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Dedicatoria

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Prólogo a la edición inglesa

Prólogo a la edición castellana

Prefacio

Introducción

Parte 1—Las iglesias locales: El pueblo misionero de Dios

1. Una nueva perspectiva de la iglesia local

2.   El impacto de la eclesiología moderna en la iglesia local

3.   La esencia de la iglesia local en la Epístola a los Efesios

4.   La esencia de la iglesia local en perspectiva histórica

5.   Reafirmando la intención misionera de la iglesia local

Parte 2—Las iglesias locales: Una nueva visión para el pueblo misionero de Dios

6. El propósito de la iglesia local

7.   La iglesia local y el Reino de Dios

8.   El papel de la iglesia local en el mundo

Parte 3—Las iglesias locales: Siendo formados como pueblo misionero de Dios

9. Fijando metas misioneras en la iglesia local

10. Los miembros misioneros de la iglesia local

11. Los líderes misioneros en la iglesia local

12. La administración misionera en la iglesia local

Bibliografía

Extracto:

La realidad visible y el ideal invisible

La Iglesia ha entendido que cuando las palabras «una, santa, católica y apostólica» se refieren a la naturaleza de la Iglesia, «ellas tienen que ser cualidades visibles de la Iglesia como existe actualmente en la realidad». No debemos crear ideas abstractas de los atributos de la esencia de la Iglesia que pierdan su contacto con la vida de la iglesia en la tierra. Tampoco buscaremos describir la Iglesia como únicamente una institución. Al contrario, debemos tratar de reconocer las marcas de la verdadera comunidad en su naturaleza como confraternidad organizada institucionalmente. La única manera de examinar la Iglesia es por medio de lo que vemos. Paradójicamente, sabemos también que la Iglesia es más de lo que vemos; ella es santa pero pecadora, una pero dividida, universal pero particular, apostólica pero saturada de los conceptos de su propio tiempo.

Rara vez la Iglesia ha observado detenidamente la diferencia entre el significado lógico de la fórmula confesional y la realidad visible. J.N.D. Kelly observa que la palabra ‘santa’ «expresa la convicción de que la Iglesia es el pueblo elegido por Dios y en el que habita por medio del Espíritu Santo. En relación con la palabra ‘católica’, su significado original era ‘universal’ o ‘general’ y en este sentido Justino Mártir habló de la «resurrección católica». Al ser aplicada a la Iglesia, su principal importancia era enfatizar su universalidad en contraste con el carácter local de las congregaciones particulares.

Los primeros teólogos de la Iglesia no distinguen entre la Iglesia visible y la invisible. La comunión o fraternidad universal se entiende como una sociedad tanto invisible como empírica. Esta era la real y reconocible comunión en Cristo, llamada por el Espíritu y abierta a recibir a todas las familias de la tierra. En la auto-percepción de la Iglesia primitiva sobre su unidad, santidad, catolicidad y apostolado, se entendía que éstos eran criterios por medio de los cuales se medían los diversos errores que aparecían. Posteriormente las confesiones de fe fijaron estas perspectivas como puntos de referencia para medir la verdadera naturaleza de la Iglesia.

Sin embargo, con el correr de los tiempos, los credos como señales comenzaron a ser considerados como propiedades (propietas), luego criterios, y finalmente las marcas de la Iglesia (notae ecclesiae), los elementos reconocibles de la Iglesia de Roma que constituían la base para defender el status quo. Durante esa época se utilizaban equivocadamente estas cuatro palabras descriptivas para declarar que sólo la Sede Romana era santa, perfecta, completa y dada por Dios. En esa forma se defendía la institución Romana llamada «iglesia» contra la iglesia ortodoxa, contra la de los Waldenses y otros grupos cristianos que se denominaban «iglesia».

Ya para la época del reinado del Papa Gregorio IX en el siglo XIII la Iglesia Romana creía que los dones de Dios eran de su propiedad exclusiva. Las ideas de unidad, santidad, catolicidad y apostolado servían de auto-justificación en lugar de auto-examinación, apoyadas por la supuesta autenticidad de la Iglesia Romana. Más tarde el Concilio Vaticano I (1869–1870) pudo establecer que la Iglesia es en sí misma «un grandioso y permanente motivo de su credibilidad y misión divina».

