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Contenido

1.   El Efecto Mariposa

(Hechos 1:1–2:41)

2.   La Nueva Sociedad

(Hechos 2:42–47; 4:32–37)

3.   Aprendiendo a hablar

(Hechos 3:1–4:31)

4.   Nadie es perfecto

(Hechos 5:1–6:7)

5.   Algo por lo que vale la pena morir

(Hechos 6:8–8:1)

6.   Nace un evangelista

(Hechos 8:1–40)

7.   La conversión de un misionero

(Hechos 9:1–31)

8.   Superando los prejuicios en la iglesia

(Hechos 9:32–11:18)

9.   La iglesia que transformó al mundo

(Hechos 11:19–30; 13:1–3)

Extracto:

Los simpatizantes silenciosos

«Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente» (5:12–13).

Algunos traductores encuentran algo difícil este versículo porque parece contradecir el espíritu de los que siguen, donde Lucas habla de muchas conversiones:»Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres» (5:14).

No obstante, no es realmente difícil imaginarnos la situación. La joven iglesia era un grupo popular y bien considerado, pero la mayor parte del público en general no estaba dispuesta a expresar su apoyo abiertamente porque tenía miedo. Quizás temían no alcanzar el nivel que demandaba aquel grupo; después de todo, Ananías y Safira habían tenido un triste final sólo por haber dicho una mentira en una reunión de la iglesia. Pero aun más importante era el temor a las autoridades. Cada vez se hacía más evidente que el sanedrín judío desaprobaba el cristianismo. Habían crucificado a su maestro y ahora habían hecho prisioneros a Pedro y a Juan. Estaba claro que quien se unía a ellos se ponía la soga al cuello. Así que ellos preferían ir a lo seguro. «El cristianismo—decían—es evidentemente algo admirable, pero nunca podríamos involucrarnos personalmente». Se contentaban, como los espectadores de un partido de fútbol, con aplaudir desde las gradas; simpatizantes, pero sin comprometerse.

Ésta es, por supuesto, la postura de un gran número de personas del mundo actual. Respetan a la iglesia y tratan la Biblia con reverencia. Quizás tienen ciertos reparos en utilizar el nombre de Cristo de forma blasfema, especialmente si hay algún cristiano cerca. Dan sus 50 peniques de limosna. Si van al hospital, quieren que en sus historiales se refleje que pertenecen a la «Iglesia de Inglaterra». Si les visita el pastor, con mucha educación le ofrecen una taza de te. Pero, por mucho que los admiren, no quieren identificarse íntimamente con el cristianismo. Creo que el motivo tiene mucho que ver con el que tenía aquella gente de Jerusalén del primer siglo: tienen demasiado miedo. No cabe duda de que tienen bastantes menos razones para ello, porque nadie va a perseguir a un ciudadano británico por convertirse al cristianismo en los noventa. Pero, no obstante, hay fuentes de ansiedad—aunque menos extremas—que todavía les impide ser llevados a Cristo; el miedo al ridículo, por ejemplo. Nadie va a encerrarnos, azotarnos o ejecutarnos por hacernos cristianos hoy, pero la burla sí es una posibilidad real todavía. La multitud es un lugar seguro para estar. Ser cristiano te pone en el punto de mira de la gente; te hace enfrentarte a la masa. Te hace diferente; te hace identificable. Los viejos amigos te señalarán y murmurarán a tus espaldas. «¿Qué le ha pasado al viejo Fred? Se ha vuelto muy raro. Debe de ser una manía religiosa». La mayoría de nosotros preferiríamos escabullimos y mantenernos con la mayoría. El miedo al ridículo hace que la gente hoy día no se comprometa, exactamente como ocurría en Jerusalén.

Jesús ya lo advirtió cuando habló acerca del precio del discipulado. Aunque la iglesia no cobra cuota de membresía, eso no significa que pertenecer a ella sea barato. «Toma tu cruz cada día y sigúeme». Esto es lo que Jesús dice, y es un reto cuyo precio nos deja abrumados. Muchas personas, cuando se sientan y calculan el costo, deciden que es una empresa demasiado arriesgada y que prefieren ir a lo seguro.

C.S. Lewis escribe en uno de sus libros cómo, de niño, cuando tenía dolor de muelas no se quejaba delante de su madre, porque sabía que aunque le diera una aspirina no se le quitaría el dolor, y encima le llevaría al dentista; y él tenía miedo del dentista. «Los dentistas—dice—aunque te aseguren que lo hacen para bien tuyo, te hacen daño cuando los visitas. Conozco a estos dentistas—continúa Lewis—; una vez que te colocan en su silla, empiezan a manosear los dientes que aún no han empezado a dolerte. Les das la mano y te toman el brazo». Éste es el temor secreto de muchos simpatizantes que no se comprometen con el cristianismo. Les agradaría bastante ser cristianos, y en el fondo de su alma sienten una necesidad que sospechan que Jesús puede satisfacer; pero implica un riesgo excesivo. Así que se quedan en los laterales de la experiencia cristiana como observadores o admiradores, a veces incluso como patrocinadores, pero nunca como participantes. Seguramente Lucas tiene razón al sugerir que en el fondo lo que hay es cobardía en esa falta de compromiso. Rechazan el ser cristianos, no porque no quieran, sino porque no se atreven; y el silencio pusilánime de la mayoría que pensaba de esta manera en Jerusalén es en parte culpable de la muerte de Esteban. Quizás se encontraban en el lateral, pero estaban siendo testigos pasivos de un asalto brutal sin querer involucrarse para no arriesgar sus cuellos. Prefieren que perezca un inocente antes que identificarse con la verdad que éste defendía. Edmund Burke decía que para que el mal triunfe en este mundo sólo hace falta que los hombres buenos no hagan nada.

Autor: Roy Clements


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