimo de todo aquello que nos parece bueno: vida, salud, alegría, abundancia, perpetuidad.

A Dios le pareció bien colocar ambos árboles en el Edén. Por tanto, inclinamos la cabeza en reconocimiento a Aquel que es Rey Soberano y que nunca se equivoca. Los dos árboles hablan de responsabilidad y del honor que se le debe al Creador que da vida, y tiene derecho de pedir lealtad y obediencia. A la vez, también son símbolos de autonomía y responsabilidad. Dios no creó al hombre para que fuese un títere indefenso y manipulado, sino un ser con libre albedrío:

«Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú has formado, digo: ¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes; y el hijo del hombre, para que lo visites? Lo has hecho un poco menor que los ángeles y le has coronado de gloria y de honra. Le has hecho señorear sobre las obras de tus manos; todo lo has puesto debajo de sus pies: ovejas y vacas, todo ello, y también los animales del campo, las aves de los cielos y los peces del mar: todo cuanto pasa por los senderos del mar. Oh Jehová, Señor nuestro, ¡cuán grande es tu nombre en toda la tierra!» (Sal 8.3–9).

¡Qué gran carga de responsabilidad tiene este libre albedrío! Y fue sobre este mismo punto que el tentador enfocó su estrategia nefasta: «¿De veras Dios os ha dicho: No comáis de ningún árbol del jardín?» (Gn 3.1).


Etiquetas:


No te lo pierdas

Recibe lo último en noticias, contenido, y más de Ayuda pastoral —¡inscríbete hoy!