Por razón de la estática y auto-justificante apropiación de estos cuatro atributos de parte de la Iglesia Romana, los Reformadores quisieron crear una distinción bien marcada entre los atributos y las marcas de la iglesia o notae ecclesiae. Berkouwer analiza aquí la historia de la iglesia.

Nos encontramos con una impresionante distinción… entre los atributos y las marcas de la Iglesia. A primera vista, la distinción es bastante opaca, ya que uno podría esperar que la Iglesia pudiera ser conocida y precisamente delineada por medio de sus «atributos». Sin embargo, un análisis más cercano muestra que el motivo explícito que subraya esta distinción es la controversia entre Roma y la Reforma sobre la pregunta de cómo uno debería ver los atributos de la Iglesia… Al hablar de las marcas de la Iglesia, la notae ecclesiae, la Reforma introdujo un criterio por medio del cual la Iglesia podría ser y tenía que ser probada para saber si era la verdadera Iglesia. El motivo de esta prueba en la eclesiología añade una perspectiva completamente nueva e importante a la doctrina de los atributos de la Iglesia, de decisiva importancia al considerar la naturaleza de la Iglesia y dichos atributos.

El asunto en juego en esta tan importante distinción es la función de estos «atributos» de la Iglesia. Las palabras: «una sola, santa, católica y apostólica» reflejan una eclesiología en la cual todo lo referente a la naturaleza de la Iglesia quedaba decidido sencillamente sobre la base de que una iglesia local existía y que por virtud de esa existencia poseía un número de inatacables «atributos». No se podía pensar que esos atributos pudiesen ser reconocidos empíricamente en la vida de la Iglesia. Los Reformadores se dieron cuenta que tal uso de palabras descriptivas no era aceptable. Ellos vieron la necesidad de sugerir algo más profundo, un examen por el cual se pudiera comprobar la proximidad o la distancia de una iglesia local de su Centro, Jesucristo. Esto obligó a que los Reformadores buscaran un nuevo modelo que pudiera comprobar la presencia o ausencia de la esencia de la Iglesia. Berkouwer expone la situación de la siguiente forma.

Nos llama la atención que las cuatro palabras por sí solas nunca fueron cuestionadas, que los Reformadores no optaron por otros «atributos». Estaban de acuerdo con la descripción de la Iglesia en el Credo Niceno: una, santa, católica y apostólica… En otras palabras, no se cuestiona si la Iglesia es verdaderamente una, católica, apostólica y santa. Sí se mencionan diferentes marcas, por ejemplo: la predicación pura del evangelio, la administración pura de los sacramentos, y el ejercicio de la disciplina eclesiástica… Más bien el propósito decisivo es éste: la Iglesia es y debe permanecer sujeta a la autoridad de Cristo, respondiendo a la voz de su Señor. Es mas, la Iglesia es probada por Cristo en esta sujeción. Esta es la motivación general de la Reforma en cuánto a las notae ecclesiae.

Así los Reformadores entendieron que las tres marcas de la Iglesia son pruebas por las cuales los miembros del cuerpo local pueden indagar su cercanía a Jesucristo, el único y solo Centro real de la esencia fundamental de la Iglesia. La predicación pura de la Palabra, la correcta administración de los sacramentos y el ejercicio apropiado de la disciplina fueron medios por los cuales se podía probar la fidelidad de la Iglesia entera hacia su Señor. La presencia de Cristo en la Iglesia sería la prueba de autenticidad de todas las actividades de la Iglesia, de sus dogmas y sus posturas de disciplina. Los Reformadores deseaban señalar algo más fundamental que los cuatro atributos. Querían enfatizar el Centro, a Jesucristo, a quien la Iglesia debe su vida y su naturaleza.

Como los cuatro «atributos»anteriormente mencionados habían perdido su función de criterios de prueba, se necesitaban la Palabra y los sacramentos para devolverle a la Iglesia el único fundamento de ser y de la verdad. Al predicar el evangelio en palabra y en hecho, la Iglesia da a conocer a Jesucristo y por consiguiente dirige a la Iglesia hacia una nueva visión dinámica de los cuatro atributos. Avery Dulles señala que «El evangelio, con certeza, es uno y santo. Al ser dirigido a todos los hombres, la Iglesia entonces es católica. Como no puede ser cambiada en un ‘evangelio diferente’ (Gálatas 1:6), la Iglesia permanece apostólica. La Iglesia, en cuanto viva el evangelio, podrá compartir estos atributos, pero no se proclama a sí misma… Se espera que la iglesia se mantenga bajo el evangelio y sea juzgada por él».

Los Reformadores del Siglo XVI no creyeron que fuera beneficioso para la Iglesia el auto-proclamarse una, santa, católica y apostólica, mientras no estuviera la su mirada dirigida hacia la única Cabeza, Jesucristo, la base fundamental y el centro unificador de las cuatro antiguas palabras.

Después de los Reformadores, desafortunadamente, la defensa de las «marcas» de la Iglesia se convirtió en una forma de destruir la unidad, la verdadera santidad, la catolicidad y la apostolicidad de la Iglesia. Martín Lutero y Juan Calvino originalmente habían querido ver que estas marcas fuesen conceptos dinámicos que aumentaran la unidad, la santidad y la catolicidad de la Iglesia. Lamentablemente, los hijos de la Reforma Protestante del Siglo XVI utilizaron estas marcas para causar división, siguiendo sus tendencias introvertidas y exclusivistas. Richard de Ridder (siguiendo a John Piet) ha mostrado que las iglesias reformadas modernas han usado las marcas para señalar el lugar donde se llevan a cabo ciertas actividades, en lugar de señalar las tareas misioneras que se han de llevar a cabo en el mundo. Es así como también las «marcas» de la Iglesia se volvieron conceptos dogmáticos y herramientas polémicas para defender una iglesia como «verdadera» contra otra considerada como «falsa». Progresivamente en el protestantismo post-Reforma se perdió también la función dinámica y autoevaluadora de la «marcas». Por lo tanto, continuó vigente la necesidad de buscar una eclesiología viva y dinámica. John Piet describe el defecto de las marcas de la Iglesia que los Reformadores sugirieron.

Primero, es claro que todas las definiciones de iglesia escritas durante el siglo XVI fueron influenciadas por los factores sociales y religiosos prevalecientes en aquel tiempo… En segundo lugar, las marcas de la iglesia nos llevan solamente hasta cierto punto, puesto que sus interpretaciones pueden variar mucho. Los luteranos difieren de los calvinistas; algunos luteranos difieren de otros luteranos y algunos calvinistas de otros calvinistas precisamente porque cada grupo asigna su propio significado a tales palabras como «correctamente» y «puramente». En tercer lugar, aunque todas las definiciones reformadas tienen su punto de partida en las Escrituras, no son necesariamente bíblicas. Las descripciones de la Iglesia en la Biblia se forman en base al contexto de misión mientras que las definiciones reformadas se basaron en una situación dada en la sociedad… Finalmente, el efecto del pensamiento reformado en el presente debe ser visto por lo que es y reconocido dondequiera que aparezca. Por ejemplo, cualquiera que se adhiera rígidamente a los conceptos de la Reforma sobre la iglesia, permanece en el peligro de tener una visión estática y estacionaria de la Iglesia… La Iglesia debe mirar hacia Dios y al mundo y hallar su razón de ser al ser el pueblo de Dios en el mundo de Dios.

Este desarrollo en la eclesiología contribuyó a que durante los siglos subsecuentes, hasta el Siglo XX, ni los católicos romanos ni los protestantes estuvieran muy seguros de la forma de mantenerse muy cercanos a la vida dinámica y a la esencia viva de la Iglesia. La Iglesia había perdido la objetividad de mantener una eclesiología en constante reforma. Los cristianos no tenían base para evaluar esa unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad. Surgió una creciente sospecha de que la perspectiva de «una sola naturaleza» no era adecuada. ¿Podría verse la Iglesia como una organización poseedora de una sola naturaleza, ya fuera humana o divina? Los eclesiólogos comenzaron a buscar una nueva forma de percibir la iglesia local como humana y divina; como organismo y organización, como comunión e institución. Esto, a su vez, demandó que ellos examinaran de nuevo los atributos de Nicea y las marcas de la Reforma del Siglo XVI, pero tratando de entenderlos como dones y tareas.

http://www.logos.com/es/producto/5030/el-pueblo-misionero-de-dios


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